|
| Revista Electrónica Nº 14 Abril 1997 |
|
|
|
Shock Desestabilizador
María Teresa Romero
|
|
|
No, no me estoy refiriendo al impacto que produciría un nuevo intento de golpe de Estado, tampoco a los efectos de una supuesta decisión por parte del gobierno de echar para atrás el programa de ajustes económicos o la modernización del Estado que tímidamente viene desarrollando desde abril del año pasado. El shock desestabilizador al cual hago alusión tiene que ver con el impacto que podría producir en nuestro sistema democrático una victoria presidencial del fenómeno político-social que representa la actual Alcalde del Municipio de Chacao, Irene Sáez. Nadie, en la Venezuela actual, está en condiciones de pronosticar lo que pasará en las próximas elecciones presidenciales de 1998. Ni siquiera, con todo y los avances en la normalización del país, podemos asegurar si se producirán finalmente esas elecciones o si en el camino nos tropezaremos con una nueva intentona golpista, un autogolpe, un golpe civilista por parte del Congreso o una guerra civil. Nuestro panorama político-electoral es, hoy más que nunca, incierto, confuso y cambiante, producto de las actitudes de una población que, acostumbrada a vivir por muchas décadas en relativa estabilidad política y económica, ha tenido que enfrentar ya por al menos siete largos años una crisis global sobre la cual no se vislumbran salidas concretas. No obstante, en el escenario más probable (y deseable) que es el de la continuación del juego democrático y la realización pacífica de elecciones el próximo año, Irene Sáez tiene un chance electoral nada despreciable. Una opción relativa Actualmente, las encuestas le dan a la exitosa ex-Miss Universo y Licenciada en Ciencias Políticas la primera opción en la carrera presidencial; y entre las personas que hasta el momento han manifestado interés en ser candidatos a la Presidencia de la República, sin duda Irene Sáez cuenta con los más altos índices de popularidad. Además, algunos de los rasgos de imagen de la candidata corresponden con los principales que constituyen el "ideal" que la mayoría de la población tiene de la persona que debería ocupar el cargo de Presidente: un individuo honesto, competente y que no pertenezca a un partido político. Así, por ejemplo, según la encuesta de Percepción 21 realizada en la ciudad de Caracas durante el mes de noviembre de 1996, la mayoría de los caraqueños pensaba que es más importante que su próximo Presidente sea competente (76%) a que sea una buena persona. Revelando nuevamente su rechazo a la política partidista, sólo 28% de los encuestados indicó que el próximo Presidente debe ganar con el apoyo de los partidos políticos, mientras que 59% (incluidos 71% de la clase alta) indicó que el candidato debe ganar porque él/ella se opone a los partidos. Por último, la encuesta señala que hay escasa diferencia entre los venezolanos que están a favor de un Presidente (28%) y aquéllos que prefieren una Presidenta (27%), mientras 43% indicó que ello no tiene importancia. Encuestas más recientes a nivel nacional como es el caso de la última encuesta realizada por la empresa Consultores 21 revelan que la popularidad de Irene tiende a descender y su nivel de "desagrado" antes prácticamente inexistente a aumentar en la medida que a Irene se le asocia con un partido (Copei, por ejemplo), así como en la medida que ella habla en público sobre problemas y temas nacionales. Porque si bien la mayoría de los encuestados no le da tanta importancia a la experiencia, sí le otorgan gran prioridad a las buenas ideas (60%) y expresan su preferencia por un candidato versado en los problemas nacionales, especialmente en economía (67%). Por otra parte, aun cuando la Alcalde de Chacao mantiene como principal credencial una gestión municipal aceptable y excelentemente publicitada, esta gestión ha venido siendo cuestionada en los dos últimos meses. Si bien todo lo anterior la perfila como la candidata de mayor opción si las elecciones presidenciales fueran hoy, el triunfo de Irene en las elecciones de 1998 no está asegurado. Apartando los imponderables (e.i. que irrumpa