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Revista Electrónica Bilingüe       Nº 13     Marzo 1997

Titular Política Interna
La gobernabilidad en Venezuela : límites y posibilidades
Elias Pino Iturrieta

La gobernabilidad, según la entiende uno de sus protagonistas más exitosos, Patricio Aylwin, depende de la previa metamorfosis de la escena política. En el Chile que le tocó gobernar hab ían cambiado las cosas desde el golpe pinochetista, hasta el punto de hacerse irreconocible el nuevo teatro que debió concertar desde la Presidencia. Los partidos y sus dirigentes traducían de manera diversa las solicitaciones del ambiente. Voceros inéditos reclamaban participación. Era preciso el inicio de un diálogo enigmático con las fuerzas Armadas. Pero se anhelaba el retorno de una democracia estable, propósito lo suficientemente caro como para ensayar sin vacilación nuevos derroteros de entendimiento. Tales fueron en Chile, de acuerdo con una conferencia que pronunció el estadista en la Fundación Centro de Estudios Latinoamericanos "Rómulo Gallegos", de Caracas, los requisitos para el experimento de la gobernabilidad.

Comienzos apacibles

Partiendo de las palabras de quien manejó con fortuna el tránsito hacia una convivencia desconocida en su país, ahora se realiza  una aproximación al caso venezolano. En consecuencia, conviene indagar primero sobre las mudanzas que han podido ocurrir entre nosotros, y pensar si pueden abonar el terreno para negocios políticos como los aludidos. El origen del sistema democrático de Venezuela es, como se sabe, un convenio expreso entre los partidos fundamentales. Las banderas fundadas después de la muerte de Gómez, curtidas en la lucha contra la dictadura militar y vinculadas a clientelas masivas, se juntan en 1958 con el propósito de asentar los usos democráticos luego de una autocracia de diez años. Los militares amenazan con regresar, una sospechosa orientación al extremismo circula en los cenculos y el pueblo se muestra entusiasmado con las posibilidades del designio en ciernes. La reunión de tales factores, positivos la mayoría, conduce a la suscripción de una contrata de colaboración recíproca a través de la cual se ofrecen las organizaciones políticas como garantes de los gobiernos que surgen del voto popular. Tras la contrata, denominada "Pacto de Punto Fijo, están los partidos más estimados desde la desaparición del gomecismo: Acción Democrática, Unión Republicana Democrática y el Partido Socialcristiano COPEI. Pero también está n sus líderes, figuras ya legendarias cuya reputación todavía no ha deteriorado el ejercicio del poder : Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba, Rafael Caldera, Gonzalo Barrios, Luis Herrera Campins, Luis Beltrán Prieto, Lorenzo Fernández, y otros muchos - dirigentes sindicales, activistas estudiantiles, capitanes de barriadas populares, escritores de gran lectorio, etc. - a quienes se siente como heraldos de un tiempo próximo y feliz. Ellos son los fiadores de un acuerdo que logra sortear el peligro de los cuarteles, harto levantiscos entre 1958 y 1963, y convencer a las multitud para que apuesten por la persistencia del sistema. Gracias a sus tratos, que van del laborioso cabildeo hasta el apoyo de medidas represivas, se liquida la insurgencia de cuyo leninista-fidelista que amenaza de seguidas. Cuando pasan dos lustros, la seguridad de vivir un proyecto duradero se apodera de la escena. Los oficiales están en las guarniciones, cada vez más cercanos a los partidos. Los guerrilleros está n en la cárcel, o en el exilio. Las muchedumbres viven tranquilas. No muestran síntomas de incomodidad, debido al seguro de vida y de sosiego que observan en la bonanza petrolera. A fin de cuentas viven en un país rico, el más opulento del continente, y sus líderes parecen diestros en el manejo del barco.

