|
| Revista Electrónica Nº 14 Abril 1997 |
|
|
|
El grito de Zacatecas
Mary Ferrero
|
|
|
Delante de los reyes de España, del presidente Ernesto Zedillo, de otros dos premios Nobel de la Lengua española, Gabriel García Márquez acaba de pegar un grito en Zacatecas, en el marco del Primer Congreso Internacional de la Lengua Española. Jubilen a la ortografía, terror del ser humano desde la cuna exigió el laureado colombiano, y no sabe que, tal como el grito de Morelos marcó el inicio de la Independencia de un país, el grito de Zacatecas podría iniciar la batalla por la libertad de un idioma que no es potestad de ningún país o región en especial, sino patrimonio de millones y millones de hablantes. Digo hablantes y no escribientes, porque la tortura de la ortografía (¡bien lo sabía el magno Andrés Bello!) no es más que un cinturón de fuerza que amarra la insólita vastedad de nuestra lengua extendida, limitando un proceso natural de enriquecimiento, lo que Camilo José Cela define como un 'torrente en permanente ebullición, todo lo contrario a una laguna de aguas estancadas'. La lengua pertenece al hablante y el hablante la transforma a cada instante, nutriéndola con las miles de vertientes que tanto asustan a los señores de la academia, con la transpolación de dialectos regionales, lenguas indígenas, la asombrosa carga de otros idiomas en las voces derivadas de la tecnología y, especialmente, con ese espejo precioso y múltiple que es el magma de los argots citadinos. Los escritores (¿tendríamos que volver a Cervantes, en los albores de la lengua?), convierten el hecho hablante en palabra santa. Y esa es la lengua, en verdad. Otra cosa son los manuales de ortografía, verdaderos cepos de la expresión escrita. Hace más de veinte años, un maestro ejemplar, Angel Rosenblat, dictó en la Escuela de Letras, en pleno proceso de renovación académica, un seminario que tituló Gramática de las imperfecciones, que resultó para nosotros la ruptura definitiva con todo tipo de tabú lingüístico. Se trataba, en resumen, de demostrar que los 'errores' en los cuales incurre el habla popular, no son sino intentos por perfeccionar el idioma oficial, el cual es intrínsicamente imperfecto. Baste como ejemplo, decía Rosenblant, verificar que la mayoría de los verbos castellanos son imperfectos. Ahora, en el gran congreso que ha conmovido el torrente idiomático que ocupa continentes, García Márquez nos habla del lenguaje del realismo mágico, que ha tipificado una postura lingüística en nuestros países. Me uno a ese lenguaje y rescato para mí el español espanglizado de los ghettos de Nueva York, todas las x y tl de México que aún no pueden ser pronunciadas en España, nuestro voseo arcaico y el habla óptima y rica de nuestra marginalidad urbana. Me uno entusiasta al grito de Zacatecas con una copla de Marcelino Madrid, que nunca le hubiera agradado a la academia: 'Paco Vera pegó un leco en lo alto e' la vigía si yo fuera Paco Vera pueda que lo pegaría El Universal,jueves 17 de abril, 1997 |
|
|
|
|||
|
|||
|
|
|||
|
|
|
|
|
|
|||