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| Revista Electrónica Nº 15 Mayo 1997 |
Dinero Ibsen Martínez | |
El uso periodístico estadounidense como toda industria de comunicaciones que obra sobre un idioma transmuta insumos del habla y, tramolándolos Optimizado en las rotativas, los reduce a melaza de lugares para: comunes. Tal fue lo que hizo cuando se apoderó de una fórmula de los partes policiacos y la naturalizó en la página de sucesos. Con todo, y por muchas razones, me serviré de ella. Se trata del Innocent bystander, o mirón inocente, que nombra al que 'estaba-allí-parado' en la acera, comiéndose una barquilla de mantecado y café, cubierta con trocitos de turrón, admirando el sedán que los ladrones han dejado estacionado frente al banco. En eso se abre la puerta batiente del banco y deja salir a los atracadores caminando hacia atrás, en dirección al carro y disparando hacia el interior del banco, de donde los rechazan rabiosamente. Característicamente, el tipo de la barquilla recibe un tiro en la cabeza. Conjeturo que se le dice 'inocente' porque muere sin saber qué centella lo ha fulminado. Los que han visto y vivido más en buena o mala ley contemplan la suerte del mirón, ahora en trance de viajar horizontalmente en la furgoneta del forense, moviendo la cabeza. Y siempre logran extraer del episodio callejero una inquietante moralina de doble fondo: 'Pobre tonto: no tenía nada que hacer allí'. No tenías nada que hacer allí. Rafael Poleo se cree el William Randolph Hearst de Caripe, el Kari Kraus de Pinto a Miseria; también es 'agricultor', como 'Concho' Quijada, idiota: ¿Qué esperabas? me espeta un amigo. II Para normar mejor el juicio de aquellos de mis lectores que no frecuentan los tabloides y revistas de la prensa Murdoch-Poleo, evocaré la circunstancia que rodeó el tiro que recibí en la cabeza. Pero antes, un poco de ornitología. En lo que sigue, 'agricultor' no describe al labriego más o menos aparcero y desvalido que 'al cielo mira, con ojo inquieto, si la lluvia tarda' y que, en el mejor de los casos, ofrece el fruto de su desvelo al comprador desde la trasera de un camión de tres toneladas, sino más bien al terrateniente propietario de miles hectáreas, dedicadas al cultivo de masivos insumos para la masiva industria agroindustrial, beneficiario estacional de millonarios subsidios, de créditos blandos y de oportunas condonaciones de deuda por parte del Estado a lo largo de los últimos treinta y ocho años. No se trata en absoluto de un factor social inerme; no señor: vinculados muchos de ellos con el antiguo dispositivo bipartidista, a menudo han plantado un doble agente en los ministerios del ramo, y sus caciques han hecho alianza con el federalismo mostrenco de algunos gobernadores de Estado de los hoy llamados 'descentralizadores'. Recíprocamente, en lo sucesivo entenderemos por 'agroindustrial' lo que palabra tan vigorosa, musculada y enriquecida con niacina, hierro y riboflavina deja ver: la gran industria alimentaria de rango y vocación transnacionales. Tampoco irán al cielo todos sus capitanes: el rubro cerealero, por ejemplo, llegó a contar, en tiempos de dólares preferenciales y dobles facturaciones, con impertérritos especuladores cambiarios. ¿Ministros de doble lealtad? También los han tenido. Para decirlo todo, añadiré que la sabiduría convencional de este país de timoratos e instigadores afirma que, por sí sola, la agroindustria procura el grueso de la facturación publicitaria de los medios masivos y de allí provendría el poco predicamento y visibilidad de los 'agricultores' en los mismos. Según ello, deben estos últimos conformarse y apañárselas con el Ciudadano Kane-Poleo, su vocero mejor. Por último, yo, el suscrito, su amigo cordial Ibsen Martínez, un particular, cuya única relación con la agroindustria es la de ser un consumidor ocasional de cerveza, de harina de maíz precocida y de las cuadretas de cereal de avena que fabrica la gente de la Maizina Americana por la sencilla razón que son mejores y más baratas que las de la Quaquer Oats. Un innocent bystander , un mirón que la semana pasada tenía ante sus ojos al vasto