El piso firme permite el ejercicio de un presidencialismo cuya robustez depende del apoyo de los partidos, o, más bien, de la dirigencia de los partidos. Desde palacio se escogen las directivas de los cuerpos deliberantes y se designa a los gobernadores de estado, se selecciona a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia y se resuelven los ascensos del mando militar. Bastan unos diálogos sigilosos entre la cúpula de los partidos, una sesión de los cogollos, como se dice en nuestra jerga política, para que las cosas funcionen sin traumas. Hasta la presidencia de Raúl Leoni (1964-1969), los partidos se reparten los cargos ministeriales y auxilian las decisiones fundamentales. La primera presidencia de Caldera (1969-1973) prefiere apoyarse únicamente en el soporte del socialcristianismo, en una demostración de confianza en la solidez de una sola organización y en la oposición leal de las otras.

Intervalo con nubarrones

Cuando ascienden Pérez (1974-1978) y Herrera Campins (1979-1983) el esquema se observa saludable, pero la década se distingue por el incremento de las denuncias sobre corrupción administrativa y por acusaciones hacia los partidos por su complicidad en delitos contra la cosa publica. Durante la gestión Lusinchi (1979-1983) la censura de los partidos y de los ladrones sube de tono y se hace usual, hasta el punto de convertirse en parte del paisaje. La insatisfacción frente a las maneras de gobernar, ya evidente en la víspera, aumenta hasta una estatura difícil de ignorar. Una reforma institucional, a través de la cual se permite la elección de gobernadores y alcaldes en las regiones mediante elecciones separadas de las del Presidente, pretende insuflar nuevos aires en el enrarecido clima, pero permite el desarrollo de un fenómeno que había contenido la omnipresencia de los partidos controlados desde Caracas.

Un fenómeno que quebrantar el influjo de quienes controlaban la política desde 1958. En cada estado los jefes de los partidos se animan a fundar su tribu particular, y llegan al extremo de ignorar las intrusiones del cacicazgo habitual. En breve no sólo se hacen los sordos frente a las órdenes, sino que las desobedecen de manera olímpica. La mudanza no ocurre sólo en las capitales de los estados, sino en las urbes pequeñas que estrenan la autonomía de los alcaldes y de las juntas vecinales. En consecuencia, nuevos rostros, apenas conocidos antes en el  ámbito lugareño, modifican el álbum común de los líderes. Otros discursos, seguramente sin diversidad ideológica, sin proposiciones realmente novedosas, pero enriquecidos por la carga de las urgencias y del color local, inauguran una curiosa parecería. Un nuevo partido, la Causa Radical, domina los sindicatos del hierro y gana las elecciones del estado Bolívar con un obrero como abanderado. Una flamante presencia de la corrupción, ya no orquestada en los círculos caraqueños, sino en las parcelas de dominio recién nacidas, se añade a la corrupción ya conocida. Pero otra novedad se agrega al panorama : una campaña continuada de los medios de comunicación social contra los líderes políticos. Son deshonestos, incapaces y holgazanes, se proclama desde los periódicos, desde la radio y la televisión, sin que los aludidos reaccionen con énfasis. Apenas ensayan respuestas tímidas que ahoga el vocerío de un enjambre de inesperados vengadores de la democracia que pretende hacer ver a sus cautivos destinatarios, a través de una tempestad de denuestos, que el país está  manejado por una pandilla de malvivientes.

Las denuncias reales y supuestas, comedidas y exageradas, derechas y torcidas, llegan a la meta. Los antiguos clientes de la democracia asumen la historia de un sistema pervertido, según proclaman los medios; y comienzan a manifestar incredulidad y desconfianza frente a los políticos, cuya flaca reacción frente a las acusaciones no poca colabora en la mengua de su reputación. Cuando apenas comienza el segundo gobierno de Pérez, se observa cómo ha arraigado el rechazo frente al proyecto de gobierno iniciado en 1958. Los acontecimientos ocurridos entre el 27 y el 29 de febrero de 1989, después de que el Presidente anuncia mudanzas en la gestión de la economía y dispone el aumento del precio de la gasolina, señalan la profundidad del descontento.

