El Fin de la Timidez
A principios de los ochenta se producen cambios notables en la economía
del país. El poder adquisitivo de las mayorías se ve afectado,
la moneda, hasta ahora solvente frente al dólar, es devaluada produciendo
traumas financieros y psicológicos, disminuyen las importaciones
de discos y las visitas de músicos consagrados. Esta brecha es aprovechada
por los venezolanos, quienes asumen el reto de realizar producciones con
la misma o mejor calidad que las importadas. El público comienza
a respaldarlos, sobre todo a los dedicados a la música pop. A los
practicantes del jazz les llega el turno a finales de esa década
y en todo lo que va de los años noventa.

La Grabacion de Discos
Históricamente la grabación de discos de jazz ha tenido
sus dificultades. En los EE.UU., al comienzo sólo se grababan a los
músicos blancos, luego a las grabaciones hechas por los negros se
les llamaban de manera denigrante discos raciales y no se vendían
en todas las discotiendas. Y como el jazz era considerado un género
menor, las compañías de grabación creaban unos sellos
filiales para producir esos discos lo más barato posible. Mientras
que el precio de un disco normal era de 75 centavos la unidad, uno de jazz
se vendía por sólo 25 centavos. En la Era del Swing, cuando
comparativamente a la población existente las ventas alcanzaron su
máximo nivel, se hizo un esfuerzo por comercializarlo (de hecho,
muchos músicos presionados por la necesidad accedieron a esta petición)
y sus precios estuvieron a la par de las otras categorías musicales.
Al desaparecer esta época, y con ella su mercado, las grandes empresas
disqueras vieron como se redujeron las ventas y, para contrarrestar los
costos, volvieron a desarrollar los sellos subsidiarios para producir ediciones
baratas, disminuyendo la calidad del material y del sonido. Ante esta situación,
algunos músicos, tal es el caso de Dizzy Gillespie y otros, no tardaron
en ofrecer una respuesta y crearon sus propias compañías para
producirlos con la calidad que se merecían, pero los oficios de músico
y productor a veces no compaginan y muchos de ellos prefirieron trabajar
con unas figuras nacientes y audaces llamadas los productores independientes,
quienes se encargaron de organizar ese sector desamparado en el que se encontraban
muchos músicos de jazz.
En Venezuela el fenómeno es parecido, aunque desfasado en el tiempo.
Pensar en realizar una grabación en los cincuenta era algo utópico.
La única efectuada fue con carácter amateur y quedó
registrada como un testimonio del concierto realizado por John LaPorta en
el Teatro Nacional de Caracas (South American Brothers, Fantasy 3237,
1956). Posteriormente, a finales de los sesenta, después de más
de diez años, Gerry Weil graba El Quinteto de Jazz, y así
sucesivamente, hasta que en los ochenta las grabaciones se hacen cada vez
menos espaciadas.
La producción de discos de jazz ha sido esporádica porque,
entre otras cosas, los dueños de los grandes sellos disqueros siempre
lo han visto como un producto no comercial, con una velocidad de recuperación
de la inversión muy lenta y con ganancias, cuando se tienen, muy
pequeñas. También han argumentado que la gran mayoría
no se interesa por ese tipo de música y la consideran dirigida a
una élite. Por esto prefieren producir a un intérprete de
corte popular que le garantize un buen retorno de la inversión y
en corto tiempo.
Frente a este panorama, algunos músicos decidieron invertir sus
ahorros para hacer sus propias producciones, pero otros, dado los altos
costos de fabricación, ni siquiera consiguieron el financiamiento
restante. Como resultado, son innumerables las cintas guardadas que nunca
lograron ser editadas.
Pero no toda la responsabilidad debe recaer sobre las empresas disqueras.
Al comienzo de la carrera de un músico, lamentablemente, él
debe ser al mismo tiempo su agente y promotor, porque con los ingresos que
obtiene no tiene posibilidad de tener un respaldo organizativo. Algunos
no han entendido esa situación y han volcado toda su energía
hacia el aspecto creativo, descuidando el anterior que también merece
una atención considerable.
En los ochenta algunas disqueras, aunque con cierto temor, optaron por
producir a algunos jazzistas venezolanos, sobre todo a aquellos de mayor
persistencia y con un prestigio ganado en los locales nocturnos y en los
conciertos. Para su sorpresa, observaron como estas grabaciones fueron apoyadas
por el público, pero no quedaron convencidos y consideraron esos
éxitos como excepciones y casos puntuales. Por consiguiente, las
oportunidades brindadas en ese decenio a los demás músicos
continuaron siendo muy escasas.
En los noventa los sellos independientes aparecieron con más fuerza,
comenzando a jugar un papel preponderante en la grabación del jazz
y otros géneros pocos difundidos. Ellos se han convertido en el auxilio
ideal para muchos jazzistas deseosos de grabar sus composiciones, arreglos
y versiones.

Los sellos independientes
Normalmente están constituídos por dos o tres personas
con un gran sentido de la estética y una altísima preocupación
tecnológica, dispuestos a ejercer actividades múltiples para
que el sueño sea una realidad tangible. Para ellos la prisa no existe,
y la calidad total del producto se encuentra por encima de cualquier otro
objetivo. Se caracterizan por disponer de pocos recursos, poseer un entusiasmo
ilimitado y tener las puertas abiertas para escuchar a todas las tendencias,
pero su criterio de selección es muy estricto. Difícilmente
estan dispuestos a patrocinar un producto que no tenga nuevas propuestas.
Los seleccionados gozan de mucha libertad creativa, sin ser coaccionados
en función de una comercialización. Otra de sus diferencias
es la información suministrada en los folletos que acompañan
a los discos; mientras en los otros sellos este aspecto es descuidado, los
independientes han comprendido que es vital en este tipo de producción;
quienes adquieren discos compactos se preocupan por la lectura de los créditos
y de todo aquello conciernente con la génesis del proyecto. Con estas
premisas, el disco se sale de los parámetros usuales para convertirse
en un trabajo artístico, en una muestra de orgullo de los productores
y no en un artículo de consumo desechable. Y debe ser así,
porque si se toman en cuenta los costos actuales de producción, el
disco se convierte en un artículo dirigido a una clase y el que lo
adquiere pertenece a una élite, no únicamente con el poder
adquisitivo, sino también con un juicio muy exigente en el momento
de realizar la compra.
