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| Revista Electrónica Nº 15 Mayo 1997 |
Antipolíticos y Prometedores de Paraísos Cark Krispin | |
Hay un ánimo circense contaminando de espectáculo el hecho de la política. En este jolgorio ha surgido el ridículo mote de la antipolítica como si esto fuera realmente posible. Dentro de las corrientes tendenciosas de la opinión pública se Optimizado pretende hacer tienda aparte con el establishment y para: sus reiteradas maneras de interpretación del fenómeno de la política. Parte de la actitud contemporánea atiende al criterio de que los políticos son indeseados, inútiles, corruptos y que un grupete de salvadores, al margen del hábito tradicional, aparece como una legión de ángeles exterminadores para ponderar un nuevo orden. La esperanza mesiánica está a la orden de los tiempos. La gente, eso con lo que tanto se abusa, exige revelaciones. Pide que el ungido vuelva a obtener las tablas de la ley que dicte su evangelio de redención. Los partidos tradicionales duermen en un foso de descrédito. Sus integrantes son refractarios a la unidad y prueba de ello la constituyen las múltiples divisiones, la diáspora que están alentando, donde la palabra mágica es la disidencia a como dé lugar. Frente a los variados comicios internos no hay reconocimiento ni el intento de salvar la idea en nombre de la ética grupal. Se imponen los personalismos a sangre y fuego. Si un partido es una reunión de adeptos alrededor de un concepto, se está sacrificando este esquema en nombre del salto de talanquera con que sus líderes en conflicto creen estar conquistando lealtades, porque hipotéticamente se alinearían con los que rechazan al partido como tal. ¿Cómo podemos hablar de antipolítica si ésta no existe? Política es el medio de entendimiento de los miembros de una sociedad para regular esa misma vida en sociedad. Si existe algún antipolítico real (como no sea en las turbulencias de la enajenación mental), tendría que estar internado en la selva o los bosques, al margen de todo contacto social. Uno de los nombres más preclaros del llamado trascendentalismo norteamericano fue Henry David Thoreau. Para hacer al personaje más accesible diremos que es el inspirador, como efectivamente lo es, del profesor (Robin Williams) en el filme La sociedad de los poetas muertos. En un momento de su vida, Thoreau se exilió de la vida de la ciudad y se recluyó en los bosques de Nueva Inglaterra. Mas su apostasía, su búsqueda se planteó en términos de un encuentro con lo interior, para reflejarse en sus propios espejos. En modo alguno renunciaba a la política, al contacto social, ya que desde su encierro escribió páginas memorables que servirían de guía a todos aquellos que siguen creyendo en el valor de respetarse con sentido de humanidad. Es risible sostener que la antipolítica pueda existir y su ingreso en el vocabulario precario de la opinión pública tan sólo es un recurso de la simple ignorancia de los que apuestan a reclutar adherencias entre la grey de los descreídos. Toda lucha política que no se plantee la conquista del poder está irremediablemente condenada al fracaso. Esta conquista debe verse en cuanto supone el acceso de los actores a la toma de decisiones con el fin de proponer su interpretación de un orden, dentro de la propia regulación del contrato social. Absolutamente válido. Sin este apetito la historia perecería de inanición y el hombre estaría condenado a desaparecer por carencia de estímulos para la continuidad. La lucha política es un modo de convencer, de convocar espacios para una vida comunitaria sencillamente perfectible. El descrédito de los actores del presente ha traído la consecuencia de querer deponer un estado de cosas, de asumir vías radicales para curar las deficiencias de lo que tenemos, pero se cae en la ilusoria prestidigitación de creer en los superhéroes, semidioses, quienes con su sola presencia alterarán para siempre el inventario de los males que nos aguijonean. No sólo se traza una lógica desdibujada sino quien pone las premisas mayores controla el ciclo entero del silogismo. La lógica es útil para los mundos de papel, pero la realidad está formada por algo más que declaraciones cándidas y argumentos para las utopías del deseo. La sociedad es un concierto en el que sus componentes deben tratar de alcanzar una armonía. Desde luego que un buen o una buena conductora en mucho contribuye para que las reglas del juego sean entendidas por los participantes. Argüir, sin embargo, que los antipolíticos sean hechiceros que con la sola palabra trastocan una realidad, sirve nuevamente para atesorar las lealtades de la ignorancia, pero jamás para explicar el modo cómo los resortes de una sociedad verdaderamente se accionan y se mueven. La cultura política hay que ejercerla con conocimiento de causa y no hay que temerle a la acusada palabra sino apoyarla y hacerla parte fundamental de nuestra tabla de valores. Cuando damos nuestra opinión y elegimos representantes en un salón de clases, en una reunión del conocimiento, en la asamblea de un centro social o en los comicios presidenciales, estamos haciendo política y estamos confirmando los pasos de su receta. Los integrantes de una sociedad son custodios de esa cultura y ese ejercicio. Si no hay confianza en determinados líderes, ya habrá alguien que la merezca, porque siempre hallaremos en quién hacerlo. De lo contrario, convirtámonos de nuevo en neardentales. Y la guardia permanente sobre la posibilidad de reconocer actores y depositar la fe pública es lo más delicado del proceso, ya que implica el endoso de una decisión que en última instancia es la nuestra, puesta en manos de quienes imponemos de las credenciales para actuar por cuenta de este mandato. Por ello, en nombre de la antipolítica no puede sino decretarse la vuelta a lo salvaje, al estado de la naturaleza, toda vez que su propuesta afirma la ruptura (por supuesto que imposible) del diálogo social, si atendemos a la naturaleza de su ser. Y tras este concepto vienen rechiflando los payasos, los encantadores de serpientes, los a sí mismos llamados elegidos, los vendebiblias de oficio, los sacerdotes de la felicidad por entregas. Como se ha bromeado, la política es algo muy serio para dejarla en manos de los políticos. Y en el dicho hay mucho de razón, ya que quienes definitivamente controlamos el ciclo somos nosotros. Pero mal podremos entender y racionalizar tamaña responsabilidad si caemos en los embelecos de la negación, en la tramposa manipulación de conceder auditorios a los que parten del supuesto del engaño por cuanto su declaración de principios es inobtenible. Eso por una parte, pero, en segundo lugar, el notorio absurdo vive en el hecho de jurar la felicidad colectiva por parte del seguimiento. en resumidas cuentas, existe una arrogante pretensión de monopolizar la verdad como si se tratase de un dogma de fe. A los prometedores de paraísos, a estos gangosos antipolíticos, hay que temerles de modo cierto, ya que sus viscerales apetencias de poder vienen con el antifaz de por medio, sólo que la habilidad de la que aparentemente se valen logra confundir el disfraz con la realidad. El Universal Caracas, martes 20 de mayo, 1997 |
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