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Revista Electrónica       Nº 16   Junio  1997
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Las Primeras Orquestas

A principios del siglo veinte, ciudades como Barquisimeto, San Cristóbal, Ciudad Bolívar y Valencia se constituyeron en polos de desarrollo cultural. Eran poblaciones muy preocupadas por la música clásica del momento y sus principales personalidades y, además, contaban con el entusiasmo necesario para apoyar a sus propios intérpretes, quienes dejaron un legado musical. Caracas, desde finales de los treinta, se convirtió en el primer centro cultural del país y prácticamente el único en esos años. La Academia de Bellas Artes, luego llamada Círculo de Bellas Artes, es uno de sus cónclaves ideales para los interesados en realizar estudios de música. La formación en el campo académico era lo oficial y valedero. Los intérpretes atraídos por la música popular, subestimada por aquellos dedicados a la música clásica, no tenían opciones escolásticas salvo las mencionadas en el capítulo anterior.

Las Primeras Agrupaciones

En Barquisimeto existió, a comienzos de siglo, una orquesta llamada La Gran Mavare. Ella se sostenía con la contribución de los comerciantes de la zona y los de otras personas filantrópicas que, inclusive, llegaban a donar instrumentos. Era una labor altruista porque no existían fundaciones ni organizaciones del Estado para apoyar los movimientos musicales en el campo popular. Dicha orquesta tocaba música venezolana y valses de autores como Pedro Elías Gutiérrez, Antonio Rafael Narváez, Benigno Marcano Centeno, M. R. Calleja, Laudelino Mejías, Vicente Cedeño y el maestro Simón Von Ziller, un dentista alemán venido muy joven a Venezuela, quien se radicó en dicha ciudad.

Iniciándose la década de los treinta, de la Gran Mavare se desprendieron grupos como La Pequeña Mavare, continuadora de la tradición de su progenitora; la Jazz Band Barquisimeto dirigida por Pompilio Torres e integrada por Sótero Rodriguez en la batería, Pedro Oliveros en la trompeta, Elías Rivero en los saxos y Felipe "Catire" Torres en el banjo; la Jazz Band Unión incluía a Miguel López, Germán Suárez en la batería y Félix Alvarez, y la Jazz Band Mavare integrada, entre otros, por Raúl Lucena en la trompeta, Joel Vásquez en el clarinete y Juancho Lucena en el contrabajo. Estas tres últimas, a finales de los años treinta, prefirieron incluir en sus repertorios música con carácter internacional. Entre esos temas se encontraban los tocados por big bands como la Casa Loma, Glenn Miller, Artie Shaw y similares.

La elaboración de un repertorio

A comienzos de la década de los veinte había muy poca información discográfica. Las tiendas especializadas en artefactos eléctricos tenían un pequeño departamento para la venta de discos en 78 r.p.m. (revoluciones por minuto) y rollos de música. Ellos eran escuchados en las escasas victrolas y pianolas disponibles que, en vista de lo costosas, se encontraban ubicadas principalmente en las casas de las familias de abundantes recursos económicos. Los de jazz eran traídos eventualmente cuando algún particular o un coleccionista viajaba a los EE.UU., ya que raramente se vendían en las tiendas. Entre esos discos estaban los de orquestas como la Casa Loma, especializada en tocar una mezcla de arreglos de jazz con baladas lentas y sentimentales. Tampoco llegaban partituras y, como ni siquiera se podían copiar porque sólo existía el dictáfono de cera, la gente se conformaba con transcribirlas directamente de los discos y pasarlas de una mano a otra. Las operetas eran otras fuentes de inspiración. En algunas de ellas se encontraban temas parecidos a los foxtrots, los cuales eran arreglados para ser convertidos en piezas bailables. Fueron años de un altísimo romanticismo, porque los músicos no tenían mucho campo de acción y la música era más que todo un disfrute para quienes tocaban algún instrumento, así como también para investigar e intentar hacer algo parecido a lo escuchado en los discos.

