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| Revista Electrónica Nº 14 Abril 1997 |
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Nos descapitalizamos y empobrecemos en medio de un superávit fiscal
Ignacio Enrique Oberto
El escritor contemporáneo italiano Gesualdo Bufalino, en su obra El malpensante. Lunario del año que pasó, nos señala en dos de sus aforismos: "Más mortífero que el impostor que cree en sus imposturas es el auténtico enamorado de sus propias verdades" y que, "Hay dos clases de estúpidos: los que creen en todo y los que no creen en nada..." Es tanto lo que este gobierno, que se encuentra a menos de un tercio del final de su período constitucional, nos repite sobre las bondades de los niveles que arrojan algunas variables macroeconómicas, como resultado de la aplicación de la llamada Agenda Venezuela, que uno ya casi, entumecido de tantos éxitos, comienza a creer en todo y muy especialmente en las propias verdades de aquél. Sin embargo, es necesaria una buena dosis de sobriedad para no dejarse llevar por todo este jolgorio. Un superávit que no es tal Quizás una de las áreas en las que con mayor entusiasmo ya creemos superados de manera definitiva los problemas que nos agobiaron en el pasado, es el referente al déficit fiscal transformado en fulgurante superávit fiscal, emblema e insignia del éxito de este paquete de ajustes, al extremo de que los miembros del gabinete económico señalan con gran orgullo que Venezuela supera a casi todos los países del mundo, y muy especialmente a aquellas naciones industrializadas, miradas por estos ministros de la economía hasta con un cierto dejo de condescendencia, por cuanto aquéllas presentan aún niveles de déficit fiscal y no han sido tan eficaces como nosotros en erradicar tan errabundo mal. La realidad es que resulta bien peligroso que terminemos por creernos esa parte de la historia de la Agenda Venezuela, y podamos pensar que en Venezuela están echadas bases definitivas para un cambio estructural dentro de la situación fiscal del país. Es peligroso porque ello dista mucho de la verdad y porque no sólo este flamante superávit fiscal está muy en deuda con eventos circunstanciales, no recurrentes, como lo fueron los ingresos petroleros extraordinarios y la venta de las acciones de la CANTV, cuyo producto ya ha sido consumido parcialmente por la vorágine del gobierno, gracias a la creatividad financiera del Fondo de Inversiones de Venezuela, de ninguna manera consubstanciales con modificaciones en la estructura del ingreso y el gasto público, sino porque hoy más que nunca en el pasado, Venezuela se encuentra lenta pero con paso seguro y firme desplazándose hacia una verdadera calamidad fiscal. Situación esta que lleva dentro de sí una carga de inflación estructural llamada por algunos economistas inercial, como resultado de la improvisación, despreocupación e irresponsabilidad en materia del deterioro y disminución sistemática en el inventario de bienes de capital ("capital stock") de la economía. En días recientes me acotaba el estudioso economista Asdrúbal Baptista, quien se dispone a participar, bajo los auspicios de la prestigiosa Universidad de Brown, en un seminario de economía venezolana en el contexto de un programa sobre perspectivas económicas en la región latinoamericana, que el inventario de capital en Venezuela, no sólo no crece, lo cual ya de por sí es de suma gravedad para cualquier economía, sino que se encuentra sistemáticamente decreciendo durante los últimos cinco años. Esto no es otra cosa sino una descapitalización y un empobrecimiento paulatino del país. Igualmente, Baptista estimaba la magnitud del inventario de bienes de capital en unas cinco veces el Producto (Producto Interno Bruto-PIB). Sabíamos y he comentado en artículos anteriores, a través de otros medios de comunicación social, que la inversión bruta privada en nuestro caso ha presentado una tasa de crecimiento negativa durante los últimos dieciocho años, pero ciertamente que ésta es la primera vez que he llegado a visuahzar con claridad lo que ya venía intuyendo desde hace algún tiempo. Se trata de las graves implicaciones que representa para el futuro desenvolvimiento fiscal de nuestra economía, el que el inventario de capital se encuentre decreciendo sostenidamente. La razón de mi preocupación y su interconexión con el tema del superávit fiscal contable, es sencilla y no requiere de gran sofisticación para explicarla. Si partiésemos de que la vida teórica de la mayoría de los bienes de capital de nuestro país fuese de cincuenta años, y asumiésemos que en promedio hoy día éstos tienen aún una vida útil remanente de veinte años, tomando en consideración que la magnitud del inventario de bienes de capital es aproximadamente cinco veces el PIB, resulta razonable estimar que para encontrarnos dentro de cinco años en una posición de estabilidad, es decir, de revertir la tendencia decreciente del mismo, sin ni