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Revista Electrónica       Nº 16    Juni  1997
Documentos

Una Aldea Gigante

Una de las referencias claves acerca de la llegada del jazz a Venezuela se encuentra en el libro La ciudad y su música escrito en 1958 por José Antonio Calcaño (1900-1978). Textualmente se lee lo siguiente: «Al finalizar la I Guerra Mundial apareció en Caracas la música de jazz, que fue acabando poco a poco con las músicas de bailes venezolanos con lo que quedó cerrado este capítulo de música ligera».

¿Podría Calcaño haber confundido el jazz con el foxtrot, el charleston u otros ritmos bailables? Veremos que no.

La I Guerra Mundial finalizó en 1918, por lo tanto este es el año mínimo a tomar en consideración para este análisis. En esta fecha el profesor Calcaño tenía dieciocho años y era un músico que debería haber tenido bien claro el concepto del jazz. En Europa el foxtrot y el charleston se hicieron populares en 1922 y 1926 respectivamente. No es una imprudencia descartarlos en la Venezuela de 1918. Ahora bien, el primer disco de jazz fue grabado en 1916 por la Original Dixieland Jass Band (en sus inicios jazz se escribía con dos s) para el sello Victor, un pionero en la industria de la grabación, que para esos años tenía sucursales en Caracas vendiendo victrolas. Sus discos, al igual que los del sello Columbia, eran muy difundidos y no debería ser extraño que sus producciones fueran exportadas a países como el nuestro. Y, ¿por qué a Venezuela? Porque desde 1912 se había estado otorgando concesiones a compañías de los EE.UU. y Holanda para explorar y explotar el petróleo en el país, y nuestra región contaba con el potencial necesario para recibir sus productos de exportación.

Un Breve Panorama

A fines del siglo diecinueve Venezuela es un país con un desarrollo poco relevante en el área de la cultura y la industria. La guerra de independencia y las continuas sublevaciones habían diezmado a sus habitantes y sólo en los pocos centros dotados de una cierta población había un mayor acceso a la educación, a pesar de la gratuitidad decretada por el dictador Antonio Guzmán Blanco. El analfabetismo estaba en el 80% y de los instruídos, algunos dominaban sólo las primeras nociones.

Fue un período de sucesivas dictaduras, viciadas por líderes corruptos, más interesados en enriquecer sus propias arcas que las del país, contribuyendo a empobrecerlo y a mantenerlo en el atraso. De estos dictadores, sólo Guzmán Blanco se preocupó en hacerle gestos a la cultura construyendo teatros, mientras que otros la consideraron innecesaria.

A comienzos del siglo veinte, en Caracas, la música popular estaba circunscrita a los pianistas y agrupaciones pequeñas encargadas de amenizar las películas mudas con temas alegóricos al argumento de la ocasión y ciertos ragtimes similares a los que se tocaban en los EE.UU.; a los conjuntos que ocasionalmente se formaban para un determinado compromiso; a las interpretaciones realizadas por un grupo familiar en el seno de su hogar y a los conciertos ofrecidos por las bandas marciales de los estados, en las plazas principales de cada ciudad los días jueves y domingos, conocidas por el nombre de retretas. Dichas bandas se formaban con un máximo de doce músicos y estaban dotadas de trompetas, saxos, clarinetes, un redoblante y un bombo. Los músicos, en su mayoría aficionados, practicaban una primera ocupación, como la de barberos, sastres, dentistas, etc. Entre los integrantes de las bandas figuraban nombres de inmigrantes. Ellos, al igual que los venezolanos, tenían una formación precaria en el campo musical, y, en algunos casos, habían aprendido a tocar de oído. En general, los pocos en haber alcanzado un nombre pertenecían a la música académica.

Los repertorios de estas bandas incluían marchas militares y religiosas, arias de ópera, operetas y zarzuelas, polcas, mazurcas, himnos, foxtrot, conciertos para bombardino, flauta, trompeta y clarinete, fantasías sobre motivos venezolanos y argentinos, pasodobles y valses (el merengue venezolano, dado su carácter popular, no gozaba de la aceptación de los estratos sociales más altos y era poco interpretado).

Tampoco había recitales de música de cámara, los conciertos en los teatros prácticamente no existían y, cuando se realizaban, estaban dedicados al campo religioso. Abundaban las presentaciones de óperas y zarzuelas a cargo de compañías extranjeras.