Esta clase de empresa enfrenta innumerables dificultades, dos de ellos
son fundamentales: la distribución y la vigilancia de las grandes
disqueras. Durante el año publican de dos a cuatro títulos
y, dependiendo del artista, las ediciones van desde las 500 a las 2.000
unidades. Esta producción tan limitada está condicionada a
la colocación de ella. Existen muy pocas discotiendas especializadas
o dispuestas a recibir este tipo de artículo. Por lo tanto, en la
mayoría de los casos, el mercadeo se realiza de manera directa o
a través de canales muy particulares que puedan promocionarlo adecuadamente.
Por otro lado, los grandes sellos se encuentran a la caza de aquellos intérpretes
que logren alcanzar una audiencia masiva para reclutarlos a sus filas.
Sin embargo, a pesar de tantos obstáculos, varias personalidades
han escogido esta labor casi filantrópica para apoyar al jazz en
Venezuela. En los ochenta el sello Kandra se constituyó en
el pionero de estas organizaciones, realizando coproducciones con el guitarrista
Gonzalo Micó; luego le siguió Manoca que, dada su trayectoria
con otros géneros, no puede ser considerado totalmente un sello independiente.
Lyric, dirigido por Juan Carlos Pérez, es sin duda el que
más títulos tiene en su catálogo. Sus canales de distribución
se encuentran bastante organizados e inclusive ha experimentado los caminos
de la exportación; Musicarte, conducido por Alejandro Rodríguez,
apuesta por lo experimental; Roberto Obeso & Federico Pacanins,
de Roberto Obeso y Federico Pacanins, es imposible pensarlos en una idea
que no ponga a cavilar al oyente. Avatar Records, un proyecto iniciado
por los experimentados, respetados y conocidos ingenieros de sonido José
Gassó y Darío Peñaloza, está transitando el
camino exclusivo del jazz acústico; Ott Weber Productions C.A.,
de la escritora y especialista en arte Corinna Ott Weber, ha comenzado a
finales de 1996 con la idea inicial de apoyar al director y arreglista Andy
Durán, pero sin descartar la posibilidad de incluir en el futuro
a otros músicos.
Todos estos grupos coinciden en algo: creen que el disco de jazz es una
obra de arte y en este siglo el arte debe imponerse, detestan la mediocridad
y están llenos de una gran esperanza.

Difusión
La difusión de los discos de jazz ha sido muy lenta. Uno de los
principales inconvenientes radica en los directores de las emisoras, quienes
convencidos de que no es una música para las grandes masas, no lo
consideran comercial y por lo tanto lo desdeñan y no lo incluyen
en sus programas, por el temor de perder los ingresos económicos
provenientes de los anunciantes, quienes normalmente tienen un pensamiento
coincidente con el de ellos.
En general, el respaldo promocional de un disco de jazz no es igual que
el de otros géneros populares. Las grandes compañías
de grabación no patrocinan a un músico sin ubicación
en un nicho de mercado abundante, que permita obtener ganancias respetables
en un corto tiempo. La televisión convencional no contempla incluir
en la programación ubicada en el horario estelar a un músico
o un cantante de jazz, porque la música interpretada por ellos no
está hecha para alborotar las masas que ven a esos canales y sus
intérpretes no proyectan una imagen que arranque los suspiros, ni
provocan el histerismo ni el enamoramiento desesperado. Sólo contratan
a aquellos que han logrado vender una cantidad apreciable de discos o a
los que son prefabricados en sus laboratorios. Una figura independiente,
que no acepte frenos y bozales, es un problema que no es necesario abordar.
Descartado el medio anterior, las emisoras de radio son el recurso primordial,
pero las que se arriesgan son muy pocas y apenas dedican escasas horas a
un programa especializado en este tipo de música. Igualmente, se
requiere de un locutor y/o un productor independiente versado en la materia,
para que el programa sea atractivo para un público que es muy exigente,
y muy pocos tienen la preparación suficiente para asumir esta responsabilidad.
En resumen, la promoción es casi subterránea y la venta es
muy lenta provocando, en repetidas oportunidades, el autocuestionamiento
de los productores independientes.
En los noventa se desarrolló un fenómeno interesante para
la difusión. La emisora Ritmo 95.5 (ahora llamada Jazz 95.5) decidió
destinar su programación a un público al cual le podía
interesar lo que se conoce como Light Sounds (Sonidos ligeros) y
Easy Listening (Fácil de escuchar), es decir, música
para los llamados adultos contemporáneos. Dentro de estos campos
se pueden ubicar muchas de las grabaciones jazzísticas, y los locutores
y directores de producción de la estación aprovecharon esta
coyuntura para promocionarlo, incluyendo a los músicos venezolanos
cultores del jazz. El éxito de la radio ha sido innegable y ha servido
de ejemplo para que muchas otras, no sólo de Caracas, sino también
de las capitales y ciudades importantes de los estados, reservaran horas
diarias o semanales a este tipo de música, permitiendo que el público
le haya perdido el miedo al jazz. Asimismo, otro tipo de difusión
se ha intentado: la escrita. Se ha comenzado a escribir libros sobre el
tema, cuyos autores también se han afiliado a editoriales independientes
porque han recibido un rechazo similar al de los músicos, pero gracias
a su perseverancia y fe, en una primera etapa, han emprendido una tarea
de divulgación y análisis.
De las artes, la música ha sido la más popularizada a través
de la radio, el cine, la televisión y los discos. El jazz como una
de sus expresiones ha ocupado un porcentaje muy pequeño en esa difusión.
