Resumen de Noticias
Revista Electrónica       Nº 14     Abril 1997
En Esta Semana
Paradoja carcelaria
Antonio Francés

Hace algunas décadas Caracas era una ciudad más segura que Nueva York. Actualmente se han cambiado los papeles, y Caracas es cada vez más insegura, rozando los 60 homicidios anuales por cada 100 mil habitantes. Hasta 1988 Venezuela reportaba unos 12 homicidios anuales por 100 mil habitantes, una cifra similar a la de EEUU, pero hoy pasan de 20.

Si seguimos examinando cifras encontramos una llamativa diferencia en el número de presos. En los Estados Unidos hay un millón 600 mil presos para una población de 220 millones. Con una población diez veces menor, deberíamos tener 160 mil presos, suponiendo que la incidencia de delitos y la eficacia de la policía y el sistema legal fuesen iguales.

Si la pobreza es un incentivo para delinquir, en EEUU, donde los pobres son minoría, debería haber menos delincuentes que en el nuestro, donde el 80% de los hogares está en la pobreza. También se dice que la incidencia del delito se relaciona con la proporción de hombres jóvenes en la población, puesto que ellos son los más propensos a cometer fechorías. Esta proporción es mayor en Venezuela, un país de gente joven. No cabe duda que el respeto a la ley en EEUU, está más arraigado que aquí, como nos lo muestran todas esas películas de policías y de juicios conjurado. Además se trata de un país muy religioso, donde la gran mayoría acude a la iglesia los domingos.

Según estos razonamientos, el número de delincuentes relativo a la población debería ser menor en Estados Unidos que en Venezuela pero, paradójicamente, el número de presos es cinco o seis veces mayor en proporción. Sin duda, la aplicación de las leyes de sometimiento a juicio y de suspensión de la pena ha contribuido a limitar el número de presos. Además, existe la percepción generalizada de que la cárcel es un riesgo ocupacional para los delincuentes, que se puede prevenir o remediar con relativa facilidad. Los delincuentes exitosos pagan abogados que los sacan en poco tiempo. Los responsables del crimen organizado, sea narcotráfico o robo de vehículos, evaden fácilmente ir a prisión. Los delincuentes de cuello blanco aprovechan el sometimiento a juicio. En la cárcel quedan los peones del delito, los asesinos pasionales sin recursos, los buhoneros del crimen y los inocentes que caen por accidente y allí aprenden a delinquir.

Es probable que el número de delincuentes en libertad, y en ejercicio, exceda con mucho el número de presos, pero si lo hiciera en tal proporción no se podría salir a la calle. Una explicación alterna consiste en la definición del delincuente. En EEUU la ley es bastante estricta y un conductor ebrio o un consumidor ocasional de marihuana es considerado delincuente y es probable que sea encarcelado. Sin embargo, el enorme incremento de la población encarcelada enlos EEUU ha resultado en una reducción relativamente pequeña en la incidencia de delitos.

En Venezuela hay una gran tolerancia hacia muchas conductas antisociales y la ley se ocupa, a duras penas, de los asesinos, atracadores, ladrones, falsificadores y de quienes llevan una vida dedicada al delito. Otra posibilidad, más espeluznante, es que el nivel de delincuencia no haya llegado a su tope en nuestro país. En EEUU, probablemente lo alcanzó, y comenzó a disminuir una vez que la sociedad se decidió a tomar medidas heroicas como el famoso 'tres golpes y fuera' que permite encarcelar de por vida a los delincuentes habituales. Lamentablemente, otros parecen ocupar pronto su lugar. Construir más cárceles tampoco resuelve el problema. La clave está en la prevención.

Los incentivos para delinquir en Venezuel son muy altos y los disuasores muy débiles. Atrás quedó el país de gente sencilla que valoraba más lo humano que lo material y se conformaba con apenas lo necesario. La ostentación y el consumo suntuario de algunos frente a la carencia de la mayoría no puede menos que despertar afanes de riqueza. La promoción incesante de los valores materiales a través de los medios de comunicación no puede dejar de hacer mella. La dieta diaria es de películas y series de violencia y de telenovelas de intrigas, interrumpidas por comerciales que usan motivos sexuales para incitar al consumo. Un muchacho osado, sin trabajo, dinero, ni apoyo familiar, carente de principios morales sólidos, seguramente sacará sus propias conclusiones. Que sólo una minoría haya caído todavía en la tentación, es un milagro cotidiano.

El joven cuenta con los valores familiares como única barrera moral. La mayoría de los hogares venezolanos están encabezados por madres que tratan de hacer de sus hijos hombres de bien. Muchas tienen que salir a trabajar y no pueden competir con la influencia de la calle o de la televisión. Las voces débiles pero persistentes de madres, abuelas y maestras son la endeble barrera que nos defiende de una auténtica avalancha delictiva. Ellas son casi el único contrapeso frente al narcotraficante y al pandillero que se erigen en modelos de conducta para los jóvenes de los barrios.

Deberíamos entender su papel y darles apoyo. Hasta ahora los llamados programas sociales apenas han rozado la superficie del problema. Quizás el auge delictivo está apenas comenzando.


El Universal, 22 de abril, 1997

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