Mientras tanto, en las principales ciudades, al igual que en la capital, persistían las grandes diferencias sociales. Existían los empeñados en mantener la gran tradición mantuana, una clase distante y llena de privilegios, altamente influida por los ideales, estilos y posturas afrancesadas promulgadas por Guzmán Blanco y por la refinación de la cultura europea como signos de diferenciación; una clase media apenas esbozándose y, por supuesto, un tercer grupo, bastante grande, de escasos recursos.

Las familias con suficientes ingresos se permitían tener un piano, una pianola y/o una victrola. En las veladas familiares algunos de sus miembros entretenían a los asistentes con declamaciones, lecturas de poemas y cantos, y otros tocaban algún instrumento, pero de ahí a llegar a ser un profesional, es decir, un hombre o una mujer viviendo de la música, salvo excepciones era inimaginable en la práctica. La profesión de músico popular no era muy bien vista porque no producía los ingresos suficientes para mantener a una familia y era un signo de una vida bohemia y sin responsabilidades. Se deseaba que los hijos, por lo menos, completaran el bachillerato. Un bachiller tenía prestigio y era un título respetado. Ser médico, abogado o ingeniero, las carreras más deseadas y casi las únicas disponibles en las universidades, era una aspiración mayor, difícilmente contemplada en los planes de muchas familias por lo inalcanzable.

Por otro lado, las concesiones a las compañías petroleras trajeron una visión distinta del mundo y produjeron un fruto económico inesperado. Se fueron realizando cambios en Venezuela, pasándose de un país agrícola, exportador de café y cacao, ganadero y rural, a uno dependiente del petróleo, cuyos extraordinarios ingresos favorecieron la construcción de nuevos centros educativos. Venezuela comenzó así un desprendimiento de sus hábitos románticos para hacerse más práctica e industrial, sustituyendo el patrón europeo por el de los EE.UU.

Salvo Caracas, que podía considerarse una aldea gigante, las demás ciudades del territorio eran pueblos muy distanciados entre sí, comunicados por carreteras angostas, incómodas, de tierra, sin señalizaciones para hacer un tránsito fluido. Para ir a Maracaibo era preferible hacerlo por mar, haciendo escala en Curazao, por esta razón se debía sacar pasaporte. Las noticias internas y del mundo, la cultura, la moda, la literatura, la música y los últimos inventos científicos, llegaban retrasados debido a la ausencia de emisoras de radio, de periódicos de circulación nacional y de un correo eficiente. Ciudades como Maracaibo, ubicada cerca del mar y Ciudad Bolívar, con un río navegable, el Orinoco, tenían mayor relación con el exterior que con la capital del país.

La música

Italia, Francia, España, EE.UU. y Alemania fueron los lugares preferidos para estudiar música. Las familias realizaban esfuerzos individuales, sin el apoyo de instituciones, para respaldar las inquietudes artísticas de sus allegados, pero sin inculcarles la idea de vivir de la música. Quienes lograban aprender teoría y solfeo y a tocar un instrumento se convertían luego en profesores particulares, sobre todo de personas pertenecientes a los grupos sociales más elevados, cuyas clases eran impartidas en las casas de los alumnos o en las pocas escuelas existentes. Los interesados en estudios más avanzados podían aprender dirección, contrapunto, arreglos, interpretación y un segundo instrumento. Las escuelas militares, fundadas en 1910, como tenían sus bandas propias, son el otro foco de aprendizaje para aquellos interesados en la música y con pocos recursos económicos para costearse un profesor particular. Posteriormente, en 1915, se fundó la Escuela de Música y Declamación (hoy Escuela Superior de Musica José Angel Lamas) dedicada, más que todo, a la música académica.

La música durante el período colonial había tenido un florecimiento enorme. Es famosa la Escuela de Chacao y los nombres del Padre Sojo y otros líderes. Sin embargo, ese esplendor había perdido su brillo y a principios del siglo XX no había un movimiento claramente organizado. Una cierta dispersión prevalecía. Como el valse estaba de moda, las composiciones abundaban por doquier. Se escribía sólo la línea melódica y muy pocos se preocupaban por la orquestación y arreglos. Por esta razón se ha considerado que a partir de 1919 la nueva generación de músicos, entre los que se encontraban Vicente Emilio Sojo, Juan Bautista Plaza, Miguel Angel Calcaño y José Antonio Calcaño, todos radicados en Caracas, fueron quienes lograron otorgarle un nuevo impulso al movimiento musical. Esos esfuerzos dieron como frutos la fundación del Orfeón Lamas en 1928, y la Sociedad Orquesta Sinfónica Venezuela el 24 de junio de 1930 (sus integrantes, casi todos formados en el exterior, provenían de su precursora, la Unión Filarmónica Caracas, dirigida por Vicente Martucci, cuyas presentaciones se realizaron entre los años 1922 y 1929). Ambas organizaciones se sostenían por la constancia y el misticismo de sus integrantes porque no existían empresas patrocinadoras y el gobierno, en esos primeros años, no mostró interés en ese movimiento renovador.

