Revista Electrónica Bilingüe Nº 13 Marzo 1997 |
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¿Quién ayudará a nuestros desvalidos?
Vilma Petrásh En "Brothers' Keepers", artículo publicado a fines de 1995 en la revista Social Science and Modern SOCIETY(1), sus autores, Gerald Caiden y Naomi Caiden, llaman consternadamente la atención en torno al período de regresión en el cual parece haber entrado la humanidad. Grosso modo, se trata de un período en el cual, a diferencia del pasado, individuos de las más diversas latitudes lucen cada vez más distantes de su condición integral de "ciudadanos" o miembros plenos de un conjunto social, menos dispuestos a cultivar redes y tramas asociativas sustentadoras del tejido social y, por tanto, menos conscientes no sólo de sus derechos sino también --y de manera más fundamental-- de sus responsabilidades y deberes colectivos. El retorno a un individualismos militante Por el contrario, en la actualidad y como bien lo aseveran los mencionados profesores, pareciera que en vez de preocuparse por el bienestar de sus conciudadanos o congéneres, las personas se han volcado a formas militantes de individualismo. Pero no al individualismo que es totalmente congruente con la condición del individuo como ser social, al preconizar un sentido de libertad responsable --es decir, la libertad de afiliarse con otros para preservar intereses y satisfacer necesidades parciales, pero también la capacidad de comprometerse activamente con los objetivos del otro u otros que participan en esas asociaciones libremente escogidas--, sino más bien a aquel de naturaleza atomista, hedonista, centrado en la satisfacción de deseos personales, la preservación de los derechos individuales y el ejercicio de la libertad personal, y guiado societalmente por una sorprendente despreocupación por la comunidad, fundamentada en el espurio supuesto de cada uno es capaz de cuidar de si mismo. Ese generalizado retroceso en el clima social que se observa en el ocaso de este siglo/milenio contrasta abiertamente con aquel que emergiera tras las cruentas experiencias de la Gran Depresión y de la Segunda Guerra Mundial. Experiencias que coadyuvaron a crear y preservar un arraigado sentido de "comunidad" frente a la adversidad y para salir de ella, y que dio lugar a dos cosas: domésticamente, a un orden axilógico, normativo e institucional mucho menos desigual y discriminativo, y más justo en la provisión de oportunidades y en garantizar "universalmente" un porvenir más promisorio de seguridad personal y prosperidad; e internacionalmente, al fin del colonialismo mediante la independencia de las antiguas posesiones coloniales y su inclusión en la familia de naciones del mundo, así como al establecimiento de organizaciones internacionales que promovieran "hacia afuera" las premisas universalistas e incluyentes de ese "liberalismo con rostro humano" implantado hacia adentro. Tal como lo reconocen los Caiden, los cimientos del Estado de bienestar han sido erosionados por su coexistencia con una economía de mercado y una sociedad de consumo desnacionalizantes, por su fracaso en vincular derechos y responsabilidades, por demandas por recursos competitivas y a veces mutuamente excluyentes, por temas/problemas que han desbordado las fronteras nacionales y/o asumido una inescapable relevancia global, y en cierto modo, por la inflexibilidad normativa e institucional para enfrentar nuevas situaciones. Pero ello en modo alguno invalida el hecho de que, al menos en las sociedades europeas y en la gentil sociedad canadiense, el estado de bienestar haya sido una realidad inobjetable. De allí que el mismo haya podido ofrecer por espacio de cuatro décadas ganancias tangibles tanto a los individuos como a sus respectivas sociedades: e.g., servicios de salud universales, oportunidades educativas, alivio del temor a una vejez desprotegida, y una amplia gama de posibilidades culturales. No obstante, el giro valorativo individualista-privatista-desregulador-devolucionista impulsado desde el inicio de los ochenta por el centro geopolítico y geoeconómico del poder mundial y el desgaste legal e institucional del Estado de bienestar propiciado por las presiones armonizantes de la economía mundial, han tornado en un "drenaje de recursos societales", en "obstáculos al crecimiento y desarrollo económicos", y en "costos insostenibles", a servicios, provisiones e instituciones que fueran otrora vistos como "derechos económicos y sociales" de los miembros de la comunidad cónsonos con la concepción social de la democracia y con la noción de ciudadanía social intrínseca a ella. Ocaso ideológico y factual de la democracia social Poca duda cabe entonces que el clima social --al menos el prevaleciente a nivel de las élites políticas, y socio-económicas de los países del mundo-- es hoy por hoy mucho menos favorable a la democracia social de lo que lo fue durante la Gran Depresión y los años de reconstrucción de la segunda postguerra cuando su necesidad lucía tan obvia, visible e impostergable. Sin embargo, ello en poco o nada contradice el hecho de que --con pocas excepciones-- para el grueso de la humanidad, el mundo es hoy un lugar más duro de lo que lo fue durante el boom de mediados de siglo. Como lo reconocen incluso los más fervientes defensores de las bondades del mercado y de la idea del Estado mínimo, la brecha que separa a