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| Revista Electrónica Nº 15 Mayo 1997 |
Las dudas de Latinoamérica Ismelda Cisneros | |
Después de una década de reformas, América Latina se debate entre percepciones negativas sobre la experiencia vivida e ilusiones exageradas sobre los primeros resultados. Paradójicamente, cualquiera de las dos posiciones termina convirtiéndose en obstáculo para detectar o actuar sin vacilaciones sobre factores críticos que, debidamente abordados, asegurarían la consolidación y éxito de las reformas, no sólo en términos de crecimiento sino, sobre todo, de desarrollo humano. La gran mayoría de los latinoamericanos piensa que la pobreza se ha incrementado, que la distribución de la riqueza es desequilibrada y que su país no está progresando. El 45% opina que la situación está mala. Los latinoamericanos tampoco se han adherido mayoritariamente a modelo económico alguno; el 28% opina que debería ser privado, el 27% público o mixto, el 23% manejando por trabajadores, el 17% no sabe, lo que crea un vacío de compromiso con un proyecto o una estrategia nacional de apertura y modernización. Por otro lado, algunos gobernantes, políticos y burócratas, están ilusionados con los resultados preliminares del 'boom' de la apertura. Esta inconsistencia pareciera consecuencia lógica de la aplicación de unas reformas sin claros objetivos ni metas concretas. El plan de reformas se ha aplicado en la región por imperativo de la necesidad, sin saber aún qué tipo de sociedad, qué modelo económico o qué metas, en lo nacional o regional, se intentan alcanzar. Sin embargo, no pasa desapercibido que algunos indicadores macroeconómicos de la región han mejorado. En 1986, diez países tenían inflación superior a 25% y en 1996 sólo tres. En 1986, catorce países tenían un déficit fiscal por encima del 3% del PIB, mientras que diez años después sólo cinco estaban en esa situación. Por primera vez en 1996, el índice de desarrollo humano _que mide educación, salud e ingresos_ muestra a once países de la región en la categoría de mayor desarrollo humano y sólo uno en la de bajo desarrollo. También se aprecia una clara recuperación del crecimiento de la región si comparamos la década de los noventa con la de los ochenta. No obstante, continúa observándose una percepción negativa en los ciudadanos sobre estas mejoras, lo que se entiende al constatarse que la evolución del presente decenio está muy lejos aún de haber alcanzado los niveles de crecimiento de casi 6% de los años setenta y además, una dramática realidad: el mantenimiento de un alto grado de iniquidad en la distribución del ingreso, aun cuando existen evidencias de que la pobreza no se ha incrementado en los últimos cinco años. Las reformas de América Latina han acelerado el crecimiento, han reducido la volatilidad de las economías y han impedido que se continúe profundizando la desigualdad del ingreso; sin embargo, de no consolidarse estos logros, podría ponerse en peligro lo alcanzado hasta ahora, así como las perspectivas de un futuro promisorio. La aplicación desigual y descoordinada de las políticas crea vacíos y presiones desestabilizadoras. Estos retrasos introducen elementos de incertidumbre en una región con escaso ahorro y urgida de inversiones, lo que hace a su vez más inaccesibles a la gente los beneficios de las reformas. Así, por ejemplo, la ausencia de consenso alrededor de una visión ha determinado que los avances alcanzados en el área de la reforma comercial, no se hayan visto acompañados de transformaciones del mismo alcance en las áreas financieras y fiscal, ni mucho menos en la laboral o en materia de privatización. Incluso los avances en materia comercial pueden verse comprometidos si no se consolida lo logrado hasta ahora. Sin desestimar que muchos países desarrollados no han hecho el mismo esfuerzo de apertura; después de un espectacular progreso en toda la región en esta materia, aún quedan por resolverse incongruencias, protecciones e ineficiencias en infraestructura y financiamiento, que podrían poner en peligro algunos de los avances, sobre todo en lo relativo a integración. Iniciar reformas es un proceso complejo pero no difícil; lo difícil es consolidarlas eficientemente de manera que se traduzcan en resultados positivos, beneficios accesibles a todos y políticas sostenibles en el tiempo. Para ello es necesario entender que las reformas, no son un objetivo en sí misma sino un medio para desarrollar un proyecto que América Latina aún no tiene. En la I Conferencia sobre América Latina en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), se presentaron cálculos que retan a la región; si no se hubiesen realizado las reformas, hoy en día el ingreso per cápita de América Latina sería 12% más bajo y si la región mantuviese las reformas al nivel actual, el crecimiento futuro sólo sería de 3% anual, contribuyendo con ello a que se mantengan las desigualdades y tensiones sociales, lo que generaría a la larga un progresivo deterioro. En cambio, si se consolidan las reformas realizadas hasta ahora y se acompañan de un mejoramiento de los sistemas educativos, se podría alcanzar un crecimiento sostenido para toda la región, superior al 6% promedio anual. La agenda de los próximos años pareciera clara: consolidar las reformas, particularmente la comercial y la del sistema financiero, así como el fortalecimiento del Estado, gracias a un mejor sistema fiscal y a una mayor gobernabilidad. Se requiere asimismo, abrir oportunidades de empleo y nuevos mercados, así como incrementar el capital humano y social, principalmente mediante una mejor educación. También, elevar el potencial de los factores de producción, introduciendo una mayor flexibilidad laboral, estimulando la innovación y alcanzando la modernización del mercado de capitales. Pero eso no es suficiente. América Latina ha iniciado un cambio importante que pareciera ser el correcto. Este cambio está produciendo algunos resultados positivos, pero sin saber aún a dónde se quiere ir y mientras esto no se defina, las ambivalencias e iniquidades tenderán a profundizarse. La sustitución de importaciones, independientemente de sus resultados, se aplicó con determinación porque se convirtió en una meta convenida y convincente para todos los sectores de la región. En cambio, la apertura, desregulación, redimensionamiento del Estado, mayor papel del mercado, tienden a ser percibidos como una imposición externa a la región, como un proyecto de las élites o como una simple reacción ante un hecho inevitable: la globalización. Es hora de ir acercándonos a un consenso para consolidar las reformas iniciadas y más importante aún, para definir la América Latina que queremos. Sólo así, se podría comenzar, de una vez por todas, a generar beneficios sociales más tangibles e inmediatos para las grandes mayorías. El Universal Caracas, martes 20 de mayo, 1997 |
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