Por eso, a pesar de los esfuerzos y contribuciones desinteresadas, cuando
se compara el apoyo que se le ha dado con respecto al de otros géneros,
todavía se observa un inmenso desamparo.

Educacion
Las filosofías educacionales de las escuelas y conservatorios
de música, desde principios del siglo veinte hasta ahora, han sido
canalizadas hacia un criterio ortodoxo: la formación de un músico
preferiblemente dirigido hacia el campo clásico. Las directivas de
esas instituciones han tenido muy poco afecto por otro tipo de música
que no sea la académica. Quienes preferían la música
popular no tenían más remedio que inscribirse en las bandas
militares para aprender los rudimentos esenciales o apelar a la instrucción
particular. En las bandas los estudiantes tienen como opción principal
los instrumentos de viento: saxos, trompetas y trombones y, al terminar
su período de incipiente aprendizaje, quedaban prácticamente
destinados a integrarse a las orquestas de baile. Luego, en esa otra escuela,
la del trabajo nocturno, algunos descubrían el jazz.
El jazz vuelve al intérprete más exigente consigo mismo,
y en ese proceso el músico concientiza sus carencias. Muchos de ellos,
al darse cuenta de la gran cantidad de instrucción que desconocían,
intentaron ingresar a las escuelas superiores para perfeccionarse y aprender
composición, arreglo y armonía. Algunas de esas instituciones,
para evitar este tipo de estudiante, los aplazaban en los exámenes
de admisión, los rechazaban descaradamente o les inventaban una excusa.
Quienes lograban ingresar, enmascarando sus intenciones, si realizaban presentaciones
públicas, sobre todo en las orquestas de la televisión, debían
disfrazarse para no ser reconocidos por sus profesores y no estar expuestos
a una reprimenda o una expulsión, lo que normalmente sucedía
en las aulas de clases cuando, en los momentos de inspiración, algunos
estudiantes improvisaban sobre un tema de jazz. "Eso aquí no
se toca" y cosas por el estilo se le endilgaban a quienes eran descubiertos
cometiendo ese horrible pecado musical. Esta "cacería de brujas"
ha existido desde tiempos inmemoriables; en 1938 se veía con desdén
a los estudiantes de la Academia de Música, dirigida por Vicente
Emilio Sojo, cuando participaban en programas de radio cantando música
popular.
Esa separación existente entre lo clásico y lo popular,
esa intención de mantener la tradición como algo inmutable,
ese interés en hacer caso omiso de la evolución y los cambios,
lo que produce es una mutilación de los instintos y un rechazo involuntario
del pasado.
Aunque también existen otras instituciones que abordan la música
folclórica, el intérprete que se dedica al campo popular durante
mucho tiempo se encontró en una especie de orfandad formal, porque
no tenía ubicación en ninguna de las dos.
En los años setenta se popularizaron las academias de música
en los EE.UU. adonde se podía ir a "aprender" y "estudiar"
jazz. El boom petrolero vivido por nustro país en esta década
fue un factor favorable para que muchos aficionados a la música presentaran
los examenes de admisión en esas prestigiosas escuelas y, como tenían
la experiencia suficiente, eran aceptados y muchos de ellos se graduaban
con honores. Esa generación regresó a Venezuela y se ha convertido
en el baluarte de un movimiento jazzístico dotado de una mayor personalidad,
libre de ataduras y dispuesto a crear su propio sonido, como de hecho lo
ha venido haciendo. Los músicos venezolanos, entusiasmados, también
abrieron sus escuelas y se convirtieron en docentes; uno de esos pioneros
fue Gerry Weil, aunque para ese momento él solo ya era una institución
y Ars Nova (fundada en 1985 y todavía en funcionamiento en
1996), dirigido por María Eugenia Atilano y Gonzalo Micó,
fueron los que tuvieron más aceptación en esos primeros intentos.
En esta década los géneros populares se afianzaron y se
constituyeron en un nicho de mercado. De esta forma, varios institutos privados
iniciaron sus actividades para dedicarse a la enseñanza de los instrumentos
más diversos. Pero, en general, casi todos los músicos consagrados
en el jazz y que se niegan a ejercer otra actividad musical paralela como
"matar tigres" ocasionales, prefieren dedicar un gran porcentaje
de sus horas a la enseñanza. Realmente esta es su mayor fuente de
ingresos, porque los conciertos ahora son muy escasos y las entradas por
ventas de discos (cuando logran grabar) son muy bajas.
De esas promociones hemos escogido al pianista Pedro López, por
su temprano virtuosismo y a Gonzalo Micó por su trayectoria totalmente
apegada al jazz y por intentar utilizar un instrumento que todavía
en los EE.UU. es poco comprendido: la guitarra.

Pedro López (1956-)
Nace el 24 de septiembre de 1956 en Caracas en un hogar en donde las
grandes bandas, Stan Kenton y Oscar Peterson era lo que se escucha diariamente.
A los cuatro años comenzó a tocar el piano de oído
y a los ocho su padre, el pianista Virgilio López, le imparte las
primeras lecciones formales. Luego realiza seis años de estudios
en conservatorios y el resto lo ha aprendido con sus estudios particulares,
en el trabajo nocturno y el roce con sus colegas. A los diecisiete años
consigue su primer trabajo, como demostrador de órgano, en la empresa
Teclados de Venezuela. Uno de sus compañeros, el saxofonista argentino
Luis Cony lo entusiasma y a esa tempana edad comienza su trabajo de "matar
tigres". Todavía siendo un adolescente, es muy solicitado para
participar en las grabaciones de discos y cuñas publicitarias y se
hace una figura conocida para los artistas de la música pop, a quienes
acompaña frecuentemente en sus presentaciones.
En 1980, en el Juan Sebastián Bar, le hace suplencias al pianista
Willy Pérez en una agrupación en la que sus miembros, el contrabajista
José "Negro" Quintero, el saxofonista Joseph Kast y el
baterista Alfonso Contramaestre, correspondían a la generación
anterior. Por esta razón, López comienza a ser identificado
como el más joven de los viejos y el más viejo de los jóvenes.