Hasta aproximadamente 1925 se vivió una época en la que toda la música popular era la venezolana, tocada por venezolanos y los extranjeros residentes en el país, y como las comunicaciones con las regiones vecinas eran muy escasas, se recibían muy poca influencias.

Las diversiones

En el primer cuarto del siglo veinte en otras latitudes existía una vida nocturna totalmente definida. Los locales en donde se presentaban los espectáculos de variedades, los hoteles, los clubes, o los lugares especialmente acondicionados como los teatros, estaban bien organizados y los artistas tenían varias alternativas, ya fuera como bailarines, cantantes, intérpretes de música popular o de cámara, haciendo el fondo musical de las películas mudas, en fin, las actividades eran diversas. En Venezuela, sólo aquellos que poseían un gran poder económico podían disfrutar esos espectáculos porque para viajar al exterior se necesitaba mucho tiempo ya que las travesías en barco eran sumamente largas. Esos afortunados se constituían en las fuentes informativas más esperadas y todos estaban ansiosos por sus regresos para escuchar los comentarios sobre esos míticos lugares.

En Caracas las diversiones no ofrecían muchas opciones. Las agrupaciones orquestales populares prácticamente no existían, salvo dos excepciones notables: la Jazz Band de Carlos Bonnett (1924) y Le Perroquet Royal Jazz Band (1927). Esta última, contratada en Italia, era catalogada como la mejor orquesta de la capital. Estaba alojada en el dancing-club y también restaurant La India. Sus cuatro miembros tocaban piano, batería, violín, saxos alto y tenor, trompeta, banjo y guitarra acústica y en su repertorio, variado, se contaban algunos temas del Dixieland, Ragtime y los de moda de otros géneros. Estos son años en los que la palabra orquesta se utilizaba para identificar a un conjunto, es decir, a una agrupación pequeña de no más de seis personas.

Para una sociedad viviendo bajo la dictadura de Juan Vicente Gómez, sometida cultural y socialmente, lo normal era acostarse a dormir temprano y, salvo ir a lugares como La Francia y La India a comer helados a las cinco de la tarde y a bailar hasta las horas tempranas de la noche o asistir a algunos clubes privados, no se tenían más alternativas de diversión. Las reuniones festivas se realizaban en las casas y en clubes como el Venezuela y el Paraíso, en donde se bailaban valses, joropos, pasodobles, tangos, rumbas, jazz, boleros y el foxtrot y el charleston, estos dos últimos, de moda en el país a partir de 1927. Cuando se organizaban reuniones en las casas, las llamadas veladas, en los patios se colocaba un entarimado y las agrupaciones tocaban música instrumental únicamente.

En la década de los veinte los cañoneros eran los encargados de animar las fiestas de las clases sociales de menos recursos.

Los cañoneros

Fueron de los primeros y pocos grupos organizados que habían en Caracas. Muchas veces se acercaban a tocar a las puertas de las casas de las familias pudientes en donde ni siquiera sabían si serían bien recibidos. En algunos estratos eran aborrecidos porque las letras de sus canciones estaban dotadas de aires costumbristas y cargadas de ironías. Al arribar al lugar escogido, para anunciar su llegada, disparaban un artilugio que semejaba un cañón. De aquí proviene el nombre de cañoneros. Si había disposición, los dueños de la vivienda los hacían pasar a los grandes zaguanes característicos de las construcciones de esos años. Luego de tocar recibían su remuneración y posteriormente se iban a otro lugar.

Su repertorio incluía el merengue venezolano, la guasa, el valse y el pasodoble, instrumentados por la charrasca, el cuatro, el bandolín y algunos instrumentos de metal. Los cañoneros fueron una estampa típica del espíritu de la ciudad de Caracas y una representación fidedigna del alma popular. Su desaparición ocurre cuando la ciudad se enfrenta a una nueva vida alejándose de lo rural.

