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Revista Electrónica Bilingüe       Nº 13     Marzo1997

Esta semana
Paturros
Américo Martín

La garantía de que el reciente acuerdo sobre prestaciones es funcional y básicamente bueno lo aporta el hecho simple de la concertación. Las partes laboral y empresarial han cedido hasta el punto preciso en que la modificación del régimen ni empeora ni deja igual el asunto. Ambas partes 'se controlan' y eso es lo que impide que el fruto emanado de la tripartita decole hacia un lado o hacia el otro.

Se escuchan críticas, algunas pertinentes, pero otras guiadas por el sano deseo de la perfección. El supuesto de la perfección es sin embargo inadmisible. Para empezar: ¿Perfección para quién? Dado que se trata de intereses contradictorios, la aspiración extrema de uno es la ruina (y por tanto la inaplicabilidad) del otro.

Hay objeciones que francamente no tienen el menor sentido, especialmente aquella que reclama lo que falta: salario mínimo, sistema integral de seguridad social, etcétera. Aun aceptando semejantes carencias, no veo cómo rechazar una medida que avanza en la solución en lugar de permanecer en el inmovilismo.

Por eso, fuera de aspectos que merecen un mejor trato, el cambio del sistema -y de la retroactividad como se ha aplicado hasta el sol de hoy- es un paso trascendental en el proceso de apertura de la economía, asumido expresamente como tal con el viraje de 1996. Y lo que es más importante: es uno de esos casos en que la reestructuración y ajuste no imponen una carga transitoria, sino que permiten -o pueden permitir- un mejoramiento inmediato del ingreso real, aparte de coadyuvar en detener la tasa de mortalidad en empresas en Venezuela, una de las causas del peligroso incremento del desempleo, la marginalidad y el peligro de morir acuchillados en cualquier esquina de Caracas.

Asumir la defensa con uñas y dientes del viejo sistema de prestaciones ha sido un grave disparate del pensamiento anacrónico. En su alarmante cortedad, esta gente fabricó una 'causa' de algo que a todos oprimía y a nadie beneficiaba. La zarabanda de las prestaciones que serían 'robadas', en pareja con el clamor contra la venta de las empresas del Estado porque supuestamente eso sería como entregar la soberanía 'a pedazos', ofrece una muestra bien clara de los paturros que son estos amigos.

Frente a sus narices y con desigual intensidad o éxito, en el mundo -sin excluir gobernantes que se perciben a sí mismos como socialistas o marxistas- se ha asumido que el camino que nos aleja de una muerte segura es el de la modernidad, la odiada modernidad, entre cuyos riesgos sobresalen espíritus que atormentan el sueño de nuestros anacrónicos: el fortalecimiento del mercado, la competitividad, la integración a la economía mundial (el hecho de la globalidad, una realidad que ha surgido en el mundo y no podemos ignorar), la reforma del Estado y de la justicia, la flexibilización de la legislación laboral, la privatización de empresas públicas.

Cabría preguntarse: ¿por qué en Venezuela el pensamiento anacrónico ha podido, con sus mañas, bloquear o debilitar la modernización? ¿Por qué recién ahora es cuando está reculando en medio de chillidos desgarradores?

Una respuesta a la mano podría ser ésta: porque en este hemisferio no ha habido un Estado más determinante de la realidad civil que el nuestro. Estado grande, clientela grande, intelectualidad estatista, cultura estatista. Desarraigar aquello es la tarea del indio, más si se hace en medio de la ruina social provocada por aquel sistema.

No pertenezco a este Gobierno como no pertenecí ni me beneficié del otro. Eso no me impide respaldar el fundamento de sus respectivos 'grandes virajes' (único caso en que la hipérbole esa de 'gran' se justifica). A la vista de los primeros excelentes resultados de ese programa se me ocurre que Rafael Caldera culminará bien su período. Entregará probablemente a un opositor, y aunque semejante alternación traerá seguramente no pocos cambios, hay algo que ya no tendrá regreso: el programa de apertura, la modernidad.

En los países de pensamiento avanzado y de democracia asumida culturalmente, que el poder pase de un partido o gobernante de determinada filiación a manos de su principal adversario, no impide que la orientación básica prosiga. Nadie fue más duro contra Felipe González que Aznar, pero en ningún momento uno u otro, y creo que nadie en España, ha pensado que con el cambio de inquilino en la Moncloa se abandonará por ejemplo la integración en la Unión Europea, pieza nodal del pensamiento del sevillano del PSOE.

Nadie por otra parte puede exhibir más credenciales anticonservadoras que el partido laborista inglés. Y sin embargo su jefe reconocido, Tony Blair, probable próximo primer ministro, se ha permitido decir muy en forma británica algo así como: en realidad el continuador de la gran Margaret Thacher soy yo. Y nada de raro tiene que así resultara ser.

El gran viraje de Pérez no pudo pasar de cierto punto. El gran viraje de Caldera, comenzando tarde ya no podrá ser detenido. Eso sólo sirve para revelarnos que nuestros amables anacrónicos están regresando a la prehistoria, de donde extrañamente se habían fugado.


El Universal, viernes 21 de marzo, 1997
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