Esta Semana
Revista Electrónica       Nº 15     Mayo 1997
Esta Semana

Servir no es servil

Gustavo Coronel

El acto de servir tiene, en todos los idiomas y culturas, una noble acepción. En base a esta acepción, una persona servicial es la que es útil a otros, la que hace aportes desinteresados al bienestar de terceros y de su comunidad. Todos hemos tenido la agradable experiencia de ser ayudados por algún desconocido cuando estábamos perdidos en una ciudad extraña y todos recordamos, con placer, la sonrisa de quien nos pregunta: '¿En qué puedo ayudarle?' En nuestro país esas agradables experiencias se han hecho cada vez más raras. No existe entre nosotros un espíritu de servicio, una cultura de servicio. Permanecemos anclados en la hostilidad y la desconfianza. ¿Por qué? Porque mucha de nuestra gente confunde el servir con el ser servil. Mientras servir es noble, el servilismo es indigno, rastrero, meloso. El venezolano tiene un justificado miedo a ser servil pero, a través de su ignorancia y de sus complejos de inferioridad, ha llegado a creer que ser servicial, solícito, es ser servil, es decir, inferior. Por lo tanto ha desarrollado mecanismos 'de defensa' que lo llevan a actuar con arrogancia e indiferencia como una estudiada fórmula para lucir igual o superior frente a terceros.

Esto es documentable. Cuando entramos a una tienda, cuando vamos a comprar un boleto de autobús o avión, vamos al banco o a una oficina pública cualquiera, notaremos con demasiada frecuencia que los funcionarios nunca nos estarán viendo. Estarán hablando con algún compañero(a) sobre la telenovela de moda, reflexionando sobre sus propios asuntos o, simplemente, limándose las uñas. ¿Cuál es la razón de esta actitud? Muy sencillo. Nos están diciendo que ellos 'no son inferiores' a nosotros, que no se rebajan ante nosotros siendo solícitos (en sus mentes, serviles). Eventualmente nos prestarán el servicio, puesto que están empleados para hacerlo, pero no convierten el acto en algo noble y enriquecedor, como debería ser sino en una obligación que se hace 'como si no se estuviera haciendo'.

La otra variación de esa patética guerrilla acomplejada es esa del 'mi amor'. '¿Qué quieres mi amor?'. 'Cuál es tu problema, mi amor?'. Al llamarnos 'mi amor', el acomplejado venezolano o venezolana trata de nivelarse automáticamente con ese interlocutor a quien nunca ha visto. Lo que le trata de decir es que 'somos iguales', pues, si no lo fuéramos, '¿cómo podría llamarte así?'. Además, nos trata de decir que lo que hace por nosotros es un favor gracioso, es una dádiva, no un servicio, puesto que él (ella) no es un servidor sino tu amigo, 'tu amor'. Más aún, 'si lo que voy a hacer por ti no funciona, recuerda que tu eres mi amor y, debes, por lo tanto, ser tolerante y comprensivo; debes conformarte con lo que recibes'.

En las sociedades civilizadas, servir es frecuentemente un placer y no una obligación. Ser útil ennoblece y nos hace merecedor(a) del reconocimiento colectivo. En la sociedad venezolana de las últimas décadas, el proceso de deformación cultural promovido por los gobiernos populistas clientelistas ha llevado a millones de compatriotas a pedir, pero no a dar, a esperarlo todo del Estado sin retribuir, a pensar que son 'chéveres' y que no 'se arrodillan ante nadie'. Todos nuestros presidentes han cultivado esta prédica altanera e irresponsable. El resultado ha sido, paradójicamente, una sociedad vulnerable y dependiente, que no puede competir en el mundo real, ese mundo en el cual no vale de mucho la altanería y lo que sí vale es la productividad.

Despojar al venezolano de este complejo de inferioridad que los lleva a temer el ser útil es una de nuestras más urgentes tareas educativas. Llámanos por el 283.3366, 283.1644, Fax 285.2627, si deseas comentar sobre este tema. No tengamos miedo de servir.

El Universal Caracas, miércoles 21 de mayo, 1997

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