Con estos veteranos comienza su etapa de entrenamiento, la cual realiza
a una velocidad vertiginosa, porque ya conocía todos los temas básicos
del jazz, sólo le hacía falta aprender aquello que no se encuentra
en ninguna teoría y que se adquiere con el ensayo diario y la madurez.
En los años ochenta se hizo normal decirle a solistas de jazz
contratados para presentarse en nuestros teatros que no les era necesario
venir con una agrupación completa, porque en Venezuela existían
músicos de mucha calidad para respaldarlos. Stanley Turrentine y
Dizzy Gillespie pudieron dar fe de eso. En 1983 a López le llega
su golpe de suerte cuando acompaña al saxofonista cubano Paquito
D'Rivera quien, asombrado por la destreza del pianista, lo invita a los
EE.UU. para formar parte de su banda. Con D'Rivera, López se presentó
en las principales ciudades de ese país y en Europa, Perú
y Brasil. Luego, Gillespie lo escoge como primer pianista de la orquesta
United Nation formada por la élite instrumentista de varios
países.
Llegado el momento de elegir, prefirió radicarse en Venezuela.
A su regreso, López, un líder natural, comienza a dirigir
sus propias agrupaciones y a crear su propio estilo fusionando el jazz con
la música contemporánea, del Caribe y venezolana. Las composiciones
mostradas en su primer disco, Caribe Jazz, han recibido los mejores
elogios.
López, al igual que otros de su generación, está
convencido de que de los géneros binarios venezolanos (el sangueo,
la gaita, el merengue caraqueño y la tamborera maracucha, entre otros)
es posible extraer una característica común que puede ser
internacionalizada utilizando elementos jazzísticos y, en este sentido,
continuamente realiza investigaciones e interrelaciones con sus colegas
para aportar su contribución al movimiento venezolano que poco a
poco ha venido tomando forma.
Para López, acompañar a una bolerista, presentarse al lado
de una figura de primer orden del jazz o liderizar su grupo, requiere el
mismo respeto, atención y esfuerzo, y ninguno de ellos es una labor
alterna o de segundo orden; por esta razón es muy respetado y admirado
por las diferentes personalidades dedicadas al campo de la música
popular en Venezuela.

Gonzalo Micó (1954-)
Nació en Yaritagua, estado Yaracuy el 17 de noviembre de 1954.
De niño se sintió atraído por los grupos de rock de
moda y jugaba a imitarlos utilizando una regla T como una guitarra imaginaria.
Luego pensó en ser un cantante acompañándose con su
instrumento, pero rápidamente comprendió que su voz no era
la mejor para esa actividad y comenzó a pensarse más como
un guitarrista.
A los 14 años, ya la tocaba de oído y, sin ningún
tipo de instrucción musical, daba clases de guitarra. La sonoridad
del tema The More I See You, tocado por Tal Farlow, le impactó
de tal forma que empezó a interesarse en esa forma de tocar, sin
saber que eso era jazz. Intentando investigar sobre otros guitarristas de
jazz, se encontró a Wes Montgomery y George Barnes, quienes, junto
al anterior, fueron sus primeras influencias.
Mientras algunos músicos de su generación estaban educándose
en institutos de los EE.UU., Micó se encontraba estudiando arquitectura
en la Universidad Central de Venezuela (carrera en la que se gradúa
y que nunca ejerció) y tocando semiprofesionalmente en algunos conjuntos.
Con Amaurosis, una agrupación orientada hacia el rock, con
frecuencia tenía problemas porque su sonoridad iba más hacia
el jazz que hacia la tendencia rockera de la banda. La distinción
entre estos dos tipos de guitarristas está en la estética,
la búsqueda e inclusive en el tipo de guitarra que se utiliza. El
de jazz se ha concentrado más en la investigación sobre los
acordes y las armonías, mientras que el del rock lo ha hecho en los
efectos.
Alrededor de 1974 es reclutado por Gastón Irazábal, quien
había organizado una agrupación en donde figuraban los nombres
de Oscar Maggi y el saxofonista Rolando Briceño y, como en esa década
no había muchos guitarristas de jazz de renombre, se constituye en
un elemento fundamental de la sección rítmica de la agrupación.
En este período, con Irazábal aprende las primera nociones
de armonía y comienza a tocar jazz con ciertos fundamentos y a observar
con mayor detenimiento el sonido de los grandes maestros.
Micó venía estudiando con profesores ocasionales y compañeros,
quienes gustosamente le transmitían sus experiencias y nociones,
pero como suele suceder al irse adentrando en la música, comprendió
que era necesario estudiarla con una disciplina diferente y deseó
aprenderla de una manera formal. Temerariamente solicitó inscripción
en el Guitar Institute of Technology, un instituto para estudiantes de postgrado
en la guitarra y, para su sorpresa, aprobó el examen de admisión
y se le permitió ingresar en los cursos normales. Las clases impartidas
por el profesor Joe Diorio fueron significativas en su carrera y contribuyeron
a definir su estilo.
A su regreso de los EE.UU., en 1982, realizó su primera grabación,
Cinemascope, una coproducción, financiera y artísticamente,
con el sello Kandra y de ahí en adelante, con sus seis discos editados,
es el músico venezolano, totalmente dedicado al jazz, con la producción
más extensa.
La actividad central de Micó es la interpretación a la
que dedica la mayor cantidad de horas que le deja su otra actividad, la
de educador. También se dedica a la composición, los cuales
con frecuencia son escogidos para participar en los festivales dedicados
a la guitarra, uno de sus temas Balada (1989), escrito de acuerdo
a los preceptos serialistas fue seleccionado para el VI Festival de Música
Latinoamericana realizado en Caracas en 1992. A partir de 1994 ha tenido
el steel pan como un segundo instrumento y sus presentaciones han
adquirido un brillo festivo que lo han diferenciado totalmente de todos
sus colegas.
