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| Revista Electrónica Nº 14 Abril 1997 |
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Literatos, linguístas y periodistas
Basilio Tejedor
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Por qué de tiempo en tiempo retoñará la polémica entre literatos y gramáticos? Por qué los celos y recelos, a veces, entre periodistas, linguístas y literatos? Será cosa de lucha por la hegemonía sobre la lengua? Cuando alguien como Gabriel García Márquez lanza una piedra al sedeño lago del idioma, las ondas concéntricas no terminan de expandirse. Y es que el tema resulta un cristal poliédrico de bonitas caras, dignas de contemplación. La lengua órgano o idioma es siempre algo vital y vivencial; por eso a la gente le gusta tanto hablar. Reconozcamos, ante todo, que García Márquez, en el congreso de Zacatecas, ha entonado un vivido panegírico a la palabra y a la lengua española (por no decir "hispanoamericana'', como propugnó Dámaso Alonso no hace muchos años). Pero qué querría decir el Nobel colombiano cuando abogó por la simplificación de la gramática ante la "sabia audiencia'' del susodicho congreso? Evidentemente la gramática es la estructura, la ontología pase la palabra con aires pedantes de la lengua; es decir, su modo de ser. La lengua es como es; no se puede simplificar, si no se la quiere privar de su identidad. Lo que sí puede simplificarse, o más bien dosificarse, es la enseñanza de la lengua. Sobra en la educación básica la explicación de muchos conocimientos gramaticales teóricos que no afectan a la cotidiana expresión oral y escrita. Ya se sabe que el idioma lo hicieron los tontos; o para decirlo sin connotaciones despectivas los vulgares, los que no habían gozado de oportunidades de estudio. Los vulgares cántabros o primeros castellanos fueron los que inventaron sobre todo por la analogía las primeras normas de la gramática; después los sabios llámense académicos o filólogos han tenido que estudiarlas, razonarlas, explicarlas. Y el idioma, en su diacronía, ha seguido y seguirá desarrollándose con el uso de los ignorantes y de los sabios. Por lo mismo, no habría razón para recalcitrar contra el estudio de las estructurales elementales de la lengua. No parece sino que el idioma es la única materia que no merece un trabajo constante. En cambio, nada suele objetarse contra el estudio de las matemáticas, de la biología, de la lengua inglesa, de la misma linguística moderna... Recurriré aquí por qué no a algunos de los "chispazos'' que suelo soltar por las aulas de Comunicación Social y de Letras para amenidad y fijación de ideas: Para qué estudiar gramática?/Eso dice la flojérica/Y por qué estudiar numérica/Todo es cosa de pragmática. (Pase de soslayo el respetuoso atropello del DRAE). Precisamente hace un mes se anunciaba en el ABC de Madrid el libro titulado El dardo en la palabra, de Fernando Lázaro Carreter, director de la Real Academia Española. (Supongo que nadie tomará, hoy día, eso de "Real Academia'' como un monárquico absolutismo, so pena de venir a dar él mismo en dieciochesco). Lázaro Carreter, en el prólogo adelantado por el ABC, recuerda las tensiones centrípetas (purismo y casticismo desechados) y centrífugas, que Saussure observó en todas las lenguas. Y comenta el académico: "Los militantes de esta causa (de la tensión centrífuga) sólo en muy escasa medida se consideran responsables de la estabilidad del sistema heredado, entendiendo que la lengua en que han nacido no les obliga, y ello por múltiples razones, que van desde su instrucción deficiente hasta la utilización del lenguaje para la exhibición personal. No me refiero, claro está, a los escritores que tantas veces lo fuerzan por necesidades expresivas, especialmente líricas; aludo a quienes creen que violentándolo y apartándose del común van a crecer en la estima ajena. Muchas veces, los desvíos obedecen al deseo de mostrar con el habla la pertenencia a determinado grupo (juvenil, de clase, político, etc.)''. Como se ve, el libro clava sus dardos en el blanco. "Es nefasta dice también Lázaro Carreter la fe pedagógica en el espontaneísmo''. En tiempos de tecnocracia resultaría absurdo escribir sin una técnica, sin un dominio consciente de las estructuras del idioma propio, es decir: sin la lógica y la coherencia de pensamiento que proporciona la gramática. Por eso, allá va otro chispazo. Quien sin técnica escribe,/ni dice lo que sabe ni sabe lo que dice. Por otra parte, en fin, aunque no somos puristas, y pensamos que puede llegarse a ser un buen escritor y hasta un buen literato sin saber gramática, hoy avasalla ya demasiado el lenguaje oral y escrito que, con su agramaticalidad o impropiedad, se conjura contra el buen hablante y contra el buen escritor: Hoy no basta leer mucho,/ si se quiere escribir bien;/ porque hay mucho papelucho/ que enseña inepcias también. Todo lo dicho implica que literatos, linguiacute;stas y periodistas no podemos actuar separados, aislados y mucho menos opuestos. La literatura, la linguiacute;stica y el periodismo operan con el idioma; sin él no podrían ni existir. Y el idioma posee la ductilidad necesaria para adaptarse a las exigencias de cada profesión y de cada profesional. Basta que cada uno lo conozca con la mayor precisión, y se lo ajuste, respetándolo y amándolo como es, a sus objetivos. No se trata de que una de esas clases de profesionales intente detentar la hegemonía sobre la lengua, sino de enriquecerla entre todos los usuarios. Como ha dicho muy bien Jacobson, en el lenguaje no hay propiedad privada. Pero, dentro del convencionalismo de un idioma, no se excluye el idiolecto y la creatividad personal. Pienso que si Gabriel García Márquez hubiera conjugado y jugado con estas reflexiones, no habría tenido la necesidad de sugerir la simplificación del idioma. Y si aquel "señor cura'' según él nos cuenta lo salvó de la bicicleta con una palabra, este otro se sentiría muy satisfecho dirigiéndole las consoladoras y amables palabras de la absolución por las "osadías y desatinos'' de que él mismo se confiesa en su discurso. El Nacional, 27 de Abril de 1997 |
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