Por otro lado, los arreglos y orquestaciones novedosas de las orquestas extranjeras impresionaban a quienes las oían, influenciando tanto a los oyentes como a los músicos, quienes prefirieron estos nuevos sonidos para incorporarlos a los repertorios bailables. En estos años los géneros de la música venezolana más conocidos eran el joropo y sus semejantes. Los seis, golpes, pajarillos, zumba que zumbas, corríos, galerones, josas y pasajes, se clasificaron como difíciles de bailar argumentándose que están escritos en tiempos ternarios (3x4 y 6x8) y esto se constituye en una cierta dificultad aun para los bailarines de las regiones de donde son originarios y, por lo tanto, mucho más para los de otras localidades. Otros como la gaita, el calypso guayanés y el sangueo, escritos en tiempos binarios (2x4 y 4x8), con más facilidad para ser bailados, tenían poca difusión. Por esta razón todos aquellos ritmos venidos del exterior presentando esta última característica fueron más comprensibles al oído y conquistaron con mayor facilidad a las parejas en busca de diversión.

Vente tú y matar un tigre

A principios de los años treinta, y en general en toda esa década, no existían muchas orquestas organizadas. Los músicos, desde 1921, se reunían en el Bar Democrático ubicado en la esquina de La Torre, en los alrededores de la Plaza Bolívar, a esperar la llegada de alguien con un contrato o a un organizador para que, de acuerdo a las característica de la reunión, les dijera a los seleccionados "vente tú" (de allí viene la expresión para señalar a aquellas agrupaciones improvisadas a última hora) que tenemos un "toque". Esta expresión, toque, era la utilizada en principio para el trabajo ocasional de los músicos.

Con el tiempo se puso de moda Tiger Rag, un tema muy rápido del Dixieland y de difícil ejecución para los instrumentistas aficionados de esa época. Como no existían organizaciones establecidas, los músicos eran escogidos en la mañana o la tarde para tocar en la noche de ese mismo día. Por supuesto, no había tiempo para el ensayo y quienes conocían alguna melodía fungían de líderes eventuales y los demás los seguían, acompañándolos como mejor podían. Si durante las presentaciones algunos se perdían, se detenían para posteriormente unirse al grupo. En el caso del Tiger Rag era común escuchar al otro día de la presentación comentarios parecidos a "Anoche tocamos una cosa difícil que llaman El Tigre".

Rápidamente entre ellos se fue corriendo la voz de lo complicado del tema y, como se hizo popular, cada vez que se repetía el proceso de escogencia se le decía al seleccionado "¿En tu repertorio tienes El Tigre? A la gente le gusta mucho y debemos tocarlo". Si los instrumentistas lo sabían o no, ese no era el problema, era necesario trabajar, se carecía de oportunidades y no quedaba más remedio que enfrentarlo y matarlo. Poco a poco se fueron acostumbrando a decir "Esta noche tengo que matar el tigre" y el término toque fue desapareciendo. El Tiger Rag fue durante mucho tiempo repertorio obligado de los músicos de la esquina de La Torre. Todavía en los años noventa la expresión "matar un tigre" se utiliza para designar a aquellos trabajos realizados por los músicos y otros profesionales que les son ajenos a sus especialidades y a sus anhelos, pero que les permiten subsistir.

La radio como promotora

Los teatros más prestigiosos de la década de los veinte y principios de los treinta: el Municipal (1881), el Olimpia (circa 1890), el Calcaño (1899) y el Nacional (1905), no presentaban espectáculos de música popular porque eso no era "cultura". Afortunadamente las emisoras radiales se convirtieron en una auténtica válvula de escape. La Broadcasting Caracas incluyó música en vivo dentro de su programación para acompañar a los participantes en los concursos de aficionados y para entretener a sus oyentes. Esto produjo una proliferación de conjuntos amateurs (grupos de no más de seis personas) que luego participaban en bailes en casas particulares y en lugares públicos. Entre los pioneros de esas agrupaciones estuvieron Carlos Bonnet y Luis Alfonzo Larrain.