ricos y pobres se ha ido profundizando en forma tan abismal que se sitúa a un nivel similar al existente en los años previos a la crisis de 1929. Se trata de una brecha que, según el informe de 1995 de la UNICEF, ha asumido proporciones francamente alarmantes: hoy por hoy, el quinto más rico del mundo posee 85% del producto mundial, mientras que el quinto más pobre sólo cuenta con el 1.4% del mismo. No es de extrañar que esto esté ocurriendo. Después de todo la lógica privatizadora, desreguladora y desnacionalizante del mercado que subyace tras los insoslayables cambios espacio-temporales que vienen conmocionando a la humanidad, parece estar propiciando una distribución subóptima de la riqueza dentro y entre países, al duplicar en las tres últimas décadas la disparidad de ingresos entre los que tienen y los que no tienen. Tendencia ésta que, desafortunadamente, se está intensificando aún en países/sociedades democrático-capitalistas con niveles de riqueza y prosperidad ostensiblemente mayores que los que les caracterizara en el período previo a la Gran Depresión, dada la generalizada instrumentación al interior de los mismos de medidas dirigidas a disminuir sus aparatos estatales y desmantelar las previsiones "benefactoristas" que garantizaban a sus ciudadanos una red de seguridad básica y un acceso no discriminatorio a bienes y servicios públicos. Procupa, sin embargo, que en esos mismos países-sociedades con tan alto impacto en los procesos políticos y socio-económicos del convulsionado "orden" mundial contemporáneo sean escasas las iniciativas o políticas gubernamentales para persuadir o instar a sus sectores más acaudalados y privilegiados a cumplir con sus cuotas de responsabilidad social, o a compartir --trascendiendo su marcada propensión a buscar ganancias y dividendos-- los espacios de responsabilidad e interés social con ONGs, funcionarios públicos locales o regionales e instituciones y funcionarios intergubernamentales. Paradoja de la revolución democrática mundial Resulta entonces comprensible que en la actualidad, la humanidad se encuentre --tal como lo sugiriera hace algún tiempo el polítologo y sociólogo estadounidense David Held (1993)(2)-- frente a una gran paradoja: de Africa a Europa Oriental y Eurasia, de Asia a América Latina, un número creciente de naciones y grupos están preconizando la idea del "gobierno democráticos" y/o impulsando la transformación de regímenes autoritarios. Pero eso está aconteciendo al tiempo que la eficacia misma de la democracia como forma de organización política nacional está siendo sometida a críticos escrutinios y abiertos cuestionamientos; al tiempo que la "democracia social" está siendo acosada y atacada en lo ideológico y en la práctica "política" y "cívica"; al tiempo que millones de seres humanos se están preguntando si vale la pena participar en la vida cívica, cuando el grueso si no todas las ventajas, beneficios y privilegios del poder están en manos de una élite cada vez más selecta; ventajas, beneficios y privilegios cuyo acceso mínimo está denegado a las grandes mayorías; al tiempo que hay países con ingresos fabulosos (e.g. Venezuela con unos 30 millardos de dólares de ingreso el año pasado) cuyos malos gobiernos y una situación de colapso ético e institucional impiden que la prosperidad llegue (como si lo hacía antes) a los sectores más desposeídos, impulsando a muchos de sus habitantes a convertirse en "delicuentes por hambre". La responsabilidad de los poderosos y talentosos Pero como bien nos lo recuerdan los dos académicos a cuyo trabajo he aludido a lo largo de este ensayo, sería ilusorio esperar que los prospectos poco alentadores de la democracia social se reviertan sin que los más ricos, poderosos, talentosos e "incluidos" del mundo se percaten y convenzan previamente de su obligación de cuidar, proteger y "garantizar el acceso" a los más débiles y desvalidos, incluyéndolos en los beneficios del progreso. Convencimiento, por demás, que debe provenir del reconocimiento de que su calidad de vida y, de hecho, el futuro mismo de la humanidad, están inexorablemente sujetos a, y condicionados por, la forma en que ellos traten a un prójimo cada vez más diverso y "post-nacional", a las demás criaturas vivientes y a los presionados ecosistemas del planeta. De lo que se trata, en fin, es que en un contexto mundial amenazado por el violento desbordamiento intranacional y transnacional de formas cada vez más estructurales de pobreza, se conciban y diseñen fórmulas novedosas que permitan reactivar y/o ampliar a los miembros de sociedades creciente y complejamente interdependientes los derechos y responsabilidades concernientes a la ciudadanía social. De este modo, en vez de proceder a desmantelar la democracia social dentro de las fronteras nacionales, se procuraría idear maneras de extender sus provisiones a escala transnacional. Extensión cuya instrumentación tendría que recaer, necesariamente, en los miembros más prósperos y talentosos de la "sociedad civil global" quienes, estando plenamente conscientes de su mayor cuota de responsabilidad social en la preservación de la gobernabilidad mundial, se abocarían a adoptar cursos de acción "intermésticos" que combinen creativamente conceptos como propiedad, contrato y auto-ayuda, con los de solidaridad, justicia social y participación.
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