Resumen de Noticias
Revista Electrónica       Nº 14     Abril 1997
En Esta Semana
Correcaminos
Roberto Hernández Montoya

El cañón truena, los miembros vuelan; se oye el rugir de los sacrificados y el gemir de las víctimas. Es la humanidad que lucha por su felicidad.

Charles Baudelaire sobre la Revolución de 1848

La revolución es como el correcaminos. Los revolucionarios la acometen con las formas más ingeniosas, decididas, descabelladas y se les escapa. Pero cuando al fin triunfa, pasa como decía aquel general revolucionario mexicano: "La revolución degeneró en gobierno''. Fue así como los revolucionarios mexicanos inventaron una contradicción: el partido "Revolucionario Institucional''. Y pasa, dice Edgar Morin, lo que nadie quería: en lugar de camaradería, abundancia y libertad, la URSS se volvió un infierno de encono, penuria y opresión.

Pero son inevitables, horribles y luminosas. La Revolución Francesa acabó con las torturas horrendas que los señores feudales inflingían a sus siervos, pero también asesino a un gentío inocente, entre ellos a los niños del Rey. Tanto que terminó liquidando a los propios verdugos. En Venezuela tenemos independencia (me han dicho), una bandera, un himno. Fue necesario que Bolívar decretara la Guerra a Muerte y ordenara pasar a cuchillo a cientos de prisioneros en La Guaira. Imagina los gritos. Para no hablar de las matanzas de los realistas.

La historia humana es un molino. Demuele imperios, dinastías, modos de producción y fortalezas. Así avanzamos: no podemos decir que ha sido malo abolir esclavitud, servidumbre y opresión. Triunfos que han ilusionado a más de un Quijote con la idea de que después de "la lucha final'' que canta La Internacional todo va a ser pan, amor y fantasía. Lo prometió Marx, lo promete el subcomandante Marcos, ante quien los indios chiapanecos se arrodillan como lo harían ante Quetzalcoatl: Sí: lo digo literalmente, se arrodillan. La historia humana es dramática.

En Venezuela los encapuchados dejaron paralítica a una niña con un balazo, no se me olvida. Los cazadores lanzaban guerrilleros desde helicópteros, ante lo que Pedro Estrada sentía escalofrío. El hijo del gobernador de un estado —donde florece la guerrilla— coge un fusil y el monte. Desde el otro lado de la historia su padre combate a los montoneros a sangre y fuego.

No sabe que su hijo es uno de ellos. Un disparo accidental hiere al hijo. Un compañero lo delata. El ejército lo cerca, el hijo pide a sus compañeros que huyan. Lo hacen todos menos el compañero que causó el disparo accidental. Los capturan, los asesinan. El padre renuncia. No todos los guerrilleros fueron delatores, no todos son cantantes de protesta intolerantes que escriben temas de telenovelas. Algunos fueron héroes de los de verdad. Se llamaba Chema Saher, se están cumpliendo treinta años de esa muerte. Su cadáver no ha aparecido. Parecen cosas de Shakespeare. La historia humana es trágica.

Su avatar más reciente —no será el último— es la residencia japonesa. Los secuestradores habían dinamitado sus cuerpos. No tanto con explosivos como por las sabiendas de que si el ejército atacaba no tendrían ninguna oportunidad, como no la tuvieron los que se rindieron.

Lo peor es nuestra sensación de alivio al salir de un conflicto que nos apabullaba como apabulla la esperanza y la amenaza de la revolución. La historia humana es ridícula.


El Nacional, 27 de Abril de 1997

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