Aunque desde 1928 en el Salón Ampico se vendían discos bailables, a partir de 1932 las victrolas, por sus precios, fueron menos asequibles que los aparatos de radio y estos últimos, además, tuvieron el beneficio de que se les comenzó a radiar una programación con mucha música bailable. Fueron años en los que los periódicos publicitaban la programación de las emisoras. Era normal encontrar a la Broadcasting Caracas anunciando que de nueve a once de la noche, se transmitiría música bailable por cortesía de la RCA Victor reseñando en muchos casos los nombres de los temas a ser radiados. Aquellas familias de algunos barrios que no podían tener una victrola aprovechaban ese horario para hacer sus fiestas. Las parejas estaban pendientes del fin de los anuncios e inmediatamente bailaban las canciones programadas. La llegada de un conjunto a algunas de estas reuniones se constituía en un espectáculo aparte, una novedad solidaria, porque en algunos casos hasta tocaban gratis, recibiendo a cambio bebidas y comidas.

Esos primeros conjuntos de baile excepcionalmente incluían cantantes. La incipiente tecnología de los micrófonos impedía la proyección de la voz con la nitidez suficiente como para poder aprovecharlos. Los osados utilizaban un megáfono dirigiendo una parte de la canción hacia la derecha, otra hacia el centro y por último hacia la izquierda. A partir de 1941 la popularización de los tocadiscos desplazó a esta novedad, y como el costo de la vida había comenzado a elevarse y un músico "mata tigre" para medio vivir debía tener por los menos dos compromisos en el fin de semana, cansados de estar a la expectativa en la esquina La Torre y necesitados de ingresos fijos, prefirieron formar parte de las orquestas de planta de los bares y otros locales nocturnos que estaban comenzando a popularizarse, como el Lucrecia, el Luna Park, el Tropicalia y La Estrella.

Otras fuentes de inspiración

La radio y los discos extranjeros no fueron las únicas fuentes de inspiración para elaborar los repertorios de esas agrupaciones. El cine sonoro se convirtió en una de las principales distracciones y las películas musicales de los EE.UU., llenas de sofisticación, con un ideal de vida a copiar, la democracia y la libertad del hombre y la mujer, en otras palabras, el american way of life, fueron patrones de vida admirados por los asistentes a los cines, sobre todo por aquellos con la capacidad para leer los subtítulos (no se debe olvidar que el analfabetismo fue mucho mayor al 50% hasta 1935). Los temas musicales de esas películas inevitablemente se hacían populares y fueron versionados en la mayoría de los países donde se presentaron, porque muchos líderes de las agrupaciones musicales se especializaron en copiar de las películas las líneas melódicas para luego realizar los arreglos. Posteriormente, algunos de ellos decían orgullosamente que sus corresponsales en los EE.UU. se los habían enviado de manera exclusiva. Los filmes argentinos y mexicanos eran un vehículo para promocionar a sus cantantes y exportar su música. Eran los preferidos por quienes no sabían leer o apenas podían hacerlo. La popularidad de esos temas extranjeros fue un medio de penetración cultural y lo vernáculo siguió pasando a un segundo plano.

Venezuela vivió un letargo durante el período dictatorial de Juan Vicente Gómez (1908-1935). Las emisoras estaban totalmente censuradas y no se les permitía transmitir noticias políticas ni comprometedoras. Las anécdotas cuentan que algunos venezolanos se enteraron de la muerte de Gómez escuchando un programa de la estación de los EE.UU., W2KAF Schenectady, que interrumpió su especial sobre Cole Porter para dar cuenta del deceso. Desaparecido el dictador, los venezolanos volcaron sus energías para actualizar el país. Asimismo, a partir de 1922, cuando se inicia la producción del petróleo, la economía se transformó haciéndose monoproductora y dependiente de esa materia prima. Esto produjo dos fenómenos interesantes: la aparición de los primeros barrios marginales por la mudanza de los habitantes de los pueblos agrícolas del interior hacia Caracas y otras ciudades del occidente y el oriente, y el surgimiento de una clase media trepadora.