mundo, ofreciéndole todo tipo de temas para su crónica semanal, y que escogió hacer un comentario zumbón diríamos, apenas un reparo 'estilístico' a la muy risible alharaca, sospechosamente patriotera de los 'agricultores'. Algarada que arman por cuestiones de precios y de cuotas. Esto es, por unos cobres más o menos; mire usted que asunto tan filantrópico, tan desprendido, tan patriótico, tan soberano y tan nacionalista. III Decía yo en mi crónica del sábado pasado que el imaginario de la argumentación de los 'agricultores' cobra en sus remitidos cariz de una epopeya campesina. Y ni hablemos de las cotas de martiano antiimperialismo que el tema alcanza en la prosa de Poleo. Con los grafómanos pasa esto a menudo: no tiene contención, y lo mismo comparan a Fedeagro con las huestes de Juan Sin Tierra que declaran estadista a Alfaro Ucero. Semejante desmesura, una soltura tal para los adjetivos, ¿qué no iba a hacer conmigo?. Someterme a un juicio de intenciones, desde luego: según Poleo, Ibsen Martínez opina como opina porque se ha vendido al oro de Cavideo ¡peor, todavía no he cobrado el primero níquel; según Poleo, regalé esa crónica porque aspiro a que me compren!, que ambiciono secretamente brillar en los salones de los ricos cerealeros y casarme con una de sus herederas y me reduce la condición de candidato a 'plumífero' rastacuero. Todo dicho en un tonito paternal y admonitorio porque, desde luego, a él no le gustaría que yo sacara a la venta mi talento. En verdad, me cuesta reconocerme en ese retrato del logrero, pero no aburriré al lector con un currículum de mi independencia intelectual, entre otras cosas, porque empieza ya a ser monótono esto de que los conversos neoliberales me acusen de dinosaurio populista y los ñángaras irrendentos de neoliberal converso. Todos los improperios se me antojan hermosa cosecha, digo yo; ¡faltaría más andar emborronando cuartillas cada semana sin que a nadie le importe!. Pero sí voy a compartir con mis lectores un chisme que retrata de cuerpo entero al editor independiente de la esquina de Pinto. Y mi pequeña venganza. No contento con llamarme 'deshonesto', insinuar mis designios de escribidor cazafortunas y disfrazar la injuria 'aconsejándome' que no vaya a dar en 'plumífero, pudiendo ser señor', el Ciudadano Poleo pretendió aumentar la circulación de su semanario ofreciéndome, 'magnáninamente', espacio de réplica para sus improperios. Esto es, quería contar, así fuese por una vez, con mi modesta firma de columnista taquillero... sin pagar un centavo por ella. Como tampoco yo soy un caballero, acepté de inmediato y gocé recabando precisiones: '¡seguro!' le dije al redactor que me llamó a media mañana, 'encantado, desde luego, cuál es la fecha tope de entrega, deme un número de fax donde yo pueda, ¿cuatro cuartillas, dijo?, sí, sí, dígale al diagramador que reserve el espacio, ¡ah!, y dígamele al señor Poleo cuanto agradezco este gesto que lo enaltece, etcétera'. Colgué y me serví un whisky doble con soda. Nunca había decidido tan rápidamente embarcar a un megalómano gatillo alegre, ni con tanto gusto. ¡Y miren que he mandado al cuerno a regimientos enteros de megalómanos! Sólo espero que hayan pasado una tarde entretenida en la redacción de esa gaceta esperando infructuosamente mi remesa, dándole tartamudas explicaciones por teléfono al jefe vociferante cada quince minutos. No lamento demasiado haberte hecho pagar los doscientos bolívares que cuesta un ejemplar de este matutino para volver a leer lo que pienso de tu epopeya campesina, Poleo. Son solamente doscientos bolívares, menos de cincuenta centavos de dólar; ese es el PVP de mis opiniones. El mismo que paga el señor Gómez Sigala, a quien no reconocería si coincidiéramos en un ascensor porque jamás lo he visto en mi vida. El mismo que pagan todos los que Manuel Caballero llama 'desocupados lectores'. Pero para leerme en las páginas de tu estercolario no te alcanzaría el dinero: no tienes, no tendrás nunca esa clase de dinero. Hasta donde alcanzo a ver, nadie lo tiene. El Universal Caracas, sábado 24 de Mayo, 1997 |
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