Resumen de Noticias
Revista Electrónica       Nº 14     Abril 1997
En Esta Semana
Una vez más, los niños de las calles
Pascual Venegas Filardo

Hace algún tiempo escribimos sobre un tema que para nosotros, al menos, resulta doloroso. Se trata de los niños abandonados cuya paternidad a veces no conocen. Hace cierto tiempo caía sobre Caracas un chubasco, esos que son comunes en la capital venezolana durante la estación lluviosa. Eran las primeras horas de la noche y contemplamos debajo de un paso de doble nivel en el centro de Caracas, un grupo de muchachos que se amparaba del agua bajo un techo que apenas los protegía. No es la única vez que hemos contemplado ese cuadro en el cual impera el abandono y la miseria. Y nos preguntamos: ¿dónde estarán los padres de esos niños? ¿Saben ellos que tienen esos hijos? Posiblemente sí, pero supuestamente no les interesan.

Este cuadro no es sólo de nuestra capital, sabemos que ocurren escenas similares en las ciudades mayores de nuestra América. La irresponsabilidad impera y se prolonga. ¿Qué será de esos niños cuando sean adultos? No pocos son analfabetas. No hubo un padre o una madre que los llevara a una escuela donde siquiera aprendiesen a leer. Sabemos que en la mayoría de las ciudades populosas, es usual este cuadro que nos hace pensar en el futuro de estos menores. Cuando se es padre, nos lacera este espectáculo y pensamos en nuestros hijos cuando eran niños que todo lo tuvieron: trajes, vivienda, alimentación, escuela, y algunos, estudios superiores.

Hay que pensar que esos niños abandonados serán parte de los hombres del mañana, de un sector que crece y que se hace tan numeroso, que es difícil hallar la fórmula adecuada para encontrar al menos un paliativo. Cerca de las oficinas de comercios y otros establecimientos, concretamente bajo sus aleros, se amparan estos niños que no conocen las tres comidas diarias, que vislumbran alguna vez, pero que no alcanzan. Ellos carecen de un oficio remunerativo. No les avergüenza pedir limosna y hasta agredir si no se les da prontamente. A menudo, esos menores se amparan bajo los puentes, bajo los aleros de ciertas edificaciones, en los entrantes amplios como los que existen bajo el frente de diversos edificios. Y ¿qué hacer ante esta realidad? Bien sabemos que se han buscado paliativos no sólo en Venezuela sino en diversos países de nuestra América, desde México hasta Chile, pero la verdad es que el problema se hace casi insoluble. Al menos sabemos que esto sucede en nuestra capital y aún en algunas ciudades de provincia. En Venezuela se busca remediar este problema que es un cuadro doloroso, pero estimamos que no se da lo esperado, porque el número de menores desamparados abunda y crece. Al menos, creemos que ante esta realidad, no se toman todas las medidas cónsonas. Pero no cabe duda que el ratero que apenas sale de la infancia, que el menor que crece sin tener un hogar propio o al menos apropiado, no ha hallado aún la fórmula que ponga fin a esta realidad que existe, podemos decir que en toda la extensión de Iberoamérica. Sabemos que en Caracas hay correccionales, que hay establecimientos para auxiliar al menor que crece en el desamparo. Pero no bastan.

Cuando a veces cae en nuestras manos un periódico de cualquier país iberoamericano, apreciamos que en él se habla del mismo problema que creemos que en algunos casos alcanzan la dimensión de lo insoluble porque crece, al parecer, el número sobre todo de madres irresponsables, también se suma la indiferencia del padre. La verdad es que la miseria no está ausente en las ciudades mayores de nuestra América. En ellas asoma la impavidez de los padres impasibles ante la realidad y el porvenir de hijos que pueden tener para el futuro el mayor desamparo, comenzando por el analfabetismo. ¿Qué hacer? Las fórmulas para librarnos de esa realidad existen, pero hay que comenzar por pedir responsabilidad a los padres. Entendemos que se hace lo que se puede, pero creemos que hay que crear una conciencia para evitar el abandono de tanto menor sin rumbo que en algunas ciudades se les persigue como si no fueran seres humanos. Es un tema que ha merecido diversas consideraciones, y ojalá alcancemos una mejor meta y un cuadro más optimista y satisfactorio.


El Universal, 22 de abril, 1997

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