Caracas, a comienzos de los treinta, estaba limitada por el norte con el barrio San José, por el sur llegaba hasta Portachuelos, por el este hasta Santa Rosalía y por el oeste hasta Miraflores. Chacao, Petare y Catia eran pequeñas poblaciones, terrenos baldíos y haciendas lejanas. Con este cambio social, iniciando los cuarenta, la ciudad empezó su sectorización en dos partes claramente diferenciadas: el oeste y el este, creándose un enfrentamiento inadvertido entre la ruralidad y lo citadino, cada uno con sus gustos musicales bien definidos. Los residenciados en el oeste de la ciudad preferían, en su mayoría, los conjuntos pequeños especializados en el son cubano, y los domiciliados en el este se inclinaban hacia el concepto de la orquesta. En este grupo había unas dedicadas a una música más estilizada, mientras que otras preferían lo elemental y más directo.

Estos nuevos estratos sociales comenzaron a disponer de recursos monetarios suficientes y la sed de diversión, largamente reprimida, es explotada por los empresarios de la vida nocturna. La ubicación del país, al norte de la América del Sur y la inauguración de los vuelos por la línea aérea Pan American en 1930, la convierten en un punto obligado de visita de muchos conjuntos de el área del Caribe como El Trío Matamoros, que se presentó en el Teatro Ayacucho en 1933. Este grupo y otros como el Cuarteto Caney, el Sexteto Habanero, el Cuarteto Marcano y el Trío Oriental fueron la influencia fundamental de agrupaciones venezolanas como el Quinteto Tropical, el Sexteto Valencey, el Conjunto Rex, Los Rumberos, el Conjunto Pirata, el Conjunto Paraguaná, Siboney, Las Flores y el Cuarteto Segrera, que se formaron en esta década interpretando casi siempre versiones de temas cubanos.

Venezuela no sólo fue visitada por conjuntos, sino también por orquestas. Ellas se presentaban en los dancings, ahora más decentes y controlados, así como también en los locales donde se celebraba el carnaval. En ellos no era extraño encontrarse a agrupaciones como la Casino de La Playa, la Lecuona Cuban Boys o a Rafael Muñoz, cuyos prestigios ya habían sido probados en otras plazas del Caribe y los EE.UU. Entre los asistentes a esas presentaciones se encontraban no sólo el público deseoso de bailar sino también los músicos venezolanos quienes, como es normal, se acercaban para intercambiar ideas y buscar actualización.

Con frecuencia cuando a un músico suscrito a la música de baile se le pregunta por un músico o su música preferida responde, con mucho respeto que es un músico de jazz y/o el jazz. Estas orquestas habían sido diseñadas al estilo de las big bands, pero con un sonido tropicalizado, no sólo para satisfacer el gusto del público latino sino también el de los estadounidenses que luego de la guerra de independencia de Cuba, se habían aposentado allí, en Puerto Rico y la República Dominicana, estableciendo sus propiedades e industrias. Entonces, como es natural en ese intercambio y en las horas después de haber finalizado las funciones y cerrado el local, los jam sessions latinizados (descargas) ocurrían de manera espontánea.

Algunos de los directores de esas orquestas visitantes, entusiasmados con nuestro país, prefirieron quedarse. Tal es el caso de Luis María Frómeta.

Luis María Frómeta Pereyra (Billo) (1915-1988)

Nació el 15 de noviembre de 1915 en San Francisco de Macoríz, en la República Dominicana. Durante sus años de estudiante de medicina tocaba el saxo alto y recreaba sus ratos libres con un conjunto de aficionados al jazz. Frómeta en su país ya era conocido como Billo. En 1937 recibió un contrato para tocar en Venezuela y con ese fin llegó el 30 de diciembre de ese año. Con él vinieron Ernesto "Negro" Chapuseaux para encargarse de la parte vocal y Simón Damirón en el piano. A su llegada ya existían numerosas agrupaciones pequeñas que eran contratadas para tocar en bailes y en la radio, pero su orquesta, la Billo's Happy Boys, se convierte en la primera organización con secciones de instrumentos radicada en el territorio, dedicada a amenizar fiestas y programas de las emisoras.

