Resumen de Noticias
Revista Electrónica       Nº 14     Abril 1997
En Esta Semana
Preguntas de un venezolano
Axel Capriles M

La oligarquía caraqueña ha dominado siempre a sus invasores, no con el coraje de sus hombres, sino con la blandura de sus mujeres, escribe Herrera Luque en algún párrafo de La casa del pez que escupe el agua. Fulminante, sin duda; exagerada, tal vez; despectiva, seguro; pero no por ello la frase deja de ser una excelente y aguda metáfora de la miríada de vasos cumunicantes, la invisible red de complicaciones que rigen las relaciones entre el poder político y el económico. Los vínculos entre la riqueza y el poder no siguen normas racionales y objetivas. No resultan de la adecuación de planteamientos específicos a las necesidades verdaderas de la sociedad, ni de la justicia inmanente de sus postulados ideológicos. Son la consecuencia de un delicado baile estratégico cuyos pasos aprendemos con el tiempo.

Tras la muerte de José Tadeo Monagas, Antonio Guzmán Blanco redobló sus esfuerzos para ascender al poder. Aunque desde su vuelta de Europa, Guzmán había intentado mejorar sus relaciones con la oligarquía nacional, familias tradicionales como los Toro, los Herrera, los Vegas o los Palacios, continuaban rechazándolo y, peor aún, despreciándolo. Para consolidar su prestigio social, Guzmán Blanco decidió dar un fastuoso baile al que asistiría lo más selecto de la sociedad caraqueña, lo más refinado y granado de las encumbradas familias de la oligarquía mantuana. A pesar del desastroso desenlace de la fiesta, a partir de ella surgió el estrecho vínculo entre Guzmán y Henry Lord Boulton que tanto impulsaría el crecimiento de las Casas Boulton. De esas muchas fiestas y bailes, de esos nexos familiares y relaciones personales, se fue tejiendo la urdimbre invisible que regulaba los movimientos intangibles del intercambio entre el capital y el poder político. Los venezolanos, de alguna forma, aprendimos a distinguir y entender su mímica encubridora, su ritmo y sus expresiones.

Un dilatado archivo de contactos en el recorrido conjunto de una larga y accidentada historia nacional, una cierta tradición común, habían ya normado las formas implícitas en que la oligarquía del dinero se entendía y comunicaba con los gobernantes de turno y con los nuevos representantes de los grupos sociales emergentes que, de tanto en tanto, ascendían al poder político tomando las riendas y el control del Estado. Una especie de conocimiento mutuo, el cual, aunque superficial, tenía el peso de los encuentros repetidos en el tiempo, permitía el entendimiento personal y expedito en un lenguaje vernáculo. Siempre había un recuerdo, un pasado común, una amante, o un pariente lejano, que facilitara y propiciara las fórmulas y mecanismos de enlace entre los intereses económicos y los políticos, que hiciera posible el consenso en los enfrentamientos de grupos, en los golpes de Estado o en las situaciones coyunturales que pudieran poner en peligro la estabilidad del sistema. Sabíamos que en los momentos de incertidumbre y crisis o en las transiciones de mando, siempre se escucharía la voz de un Mendoza, un Zuloaga o un Sosa, en los salones más íntimos del palacio de Miraflores. Sabíamos que Gonzalo Barrios pasaría el fin de semana en la casa de los Di Mase en Caraballeda y que Carlos Andrés Pérez viajaría en el avión de Siro Febres Cordero mientras su amante lo haría en el de Enrique Delfino o en el de Gustavo Cisneros. Todos esos vínculos endilgaban los compromisos y acuerdos necesarios entre el capital privado y el poder público ante las exigencias de cambio de un nuevo escenario social.

La situación, hoy día, es completamente diferente. La globalización de la economía, la entrada triunfal de los grandes capitales extranjeros, el avance de ciclópeos consorcios internacionales, el cambio de manos de la propiedad de la riqueza y la total transformación de la estructura del capital en Venezuela, conforman un panorama económico radicalmente nuevo y desconocido para nosotros. No sólo hemos vendido y entregado buena parte de nuestras mejores organizaciones empresariales a los extranjeros, sino que los grupos económicos nacionales han perdido capacidad de crecimiento, por no decir que han prácticamente desaparecido. Lo más interesante de esta última década del siglo es que mientras en el pasado la forma de propiedad y distribución de la riqueza en Venezuela se mantuvo más o menos incólume, con cambios más lentos en el estamento económico que en el político, y donde un reducido número de familias y grupos económicos tradicionales lograron perpetuar su influencia mientras veía pasar las nuevas caras que surgían a la luz pública de acuerdo a los vaivenes políticos, estamos ahora frente a un curioso escenario donde formas y figuras inamovibles de una clase política petrificada e incrustada en la cúspide del poder observa a distancia el movimiento y desfile de facies de los extraños y nuevos dueños del capital en Venezuela.

La pusilámine oligarquía venezolana ha concluido su periplo histórico. Primero, abandonó sus obligaciones como élite política dejándole el camino abierto a toda clase de arrivistas y fascinerosos. Segundo, abandonó cómodamente lo único que le quedaba, entregando sus negocios a los extranjeros. Pero hay un lado positivo a esto. Los ministros y concejales ya no atenderán al hijo de fulano, quien es a su vez compadre de tal, ni en su despacho se escuchará ese lenguaje criollo repleto de groserías y modismos vernáculos que habitualmente preludia el almuerzo y los whiskies a golpe de las dos. La globalización se hará presente con la fría e impersonal solicitud de un gerente sin historia y sin rostro, quien obviando adornos y chistes presentará sin rodeos la solicitud de una distante y difusa corporación internacional. En la coyuntura de una hipotética interrupción y vacío de mando o de un estallido y levantamiento popular, ¿quienes serán los nuevos Eugenio Mendoza, Pedro Tinoco o Arturo Sosa que representarán el gran capital? ¿Será un colombiano, un japonés o, tal vez, un chileno?


El Universal 24 de abril, 1997

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