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| Revista Electrónica Nº 14 Abril 1997 |
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Andrés Bello en Macondo
José Pulido
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Leí el discurso que pronunció en Zacatecas el escritor Gabriel García Márquez y me impresionó el hecho de que un texto tan hermoso como ese haya sido elaborado con el mismo idioma que estamos usando los demás. Luego me dije: algo funciona patéticamente cuando tantos defensores de la lengua se molestan con un hombre que le ha dado afinación de stradivarius al castellano de América, escribiendo una novela como ``Cien años de soledad''. Un rato después comencé a sentir cierta malsana alegría. Pensé: al fin se va a desmoronar ese maldito Nobel y habrá más chance de convencer a los editores para que se arriesguen con otros escritores. Por unos instantes imaginé un mundo donde las librerías no ofrecían ningún ejemplar de ``Cien años de soledad'' y algo mejor que eso: donde nadie recordaba que esa obra existía. Llegué inclusive a recrearme viendo a Gabriel García Márquez con su guayabera ``esluyía'' en el cuello buscando trabajo como reportero. Y escuché con claridad impresionante cuando un gerente le respondió: ``No, usted ha traicionado a la ortografía''. Sintiéndome ortográfico y academialing*ístico, me propuse escribir algo para poner mi grano de mármol en la lápida del Gabo, ese irredento abortador de haches. Pero entonces saltó en mi memoria una frase vieja y en desuso: ``Llámale hache''. La pronunciaban para dar a entender que importaba lo mismo una cosa que otra. Fue como una advertencia solapada, cual un regaño implícito porque sonó en mi cabeza con la voz de mi madre. Ella siempre decía ``Llámale hache'', y con eso daba por terminadas -y ganadas- las discusiones. Entiendo que quienes crearon aquella frase deben haber considerado a la hache como una ventana de cristal: puedes mirar el paisaje a través de ella así esté cerrada. Después de ``llámale hache'' saltó otra revelación en mi mente: en los años de mi infancia la gente adulta se regodeaba en el ejercicio inconsciente de eliminar las haches y decía jobo, jembrero, jinchón, jipato, jipucho y jala bola. Consulté algunos libros viejos para entender tal situación y hasta ahí llegué: encontré atravesado como kiosco en acera a un individuo llamado Andrés Bello diciendo: ``Hay que simplificar de manera racional la ortografía para facilitar la inmensa tarea de extender y generalizar en el naciente mundo americano las artes de leer y escribir''. En 1837 la Academia de la Lengua Española estaba pendiente de los buenos escritores ``para adoptar sus normas ortográficas''. Eso significa que en aquellos días nadie se iba a molestar con un escritor que planteara transformaciones respecto al idioma porque para esto estaban los creadores literarios. Pero en 1844 la reina Isabel oficializó la ortografía académica y desde entonces, aún después de las guerras de independencia y de las supuestas democracias establecidas, ``son los escritores quienes deben atenerse al rumbo seguido por la Academia''. Antonio de Nebrija citó en una ocasión: ``Dize nuestro Quintiliano que el que quiere reduzir en artificio algún lenguaje, primero es menester que sepa: si de aquellas letras que están en uso sobran algunas, y si por el contrario faltan otras''. El estableció el principio general del fonetismo: escribir como pronunciamos y pronunciar como escribimos. Juan de Valdés sostenía que la H la ponen donde no es menester y otros la quitan de donde está bien. ``Yo no pongo la H porque leyendo no la pronuncio'', alegaba. Este hombre que tampoco amaba las haches fue condenadamente útil a la literatura sin saberlo: ``Influyó en el pensamiento ling*ístico de Cervantes''. En 1630 la reforma más radical de la ortografía castellana fue propuesta por el profesor de lenguas clásicas de la Universidad de Salamanca, Gonzalo Correas, quien escribía así: kastellano, katedrático, xubilado, Salamanka. Bastante tiempo después Andrés Bello refunfuñaba cada vez que tenía la oportunidad: ``Y qué importa que sea nuevo lo que es útil y conveniente? Por qué hemos de condenar a que permanezca en su ser actual lo que admite mejoras? Si por nuevo se hubiera rechazado siempre lo útil, en qué estado se hallaría hoy la escritura?''. Argumentaba hasta la saciedad que se debía suprimir la H en palabras como hombre, hato, hilo y honor. ``Dícese que los buenos castellanos niegan que para la pronunciación no sea necesaria la H. Desearíamos oír de la boca de esos buenos castellanos la diferencia de pronunciación de hombre con H y ombre sin H''. ``Conservar letras inútiles por amor a las etimologías me parece lo mismo que conservar escombros en un edificio nuevo para que nos haga recordar el antiguo'', opinaba Bello. Y dejó escrito esto: ``La doctrina y la práctica de la Academia es simplificar progresivamente la escritura y que el uso de los doctos abra caminos para mayores innovaciones''. En fin, que no pude siquitrillar a Gabriel García Márquez porque eso me iba a obligar a realizar la titánica tarea de ridiculizar a Bello y a todos esos otros señores antiguos que en realidad sabían muchísimo porque había menos libros para leer, no tenían televisión y en consecuencia se leían toda la biblioteca. Hay que decirlo, aunque en el acto de ser justos quedemos como adulantes enculillados: si don Andrés Bello hubiese escrito sus libros con el talento del Gabo hoy seríamos menos ignorantes, y Bello no parecería un habitante del Country Club. El Nacional, 27 de Abril de 1997 |
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