En su estilo, una mezcla de los ritmos del Caribe, se incluía la rumba, el danzón, la guaracha y el merengue dominicano. Billo estableció su centro de operaciones en el Roof Garden, un local ubicado en la esquina de Sociedad frente a la Plaza Bolívar. La Radio Caracas, dado el éxito de la agrupación, ideó un programa llamado A Gozar Muchachos, en el horario de las 5:00 a 5:30 de la tarde, para radiar esas presentaciones. Los que vivieron esa época recuerdan con nostalgia y mucha alegría esas transmisiones y esas fiestas.

En aquellas reuniones en las que la Billo's Happy Boys (luego llamada Billo's Caracas Boys y posteriormente Billo's) era contratada, luego de terminados los sets y en los momentos tomados por las parejas para tomar un descanso, era normal escuchar a la orquesta interpretando temas popularizados por las grandes bandas de los cuarenta. Versiones de Satin Doll, American Patrol, String of Pearls, Moonlight Serenade y otros similares eran los escogidos. Igualmente, durante las presentaciones radiales se aprovechaba para interpretar este tipo de música, pero nunca fueron grabadas. Billo también participó en el Tercer Festival de Jazz realizado en el Teatro Municipal en 1957.

Murió el 25 de mayo de 1988 en Caracas.

Otros locales destacados a finales de los treinta y comienzos de los cuarenta fueron el Trocadero, el Sans Souci, el Casablanca, Le Canarí, el club Los Palos Grandes, el Rainbow y el Hotel Majestic; en estos dos últimos se presentaba la primera orquesta organizada por un venezolano, la de Luis Alfonzo Larrain, quien fue la competencia de Billo. Las orquestas tenían estilos diferentes e, igualmente, públicos distintos. Ellas determinaron el gusto de los venezolanos por las grandes bandas.

Luis Alfonzo Larrain (1911-1996)

Nació en La Victoria, Estado Aragua, el 22 de julio de 1911. A los 14 años dirigió su primer conjunto integrado por Raúl Briceño al piano, Rafael Uzcátegui con el violín, Eduardo Serrano (autor en 1941 del célebre merengue Barlovento) en la batería y él tocando el banjo, dirigiendo y encargado de conseguir los contratos. En 1927 a esta pequeña agrupación se le agregaron Federico Ayesta (trompeta), Heber Hernández (violín) y Luis Guevara (saxo). Ahora, con dimensiones mayores, cambió su nombre por el de Orquesta Flava y tocaba en uno de los pocos dancing donde podía asistir la gente decente, el Lion Doré, ubicado en los alrededores de la Plaza Bolívar.

La energía de Alfonzo era inagotable. Simultáneamente se encargaba de la Flava, escribía para periódicos sobre arte, temas musicales y humor y formaba parte del elenco de comediantes de la Broadcasting Caracas. Desde 1931 se desempeñó como director de agrupaciones musicales como Los Acróbatas del Pentagrama, Los Hijos de la Noche y su propio grupo llamado El Cuarteto Melódico formado por Graciela Naranjo, Fidel Peters, Ofelia Ramón y Enrique Alvarenga y a la vez fungía de director musical de la estación. Con esta agrupación tuvo la oportunidad de acompañar a las grandes figuras que visitaban a Caracas y fue una de ellas, Pedro Vargas, quien le sugirió organizara una orquesta de mayor envergadura.

El 24 de diciembre de 1939 la orquesta debutó en el dancing hall del Hotel Majestic e inmediatamente Luis Alfonzo Larrain fue seleccionado para que su agrupación animara las noches de carnaval y los otros eventos festivos que se realizaran en este local y otros clubes como el Paraíso, el Florida y el Country Club, donde asistían la clase alta y la media deseosa de escalar nuevas posiciones.

