Cabezal Siglo XXI
Revista Electrónica       Nº 15     Mayo 1997
Siglo XXI
El Mapa de la Integración Latinoamericana
Eduardo Mayobre *

Quien intenta buscar algún principio ordenador en los múltiples acuerdos de integración y cooperación entre los países de América Latina se encuentra pronto confundido. Los esquemas bilaterales, trilaterales, subregionales, regionales, hemisféricos y extraregionales se sobreponen los unos con los otros y a pesar de las declaraciones y buenas intenciones sobre la necesidad de lograr una "convergencia" entre ellos es poco lo que se avanza en esa dirección.

Por si esto fuera poco, la cantidad de nuevos acontecimientos que afectan al mapa de la integración latinoamericana alteran el panorama y obligan con frecuencia a realizar nuevas evaluaciones. Por mencionar solo los hechos más recientes, la salida del Perú del Pacto Andino, el renovado interés por la región de países claves de la Unión Europea y la Ley de inmigración de los Estados Unidos plantean interrogantes que aún no se han formulado claramente.

Desde una perspectiva más amplia, sin embargo, se reduce la complejidad. Pues si se enfoca toda esta maraña de acuerdos, encuentros y desencuentros como la pugna entre Estados Unidos y Europa por tener una posición predominante en las economías latinoamericanas el asunto se torna más simple e inteligible.

ALCA

América Latina no ha adquirido aún una posición definida en la formación de grandes bloques comerciales que caracteriza este fin de siglo. De acuerdo a la tradición de las últimas décadas le correspondería ser parte del área de influencia norteamericana. Por ello los Estados Unidos propusieron en la Cumbre de las Américas de finales de 1994 la formación de un Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y presionan por su pronta concreción y por la definición de sus características.

El tamaño y la importancia de ALCA harían prácticamente irrelevantes los acuerdos de integración y de cooperación latinoamericanos existentes hasta ahora y en consecuencia el gobierno norteamericano contempla con cierta indiferencia los afanes, disputas y rivalidades comerciales que se presentan dentro de la región . La posición de algunos países de América Latina, liderados por Brasil, de conformar ALCA como la articulación de los actuales grupos de integración resulta un obstáculo débil —por no decir simbólico— ante el predominio que necesariamente tendría Norteamérica en un acuerdo hemisférico.

La prioridad que tienen en los Estados Unidos los asuntos internos norteamericanos sobre las preocupaciones o necesidades de carácter hemisférico hace pensar que en un acuerdo como ALCA predominarían las reglas de comercio de ese país, el cual significaría las tres cuartas partes del intercambio. Esto se ha puesto de relieve en días recientes con la entrada en vigor de una nueva Ley de Inmigración en la que se restringe aún más el movimiento de personas. La invocación frecuente de la "seguridad nacional" en temas económicos y de comercio o como motivación para imponer o amenazar con sanciones a los países cuyos gobiernos no se consideran suficientemente amistosos o receptivos reafirman esta percepción. Además, la insistencia en que para participar en un acuerdo comercial con Norteamérica es necesario adaptarse a un marco de políticas macroeconómicas previamente definido debilita la capacidad de influencia de los países latinoamericanos sobre las condiciones en las cuales pudieran acceder a un acuerdo hemisférico.

Europa-América

Ante el avance silencioso pero persistente de ALCA, Europa ha comenzado a reaccionar. Parece haber adquirido conciencia de que los acuerdos preferenciales que la Unión Europea ha firmado con América Central y los países andinos no son de mayor significación. Sabe que sus intereses tradicionales en el Caribe pudieran debilitarse ante la concreción de un acuerdo general para el hemisferio occidental. Pero más importante le resulta el mantenimiento y profundización de su presencia en los países del sur del continente, con los cuales mantiene vínculos comerciales de una magnitud superior a los de Norteamérica.

La atención europea, en consecuencia, se ha concentrado en los países sureños. El acuerdo Unión Europea-MERCOSUR firmado el año pasado constituye un paso importante para la defensa de los intereses europeos en la región. Pero su alcance no es suficiente para contrarrestar el impacto que pudiera tener ALCA en el caso de que llegara a concretarse. Por tal motivo se ha iniciado recientemente una ofensiva diplomática para vigorizar las relaciones entre América Latina y los países europeos. Como era de esperar, los primeros pasos se han dado a través de los miembros de MERCOSUR. Tanto por el peso de las relaciones económicas existentes con ellos como porque se trata del acuerdo de integración actualmente más dinámico del continente y forman parte de él países —como Brasil y Argentina— que pudieran tener un liderazgo regional.

