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Revista Electrónica Bilingüe       Nº 13     Marzo1997

Esta semana
El memo de Carmelitas
Ramón Guillermo Aveledo

El sentido común, eso que en el beisbol llaman el librito, dice que los gobiernos fomentan la tranquilidad ciudadana. Cuando hay problemas tratan de evitar su magnificación, les restan importancia, les bajan el volumen. Cuando hay rumores tratan de cortarlos, los desmienten, les descuentan valor. Así como gobierno no busca pleitos, según el viejo dicho, tampoco busca problemas ni esparce rumores. Gobierno no riega bolas, podríamos decir en buen caraqueño.

Eso es válido siempre y en todas partes, salvo en este país y bajo este gobierno, al menos en algunos momentos significativos. Por lo menos eso ocurrió el pasado doce de marzo, Día de la Bandera, día de una manifestación y día en que el Ministerio de Relaciones Interiores generó inquietud en la capital de la República, poniéndole combustible a los rumores, como insólita antesala al mensaje anual del señor Presidente. En el cual, como es lógico, él vendría a informar al Congreso que todo está normal y que no tenemos ningún problema que no podamos solucionar.

Se anunciaba una marcha de protesta, de esas típicas de este tiempo de crisis. Esta, por cierto, permisada por la autoridad competente para transcurrir de la plaza Morelos hasta la plaza El Venezolano y, aparentemente, organizada. Pacífica fue. Los manifestantes mostraron sus pancartas, vocearon sus consignas y cada quien para su casa. Un grupo de ellos después de finalizada o cerca de finalizar, intentó provocar un disturbio, lo cual fue impedido con eficacia por la fuerza pública. Creo que ésta y la Gobernación del Distrito Federal, hasta donde alcanza mi información, manejaron con solvencia la situación de esa tarde.

Todo habría sido, pues, relativamente normal. Sin embargo, una desproporcionada tensión se vivió en Caracas, sobre todo en el centro. Mucha gente dejó sus oficinas y fue a buscar a sus hijos en guarderías y colegios, las centrales telefónicas rebozaban de llamadas y alguna colapsó. La causa provenía de Carmelitas, la sede del despacho a cuyo cargo están la política, la seguridad y el orden público.

Un memorándum firmado por el ministro de Relaciones Interiores circuló profusamente por los fax capitalinos. También lo hizo otro, que en el caso de mi oficina llegó primero, suscrito por la directora de Personal del MRI. En el primero se informaba que por decisión del Gabinete Sectorial de Seguridad, y con autorización del Presidente de la República, se concluían las labores de los funcionarios públicos del área metropolitana a la 1 pm, hora a partir de la cual todo el mundo quedaría libre para irse a su casa.

El MRI, claro, no tuvo la bucarámica iniciativa de sumarse a la marcha de protesta en contra de las políticas oficiales. Su intención era actuar previsivamente y evitar que los trastornos que en el tránsito y en el transporte público capitalinos pudieran generarse por la manifestación, demoraran el retorno a sus hogares de los servidores del Estado. Loable y muy familiar deseo, por lo demás. Sólo que su ejecución, mediante un memo firmado por el mismísimo ministro del despacho, en el que se invocaba una decisión del Gabinete de Seguridad y se añadía la constancia de la autorización presidencial no fue la más feliz.

Es inusual. ¿Cómo no va a serlo? Que uno vea un memo de Carmelitas, máxime si se trata de uno con imprimatur de las alturas y, a juzgar por el ámbito en que se decidió, por razones de seguridad. Como pólvora se regó el rumor y, desde luego, la última, contundente, definitoria prueba que lo sustentaba era el memo de Carmelitas. Y cuando en los teléfonos insoportablemente repicantes uno desmentía y olvídate que no pasa nada, la réplica era automática y se lanzaba con tono pretendidamente irrebatible, 'pero chico, ¿y es que tú no hasta visto el memo de Relaciones Interiores?'. El angustiado interlocutor, claro, si lo había visto, lo tenía en la mano y estaba dispuesto a pasármelo por fax.

Yo no voy a decir que ese memo de Carmelitas es el colmo de la impericia. Dada la realidad objetiva no lo es. Peores cosas hemos visto. Pero bien no hizo, todo lo contrario.

No sé si obedeció a anticipada planificación la caminata presidencial del Capitolio a Miraflores, en una modalidad que le gustaba a otros presidente y que tuvo positivo impacto de opinión, pero sospecho que pudiera el primer magistrado habérsela ahorrado si no hubiera sido por ese memo de Carmelitas.


El Universal, viernes 21 de marzo, 1997
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