Resumen de Noticias
Revista Electrónica       Nº 14     Abril 1997
En Esta Semana
La temperatura con Colombia
Rafael Arráiz Lucca

La temperatura de nuestras relaciones con Colombia viene calentándose de manera alarmante. Basta pulsar la opinión de la gente para comprender que ha ido tomando forma un rechazo frontal a todo lo que viene de nuestros vecinos. En los cónclaves políticos, diplomáticos y militares el escenario del enfrentamiento bélico ya no se contempla lejanamente.

Después del 4 de febrero de 1992 ningún escenario puede resultarnos demasiado ajeno. La realidad nos ha enseñado que absolutamente todo puede pasar. Antes del discurso que Caldera dio en el Congreso sus posibilidades de regresar al poder eran nulas, minutos después había sido electo presidente. Y todavía hay quienes creen que la magia no existe: Dios hace lo que le da la gana. Cómo creer, entonces, que la hipótesis de la guerra con los vecinos se aleja gracias a la sensatez de nuestros dirigentes. Si son los mismos que un buen día conspiraron abiertamente contra el Presidente constitucional, electo democráticamente, y natural de Rubio, para más señas. Nada puede sorprendernos. Así como un buen día un tal comandante Chávez dijo dos palabras por televisión, después de rendirse, y más de la mitad de los venezolanos nos enteramos de que eso de los golpes de Estado no eran cuentos exclusivos de las repúblicas del sur, así también cualquier día de estos nos sorprenden con que hay que alistarse para una guerra con los vecinos. Sí, con los vecinos a los que, a fuerza de vivir con nosotros, hemos aprendido a querer, los mismos que preparan un arequipe glorioso y cantan vallenatos y tienen en el inventario de bienes nacionales a maestros de la literatura y la plástica. Sí, esos mismos que toman cerveza Polar en las playas de Santa Marta y consumen mayonesa Mavesa en Medellín y aspiran el humo de cigarrillos Belmont en Barranquilla. Esos mismos con los que tenemos un intercambio comercial de tres mil millones de dólares al año, desde que se implementó, en tiempos del castigadísimo presidente Pérez, la política más inteligente que puede tenerse con Colombia: avanzar en la integración económica, favorecer la naturalidad de las relaciones, hacernos menos extraños, extender los mercados, y alejar así al fantasma que ahora ha vuelto con sus torpezas. La guerra es una estupidez.

Pero ya antes habíamos estado a punto de satisfacer los sueños de los perros de la guerra: cuando el episodio del Caldas de milagro no sonaron el pito de partida. Al cabo de un tiempo guardaron el hacha de la guerra y por unos años vivimos una luna de miel en la que algunos ya creían que era lo mismo ser de aquí que de allá. Pero cambiaron los vientos y el clima de Pérez-Gaviria no es el mismo de Caldera-Samper. Será que a ambos les conviene este foco de perturbación? Apelar al sentimiento nacionalista da buenos resultados, sobre todo cuando los problemas de aquí y de allá no son como para acostarse a dormir la siesta. Quién sabe? Pero lo cierto es que las relaciones no son las mejores del mundo y el calor de la temperatura no viene sólo por los lados del narcotráfico y la guerrilla. Quizás en el furor con que el presidente Caldera avanza en alianzas con Brasil se expresan, tácitamente, las razones que llevan al joven compañero de Lara Peña en la UNE a servirle hielo al camino de integración con Colombia. Quién sabe qué razones personalísimas y calderológicamente insondables llevan al Presidente por estos caminos verdes. La obsesión de hacer todo lo contrario de Pérez no puede ser la explicación.

Al principio del segundo gobierno del yaracuyano parecía que las relaciones con Colombia iban a ser mejores, así lo indicaba la escogencia de un Canciller cercano a los afectos del vecino, pero la realidad ha ido por otro lado. Al fin y al cabo, la política internacional es potestad del Presidente y el Canciller es un simple ejecutor de los designios de la primera magistratura. Las ironías no cesan: tenemos el clima más enrarecido de los últimos años cuando ostentamos, también, el Ministro de Relaciones Exteriores más abiertamente procolombiano. Qué será lo que pasa?

Insistamos en lo obvio: la violencia colombiana y la venezolana son distintísimas. A los colombianos les debe resultar insólito que nosotros armemos tal zafarrancho por dos bajas en la frontera, cuando allá mueren decenas a diario a manos de distintas formas de violencia. Pero no por ello podemos dejar de enviar estas notas de protesta, que tanto recuerdan un juego entre cortes medievales, ni podemos dejar de quejarnos como lo hacemos. No estaría mal, eso sí, que nos tomáramos en serio la población de la frontera por parte de civiles y militares. Si de allá viene plomo de aquí no podemos enviar solamente papel, sobre todo si quienes disparan son los guerrilleros. Usar las armas que tenemos, qué más podemos hacer, y repeler las agresiones en tierra nuestra y ofrecer cualquier colaboración que propicie los diálogos que el mermado Estado colombiano emprenda con la guerrilla. A la par, sería conveniente no seguirle echando leña al fuego y continuar por el camino de la integración. Aunque ya sabemos que todo puede pasar, hasta la más simple escaramuza bélica sería una estupidez que no nos podemos permitir. Como dice mi amigo Ramón Guillermo Aveledo: Que no nos sigan salvando los salvadores de la patria.


El Nacional, 25 de Abril de 1997

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