Muy pronto los asistentes, impresionados por su estilo y sus músicos, todos vestidos de frac, comenzaron a llamarlo El Mago de la Música Bailable y La Orquesta de Buen Tono. La orquesta tenía un sonido moderno y diferente. Su secreto estaba en la gran variedad de arreglos con los que el director trabajaba. Muchos eran hechos por él mismo, otros fueron contratados a arreglistas de renombre como Dámaso Pérez Prado y Pepe Bravo, y algunos fueron tomados de la gran disponibilidad de partituras de temas de moda de la Era del Swing, de bandas establecidas como las de Glenn Miller, Artie Shaw y Tommy Dorsey, dotadas de algunos elementos jazzísticos, y de los fox de moda. Por esta razón algunos lo acreditan como el primero en tocar jazz en Venezuela.

A Alfonzo también se le adjudica la encomiable labor de haber logrado que el merengue venezolano fuera aceptado en un ambiente en el cual antes se encontraba proscrito. Tuvo el arrojo suficiente para ofrecérselo domesticado a la sociedad caraqueña que ahora, con este nuevo ropaje, fue capaz de aceptarlo de muy buena gana en sus salones de fiestas.

Su producción musical no sólo estuvo dirigida hacia el campo bailable sino también hacia el cine, siendo el responsable de la pista musical de la película Carambola.

Posteriormente muchos de sus músicos se constituyeron en nombres de gran valía como el arreglista Aníbal Abreu, el pianista, compositor y arreglista Aldemaro Romero y el baterista Frank "El Pavo" Hernández.

Alfonzo tuvo su organización hasta 1958 porque prefirió dirigir sus esfuerzos hacia la fundación de una institución muy importante para sus colegas: SACVEN, la Sociedad de Autores y Compositores de Venezuela, y a los Estudios Larrain en donde se dedicó a la producción y grabación de discos. Ambas fueron decisiones largamente pensadas y pospuestas en varias ocasiones, pero que la situación del país, al caer la dictadura de Pérez Jiménez, lo ayudó por fin a tomarlas.

En sus últimos años estuvo aquejado por el Mal de Alzhaimer. Muere el 6 de julio de 1996 en Caracas.

Las diferencias esenciales entre las orquestas de Billo y Alfonzo, de los años cuarenta, no eran solamente el público al cual estaban destinadas sino también los repertorios y arreglos utilizados y, fundamentalmente, el sonido. Billo eventualmente utilizaba un trombón, Alfonzo incluía de manera fija una sección integrada por dos trombones. El sonido de Billo era bastante homogéneo porque casi todos los arreglos los hacía él, en cambio el de Alfonzo Larrain era más heterogéneo dada la diversidad de arreglistas que utilizaba. Billo tocaba los temas con aires jazzísticos entre los sets, es decir, en los intermedios, Alfonzo Larrain los incluía en sus sets.

El Jazzeo de la Musica Venezolana

En el siglo diecinueve, al llegar el vals europeo a Venezuela se le fueron agregando características típicas como la rítmica del joropo, componentes del seis por ocho de algunos bailes nativos del tipo zapateado y ciertas síncopas, y además fue nacionalizado cambiandole el nombre a valse. Esta polirritmia guarda un paralelo con la del jazz, aunque, por supuesto, sus fuentes primarias, el blues, la marcha, la contradanza (country dance) y la síncopa del ragtime son diferentes. Esta riqueza es un elemento fundamental para aquellos deseosos de jazzear un género musical.

El valse, al igual que otros géneros, tuvo dos tendencias: la compleja o aristócrata, practicadas por los pianistas, cuyas composiciones estaban más dirigidas hacia el concierto y el lucimiento de los intérpretes, y la popular. En esta última quienes tocaban los instrumentos líderes, el violín, el clarinete o la flauta, realizaban improvisaciones sobre la melodía, "...en cuanto a la armonía, los músicos que desempeñaban el papel de acompañantes, principalmente los que tocaban las guitarras grandes, introducían inusitadas fórmulas rítmicas de acompañamiento..." (José Vicente Abreu, Sojo, medio siglo de música).