Vida nocturna

Muy poca había. La gente que se consideraba decente no salía en las noches, ni a comer, ni a bailar. Los locales existentes, los dancings, se encontraban en Catia, un barrio separado de la ciudad por una cadena colocada en el límite, donde hoy se encuentra Miraflores, el palacio de gobierno.

Esos dancings estaban relacionados con peleas, groserías, hombres borrachos y mujeres de vida alegre. A ese ambiente nadie llevaba a madres, hermanas, novias o amigas a pasar un rato. Dichos recintos contaban con pequeños conjuntos encargados de la ambientación musical. Eran agrupaciones precarias integradas por cuatro o cinco músicos ocasionales, ostentando el nombre de orquestas y con poca intención de constituirse en organizaciones formales. La rutina estaba fundamentada en lo siguiente: algunos de los músicos conocían un tema, lo iniciaban y luego los otros los seguían sin ninguna partitura o instrumentación dirigida.

Difusión de la música

En 1926 el Estado fundó la estación de radio AYRE, con un horario restringido. La programación se iniciaba a las 10:00 a.m. y la música era suministrada por discos, pianolas, interpretaciones en vivo de los músicos aficionados que se reunían en la esquina La Torre y las transmisiones en directo de las retretas de las bandas marciales. Los micrófonos de carbón, similares a los utilizados en los teléfonos, no eran de gran ayuda y por esta razón no había muchos cantantes.

Para comprar una radio se debía llenar una planilla, especificar el lugar de la casa donde se colocaría y, de acuerdo a su tamaño, se pagaba una cuota mensual para mantener la estación. Tenerlas era un privilegio y sólo pocas familias se lo permitían. Los temas radiados provenían de los discos de música española, tangos y de los pocos venezolanos comenzados a grabarse en 1925.

La programación de la estación no era muy buena y el público empezó a evadir el pago mensual. AYRE debió cerrar sus puertas al año y medio. Luego se fundó la Broadcasting Caracas el 11 de diciembre de 1930, fuertemente controlada por el Estado y sólo para transmisiones totalmente comerciales. La dictadura comprendía que la radio es un comunicador de masas y podría resultar un medio hostil y concientizador. Siguieron, en 1932, Radiodifusora Venezuela y La Voz de Philco (posteriormente llamada Radio Libertador), La Voz de La Esfera y, en 1935, Ondas Populares.

Como en Caracas no existían edificios altos, los que tenían radios podían sintonizar también en onda corta las estaciones del Caribe, Colombia y los EE.UU. Estas emisoras eran la principal fuente de información musical. El gusto de los oyentes se lo disputaron la rumba, la conga y el danzón cubano, el pasillo y el bambuco de Colombia, el tango de Argentina y los baladas dulzonas con cierto dejo jazzístico de las grandes bandas de los directores blancos de los EE.UU., popularizadas con el nombre de música americana (esta expresión la utilizaremos para ser consecuente con la época). De los EE.UU. la más escuchada era la emisora W2KAF SCHENECTADY, que inclusive colocaba diariamente su programación en la prensa y era sintonizada después de las nueve y treinta, cuando las locales terminaban sus actividades.

De esta forma las canciones de Juan Renaud, los joropos de Soledad Espinal y los merengues de Valeriano Ramos comenzaron a ser desplazados por la música de otros países.

La música iniciada a finales del siglo diecinueve en New Orleans, posteriormente bautizada con el nombre de jazz, en un principio fue utilizada para bailar en los prostíbulos de Storyville y luego en los locales controlados por la mafia de Chicago de los años veinte. A este estilo tocado tanto por los músicos negros como por los blancos se le ha llamado Dixieland. Las agrupaciones que lo practicaban estaban integradas por un máximo de siete músicos. Las grandes bandas se comenzaron a formar a principio de los veinte y se establecieron de manera definitiva en los treinta. Las orquestas en Venezuela, es decir, las agrupaciones con secciones de instrumentos y con un mínimo de diez músicos, aparecen a partir de 1937 cuando el concepto del swing está ampliamente desarrollado y popularizado en todo el mundo. Temas como los tocados por las bandas de Duke Ellington, Cab Calloway, Jimmy Lunceford y Count Basie, popularizados entre 1930 y 1935, estuvieron lejos del alcance de las agrupaciones venezolanas, no sólo por su complejidad sino también por su carácter no bailable y la ausencia en ese período de agrupaciones orquestales. Como veremos más adelante, clásicos del Dixieland como el Tiger Rag se hicieron muy solicitados y fueron fundamentales en los repertorios de los conjuntos dedicados a animar fiestas y bailes.

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