una nueva figura presidenciable con carisma o que la población cambie de modo de pensar en torno a Irene por las razones que sean), hay que tomar en cuenta que la principal debilidad de la Alcalde es la carencia de una maquinaria política nacional capaz no sólo de lograrle los votos, sino de garantizarle que los que obtenga se incluyan en las actas de votación. Y esa debilidad parece que se mantendrá, si nos atenemos a sus afirmaciones recientes en relación a su rechazo ante la posibilidad de ser candidata de cualquier partido político y a lanzarse con un poyecto político propio y "realmente independiente" a través de la creación del Movimiento Irene. Lo de la falta de una maquinaria partidista es de suma importancia porque aun cuando un 70% de los venezolanos dicen no creer en los partidos políticos, son precisamente estos los que aún logran movilizar a la población votante. Ello quedó ampliamente demostrado en las últimas elecciones regionales. Vinculado a esto último, también debemos tomar en cuenta el hecho de que el 45% apróximadamente de los venezolanos que manifiesta su preferencia por Irene forma parte del grupo de la población que no sale a votar el día de las elecciones, que es esencialmente abstencionista. Por último, otro factor que conspira en contra del triunfo de Irene es la falta de confianza que en torno a su figura ha empezado a manifestarse en la llamada élite pensante del país. Basta observar la cantidad de artículos periodísticos y de declaraciones públicas que diariamente ofrecen intelectuales y dirigentes de diversos sectores sociales cuestionando no sólo la falta de experiencia política de Irene, sino la ausencia (al menos por ahora) de un equipo y programa de gobierno. En todo caso, el nombre de Irene Sáez suena como presidenciable en el presente político y ello obliga a una consideración a priori del peligro que su posible triunfo tendría para la aún precaria estabilidad y gubernabilidad democrática. Los peligros del neopopulismo A mi modo de ver, el principal peligro que representa Irene Sáez como Presidente de la República, más allá de su evidente inexperiencia política (que pondría en jaque permanentemente al sistema), tiene que ver con el hecho de ser una fiel representante del neo-populismo que se desarrolla en la actualidad política venezolana y regional. En efecto, el fenómeno Irene forma parte de la corriente prevaleciente en América Latina constituida por los llamados (o mal llamados) "nuevos liderazgos y movimientos emergentes". Fenómenos estos que irrumpieron abiertamente en las elecciones latinoamericanas de la segunda mitad de la década de 1980 y principios de la de 1990, cuando en la mayoría de las contiendas nacionales y municipales de la región arrasaron candidatos con escasa o ninguna trayectoria política o candidatos profesionales actuando como anti-políticos, ambos sin base partidista fuerte. Unas elecciones en las que, además, la participación electoral bajó en forma drástica o quedó estancada en un nivel muy bajo. Entre los candidatos con escasa trayectoria política, denominados "nuevos caudillos", "newcomers" o simplemente "outsiders", destacan, por ejemplo, el ingeniero Alberto Fujimori en Perú, el empresario Fernando Collor de Mello en Brasil, el cantante Palito Ortega y el corredor de carros Carlos Reutem en Argentina, el Alcalde limeño Ricardo Belmont, Carlos Palenque y Max Fernández en Bolivia, el alcalde Antanas Mockus en Colombia y hasta el cantante Rubén Blades en Panamá. Entre el segundo tipo de candidatos, aquellos políticos profesionales que ganaron las elecciones y que en ciertos casos continúan actuando como anti-políticos y supra-partidistas, figuran Sixto Durán en Ecuador, Carlos Menem en Argentina, Rafael Caldera en Venezuela y más recientemente Abdalá Bucaram en Ecuador. Estos fenómenos altamente personalizados tanto en su versión propiamente neo-caudillista como en la que se refiere a políticos profesionales con fachada anti-política manifiestan ciertos características comunes: un estilo anti-político y anti-partidista que se da más a nivel discursivo que práctico; los mismos se derivan y están en