Micó ha escogido el jazz como única vía de expresión.
No se le concibe en otra actividad que no sea ésta. Su estilo se
ha depurado y, aunque algunas veces se encuentran vestigios de su maestro,
ya ha alcanzado una madurez en la que no existe ninguna concesión
hacia lo comercial y que lo define como uno de los guitarrista de jazz más
importantes del país.
Mi música está tomando otro giro. Ser músico
le ha dado a mi vida una dimensión que otra profesión no le
hubiera dado.

¿Jazz Venezolano?
El jazz es una propuesta artística cuya libertad de expresión,
de improvisación y de creación ha generado un interés
en el público y en el músico y debe ser tratada como tal.
En los comienzos el proceso es escolar, el alumno copia al maestro hasta
encontrar su camino. Luego viene el proceso de reflexión, de madurez
y desarrollo de las herramientas propias para expresarse. Una vez enrumbados,
la especialización es el paso siguiente.
Los primeros años del jazz en Venezuela fueron de una cierta mansedumbre,
acercándosele como el que asiste a un instituto a aprenderlo. Para
lograr imponer un respeto enfrentó el problema de convencer primero
a los dueños de los locales, segundo al público y por último
a los propios músicos. A los dueños de los locales porque
eran muchos más los que estaban interesados por otro tipo de música
que por el jazz. Un músico comprometido consigo mismo, sin duda estaría
lleno de conflictos para balancear su intención musical con la complacencia
comercial. Así, es posible comprender por qué la mayoría
de los músicos reconocen que tocan más por placer que por
el salario recibido.
Una vez conquistado el público, la segunda fase se encuentra en
el músico y consiste en que él entienda que el jazz no es
una música estadounidense sino una forma de hacer música.
Por esta razón, el músico debe tratar de conocer todos los
estilos para no "descubrir" las cosas que ya se han hecho y proponerle
más solidez a sus trabajos. Cuando esto sucede, cuando se da cuenta
que no es suficiente aprenderse uno o dos solos de un músico reconocido,
invariablemente asume su capacidad creativa bajo una óptica diferente.
Pero éstos no fueron los únicos problemas que atentaron
contra el crecimiento del jazz en Venezuela. La interrelación entre
los músicos fue otro de ellos. Con la excepción de Gerry Weil,
Oscar Maggi y Víctor Cuica muy pocos tenían grupos permanentes.
Sólo se reunían para presentarse en festivales, conciertos
y grabaciones, y luego desaparecían. Afortunadamente esto ha venido
ocurriendo con menos frecuencia y, de hecho, algunos han conseguido establecer
un núcleo fundamental en donde los invitados eventuales contribuyen
a enriquecer la sonoridad de la agrupación. Cuando los grupos tienen
permanencia, se produce una relación diferente de creatividad, favoreciendo
el crecimiento de los integrantes, porque ensayan y producen en función
del futuro y no de un momento, pero cuando esa creatividad no está
presente hay una tendencia hacia el aburrimiento.
Intentar la nacionalización del jazz es iniciar una polémica.
El jazz es universal. La diferencia entre el que se toca en un país
y en otro está en el ritmo y los instrumentos, por eso al hablar
del jazz venezolano, cubano, europeo, etc., la referencia se hace no sólo
a la nacionalidad de los intérpretes sino también al ritmo
y, en general, a los elementos autóctonos de cada región.
La venezolanización se lleva a cabo cuando todos sus intérpretes
logran tener factores comunes, tocan temas de compositores criollos y a
los géneros nacionales como el valse, el joropo y otros, se le adicionan
bases jazzísticas para hacerlos parte del repertorio de todos los
grupos. Pero en Venezuela existen muchas tendencias. Están los que
son fieles al jazz proveniente de los EE.UU., los que utilizan los ritmos
del Caribe y quienes se apoyan en el folclore. No obstante, los músicos
correspondientes a la generación de los ochenta y los noventa, enmarcados
en cualquiera de esas tendencias han comenzado un proceso de aprendizaje
que los ha ayudado a labrarse un camino para llegar a sus propias conclusiones,
perdiendo la timidez y el miedo, logrando diferenciarse de las anteriores
porque han buscado un sonido incluyéndole los componentes instrumentales
nacionales cada vez con más frecuencia y ya no de manera aislada
como se hizo en las décadas anteriores. De esta forma, cada vez es
más fácil identificar cuando un tema es ejecutado por una
agrupación venezolana, aunque se encuentre enmarcado en cualquiera
de las tendencias antes mencionadas.
En el aspecto relativo a la improvisación, se observa el tránsito
por nuevas rutas mostrando una mayor soltura, iniciativa, creatividad e
imaginación, alejándose de las influencias del Real Book (un
libro editado en los años setenta por los estudiantes de la Berklee
School of Music de Boston conteniendo más de 500 partituras) y dando
a entender que no se puede estar supeditado a las formas que fueron esenciales
en los años 30, 40, 50 y 60.
En años anteriores el músico prefería ser intérprete
y complacer el gusto del público con piezas conocidas, a las que
trataba de extraer lo máximo. Los arreglos se les solicitaban a alguien
de mucho renombre o se conseguían en las tiendas especializadas y
no constituían un dolor de cabeza. Ahora son realizados por los líderes
de las agrupaciones y no se concibe a nadie interpretando un tema con un
arreglo proveniente del exterior.
Este nuevo boom ha traído un problema: se quiere hacer de todo.
La posibilidad de ser escuchado se ha convertido en una euforia, llevando
al músico a ser más global, produciendo una confusión
en el momento de definir en que etapa se está. Sucede que al mismo
tiempo se es compositor, arreglista e intérprete y esto, por supuesto,
no puede desarrollar una personalidad distinguible. En la historia musical
de cualquier país se pueden contar con los dedos de una mano los
músicos que pueden desempeñarse éxitosamente en todas
esas actividades.