siquiera hacerlo crecer, tendríamos que invertir en su reposición veinte puntos del producto, anualmente, durante ese período. ¿Podemos responsablemente ante esta realidad seguir hablando de este cacareado supervit fiscal? Es como una empresa que se encuentra mostrando utilidades pero está en un franco proceso de ruina y descapitalización, como consecuencia de la imprevisión de sus directores en materia de depreciación y reservas para garantizar las inversiones necesarias para la reposición de sus activos y hacer frente a sus contingencias. Por supuesto que la contabilidad del gobierno central es en base a efectivo, o dicho de manera coloquial, se contabiliza lo que entra versus lo que sale. También sabemos que ésa es la forma en que se elabora el presupuesto nacional. Sin embargo, ello no significa que un Estado responsable no deba hacer la previsión necesaria, justamente a través de su instrumento más preciado de política económica, su presupuesto anual aprobado y sancionado anualmente como Ley de la República, por el Congreso Nacional. La realidad es que este gobierno y la Comisión de Finanzas del Congreso Nacional durante este período constitucional, con su política de laisser faire, de un sálvese quien pueda, dejando que todo corra a la buena suerte de Dios, están encaminándonos hacia una calamidad fiscal tal y como arriba lo señalé. Por supuesto, que no es realista imaginar alcanzar estos niveles de inversión en bienes de capital, para lograr revertir tan nefasta tendencia. Por ello resulta inexplicable la indolencia de todos los protagonistas de este desaguisado, quienes no sólo contentos con dejar esta carga para que tenga que ser soportada por las generaciones futuras, todavía tienen el coraje de presentarnos estos resultados fiscales como algo digno de encomio. No es entonces de extrañar que, día a día, la infraestructura física de todo el país luzca colapsada y desmoronada. Por tanto no es difícil imaginar lo oneroso que resultará para el presupuesto y saldo fiscal del gobierno central, comenzar a atender este problema, así como por ende el efecto inflacionario inercial que casi inexorablemente ello conllevará hacia el futuro. Esa elusiva reestructuración del Estado El Ministro de Cordiplan ha tomado como una de sus banderas la reforma y la reestructuración del Estado. Sin embargo, bien adentrado el tiempo de su gestión, la misma comienza a lucir elusiva, cual sombra inasible. Los que hemos estado durante años involucrados en procesos de reestructuracin financiera y operativo de corporaciones, creo que hemos aprendido una lección: que cualquier reforma o reestructuración conlleva implícita grandes inversiones y costos. Bastaría con mirar a nuestro alrededor y ver cómo empresas que en un pasado lucían inexpugnables y colosales, como por ejemplo IBM, las empresas automotrices, las acerías, por sólo citar algunos ejemplos notorios, en distintos momentos y etapas enfrentaron serios procesos de reestructuración como consecuencia de situaciones por las que atravesaron que amenazaron su propia supervivencia y viabilidad. Sin embargo, sólo como resultado de enormes inversiones y costos en constante y sonante, estas empresas lograron reposicionarse para enfrentar sus nuevos retos y realidades. Sirva también de ilustración el caso de la República Federal de Alemania, donde las grandes inversiones y costos asociados con su reunificación y reestructuración, aún hoy se dejan sentir dolorosamente en su gestión fiscal y el desenvolvimiento económico. Lamentablemente, en Venezuela seguimos pensando que la reforma de nuestro Estado, de por sí anticuado, ineficiente y descapitalizado, por no añadir corrupto, puede ser llevada a cabo, como por una suerte de magia, sin que medien las inversiones y costos necesarios para hacer que eso sea posible. ¿Cómo puede pensarse en globalización e inserción en el contexto internacional cuando el inventario de bienes de capital viene decreciendo sistemáticamente y nadie en el gobierno nacional parece capaz de articular una política nacional que dé respuesta a esto? Si no somos capaces de crear las condiciones para que el sector privado comience a llenar este vacío, ni de diseñar a nivel del Estado una estrategia que afronte los retos de la reforma y reestructuración del mismo, mal podemos estar preparados para enfrentar los retos y esperanzas que conllevará este comienzo de tercer milenio. Las preocupaciones legitimas que se desprenden de estos temas, nos deben orientar a una seria reflexión sobre los riesgos de caer en la tentación de dejarnos llevar por los enamorados de sus propias verdades, o de ser como los primeros estúpidos del aforismo de Bufalino que creen en todo. Por ello se impone un cuestionamiento a tanto adormecimiento y distorsión de la realidad, sin que ello signifique que somos como la otra clase de estúpidos que no creen en nada o seamos profetas del desastre. |
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