Las visitas de los Presidentes de Francia y España a los países de MERCOSUR —incluyendo a Bolivia— y la invitación a una cumbre europea-latinoamericana para el próximo año deben evaluarse dentro de este contexto. La Unión Europea no puede darse el lujo de esperar que ALCA sea un hecho consumado antes de ofrecerle alternativas a los países latinoamericanos.

América Latina

El interés mostrado —con mayor o menor displicencia— por norteamericanos y europeos en profundizar su influencia en la región hace presumir que los países de América Latina tendrían un papel que jugar en la conformación del orden económico internacional y en consecuencia pudieran tener en sus manos armas de negociación importantes si se decidieran a participar en su construcción, en vez de estar limitados a "insertarse" en él. Para ello sería necesario asumir la integración latinoamericana con una visión más amplia que el simple intercambio comercial y hacerla avanzar rápidamente.

Sin embargo, los países de América Latina siguen enfrascados en disputas internas, en discusiones procedimentales y en la definición teórica sobre su "inserción en un mundo crecientemente globalizado", para la cual por lo menos ya han encontrado un nombre: regionalismo abierto.

En lo que va de esta década no se puede negar que la integración latinoamericana ha avanzado notablemente. El comercio intraregional ha recuperado y superado los niveles anteriores a la crisis de los años ochenta y se ha incrementado a un ritmo superior al 20% de anual; se han eliminado una serie de obstáculos que anteriormente impedían un mayor acercamiento; se ha iniciado un intercambio de inversiones de carácter intrarregional; se han creado o fortalecido algunos de los marcos institucionales de integración; y se ha formado, en torno a la democracia, un clima político de entendimiento que tiene pocos precedentes.

Tales avances han propiciado un clima de optimismo sobre el futuro de la integración latinoamericana que puede apoyarse en cifras y en ejemplos de casos concretos. Sin embargo, parece necesario introducir una nota de cautela. Los progresos han sido el resultado de las políticas de apertura y estabilización económicas que han seguido los países de la región —por una u otra razón— más que de un propósito claro de avanzar hacia la integración y hacia la definición de un papel para América Latina en la escena internacional. Una vez decidida la apertura unilateral del comercio por parte de la mayoría de las economías latinoamericanas parecía poco sensato mantener barreras en la región.

Dentro del marco general de la apertura se utilizaron los mecanismos multilaterales existentes para fomentar el comercio intrarregional y se firmaron acuerdos bilaterales y trilaterales con el mismo objetivo. El entusiasmo por el libre comercio incluyó al realizado con los países del propio continente. Pero no se llegó a tener claro si este último cumplía una función igual o diferente al que jugaba el resto del comercio internacional.

Debido a esa indefinición, nos encontramos ahora con que los países latinoamericanos lucen perplejos ante los posibles cursos que pudieran tomar sus esfuerzos de integración. Dentro de América Latina, México ha tomado su propio rumbo mediante su participación en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN); Chile intenta ser aceptado como un caso especial en el TLCAN; Perú se separa de la Comunidad Andina; el resto de los miembros de esta comunidad no alcanza a definir la manera de incrementar sus vínculos con MERCOSUR; Bolivia crea lazos especiales con este último; y el Grupo de los Tres (México, Colombia y Venezuela) no termina de definir su identidad.

En el plano hemisférico, no está claro que papel jugaran los países y grupos mencionados ni si los países del Caribe y Centroamérica conservarían en ALCA el trato preferencial que ya habían obtenido. A nivel mundial, no se cuenta con un marco de referencia que permita evaluar la relación de una mayor apertura hacia Norteamérica con una hacia Europa ni que papel jugaría en este panorama la Asociación de Países del Pacífico (APEC), de la cual algunos países latinoamericanos ya son o aspiran a ser miembros.

Lo único que parece claro es que en toda esta recomposición del comercio internacional —en la transnacionalización de la producción y en el llamado proceso de globalización— a América Latina le ha correspondido jugar un papel pasivo, y hasta ahora no se avizora otro, a pesar de todos los acuerdos y reformas que han consumido la atención y el tiempo de los latinoamericanos.

Las negociaciones entre MERCOSUR y la Comunidad Andina —actualmente en curso— quizás pudieran marcar el inicio de una posición más activa respecto a la gravitación que puede tener América Latina en la economía mundial. Si se tiene en cuenta que es eso lo que está en juego y se supera la actitud de corto plazo de obtener ventajas comerciales limitadas pudiera comenzar a cobrar sentido el mapa de la integración latinoamericana.


* Economista

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