Esta Semana
Revista Electrónica       Nº 15     Mayo 1997
Esta Semana

La Tentación Desintegradora

Arturo Uslar Pietri

Aunque muchos no se den cuenta, o no se quieren dar cuenta, Venezuela atraviesa actualmente una de las etapas más peligrosas de su historia. Con el pretexto de vagas motivaciones indefinidas de descentralización y de autonomía regional se ha entrado en un proceso de desarticulación del aparato nacional, de atomización del poder y de pacífica anarquía generalizada. Se ha llegado, en este afán de autonomía, a extremos increíbles. Los veintidos Estados, pretendidamente federales, que según la Constitución integran el país, no disponen, en su mayoría, de los recursos humanos y materiales para un mediano desarrollo autónomo. Sin embargo, cada día más parece afirmarse en ellos una voluntad de acción autónoma e independiente, incompatible con cualquier idea sensata de unidad nacional.

Algunos Estados han llegado al extremo inadmisible de tratar de establecer relaciones internacionals propias, en abierta violación de las disposiciones constitucionales vigentes. En las circunstancias actuales, con la falta de una dirección nacional eficiente, esto constituye la más grave amenaza para el presente y el futuro inmediato. Está en juego la subsistencia de la nación misma.

Los actores, conscientes o inconscientes, de este proceso disgregador desconocen, seguramente, que la creación de una realidad nacional en Venezuela fue más lenta, tardía y difícil que en cualquier otro país latinoamericano. La mayoría de los actuales Estados de la América Latina adquirieron su estructura nacional, su integración administrativa y su respectiva capital, centro de la nación, desde el primer momento del proceso de colonización española. En Venezuela el caso fue distinto y si nuestra historia no estuviera tan pobremente enseñada todos tendríamos mejor conciencia de lo difícil, lento, tardío y costoso que fue el proceso de la creación de la entidad nacional, que no vino a lograrse, en realidad, sino treinta y tres años antes de la Independencia, con la cédula de Carlos III en 1777.

Olvidamos, dislumbrados por las inmensas hazañas militares de los venezolanos en ese proceso, que Venezuela fue el país de todo el corriente que pagó a un precio más alto su Independencia. Quince años de guerra dentro de las propias fronteras y fuera de ellas desintegraron aquella pequeña nación, acabaron con todas las instituciones, su estructura social y su incipiente actividad económica hasta un extremo de irreparable destrucción. La nación que proclamó su unidad en1830, bajo el mando de Páez, era un país arruinado por la larga guerra y destruido social y económicamente, que había que empezar por intentar construir, casi sin recursos. La larga guerra de la Independencia, sobre la división colonial en provincias separados, fue de una magnitud que no tuvo ningún otro país latinoamericano. Lo que vino fue un largo siglo de guerra civil perpetua, de caudillismo, con todos los colores y pretextos, y de inmensa pobreza y limitación de recursos.

Hubo un momento, hacia 1859, después de la Guerra Federal, en el que se pensó seriamente en dividirla en tres naciones distintas para ver si así se lograba un comienzo de paz, de estabilidad y de sensatez.

Vista en su conjunto la historia del país es imposible no darse cuenta de que, más allá de la voluntad nacionalista de los grandes caudillos históricos: Páez, Guzmán Blanco y Gómez, el gran hecho que contribuyó a crear un verdadero Estado nacional fue la inmensa riqueza petrolera en manos del Gobierno Nacional. Se puede decir que el comienzo de una perspectiva de futuro para el conjunto nacional y también de una idea de unidad efectiva es una consecuencia directa de la renta petrolera.

Por efecto de la descomunal riqueza petrolera en manos de gobierno poco previsivos y eficientes no se logró crear un verdadero desarrollo nacional, sino la expansión ilimitada de un inmenso y cada vez más absorbente y costoso aparato estatal. Por virtud de la riqueza petrolera, el Estado reemplazó a la nación en muchos sentidos, la marginalizó para las tareas de desarrollo y creó una estructura vertical, fundamentalmente estatal y paternalista, que impidió el proceso de un verdadero desarrollo nacional. Se formó, de hecho, toda una nación subsidiada en todos los aspectos de su vida colectiva, que cada día iba a depender más peligrosamente del gasto público.

Hemos llegado al punto en que ese insensato esquema no puede continuar porque el Estado no tiene recursos para hacerlo y porque se ha iniciado, inevitablemente, un destructivo proceso de inflación que afecta negativamente la sociedad entera.

Hace más de 60 años no faltaron quienes se dieran cuenta de este grave riesgo y lanzaran una voz de alerta.
Fue entonces cuando yo propuse, llamativamente, la idea de ``sembrar el petróleo'', es decir, crear con el auxilio de esos recursos financieros la nación más sana, económica y socialmente que fuera posible. Ya sabemos que no se hizo así.

Paradójicamente, en el grave proceso desintegrador que amenaza el porvenir del país, la riqueza petrolera, cada vez mayor, en manos del Estado es la más poderosa y tal vez la única fuerza unificadora del presente nacional. La nación entera sigue dependiendo más cada día del gasto y del subsidio del poder central.

Esta es la realidad escueta del presente y la perspectiva de futuro que los venezolanos debieran tener en cuenta cada vez que hablan de autonomías locales, que carecen fundamentalmente de la condición indispensable de la autonomía económica.

El Universal Caracas, Domingo 25 de Mayo de 1997

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