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Revista Electrónica Bilingüe       Nº 13     Marzo 1997

Titular Política Interna
¿Cuánto vale el tiempo perdido?
Adolfo Taylhardat

Quererle dar un valor al tiempo perdido implica ante todo aceptar que el tiempo tiene un valor. El tiempo es dinero se dice con frecuencia en las culturas occidentales y ello se debe al hecho que se trata de un recurso escaso. Un mínimo de sentido común nos lleva a aceptar que efectivamente el tiempo vale. Por algo los bancos nos pagan intereses, los contratos de construcción incluyen premios por concluir las obras a tiempo, los medios de transporte tratan de ir más rápido y los países buscan desarrollarse lo más rápido posible. Si el tiempo vale no cabe duda que el tiempo perdido representa una perdida de valor. Es algo realmente trivial pero pareciera que en Venezuela es otra historia.

Cualquiera que analice a distancia a Venezuela, su comportamiento reciente y el proceso de toma de decisiones, podría llegar rápidamente a la conclusión que Venezuela es un país extraordinario. No solo debido a la abundancia de sus recursos naturales sino al hecho de que se trata de un país en donde las decisiones pueden diferirse indefinidamente en el tiempo y hasta en donde se pueden tomar decisiones que nos permitan viajar hacia atrás en el tiempo. En Venezuela el tiempo no parece importar, aunque todo el mundo vive corriendo, es como otro recurso abundante más y que, tal como la gasolina barata, no importa cuanto consumimos o malgastamos. En Venezuela nos damos el lujo de perder el tiempo.

¿De que otra forma se podría interpretar nuestra capacidad de crear condiciones, situaciones, reglas y costumbres o de tomar decisiones cuyo efecto es hacerle perder el tiempo a los agentes económicos y a la mayoría de los ciudadanos a la vez que difieren y obstaculizan inversiones y permiten el deterioro de los activos? Los ejemplos sobran y no cabe duda que cada uno de los lectores puede enriquecer la lista de casos absurdos que ponen en evidencia nuestra capacidad para perder el tiempo como país. Entre ellos podemos destacar: la autopista a Oriente nunca terminada pero ya deteriorada, la frutería llamada FOGADE que tiene una gran variedad de productos que en la medida que pasa el tiempo y no se venden, se van pudriendo; el potencial minero de más de 40 años y sin materializarse, la indispensable reforma judicial que no parece avanzar y que nos deja en la inseguridad jurídica que todos conocemos y que frena nuestro desarrollo. El sector privado también nos hace perder tiempo, basta recordar la calma y el ocio que uno debe tener para realizar ciertas transacciones bancarias.

Pero la enumeración de los pierde-tiempo no se limita a personas e instituciones sino que abarca también a nuestra normativa legal. Basta con pensar la Ley de Salvaguarda del Patrimonio Público, la cual también podría denominarse "No hacer nada para que no te echen la culpa". Es indudable que esta normativa se crea con un fin muy loable que es el de sancionar el enriquecimiento ilícito y los delitos contra la cosa pública, pero a su vez produce un efecto secundario muy pernicioso y es que incita a aquellos investidos de funciones públicas a no hacer nada y no tomar decisiones por el temor de que sean luego objeto de denuncias. La falta de decisión y de acción es a su vez la causa de que se pierdan y se deterioren los activos del país. Por lo tanto tenemos que una Ley, creada para salvaguardar el patrimonio de los venezolanos, como responsable de muchos de los delitos cometidos contra dicho patrimonio.

Ante todo esto podemos imaginarnos una Ley que, como producto de una reforma, logre incorporar el factor tiempo como elemento crítico en la toma de decisiones y que de esa forma se castigue también a aquellos funcionarios que no hacen nada y que por no tomar decisiones en el tiempo adecuado atentan contra el patrimonio público. Una Ley que castigue a los "pierde-tiempo".

En estos días tuve la oportunidad de tener en mis manos un suplemento especial sobre Venezuela publicado en 1953 por el "New York Herald Tribune" y que muestra las realidades económicas y el potencial de desarrollo de nuestro país. Lo cierto es que este suplemento impacta ya que pone en evidencia que muchas de las cosas que queríamos hacer hace 40 años siguen todavía sin hacerse. Se hablaba del potencial de desarrollo del sector minero y de las oportunidades de inversión en dicha área de actividad de la misma forma como lo hacemos hoy en día. Nada ha sucedido en todo este tiempo debido a que no se han tomado las medidas necesarias para asegurar dicho desarrollo. Ese y otros aspectos reseñados en el suplemento del "Herald" enfrentan crudamente al hecho que el tiempo pasa y seguimos sin desarrollar nuestras fortalezas.

En contraposición a esta situación nos encontramos con el ya famoso y ampliamente reseñado milagro de desarrollo asiático. Sin querer entrar en el detalle de sus lecciones y, para limitarnos al tema de este artículo, es preciso destacar que el factor tiempo ha sido un elemento determinante en proceso de desarrollo de esa región. El informe del Banco Mundial lo pone claramente en evidencia al mencionar en múltiples oportunidades el término "rápido". Los cambios se hicieron con rapidez : rápido crecimiento económico, rápido crecimiento de las exportaciones, rápido crecimiento de la productividad, transición demográfica rápida, rápido crecimiento del capital humano. La región asiática asumió que el tiempo era un factor determinante y por lo tanto no se podía dejar perder. En treinta años se abrió una gran brecha de desarrollo entre los que valoraron el tiempo y los que lo perdieron.

El tiempo perdido vale y vale mucho. Su valor no está solo en el valor monetario de los activos deteriorados o no mantenidos sino en los empleos que no se han podido generar y en las inversiones que no se han materializado. Venezuela no puede seguirse dando el lujo de perder tiempo y menos aún de retroceder en el tiempo, tal como ha sucedido recientemente como producto de política y medidas económicas erradas que nos han hecho perder tres años de nuestro proceso de desarrollo, mientras tanto los demás países siguen avanzando. Vivir en democracia parece ser una condición necesaria para nuestro desarrollo, pero por lo visto no es suficiente. Venezuela requiere de una democracia eficiente.


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