Cabezal Artes y Placeres
Revista Electrónica       Nº 15     Mayo 1997
Museo Virtual
Luisa Richter: Entre la luz, los seres y las cosas

Texto por Juan Liscano

Luisa Richter concibe la vida y la pintura como un todo energético cuya convergencia se produce en la acción de transmitirlo al lienzo o al papel. No hay oposición entre el creador y la creación. Pintar, dibujar, pegar papeles, trazar letras y palabras; es decir, escribir en cartulinas, ponerles color, decorar el conjunto, son formas de expresar una misma aliación espiritual. El hecho de esas variaciones formales equivale a las del poeta cuando concibe según lo que quiera o pueda expresar, una composición breve o larga, inclusive un soneto. No hay contradicción alguna entre figuración y abstracción, en el caso de Luisa Richter. Manifiestan el mismo dinamismo vital y conceptual. Ni sus figuras responden al canon del parecido, del dibujo clásico, ni sus informalismos persiguen la pureza geométrica de los maestros de la abstracción.

En la obra de Luisa Richter prevalece la maleabilidad de la forma y del concepto. Es un asunto de impulso y no de calculación previa y escolástica. No se integra a escuela o a experimentalismo alguno. Domina las maneras sin caer nunca en el manierismo. La libertad es su lema, en vida y en arte. Le gusta exponer ideas vivas sobre la pintura y la existencia. No existen manifestaciones en el sentido de una explicación o interpretación obligante, ni sobre la vida, ni sobre el arte, ni sobre la muerte. Cada reflexión comienza con la percepción, entra en transformación, finaliza en una contradicción. (La puntuación la puse yo, pues se trata de una cartulina dibujada con grandes letras, manchas de color y detrás rostros y escenas de grabado, el conjunto enmarcado con un trazo negro).

Lo escrito define no sólo su arte sino su existir. La contradicción surge de la misma libertad como final de la expresión, ésta es erupción en el espacio, me dijo, y yo añado ahora, limitada por el tiempo.

La contradicción fundamental del hombre es ser tiempo en el espacio ilimitado. Si el plano -el espacio- es la realidad del pintor, el núcleo, se trata, por supuesto, de una limitación espacial en el tiempo.

No creo que la tecnología resuelva la contradicción. El ciberarte lo que logra solamente es subsistir el hermoso trabajo físico del pintor por un teclado de computadora. Y, por lo tanto, nunca logrará texturas y matices sino imágenes infográficas, electrónicas, automáticas. La maravilla del pintor y del escultor es la mano, el arte manual. El ciberarte esteriliza al artista, lo invalida, y sólo la maquina trabaja por él.

No hay vida. Si en el caso de un minusválido como el genial Stephen W. Hawking, el físico autor de la Historia del Tiempo, la tecnología le permitió vencer su deficiencia corporal y sensorial, no tiene sentido que artistas en plenitud corporal declinen sus facultades sensibles y carnales para terminar en minusválidos artificiales. Las formas externas, sin la impronta carnal-artesanal, son objetos muertos para usos abstractos cuya eficacia técnica no se niega, pero carentes de calor, sudor y sangre.

Dos secuencias de ejecución pictórica ofrece Luisa Richter en esta exposición Los escenarios de la visibilidad; la serie inspirada en el cuadro del Tintoretto, sobre la conversión de San Pablo, y los llamados Andamios en suspenso. Me gusta apoyarme en los clásicos, expresó Luisa. Tintoretto es uno de los pintores renacentistas manieristas menos convencional. Hay misterio en sus cuadros, descoloca al que los mira. "La conversión de San Pablo" es de 1545. Lo fundamental es el despliegue de dos banderas desproporcionadas en relación con el personaje mínimo. El viento las infla y resultan planos de color rosado y oscuro. Luisa perseguirá esos dos planos mezclados en unos cuantos cuadros de gran formato. Escenarios de las visibilidades. Pliegos, telas flotantes, silencio. El personaje principal es lo que torna visible ese informalismo poderoso. ¿Será la revelación del Dios cuando derribó a Pablo del caballo?

Los andamios suspendidos se iniciaron con los pasteles de formado pequeño hasta alcanzar las grandes dimensiones de los óleos expuestos. Kurt Leonhard define estos pasteles como revestimientos de reproducciones de Goya defectuosas, "a los que a su vez, se sobreponen o subyacen lineamientos divisores del pliego, como entrehilados por telarañas". (Luisa gusta del procedimiento de pintar sobre papeles finos ya grabados, mezclando sus grafismos con las figuras existentes. En el caso de los pasteles iniciados en 1979, logra extraordinarias composiciones color pizarra con iluminaciones enigmáticas. Luisa sostiene que la obra pequeña tiene la misma intensidad que la grande).

