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| Revista Electrónica Nº 14 Abril 1997 |
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Circo sin pan
Oswaldo Alvarez Paz
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El Gobierno ha convertido a Venezuela en un gran circo. Grande por el tamaño mas no por la calidad. Lo malo es que en este circo nadie se ríe porque todos los payasos están disfrazados de la misma manera. Desde sus inicios, caracterizado por una grotesca cacería de brujas mezclada con la insólita y criminal política de auxilios financieros a la banca en la impunidad de la suspensión de garantías y decretos y leyes sobre la emergencia financiera y el régimen cambiario de los dos primeros años, hasta las celebraciones publicitadas mil millonariamente de acuerdos no concretados legalmente en materia laboral y del primer aniversario de la capitulación del Gobierno con el Fondo Monetario Internacional, disimulada bajo el pomposo nombre de Agenda Venezuela, todo ha sido un gran fraude. Este Gobierno ha desperdiciado más tiempo, recursos y oportunidades que ningún otro en la historia contemporánea. El país no avanza, retrocede. No está mejor. Está peor que hace tres años largos cuando se inició la actual administración. En la adulante politiquería de estos tiempos, resulta común oír hablar de los éxitos macroeconómicos de la llamada Agenda. Está bien que el Gobierno diga, y que sus voceros traten penosamente de convencernos, que Caldera es presidente desde hace sólo un año y no desde hace tres. Pero que lo repitan dirigentes políticos y empresariales que se supone conocen los temas, revela el alto grado de deshonestidad intelectual y de oportunismo que nuevamente se apodera de quienes tienen las mayores responsabilidades. Todos sabemos que aquí no ha habido ningún ajuste macroeconómico. La estructura política, los esquemas administrativos y la mecánica operacional del Estado venezolano las tres ramas incluidas siguen siendo el mismo desastre que antes. Empeorando en sus consecuencias por la probada incapacidad de quienes la regentan y la monstruosa corrupción que ha dejado pálido todo cuanto conocíamos hasta ahora. El deterioro de Venezuela es impresionante. Va desde la planta física hasta el alma del ciudadano común. No vale la pena continuar haciendo el inventario de problemas sin solución, de necesidades agravadas y de disparates acumulados estos años. El Gobierno quiere convencernos de que "vamos bien", de que el futuro es promisorio y hay mucha gente que le hace el coro, de buena o mala fe. El Gobierno engaña y buena parte del país prefiere dejarse engañar como mecanismo de evasión ante una realidad que sólo puede esquivarse con ejercicios mentales y fingido optimismo. Pero no es así como se construye un país. En el mejor de los casos, así es como se prolonga la agonía de una nación que, de acuerdo a todos sus índices económicos y sociales, está muy mal. Todos sabemos que si la "botija está llena", en el más puro lenguaje lusinchista, ha sido como producto de los precios petroleros y del atraco impositivo que este Gobierno le hace a los ciudadanos y a las empresas. El crecimiento de las reservas no guarda relación alguna con el esfuerzo productivo de los ciudadanos de este país. Por otra parte, todos tememos que las reservas sean mal administradas como en el pasado, que la cercanía del proceso electoral los encuentre con dinero en la mano y la tentación populista de los progtaonistas del Gobierno las lance por caminos inconvenientes que mantengan por cuarto o quinto año consecutivo a Venezuela como el país con mayor inflación del continente. Es decir, con el costo de vida más elevado, más caro de esta parte del mundo. Esto significa que en términos comparativos, por supuesto, relativos, la calidad de vida en esta tierra de Dios, lejos de mejorar, empeora. No hay éxitos que celebrar. Aquí no se ha reformado nada de nada. No hay cambios positivos, más allá de la suspensión del control cambiario impuesto por Caldera al principio de su gobierno. Al suspenderlo después de dos años de desastre, no arribamos a algo nuevo. Simplemente volvimos al estado anterior a la toma de posesión del actual Presidente. Con los mismos esquemas y las mismas limitaciones del pasado. Basta con pensar lo que significa para cualquier país del planeta que sus estudiantes universitarios pierdan el semestre y que los científicos e investigadores tengan que echarse a la calle a protestar porque no les entregan el presupuesto que legalmente les corresponde, para llegar a la conclusión de que no me equivoco ni exagero. El que quiere engañarse, pues que se engañe. Y quien quiera identificarse con los "los logros" de este Gobierno, pues que lo haga. Que cada quien asuma su responsabilidad. La mía está en la oposición. Jamás me verán nadando en dos aguas. Mucho menos haciéndole un tiro al Gobierno y otro a la oposición. Para que los payasos del circo no sigan pareciéndose tanto, es hora de quitarles el maquillaje y guardar los disfraces. El Universal, 24 de abril, 1997 |
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