Cabezal Política Exterior

Revista Electrónica       Nº 14     Abril 1997

Política Externa

 

Arístides Calvani: Centroamérica y democracia

Sadio Garavini di Turno

Durante la década de los 70, a raíz del marcado retroceso de la democracia latinoamericana, se generalizó un pesado escepticismo sobre las posibilidades democráticas de América Latina, en vastos sectores de la opinión pública, supuestamente informada, tanto en Europa como en Estados Unidos. Esta percepción se asentaba y se asienta todavía, en buena parte, sobre un profundo "etnocentrismo" cultural y, a veces, en una crasa ignorancia de la realidad, política y socieconómica del subcontinente. En el marco de esta visión, la democracia en América Latina era poco menos que imposible, los casos de Costa Rica y Venezuela eran simplemente ignorados o interpretados como la clásica excepción que confirma la regla. Curiosamente, en plena Guerra Fría, tanto la derecha como la izquierda de los países desarrollados coincidían en esta especie de escepticismo bipolar, obviamente, por diferentes razones.

La derecha consideraba que los Estados latinoamericanos eran sociedades "inorgánicas", todavía no aptas para el gobierno democrático y que necesitaban de una larga dosis de autoritarismo, que garantizara el orden y la estabilidad necesarios, para acometer el difícil proceso de "modernización:. Además, los "gendarmes necesarios" eran, evidentemente, "buenos amigos"" de los Estados Unidos. Las izquierdas, "liberal" norteamericana y "progresista" europea, se habían convencido que los altos niveles de pobreza crítica y las fuertes desigualdades socioeconómicas, en la mayoría de los países latinoamericanos, impedían el funcionamiento de un régimen democrático y que las requeridas y profundas transformaciones del orden social y económico implicaban, necesariamente, un período de autoritarismo "revolucionario", para contrarrestar la oposición de los sectores dominantes.

Desgraciadamente, estas "castrantes" visiones se reflejan, trágicamente, en el común interés que, en América Latina y, en particular, en Centroámerica, han tenido, tanto los sectores "trogloditas" como los de extrema izquierda, en tratar de aniquilar, política y/o físicamente, los dirigentes de los partidos y grupos democráticos, para reforzar esa falsa idea de la inexistencia de alternativas entre el autoritarismo reaccionario y el utopismo ideocrático revolucionario.

Arístides Calvani, estadista, político y académico venezolano, se opuso, firmemente, a la lógica perversa de estos opuestos extremismos, que como todos los extremos tienden a "tocarse" y creyó y luchó por el inicio del proceso democrático en Centroámerica, fue el abanderado de la tolerancia, del diálogo, de la necesaria "civilización" (en todos los sentidos de la palabra) de la lucha política, en el período más violento del conflicto sociopolítico, en el istmo centroamericano.

Como Canciller de Venezuela, en el primer gobierno del Presidente Rafael Caldera (1969-74), cumplió, en el marco del respeto a las normas del Derecho Internacional, con el mandato de la Constitución venezolana de "sustentar el orden democrático como único e irrenunciable medio de asegurar los derechos y la dignidad de los ciudadanos, y favorecer pacíficamente su extensión a todos los pueblos de la Tierra." Posteriormente, como Secretario General de la Organización Demócrata Cristiana de América, trabajó intensamente, no sólo con los partidos y sindicatos de inspiración socialcristiana, sino con todos los partidos y grupos democráticos y, puso un especial énfasis en relacionarse con los grupos y sectores no tan democráticos.

En efecto, Calvani creía que, para establecer la democracia en América Central, había que empezar por democratizar a los no demócratas, Calvani concebía a la democracia como un proceso continuo de democratización, al respecto le gustaba repetirnos que: "la democracia hay que establecerla donde no la hay, consolidarla, donde ya se ha establecido y perfeccionarla, cuando ya se ha consolidado."La democracia, por tanto, ni es, ni será nunca perfecta, pero siempre será perfectible. No es el paraíso terrenal, el "reino feliz de los tiempos finales", la "edad de oro" al final de la historia, donde se solucionan todos los problemas, sino, simple y humildemente, la mejor forma que la humanidad civilizada ha encontrado, para convivir políticamente y tratar de buscar, entre todos y sin matarnos, la solución a los problemas de la sociedad.

Hace ya más de una década, Arístides Calvani nos presentaba a sus alumnos unas ideas, que considero de una extraordinaria actualidad, ideas que Octavio Paz ha manejado en varios de sus últimos ensayos. Me refiero a la relación entre las tres palabras claves de la democracia moderna, inmortalizadas por la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad. Calvani nos decía que el liberalismo pone el énfasis en la libertad que, por sí sola, tiende a generar y profundizar la desigualdad, que, a su vez, produce las condiciones para la tiranía.