En el escenario de la visibilidad los grandes óleos de los andamios "en el pasaje", con predominancia de un blanco gris, constituyen, para mi, culminación de un sentir que alcanza entonces la manera de vencer el tiempo con la puesta más allá de la luz. Son presencias de la luz por sobre todos los pasajes, formas interiores e interioridades, espacios clausurados o apenas entreabiertos al fondo, gracias a un más allá expansivo. Los títulos son significativos: La expansión de la luz, Reflejos de caridad, Entre la luz y las cosas, etc. Este último título describe con exactitud el contenido de esta serie. Un admirable cuadro titulado El eterno retorno parece o mejor sugiere, el sentimiento de la creación en escala cósmica. La inteligencia de Luisa Richter abarca un vasto espacio esférico, el de su interioridad en constante erupción vital y artística, reflexiva y acogedora. También se proyecta en verticalidad trascendente. En resumen: conjuga el universo humano sensorial, pensante, orgánico, anímico, trasladado a los símbolos plásticos de una pintura negada a la anécdota, a las limitaciones de modas y maneras, a los estilos como marca de fábrica, a la fórmula reiterada.

Sus estudios en Alemania la sustentaron para disponer de un enraizamiento cultural del que carecemos en América del Sur o del norte. Lectora infatigable, pasa de clásicos a modernos, de poetas a ensayistas, de místicos a narradores. Crea, crea sin cesar en su vida afectiva y en su pintura, se nutre de todo. En 1955 llegó al trópico, a esta luz que encierra ahora, en sus andamios en sus penso, porque está dentro de ella, dentro de su consciente y su inconsciente. La comunicación entre su realidad interior y la realidad exterior nunca se interrumpe o cesa. Y en sus creaciones grandes o pequeñas, diversos los procedimientos, se ven múltiples escenarios: sentinas de barcos desaparecidos, globos de materia congelados, perspectivas de ciudades, ventanas hacia espacios azulados. Calzadilla acierta cuando apunta que en sus cuadros la imagen pasa al concepto, que "el ímpetu se omite a si mismo", "tras de haber sido reconocido en la memoria, tapado por cada uno de los nuevos esfuerzos de percibirlo".

Obra en suspenso, haciéndose y deshaciéndose en la contemplación del que la mira, acumulaciones de planos, redondeces, esferas, medias lunas, óvulos, trazos diagonales, cortinas, peldaños, destellos, cortes, serpentinas, relámpagos, manchas, aglomeraciones, materias, discontinuidades, visibilidades exigentes.

Calzadilla dice: "los pasajes son el lado inverso de paisajes reales que la mente, registrándolos obsesivamente, se resiste a ver en concertada apariencia". Las cartulinas escritas por Luisa, entre manchas de color, su Diario, confirman las anteriores apreciaciones. Y Kurt Leonhard, afirma que fue determinante para Luisa, al residenciarse en el trópico, la incidencia de la luz sobreponiéndose a todos los colores. La serie majestuosa de los óleos con andamios y pasajes, aquí expuestos, confirman lo aseverado por Leonhard.

Cuando pinto, escribe en su diario Luisa, no tengo una noción total de lo que hago, quiero ver hasta donde puedo llegar. Este llegadero del blanco, suma de todos los colores, es luz en la que se diluyen y cambian las formas del mundo interior y exterior de Luisa Richter.

En nombre de la Rosa, 1994
óleo sobre tela, 170 X 200 cm.

Die Rose, 1984

collage, 150 X 120 cm.

Cosas y hechos, 1972

collage y gouache sobre cartón, 24 X 17,5 cm.

Retrato de la señora Blanca de Gerlach, 1972

óleo sobre tela 146 X 97 cm.

Plasmar una imagen, 1990-1992

óleo sobre tela, 175 X 200 cm.

El etreno retorno, 1992

óleo sobre tela, 175 X 200 cm.

Plan und Wagnis, 1980

óleo sobre tela, 146 X 97 cm.

Thomás y sus amigos, 1977

óleo sobre tela 200 X 200 cm.

Collage para Deleuze, 1976

collage sobre papel 78 X 57 cm.


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