Esta Semana
Revista Electrónica       Nº 15     Mayo 1997
Esta Semana

Con el F.M.I.

Abdon Espinosa Valderrama

La filtración del texto del informe de una misión de rutina del Fondo Monetario Internacional, hasta ahora mantenido en estricto secreto, parece obedecer al designio interesado de dar a la visita al país del director-gerente de dicho organismo, M. Michel Camdessus, visos críticos y polémicos, si no de franca presión en apoyo de las políticas monetarias en boga y en disculpa y justificación de la agudizada onda recesiva.

Leyendo ese informe, el observador desprevenido se pregunta cómo pudo cerrar los ojos al examen objetivo de la realidad. Quizá por haber pasado de una torre de marfil a otra y por no haber conocido estadísticas sino hasta el mes de noviembre, no cayó en la cuenta de que el "gran debilitamiento económico" previsto para 1998 se precipitó con singular dramatismo en el último trimestre de 1996 y prosiguió en la misma forma durante el primero de 1997.

El suyo fue un pronóstico que se equivocó de fecha. Probablemente por el retraso y las deficiencias de las estadísticas económicas. Ningún compatriota, con excepción de los dichosos residentes en torres de marfil, habría incurrido sin embargo en semejante error, viendo el proceso de destrucción de empleo, la agonía de tantas empresas y los concordatos de otras, los estragos de las tasas de interés y la fuerte caída de la demanda.

Existe desde luego una escuela económica que mira la recesión como antídoto de la inflación y no vacila en procurarla, cualesquiera sean sus costos sociales. Pero afirmar, como afirma la misión de rutina del F.M.I., que «la política monetaria se ha relajado en los meses recientes», y oponerse al mismo tiempo a la baja de las tasas de interés, equivale a sobreponer las propias ideas y las teologías institucionales a la cruda verdad de los hechos. A recomendar el aumento de la venenosa pócima recesiva.

Claro que una recesión traumática acaba derrotando cualquier inflación, galopante o moderada, monetaria e incluso inercial. No obstante, lo logra a elevadísimo costo, y, eventualmente, con quebranto de la paz social. En circunstancias como las nuestras, es por lo menos suicida jugar al aumento del desempleo y seguir la ruta que en la Argentina lo ha subido al 17 por ciento. Con la violencia exacerbada que ya sufrimos nos basta y sobra.

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Fue, precisamente, uno de los motivos que nos llevaron a resistir, en las postrimerías de 1966, a las exigencias de una devaluación masiva y devastadora. No creyendo en la elasticidad de nuestras exportaciones para responder a un tratamiento de choque de esa magnitud, preferimos el ajuste gradual que nos fuera liberando de la extrema vulnerabilidad económica y de la dependencia de un solo producto exportable.

Así se consiguió, dentro de indeclinable disciplina de las finanzas públicas, colocar el crecimiento económico por encima del seis por ciento anual, impulsar el desarrollo hacia afuera, preservar la estabilidad monetaria, vitalizar el aparato productivo, reconstruir las reservas monetarias internacionales y, fundamentalmente, diversificar y multiplicar las exportaciones, en particular aquellas con alto contenido de mano de obra.

El F.M.I. aceptó muy a regañadientes nuestro estatuto cambiario de entonces, con la tesis sutil de que de pronto, por su misma "sofisticación", podía funcionar en un pueblo también "sofisticado". Los resultados acabaron disipando sus recelos. Hasta el punto de haberlo recomendado, días antes de su caída, al presidente peruano Balaúnde Terry.

Los vientos de globalización de las economías pusieron término a la vigencia de ese estatuto, tras veinticinco años de fecunda vigencia. Y el modelo neoliberal del presidente Salinas de Gortari en México se erigió en dechado de América Latina.

Bajo el patrocinio del "Consenso de Washington" consagrado como epílogo de la crisis de la deuda y muy próximo a las ideas del presidente Reagan, se le auspició con fervor inusitado y se le depositó fe de carbonero hasta el momento de su derrumbe. Todavía no se explica cómo los avisados técnicos internacionales no se percataron de la trampa implícita en el sistema de financiar las importaciones liberadas con volátiles recursos de endeudamiento.

So capa de la globalización, se ha insistido en prohijar sus derroteros: el de acrecidos déficit de la cuenta corriente; el de la revaluación como ancla de la estabilidad monetaria y del costo de la vida; el de la apertura hacia adentro sin consideración a sus efectos sobre las oportunidades de empleo; el de las tasas de interés y la recesión como armas supremas contra la inflación.

Sopesando sus consecuencias, se ha empezado a preguntar en los propios Estados Unidos si en materia de globalización se ha ido demasiado lejos, hasta el extremo de provocar la desintegración social en algunos pueblos, singularmente los subdesarrollados. ¿Es indefinidamente sostenible un régimen que crea empleo en las partes más ricas y evolucionadas y lo destruye en los países todavía a la zaga? Preguntémoslo siquiera sea para ver de mitigar su adversa incidencia.

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De la preocupación por los desequilibrios estructurales ha dado testimonio la Comisión de Racionalización del Gasto y las Finanzas Públicas, cuyas conclusiones y recomendación hemos compartido.

Colombia deberá empeñarse a fondo en corregir las situaciones creadas por normas constitucionales y por leyes estatutarias improvidentes. Por su complejidad y origen, no es cosa susceptible de hacerse de la noche a la mañana. Las transferencias territoriales, las disposiciones sobre la seguridad social, el rígido y anticipado reparto de las rentas, tantas cosas más, reclaman acción efectiva. En general, mantener las erogaciones en cintura.

Donde disentimos del F.M.I. es en lo tocante a la actual recesión y a su desconcertante tesis de que se cura eliminando el déficit fiscal. El hoy funcionario de esa institución, el ex ministro Guillermo Perry, puede informarle cómo en su tiempo las autoridades económicas colombianas se dieron a enfriar la demanda agregada y se les fue mano. Por eso estamos en las que estamos. Respecto de la industria cafetera, cabe recordar que apenas va superando el trance de estrangulamiento a que la sometió la política cambiaria.

Las discrepancias con posiciones específicas pasadas y presentes del F.M.I., o de sus acuciosos y ofuscados funcionarios, no impiden extender a su director-gerente, M. Michel Camdessus, cordial saludo de bienvenida. Como lo hiciéramos hace cerca de cincuenta años con su perspicaz y amable antecesor belga M. Camille Gutt, y en la misma forma como mantuvimos grata y abierta comunicación con el también francés M. Pierre-Paul Schweitzer.

EL TIEMPO Martes 20 de mayo de 1997

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