Historias horripilantes

El país arde de manera inesperada, una convulsión le da ingratas sorpresas al mandatario. En la madrugada del 27 de febrero, los usuarios del transporte comienzan a protestar por las abultadas tarifas, negándose a utilizar los servicios en las paradas de los vehículos colectivos. Las ciudades satélites de Caracas son el teatro de estas moderadas reacciones, pero los sucesos cambian el rumbo de manera preocupante. No sólo en las ciudades cercanas, sino en Caracas y en localidades de Aragua y Carabobo, se produce un movimiento incontenible. La gente humilde toma las calles y comienza el saqueo de las tiendas de comestibles. Después arrasa con los negocios de artefactos eléctricos, con farmacias y licorerías. La policía se limita a contemplar el desenfreno y la Guardia Nacional apenas ejerce presiones esporádicas. Los políticos y los miembros del gabinete permanecen en silencio hasta que, viendo cómo se hacen jolgorios en los barrios más populosos con el fruto del botín, el Presidente suspende las garantías constitucionales y encarna al Ministro de la Defensa una cruenta represión. Entonces se unen los delincuentes a la espontaneidad de la poblada, y verdaderas batallas se escenifican en los barrios. Una masacre cuyos resultados llegan al millar de cadáveres, es el corolario de las operaciones militares. Ya se han saqueado cerca de 3.000 comercios grandes y pequeños.

Pero ocurre otro elocuente fenómeno. Reina el pánico en los condominios y en las mansiones de la clases media y alta.. Se dice que pronto llegará  el pueblo a violentar sus propiedades y sus personas. Las comunidades marginales integradas por personas de origen colombiano y dominicano, se reitera en corrillos que quitan el hipo, arrasará n con los de arriba. A través de las líneas congestionadas, los teléfonos transmiten historias horripilantes de atentados contra la "gente decente". En consecuencia, muchos vecinos organizan sistemas de patrullaje armado y distribuyen distintivos, con el objeto de descubrir la cercana de individuos sospechosos. Si no llega el ejército, están decididos a salvaguardar el territorio. Finalmente el ejército llega, después de imponer el orden a sangre y fuego. Retorna la calma, aparentemente.

Después del torbellino

Nadie jamás imaginó lo sucedido, pero después abundaron las explicaciones. Cualquier cosa sirvió para analizar esas pobladas que aquí se han descrito con el objeto de llamar la atención sobre cómo las perturbaciones permiten que se observe como un mito la existencia del país robusto e inalterable que parecía predominar. El porrazo de las pobladas sugiere un registro distinto, a través del cual se siga la pista de las mudanzas que puedan dar paso al experimento de la gobernabilidad. De tal registro se puede llegar a elocuentes conclusiones. Primero, en relación con la influencia de los partidos en la conducta de las masas. ¿Dirigen al pueblo? ¿Son el sostén del sistema? En los episodios más  duros de nuestra contemporaneidad estuvieron ausentes. Segundo, en relación con los dirigentes. Se les atribuían las facultades del saber y la experiencia adquiridos durante treinta años. Ahora no las pusieron de manifiesto. Tercero, sobre la versión de país tolerante y democrático que se tenía. Queda en entredicho, ante el balance de la brutalidad represiva y el énfasis del movimiento popular. También ante los evidentes brotes de xenofobia que aparecen en medio del torbellino. En suma, las pobladas hacen trizas la versión de cromo postal que predominaba en torno a la vida política y a las relaciones sociales. Permiten el desarrollo de los futuros eventos que pueden verse cómo prefacio de la búsqueda de otros caminos de entendimiento.