De Trinidad vino el pianista Lionel Belasco que, dada su formación y su acercamiento con el jazz, los testigos de la época le atribuyen los primeros intentos de jazzear el valse con su Cuarteto Típico Venezolano, formado por un clarinete, un contrabajo, un cuatro y un piano. Es el autor de temas como Juliana, Luna de Maracaibo, San José y Miraflores.

Los Pioneros

En el Trocadero, fundado en 1938 en un local ubicado entre las esquinas de Cochero a Puente Arauca del barrio Quinta Crespo, estuvo alojada la agrupación The Swing Time. Era la orquesta de planta y estaba integrada, entre otros, por Edmundo Ros en la batería, José Carrizales en los saxos, Manuel Galíndez en el piano, Pedro Luis Aponte y Miguel Angel Vásquez, también conocido como Bisoña. En las versiones que este grupo hacía de los temas de Tommy Dorsey, los testigos de la época rememoran el sonido jazzístico de Vásquez con la trompeta.

En los años siguientes, Ros, nacido en Trinidad, se fue a Londres en donde organizó una orquesta que le dio mucho renombre internacional, y Vásquez estructuró su propia agrupación, para tocar en lugares como el Happy Land ubicado en los alrededores del Nuevo Circo. Su orquesta incorporaba tres saxofones, dos trompetas, piano, contrabajo y batería, y el repertorio incluía las partituras de Shorty Rogers, en esos años compositor, trompetista y arreglista de la banda de Woody Herman.

Junto a estas primeras individualidades se destacó un grupo llamado Los Tres Rafaeles integrado por el pianista y violinista Rafael Uzcátegui, ponderado por sus colegas contemporáneos como un virtuoso de altísimo calibre, el contrabajista Rafael Horacio "El Guaro" Soteldo, un músico natural con un notable talento y el pianista Rafael Mercado, increíble improvisador. Posteriormente este grupo cambió su nombre por el de Los Reyes del Swing para, entre otras cosas, presentarse en los programas de la Radio Caracas interpretando temas lentos como Cocktail For Two y Whispering, y rápidos como el famoso Tiger Rag.

En la década de los cuarenta nacen las orquestas de Filo Rodríguez, Rafael Minaya y los Hermanos Belisario, esta última logra establecer en la estación Radiodifusora Venezuela un programa similar al de la orquesta Billo's Happy Boys.

El repertorio de esas orquestas incluía un bolero, una guaracha o algo rápido del área del Caribe, un pasodoble y un foxtrot o algún tema de música americana. El Charleston fue el ritmo rápido que, al pasar de moda, es sustituído en el gusto del público por los temas de las big bands.

Mientras que en Caracas el concepto de las orquestas de baile con una alineación al estilo de las big bands se solidifica, en la década de los cuarenta se producen en los EE.UU. tres fenómenos interesantes: la desaparición de la Era del Swing, los primeros intentos de fusionar la música latina con el jazz y el desarrollo del concepto de los combos a partir del nuevo estilo: el Bebop.

En los EE.UU. los músicos latinos se habían ganado un espacio. Las orquestas de Noro Morales y del español Xavier Cugat ya tenían el respeto de los estadounidenses, pero realmente dos personajes serán los responsables de la popularización de la música latina con un giro diferente: Mario Bauzá y Machito.

Mario Bauzá, de nacionalidad cubana, había emigrado a New York a la edad de veinte años. Allí trabajó con las orquestas de jazz de Cab Calloway y Chick Webb. Intuyendo un gran mercado, le sugirió a Frank "Machito" Grillo, nacido en Tampa, Florida, y quien estaba en Cuba, que se viniera a New York a dirigir una orquesta integrada por músicos cubanos inmigrantes para tocar música latina de baile. Lo probaron y Machito quedó al frente de la orquesta, dirigiendo y cantando, mientras que Bauzá era el trompetista, saxofonista y director musical. La orquesta fue solidificando su personalidad con un hecho curioso. Estando la agrupación en el escenario, preparándose para tocar un tema, mientras el grupo buscaba la partitura, Oreste Varona, pianista, y Julio Andino, bajista, comenzaron a tocar unas frases musicales, a improvisar un tema. Al otro día durante los ensayos se les pidió repitieran lo que habían hecho y se le hizo un arreglo combinando las connotaciones latinas con las jazzísticas y de ahí salió el himno de Machito, Tanga (traducido significa marihuana). A esta música se le llamó Afro Cuban Jazz. La orquesta integraba una sección rítmica y percusiva formada totalmente por músicos cubanos; y por la sección de saxos, trompetas y trombones desfilaron nombres como los de los saxofonistas Flip Phillips, Charlie Parker y Johnny Griffin, y los trompetistas Harry Sweets Edison, Howard McGhee y Doc Cheatham.