Encontrar una ubicación no es fácil. Si se decide por la
composición, salvo excepciones, no es conveniente ser a la vez el
intérprete porque la autoevaluación no siempre es la mejor.
De hecho, de las composiciones realizadas es díficil escoger un tema
que pueda ser estimado como un estándar venezolano, si exceptuamos
los realizados por Aldemaro Romero durante el período de la Onda
Nueva. Por otro lado, si se decide ser un intérprete, mientras encuentra
su propia sonoridad, lo puede hacer perfectamente con los temas clásicos
y en nuestro país la cantidad de virtuosos, comparativamente con
la cantidad de jazzistas, es considerable.
En toda disciplina el proceso de aprendizaje es continuo, nunca se acaba.
Al comienzo implica una capacidad mayor de absorción dado el gran
desconocimiento que se tiene de la información y después el
proceso es más lento. Entrar en una fase creativa en esos primeros
años no puede producir altos rendimientos, sobre todo en aquellos
países que no viven directamente la evolución del jazz. Frente
a estos planteamientos se esgrime que el uso de temas originales favorece
la originalidad. Entonces volvemos a los párrafos anteriores y encontramos
innumerables intépretes que pueden recrear los estándares
derrochando originalidad e individualidad, a la vez que logran un respeto
de fanáticos y críticos.
En fin, el proceso de creación no es un terreno de cacería
prohibido pero cuando nos introducimos en él se tienen tres opciones:
una, salir con las manos vacías (aunque se haya cazado algo), entonces
lo mejor es tomarse el tiempo necesario para adquirir más habilidad;
dos, mostrar las muchas piezas pequeñas cazadas (y seguir insistiendo
hasta encontrar algo de tamaño respetable) y tres practicar lo suficiente
para que cuando ingresemos a esa área tengamos la capacidad suficiente
para capturar lo que pueda ser considerado un verdadero trofeo.
Otras manifestaciones
El jazz también ha incursionado en el cine venezolano. Para la
película Música Nocturna del director Jacobo Penzo,
basada en los problemas de un saxofonista practicante de esta música,
y ambientada en un night club cuyo conjunto lo respaldaba, se escogió
una banda sonora con este estilo escrita por Thomas Chapin e interpretada
y arreglada por Alberto Naranjo. En el film Se solicita muchacha de buena
presencia y motorizado con moto propia, Juan Carlos Núñez
hizo la banda sonora. Núñez es un músico flexible que
puede componer para orquestas sinfónicas así como para danza,
teatro y jazz. El bajista y guitarrista Alex Rodríguez ha logrado
que sus composiciones Rigguey (Intro/Lento, Alegro, Andante y Vivace
presto) y Epílogo hayan sido interpretadas y estrenadas
por agrupaciones dedicadas a la música clásica.

Promotores del Jazz
Sin duda que los primeros promotores del jazz lo fueron el Caracas Jazz
Club y el Centro Venezolano Americano, pero de ellos se habló en
extenso en los capítulos anteriores.
John De Souza se inicia en el ambiente radial en 1967. Su primer programa
de jazz lo realizó a través de una emisora ubicada en una
ciudad del sur del país, Puerto Ordaz. Jazz y algo más...
ha sido transmitido en numerosas emisoras. Ha sido un organizador infatigable
de festivales de jazz en Caracas (es el progenitor del Venezuela Jazz Festival)
y otras ciudades. También ha fungido como empresario y ha traído
innumerables figuras internacionales. Ciro García, desde los años
70, primero como productor y luego como locutor, con su programa El jazz
y sus intérpretes ha realizado una labor meritoria en la difusión
del jazz en las estaciones de radio. Moraima Blanco, no importando la emisora
en que se encuentre, en su programa Top Jazz le ofrece su apoyo incondicional
a todos los intérpretes venezolanos y no solamente para los ubicados
en el jazz, sino también para todos aquellos que realizen trabajos
con calidad. Es una persona muy estimada en el ambiente del jazz. Federico
Pacanins y Roberto Obeso con su programa La cuarta noche muestran
las múltiples posibilidades que tiene el jazz. En otras ciudades,
Pamela Astudillo (Pto. Ordaz, el nombre de su programa De algodón
y azúcar está lleno de poesía), Carlos Mendoza
(Valencia), Fernando Román (Maracay) y Guillermo Torres (Los Teques)
están poniendo su grano de arena en la difusión del jazz.
En Venezolana de Televisión, el canal de televisión del Estado,
el programa Jazz se ha venido realizando desde comienzos de los ochenta.
Al principio sólo transmitían videos de grupos estadounidenses
o documentales sobre festivales e historia del jazz; a partir de los noventa
le ha dedicado el espacio a los grupos venezolanos. La Fundación
Venezolana de Jazz, coordinada por John De Souza, comenzó sus actividades
en 1994 realizando clínicas instrumentales con los músicos
venezolanos y con un proyecto ambicioso de hacer una escuela dedicada a
la música popular.
El movimiento venezolano carece de un apoyo de crítica. Sus presentaciones
no son reseñadas en la prensa y las personas especializadas no escriben
acerca de sus conciertos, salvo en los casos en que son la contrapartida
de algún músico extranjero. Esta deficiencia de columnistas
en los periódicos y revistas no es por la ausencia de escritores,
los hay y muy buenos, pero no es política de esos medios de comunicación
abrirle un espacio a este tipo de actividad.

Festivales y eventos
En Caracas, el centro principal del jazz en Venezuela, se han realizado
innumerables festivales y encuentros, algunos han tenido un carácter
eventual y pasajero, mientras que otros han durado dos, tres y cuatro años.
De los más recientes se pueden mencionar los siguientes: Temporada
de Jazz Sinfónico (Teatro Teresa Carreño, Sala Ríos
Reyna, 1989 y 1990), ideado para presentar trabajos internacionales como
el Ebony Concerto de Stravinsky y la Rhapsody in Blue y An
American in Paris de Gershwin, junto con los trabajos de los compositores
nacionales; Caracas Jazz Festival, dirigido por Oscar Booy, tuvo
cuatro ediciones entre 1988 y 1991 (Centro de Estudios Latinoamericanos
Rómulo Gallegos); el Venezuelan Jazz Festival (Teatro Don
Bosco, Estudio Mata de Coco y Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo
Gallegos, 1992 y 1993), organizado por John De Souza y Félix Allueva.