correspondencia con la crisis de los partidos políticos y de la clase política tradicional, tratando de instaurar una nueva forma de hacer política; ejercen lo que se ha denominado una "política mediática" ya que su base de acción se da primordialmente a través de los medios de comunicación; siendo su objetivo fundamental el público audiovisual apelan, en forma más pronunciada que antes, a mensajes simbólicos y a aspectos emocionales; no hacen apelaciones programáticas, lo único que ofrecen como modelo alternativo es su propia persona; en sus discursos enfatizan la necesidad de conducirse de acuerdo a principios éticos en el accionar político, y prefieren la utilización de formas de democracia plebiscitaria y semidirecta sobre las de tipo representativo. (¿Y no son estos rasgos, acaso, los mismos que presenta el liderazgo de Irene Sáez?. Pero continuemos con el argumento general) Si bien estos tipos de liderazgo adquieren rasgos populistas por su carácter demagógico y por apoyarse en nuevos movimientos populares, no por ello pueden explicarse como lo han intentado algunos autores como el simple resurgimiento del populismo que nació en la región latinoamericana durante la década de los años treinta, en virtud que este populismo tradicional derivó esencialmente de la movilización de amplias masas obreras y campesinas escasamente organizadas y se basó en un movimiento y programa partidista que utilizaba al pueblo como principal fuente de inspiración. Conforman, más bien, una nueva tendencia organizativa populista por muchos llamada "neo-populista" que se diferencia de aquella propiamente partidista al tomar la forma de movimiento de orientación profesional electoral que recuerda, en parte, al viejo esquema de partido de cuadros. En efecto, este tipo de organización propia del nuevo contexto latinoamericano se caracteriza por poseer un núcleo dirigente mínimo con un liderazgo muy personalizado. Su estructura y disciplina son débiles y flexibles en comparación con los partidos burocráticos. Poseen un alto nivel de participación de profesionales, técnicos y de personalidades independientes centrados más en cuestiones electorales que en definiciones ideológicas. Constituyen fórmulas dirigidas a la competencia electoral de sus candidatos y su discurso se basa en el cuestionamiento constante y directo a los partidos políticos y a la política en general. Son muchos los problemas y peligros que presentan estos tipos de liderazgos y movimientes emergentes. Uno de ellos es que facilitan la siempre vigente tendencia latinoamericana hacia regímenes autoritarios pero ahora de carácter civil. Porque si bien estos fenómenos no buscan salir del marco justificatorio que proveen las normas democráticas, al concentrar el poder de decisión en la figura presidencial y en el poder ejecutivo, pueden utilizar en forma excesiva y abusiva los mecanismos de democracia directa alejándose de esta forma de un verdadero Estado de Derecho. De hecho, ya desde hace algunos años en América Latina se constata la existencia de gobiernos y liderazgos de clara tendencia "neo-autoritaria" o de un "autoritarismo civil". Tal es el caso del régimen de Fujimori en Perú. Otro problema que generan estos fenómenos es la tendencia a impulsar sistemas multipartidistas laxos y débiles. Podría argumentarse que la proliferación actual de los denominados movimientos emergentes en los sistemas políticos latinoamericanos no representa un acontecimiento negativo per se. Por el contrario, su auge pudiera demostrar que funcionan a cabalidad el sistema democrático y el principio de pluralismo político. Sin embargo, para algunos analistas en la materia, su peligro estriba en la posibilidad de destrucción del sistema partidario o al menos en la profundización de la anarquía y falta de consensos reales dentro del mismo.. En Perú, por ejemplo, prácticamente dejaron de existir el APRA, Acción Popular &emdash;partido creado por el ex-Presidente Fernando Balaunde Terry&emdash; y el Partido Popular Cristiano. Los demás partidos tradicionales y hasta el propio movimiento "Cambio 90" de Fujimori han languidecido. En Venezuela, tras las