El socialismo se adueño de la igualdad, pero, al omitir la libertad, condujo a la opresión totalitaria y transformó a la misma igualdad en una trágica farsa. Para Calvani, la palabra central debería ser la olvidada fraternidad, virtud cristiana por excelencia. La libertad y la igualdad, las dos "hermanas enemigas", como las define Octavio Paz, a través de la fraternidad, se humanizan, se comunican y se reconcilian, evitando que la democracia se pierda en el engaño nihilista del relativismo.

Calvani se formó en el rico y fecundo ideario del personalismo cristiano, particularmente a través de los escritos de Jacques Maritain, uno de los más grandes filósofos del siglo XX. Podríamos condensar algunas de las posiciones fundamentales del personalismo en tres "primacías": a) Primacía de la persona y con ella de la sociedad frente al estado. b) Primacía de la persona y con ella del trabajo frente al capital. c) Primacía de la persona y con ella de la ética frente a la política, esta última concebida, maquiavélicamente, como política del "éxito", separada de la moral. En la visión personalista, la crisis de la democracia política de los años 30 de este siglo, se debió, fundamentalmente, a un vacío moral antes que político, que se expresaba en una ausencia casi total de creencias y esperanzas. Este vacío ético había preparado y, de alguna manera determinado, el subsiguiente vacío político. Si los totalitarismos habían podido afirmarse era porque, para la mayoría de los europeos de la época, la democracia parecía un régimen carente de una fundación firme, incapaz de dar una respuesta a los problemas de la sociedad y del hombre. Al respecto, Maritain comentaba: "La democracia burguesa del siglo XIX fue neutral incluso respecto a la libertad. Así como no tenía un bien común auténtico, tampoco tenía un pensamiento común auténtico: nada de cerebro propio, sino un cráneo vacío y revestido de espejos. No es de maravillarse, pues, que con anterioridad a la Segunda Guerra Mundial, especialmente en aquellos países en que perturbaba y corrompía la propaganda fascista, racista o comunista, se hubiera convertido en una sociedad sin la menor idea de sí misma y sin fe en ella, sin ninguna fe común, que le permitiera resistirse a la desintegración," Reconstruir la democracia en las conciencias antes que en las estructuras, significaba, por tanto, percatarse de este vacío y llenarlo. La respuesta a la crisis no podía ser sólo una obra de ingeniería constitucional sino implicaba, antes que nada y sobretodo, una refundación ética del régimen democrático.

Como en los años 30, estamos viviendo, de nuevo, una profunda crisis moral, sólo que el vacío ético de este fin de milenio tiene las dimensiones de un verdadero "hoyo negro" galáctico. En la actualidad postmoderna, caracterizada por una espeluznante anarquía valorativa, estamos sufriendo los efectos de la compleja interrelación entre el consumismo globalizante y hedonista y la barbarie irracional y tribalista. Entre la idiotez consumista y el fanatismo barbaro, entre el consumidor y el fanático, debemos recuperar, en el hombre, al ciudadano responsable. Para eso, es necesaria y urgente, particularmente entre la juventud, la relegitimación de la Política (con P mayúscula), como la actividad humana que, entre otras cosas, busca organizar la convivencia social, en función del bien común y de solucionar, pacíficamente, los conflictos inherentes a esa convivencia. Con las banderas de la eficiencia, la honestidad, la autenticidad y la vocación de servicio, los políticos del inminente tercer milenio, siguiendo el ejemplo de Arístides Calvani, pueden y deben, "encarnar", de nuevo, los modelos de vida para la mejor juventud: la juventud estudiosa, trabajadora, generosa y solidaria.

Hay que reconciliar, otra vez, la ética con la política.

Arístides Calvani fue una de esas, cada vez más raras, personas que se merecen el título de Maestro, con M mayúscula. Dotado de una inteligencia relevante y de una excepcional energía vital, Calvani se caracterizaba, fundamentalmente, por ser de esos pocos hombres que dan testimonio de vivir, siempre, como dicen que piensan: "facere veritatem" y no sólo "dicere veritatem". Calvani despertaba confianza, exhudaba honestidad, tenía credibilidad y, sobre todo, se le reconocía "auctoritas" moral. Virtudes, crecientemente, exigidas por pueblos hambrientos de puntos de referencia, de luces firmes, que iluminen el camino. en este tiempo de transición epocal, caracterizado por la inestabilidad y la incertidumbre.

 

 

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