El Festival Caracas Fusión (Teatro Nacional, 1994), fue una
puerta abierta para que todos aquellos grupos empeñados en unir géneros
como el jazz, la música del Caribe y la venezolana, mostraran sus
trabajos.
En este capítulo se ha sostenido la tesis de la pérdida
de la timidez de parte de los músicos, pero también el fenómeno
abarca al público de otras ciudades. Si en la década de los
setenta era impensable planificar un festival de jazz en otra poblacion
que no fuera Caracas, a finales de los ochenta y en los noventa es frecuente
encontrarse muchas otras localidades que, gracias a los esfuerzos de sus
habitantes, han logrado realizar sus propios eventos, algunos de los cuales
han tenido muy larga duración, tal es el caso del Orinoco Jazz,
ideado por los guitarristas Carlos Rojas e Ivo Farfán en Ciudad
Bolívar y por algunos músicos en Caracas, que se ha venido
efectuando desde 1989, y en 1996 llevaba siete ediciones. En un país
en donde este tipo de iniciativa se encuentra con muchos tropiezos, hasta
ahora es el más persistente de todos.
Otras ciudades como Coro, Maracaibo, Maracay (realizó su Festival
Nacional de Jazz en los años 1994 y 1995 organizado por Fernando
Román y John De Souza), Mérida, Pto. La Cruz y Pto. Ordaz
son lugares donde existe un grupo de fanáticos a quienes estos tipos
de eventos no les son extraños.

Talleres
El Taller de La Pastora fue liderizado por el guitarrista Carlos Rojas.
Al comienzo se reunían para descargar, luego para estudiar y discutir
aspectos musicales. Dura 8 años. Sus estatutos eran dos: poder tocar
y exponer sus composiciones. Se dictaron clínicas y se comenzó
una interrelación entre profesionales y estudiantes que contribuía
a enriquecer la formación de aquellos que no lograban incribirse
en las academias.

Musicos para la Exportacion
La calidad de los intérpretes venezolanos se ha elevado gracias
a los estudios realizados en el exterior y a la transferencia de experiencias
de las generaciones anteriores. Algunos de ellos han preferido probar suerte
en otros países logrando reconocimiento y aceptación.
El primer venezolano en aventurarse por tierras extrañas fue Aldemaro
Romero. En New York hizo jazz latino y fue arreglista de directores consagrados.
En el renglón de los teclados, Pedro López fue contratado
por Paquito D'Rivera para realizar giras tanto en los EE.UU, como por Europa
y Suramérica; Otmaro Ruiz vive en Los Angeles y ha participado en
grabaciones y presentaciones con músicos del jazz como Alex Acuña,
Arturo Sandoval, Frank Morgan, y del pop como Jon Anderson, Gino Vannelli
y una lista interminable de nombres. Edward Simon, luego de acompañar
a músicos como Herbie Mann, ha desarrollado una carrera como solista
en los EE.UU.
En 1958 el trompetista Pedro Chaparro comenzó a tocar con Machito
y Mario Bauzá. Luego formó parte de las orquestas de Tito
Rodríguez, Israel "Cachao" López, Tito Puente y
Ricardo Ray.
Michael Berti, sobrino de Aldemaro Romero, es un bajista que no sólo
lleva la sangre de esa familia musical, sino también las ganas de
recorrer el mundo. Durante doce años vivió en España
acompañando a los grandes de ese país.
Entre los saxofonistas están Rolando Briceño, quien se
fue a New York a comienzos de los ochenta; Ed Calle se encuentra establecido
en Miami. Pedro Eustache es un flautista que se ha desempeñado satisfactoriamente
y con mucha calidad en el jazz afroamericano y la world music. Se encuentra
residenciado en Los Angeles desde 1988.
En el campo de la percusión, Orlando Poleo, con una larga trayectoria
en Venezuela como instrumentista del jazz latino y docente, se encuentra
en Europa desde 1989 y establecido en París desde 1991 en donde ha
continuado su labor pedagógica en la Ecole de baterie et percussions
Maurice Sonjon. Gerardo Rosales (1964-), realiza una labor similar en
Holanda, a la vez que ha desarrollado un gran interés en la fusión
de ritmos del Caribe con los venezolanos. En Europa es posible encontrarlo
en cualquier momento en los escenarios de Francia, Dinamarca, Portugal y
España. Aarón Serfaty, baterista, actualmente está
haciendo carrera en los EE.UU. con líderes como Arturo Sandoval.
Rudy Regalado es un percusionista residenciado en Los Angeles en cuyo
currículum se encuentran participaciones con directores como Josef
Zawinul.

Jazz en otras Ciudades
En las capitales de los estados y en las principales ciudades de Venezuela
la música autóctona se encuentra muy sólidamente establecida.
El poco contacto con las influencias culturales extranjeras ha impedido
que el jazz logre imponerse en una magnitud comparable con Caracas. En ciudades
como Valencia, San Cristóbal, Mérida, Valencia, Coro y Maracay,
y sobre todo en aquellas constituídas en conglomerados industriales
o universitarios, se encuentran grupos dedicados al jazz. Ellos son escasos
y si en Caracas la resistencia de los propietarios de los locales nocturnos
para presentar grupos de jazz es muy fuerte, en esas poblaciones lo es aún
más. Se ha dado el caso que muchos de ellos han sido inaugurados
con un grupo de jazz, pero al cabo de muy poco tiempo es sustituído
por un grupo que toque música del Caribe porque los que asisten a
dichos establecimientos se sienten más cómodos con este tipo
de música que con el jazz. Los fanáticos y los músicos
quedan resignados a esperar la realización de festivales o encuentros
regionales, en donde la asistencia es masiva, para poder admirar a sus coterráneos.