Anuncios de otra cosa

El miedo que no había reinado en la población desde 1958, es ahora un ingrediente habitual. El sentimiento de que el sistema no es duradero, también forma parte de la rutina. Acaso son los resortes que mueven a los venezolanos en adelante, que orientan los fenómenos próximos, demostrativos de una metamorfosis indiscutible. Como se sabe, después de las pobladas de 1989 abundan los testimonios de una mudanza que descubre el declive del sistema democrático y sugiere el experimento de maneras diversas en el manejo de la cosa pública. Ocurren dos intentos de golpe de estado y se inicia un proceso que desemboca en la defenestración del Presidente Pérez. Ramón J. Velasquez asume la primera magistratura durante siete meses en los cuales, según ‚ el mismo afirma, maneja un barco frágil en medio de los huracanes. Se inicia un juicio contra el ex-Presidente Lusinchi. Hay elecciones que determinan la derrota de las maquinarias partidistas. Rafael Caldera asciende de nuevo al poder, pero con una campaña flaca y variopinta de la cual está  excluido COPEI, el partido que fundó y que fue basamento del sistema desde 1958. . El congreso es controlado por la oposición y las elecciones regionales descubren una república que parece una colcha de retazos, por la fragmentación a que lo han llevado las dispersas opciones del electorado. Una regionalización desenfrenada pretende el control de las parcelas del poder y de la vida material, sin el concierto usual del ejecutivo central. Un desenfreno parecido caracteriza la conducta de los medios de comunicación, que arrecian la cascada de denuncias contra la clase política amparados en la sacrosanta libertad de expresión. No se observa en el panorama ninguna fuerza monolítica. ¿Qué hacer?

Gobernar distinto

Gobernar distinto, efectivamente. Es una disposición de las circunstancias, que deben pesar más de lo que uno se imagina en un político como Rafael Caldera, acostumbrado a lidiar con los escenarios tradicionales. Pero, como decidió asumir el programa de reformas conocido como Agenda Venezuela, en lugar de administrar el país a la antigua, debe experimentar con estilos y talantes diversos. La continuación del Pacto de Punto Fijo es improbable, debido a que la fortaleza de los partidos ya no es la de antes. La seguridad del apoyo castrense no se puede garantizar, si se juzga por la previa animosidad de los oficiales. Las ideas no abundan en los círculos políticos, ni en los medios intelectuales, como para echar mano de una cosecha de argumentos susceptibles de enderezar el maltrecho parapeto de la democracia. El país ha cambiado, en suma, no es ni la sombra del país de 1958. Quizás  por eso el gobierno sufre dos años de parálisis, y es ahora cuando, después de escrutar el panorama cargado de enigmas, ensaya gestos flamantes.

¿Cuáles son esos gestos? Interminables conversaciones con los empresarios, en torno a las garantías económicas, el control de cambios y la privatización. Transacciones harto laboriosas con la dirigencia sindical, tras la búsqueda de nuevas relaciones de trabajo. Campañas que pretenden la reforma judicial, sin contar con los partidos mayoritarios. Antes un gobierno no trasegaba estos derroteros, porque el negocio se limitaba a tratar con AD y con COPEI. Antes no era menester encerrarse con los sindicalistas, pues el trabajo se hacía a través de un cogollo que después trasmitía instrucciones a sus obreros que las acataban de manera automática. Antes el oficio de interlocutor lo ejercía el primer mandatario, pero ahora ha buscado quien lo haga en todos los rincones. Se llama Teodoro Petkoff, Ministro de CORDIPLAN, a quien incumbe la obligación de inaugurar en estilo desconocido. El estilo de hablar claro en público y en privado. El estilo de ceder y presionar, de acuerdo con los vientos que soplen. El estilo de no excluir a nadie, o de buscar a tiempo el interlocutor que apenas figuraba en los libretos, o de inventarlo. Nadie lo había intentado así en el pasado, a menos que se llamara Rómulo Betancourt, Rafael Caldera o Carlos Andrés Pérez, y ejerciera la Presidencia de la República.

Pero al lado permanecen las manifestaciones vetustas, el liderazgo anacrónico que no ha captado la magnitud de su debilidad, o que se hace de la vista gorda frente a ella. Quizás  por ello no hemos parado mientes en el inicio de una nueva manera de procurar caminos de ejecución y entendimiento en torno a los negocios públicos. Nada parecido a lo de Aylwin, ni mucho menos, desde luego. Apenas el vuelo de una golondrina que sólo hará  verano cuando descubra otros compañeros de viaje.


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