En 1942 Machito había impuesto temas como Chacumbele pero sus nuevos discos con nombres como Afro-Cuban Jazz Suite (1947) y Okidoke (1948) llegaron a Venezuela sin ser muy comprendidos por el público acostumbrado a esperar de cualquier orquesta latina un sonido fácilmente bailable. El nuevo estilo, en busca de una mayor audiencia y de una mayor aceptación en los EE.UU., había sacrificado un poco su estructura armónica tradicional latina, haciéndola más parecida a las orquestas de la Era del Swing, aunque manteniendo los ritmos característicos del Caribe. En esta combinación coexistieron tanto el jazz como la música latina sin ninguno perder su esencia. Afortunadamente, los músicos venezolanos y de otros países entendieron la nueva proposición, aunque les costó mucho tiempo ponerlas en práctica.

Otro líderes produjeron obras con este mismo concepto. Manteca (1948) y Night in Tunisia, de Dizzy Gillespie, en la onda del bebop, se constituyeron en unas de las primeras partituras relacionadas con esta modalidad vendidas en las tiendas musicales de Caracas y fueron temas obligados para quienes tocaban jazz a finales de los cuarenta. Los arreglos expuestos por Stan Kenton en Cuban Episode (1948) dejaron su impresión en los directores de muchas orquestas del Caribe. Sin embargo, otros directores latinoamericanos también lograron catalizar el gusto por el jazz. Entre ellos estuvieron el cubano Dámaso Pérez Prado, quien a través del mambo y sus secciones de trombones, saxos y trompetas supo utilizar las armonías típicas del jazz de una manera casi desapercibida, aproximándose a las de las grandes bandas de la Era del Swing; el venezolano Luis Alfonzo Larrain, por su gran interés por la música americana y el mexicano Luis Arcaráz, quizás el mejor imitador del sonido de Glenn Miller en Latinoamérica.

En el centro de Caracas, entre las esquinas de Miracielos y Hospital se encontraba la Academia de Bailes (fundada en 1920), en donde se enseñaba a bailar diferenciadamente el foxtrot, el charleston, la rumba, el tango y el jazz. Las películas fundamentadas en el jazz como tema principal y aquellas retratadoras de los años felices de la Era del Swing, mostraban a unos jóvenes ejecutando acrobacias sorprendentes cuando bailaban este género musical; el nombre del baile fue conocido como jitterbug (quienes hayan visto estos largometrajes y los de los años cincuenta referidos al rock podrán apreciar que no existen diferencias notables). Pero este tipo de baile no se popularizó en Venezuela porque las bandas locales de los cuarenta prefirieron incluir en sus repertorios los temas de más fácil aceptación, los bailables de aquellas dedicadas a la onda suave de este período. Los muy elaborados de Duke Ellington, Count Basie, Benny Goodman, Gene Krupa o Chick Webb, ideados inicialmente para ser escuchados no tenían posibilidades en estas agrupaciones. Esas orquestas de baile no tenían otra opción y ni pensar en la posibilidad de crear una para dar conciertos. El jazz siempre ha sido un gusto de minorías y en Caracas, una ciudad con una población escasa y más que todo rural, eso sería una empresa destinada desde el principio al fracaso económico.

Históricamente el bebop produjo un cisma mundial en el jazz. Un bando ha argumentado enfáticamente que lo tocado antes del bebop no era jazz y el otro opina que del bebop en adelante nada es jazz. Venezuela tampoco escapó a esta controversia.

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