últimas elecciones presidenciales de 1993 y las más recientes elecciones estadales y municipales, se resquebrajó el tradicional esquema bipartidista y surgió un sistema partidista fragmentado y atomizado que ha acabado con la formación de alianzas políticas estables y programáticas en especial en el seno del Congreso de la República que faciliten el buen funcionamiento del gobierno. El problema con estos sistemas multipartidistas es que tienden a debilitar la estabilidad de la democracia como un todo si paralelamente no se estructura un consenso sólido en torno a unas reglas de juego políticas básicas en los actores fundamentales del sistema político. El rol antisistémico y desestabilizador de los movimientos neopopulistas tiendes a extenderse por toda la región Por último, cabe apuntar como otros de los peligros del nuevo populismo, la profundización de la demagogia en un clima social de frustración, apatía y anomia colectiva en el que destaca la desconfianza hacia las instituciones básicas de la democracia. Ciertamente, para lograr triunfos electorales los nuevos liderazgos personalistas apelan al paternalismo, la irracionalidad e ignorancia de las masas, utilizan un discurso pragmático sin contenido ideológico ni programático cargado de promesas vagas sobre una sociedad mejor y distinta a la creada por los partidos políticos. Pero al llegar al poder, no sólo no están en capacidad de llevar a cabo las promesas realizadas durante sus campañas electorales, sino que pretenden poner en práctica un programa político y económico del cual no han hablado o lo que es peor aún#151; han hablado mal. Ello, como es de suponer, desencadena mayor frustración, malestrar , protestas y violencia entre las población y, en respuesta a estas actitudes, una profundización del autoritarismo gubernamental. La tensión suscitada puede llegar al extremo de forzar la salida del cargo del demagógico violentando así la Constitución democrática. Tales fueron los casos de Collor de Mello en Brasil y de Abdalá Bucarám en Ecuador. Irene Sáez constituye una fiel representante de este "nuevo liderazgo emergente" en su versión neo-caudillista, es decir, de político no profesional. Es la propia "outsider" asumiendo su liderazgo y movimiento todas las características del neo-populismo reseñado. Sin duda, su actitud demagógica no llega a los extremos de un Bucarám en Ecuador o de Antanas Mockus en Bogotá. Es, sin duda, más seria y recatada aunque no por ello menos engañosa en virtud de la utilización de un discurso que tiende a estimular indirectamente el paternalismo de Estado y el mesianismo (ahora, después del fracaso del último papá-caudillo, las esperanzas están puestas en una mamá salvadora, tierna y pura), la irracionalidad e ignorancia de nuestra población (haciendo prevalecer valores y creencias culturales foráneas y no genuinamente democráticas), a la par que ofrece más de lo que se puede lograr en términos políticos, económicos y sociales (la ilusión de un país ni siquiera superdesarrollado, sino perfecto al estilo Irenelandia y por lo tanto inexistente). Esta actitud genera, desde ya, expectativas imposibles de satisfacer. En general, su proyecto de nuevo cuño, en el cual ella misma es el principal activo y cuyo objetivo final es llevarla a Miraflores, conlleva sin haber aún nacido la semilla del autoritarismo y los elementos necesarios para contribuir con la fragmentación del esquema partidista y con el desencadenamiento de situaciones anti-constitucionales. (y en esta situación, ¿Quién nos garantiza, por ejemplo, que a los tres o seis meses de gobierno la opinión pública se le voltee como pasó con Bucaram o con el propio Caldera y el Congreso Nacional se vea "estimulado" a hacerla renunciar?). El fenómeno Irene Sáez, pues, constituye -de entrada- un shock desestabilizador. Como muchos de los fenómenos de su tipo que nos ha ofrecido la actual década de los noventa (quizá más perdida que la propia "década perdida" de los años ochenta) en la América Latina, es de impacto negativo para la estabilidad y consolidación de nuestro sistema democrático. |
|
|
|
|||
|
|||
|
|
|||
|
|
|
|
|
|
|||