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| Revista Electrónica Nº 14 Abril 1997 |
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Hablemos del futuro
Alfonso López Michelsen
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La Historia, con mayúscula, constituía una de las disciplinas clásicas del bachillerato desde los más remotos tiempos. Historiadores fueron Herodoto y Jenofonte, entre los griegos; Tito Livio, Cornelius Nepos y Tácito, entre los romanos; los cuatro evangelistas cristianos y, de ahí en adelante, centenares de cronistas hasta el siglo XX. El pasado era la fuente de la sabiduría, merced a las enseñanzas que se suponían desprenderse de conocerlo. Sólo por excepción, de tiempo en tiempo, aparecían profetas o videntes como Nostradumus, que se ocupaban del futuro, sin presumir que lo iban a condicionar. Fue Carlos Marx, con su sentido mesiánico, quien le impuso a nuestra cultura el sello del futurismo, del cual, poco a poco, se ocupan las sociedades modernas, marginando la Historia para los expertos. Vaticinar, en vísperas del siglo XXI, es de tal manera un signo de nuestro tiempo que, algunas veces, el auge de los futurólogos incita a la risa. Un vidente de nombre Walter Mercado aparece en los programas de lengua castellana de los canales de televisión norteamericana ofreciendo sus servicios para orientar a ancianos y a jóvenes acerca de lo que deben hacer en su futuro. Testigos de la sabiduría de Mercado aparecen, en vivo y en directo, certificando que se ganaron la lotería o consiguieron novia siguiendo los consejos del vidente que, disfrazado de mago, dispone de sumas que le permiten comprar los espacios de televisión más costosos. Sin embargo, los verdaderos futurólogos, a quienes la humanidad toma en serio y ante los cuales acuden los políticos para suministrar planteamientos originales, son los sociólogos, los economistas, los educadores, los politólogos, que, con títulos universitarios, nos van descorriendo el telón del siglo XXI, seguros de que ha comenzado la era postindustrial, cuando la agricultura va convirtiéndose en una actividad secundaria, la industria se internacionaliza y va perdiendo su carácter de actividad exclusivamente nacional, y los sindicatos van perdiendo fuerza organizacional en razón del predominio del trabajo intelectual sobre el trabajo manual en la era de los servicios. Muy pocas personas han leído a Carlos Marx, pero es curiosa la manera como el marxismo vulgarizado se adueñó del pensamiento occidental por más de un siglo. La concepción de Marx sobre el futuro, sin perjuicio de haber aportado algunos elementos de juicio acerca del desarrollo social, resultó totalmente equivocada. Pensaba que el proletariado iría en aumento con el crecimiento de la gran industria y que el capitalismo, en sus excesos, llevaría al mundo a una revolución sangrienta, partera de la Historia, según sus propias palabras. La internacionalización de muchas industrias y la especialización orientan el capitalismo del siglo XXI hacia pequeñas empresas especializadas, en donde cuenta más la preparación o capacitación del trabajador que su condición de objeto de explotación. Al mismo tiempo, y por obra, en parte, del propio marxismo, la sociedad se ha ido transformando en el sentido de rodear de garantías a la clase trabajadora en cuanto a sus prestaciones sociales, su salud, su educación, su retiro. La brecha entre capitalistas y proletarios subsiste, pero la que verdaderamente se ahonda es la distancia entre los trabajadores privilegiados y la clase media independiente en constante deterioro. Todo esto se ha cumplido sin el derrumbe del capitalismo. Insensiblemente, como cayó el Muro de Berlín, sin un disparo, ha sido la transformación social más rápida y profunda de la historia. No solamente no hubo confrontación física sino que casi, simultáneamente con Marx, León XIII, con su célebre doctrina proclamada en la encíclica Rerum novarum, y Bismarck, de Alemania, comenzaron a darle la razón al ascenso del proletariado en la lucha contra la pobreza. Nada tiene en común el trabajador de las novelas de Dickens con el obrero contemporáneo, particularmente cuando este forma parte de empresas estatales en donde, empezando por la estabilidad, los dispensan de recurrir a la violencia. El sindicalismo como fuerza política, lejos de ir cobrando vigencia, la va perdiendo en aquellos lugares en donde tuvo su origen y, aun, en el propio Tercer Mundo. De una sociedad que, a comienzos del siglo, se caracterizaba por el predominio del campo sobre la ciudad, y una de las principales fuentes de empleo, sobre todo entre las mujeres, era el servicio doméstico, hemos hecho el tránsito a donde unos y otros, gracias a la educación, se van librando de su condición de dependientes de la clase dominante. El denigrante vocablo 'criado', para referirse al servicio doméstico, es una institución anacrónica que, como lo dijo alguien con humor negro, los jóvenes, en los países desarrollados, sólo conocen por las películas. Los sindicatos industriales están en retirada. En los Estados Unidos reclutaban las dos quintas partes de la fuerza de trabajo hacia 1950, pero en la actualidad son menos de una quinta parte y se calcula que, en diez años más, en el mundo desarrollado los sindicalizados solo representarán una octava parte de la fuerza de trabajo. El escenario previsto por Marx, en el cual su empuje creciente los llevaría a dominar el Estado, no tiene nada que ver con lo que está ocurriendo. La aparición de la sociedad de servicios, con la revolución de la informática en sus diversas manifestaciones, le da una importancia a la mano de obra adiestrada como no la tuvo nunca la mano de obra barata. Desafortunadamente, para nosotros, la competitividad tiene cada vez menos peso que cuando contaban con los bajos salarios y el de la propia materia prima, como factores decisivos en los costos, en una época en que la tecnología, o sea los conocimientos, permiten sustituirlos. La amenaza económica contra la producción de vehículos automotores norteamericana no proviene de los países del Tercer Mundo con bajos salarios, sino de Alemania y el Japón, en donde los salarios son probablemente más altos que los norteamericanos. El caso colombiano es sui géneris en cuanto al tratamiento del futuro. Vivimos enamorados del pasado bajo el signo de la nostalgia. Mientras que en países como Panamá, el tema político gira alrededor del destino que se les va a dar al Canal y a sus anexidades a partir del año 2000, aquí todo se refiere al pasado, a la evocación de lo que ya ocurrió y a parodiar a Jorge Manrique con el estribillo de que todo tiempo pasado fue mejor. Resulta que, si bien literalmente se justifican las memorias, venero de la historia, no podemos hacer proselitismo político con recuerdos. Se impone cautivar la atención del electorado alimentando ese anhelo de futuro que caracteriza a la sociedad contemporánea. Puede que nos equivoquemos, como nos ocurrió hace cuarenta años, cuando concebimos una Colombia autosuficiente, enclaustrada tras los más altos aranceles del mundo y con una intervención del Estado secundada por centenares de nuevos institutos descentralizados y un estatuto cambiario propio para épocas de penuria. Lo que estamos viviendo es todo lo contrario: la apertura, el exceso súbito de divisas, las privatizaciones, etc. Es la razón por la cual estamos rectificando en cuanto al balance de lo que se preveía, pero no en cuanto a la estrategia de diseñar un futuro, de despertar esperanzas, de comprometer a la opinión pública con una visión del porvenir. Funcionario que se posesiona habla del desafío o del reto que le espera, pero excepcionalmente dice cuál es la solución o respuesta que propone. Hemos llegado a un punto en que hay que escoger entre la conquista de voluntades dentro de una tarea de proselitismo, o, simplemente, "aceitar la maquinaria", como suelen proponerlo en épocas preelectorales algunos dirigentes oficialistas. El Tiempo de Bogotá, 20 de abril de 1997 |
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