En las ciudades petroleras y mineras ha ocurrido un hecho muy particular,
dada la gran cantidad de habitantes extranjeros, en ellas ha habido un mayor
contacto con el jazz, ya sea por las agrupaciones de aficionados integradas
por esas personas, generalmente organizadas para conmemorar fechas especiales,
o por las visitas particulares efectudas por agrupaciones musicales especialmente
preparadas por los departamentos culturales de sus lugares de origen, cuyas
giras incluyen países como Venezuela.
Si exceptuamos los trabajos del vibrafonista Cal Tjader quien hasta el
momento de su muerte en 1982 fue uno de sus más fieles representantes,
el concepto del jazz latino prácticamente desaparece en los años
setenta. Machito, Pérez Prado, Tito Puente, Cándido y Tito
Rodríguez se habían retirado del escenario. En los ochenta
reaparece cuando músicos como el trompetista Arturo Sandoval y el
saxofonista Paquito D'Rivera retoman la idea, pero desde el punto de vista
de la pequeña agrupación. Un seguidor de la expresión
de aquellos grandes directores es Andy Durán, cuyo proyecto de comandar
una big band dedicada a interpretar los grandes clásicos de esa era
ha madurado lentamente, hasta cristalizar en los noventa en una idea totalmente
exportable y aceptable tanto por las minorías como por las mayorías,
algo poco usual en el jazz.

Andy Durán (1949-)
Nace en Caracas el 02 de Enero de 1949 con el nombre de Nelson Valor.
La única influencia familiar recibida para acercarse a la música
es la de su padre, dueño de una tienda de deportes en donde también
se vendían discos. Con frecuencia en su hogar se hacían fiestas
amenizadas por los últimos éxitos de Pérez Prado, Machito,
Tito Rodríguez, Tito Puente, Billo, Sonora Matancera y similares,
y son los temas de estos directores los que signan su primera etapa.
Su pasatiempo durante la adolescencia fue organizar grupos con muchachos
de su misma edad para tocar en fiestas particulares, pero esto sólo
era una diversión. Mientras tanto sus estudios de secundaria continuaban.
Un regalo de su padre, el disco Tito Rodríguez Return to The
Palladium, cambia por completo su relación con la música
y decide enfrentarla seriamente. Con Nelson y sus estrellas, un sexteto
formado, entre otros, con su hermano Pepe Valor en las congas, Luis Felipe
González (Don Filemón), en el bajo Nelson Gonzalez y él
en los timbales, se dedica a tocar los temas de Joe Cuba, presentándose
en las fiestas de los clubes de Caracas y de las ciudades vecinas. Paralelamente
a esta actividad, Valor continuaba su carrera universitaria la cual culmina
graduándose en Contabilidad y Auditoría.
Nelson Valor comprendió que para poder avanzar musicalmente debía
realizar estudios formales de teoría y solfeo, y con este fin presentó
examen en la Escuela de Música Jose Angel Lamas, pero en el primer
intento fue rechazado porque "no tenía oído musical".
Aunque fue una gran decepción, hizo un segundo intento, esta vez
la prueba fue realizada por el director del instituto, el Maestro Vicente
Emilio Sojo, y en esta oportunidad fue aprobado.
La permanencia en la escuela fue de apenas dos años porque prefirió
continuar analizando los arreglos de Ray Santos quien había hecho
trabajos para Tito Puente. Sus primeros arreglos fueron una imitación
de los de Santos, a quien ha considerado su maestro práctico. Con
mayor experiencia, a mediados de los setenta, forma su primer grupo llamado
Nelson y su sexteto, una pequeña sonora sin muchas pretensiones.
Posteriormente se llamaría Los cariñosos y por último
la Orquesta Palladium, la cual incluía, además de los
trombones, dos trompetas y el piano tocado por él.
El repertorio de esta orquesta estaba basado en lo que tocaban los grupos
ya consagrados y la función básica era amenizar fiestas. A
finales de los setenta, buscando mejorar sus arreglos, decide investigar
los trabajos de las grandes orquestas del jazz como las de Stan Kenton,
Gene Krupa y los arreglos de Gerry Mulligan. Estos estudios le sirvieron
para perfeccionar su sonido sin ser una agrupación dedicada al jazz.
Por estos años realiza sus dos primeras grabaciones, ambas en
45 r.p.m.. con temas como Mambo #5 y Abre la puerta mamita
.
En 1981 la empresa en donde trabaja se ve obligada a cerrar sus puertas
y Nelson Valor intentó colocarse en otras empresas, pero sin realizar
muchos esfuerzos. La intención de dedicarse totalmente a la música
se venía concretando lentamente y el cese involuntario y temporal
de su actividad de auditor y contabilista fue el empuje que le hacía
falta. Para su entorno familiar, acostumbrado a una entrada de dinero fija
y regular en el tiempo, pasar a la inestabilidad de las entradas de los
músicos se constituyó en la primera resistencia que Valor
debió enfrentar.
Los primeros pasos fueron contactar a los músicos consagrados
de esa década para ofrecerse como arreglista, copista y director
musical. Fueron años duros con deudas acumuladas y muchos sinsabores.
En 1984, con sus propios recursos, graba un larga duración con los
mambos más populares, más que todo para promocionar a su orquesta,
pero como el nombre Palladium le trajo muchas complicaciones (la gente lo
pronunciaba mal o no lo recordaba), creyó conveniente buscar un nombre
más sencillo y que fonéticamente fuera fácil hasta
para aquellos que no hablaran español. Además existían
otras agrupaciones cuyo líderes se llamaban Nelson, por eso también
decide cambiar su nombre por el de Andy Durán. (Durán es el
apellido de un trompetista de uno de los grupos de Mongo Santamaría
y Andy surgió al azar).
Hasta 1984 muchos de los discos hechos en Venezuela se grababan en Puerto.
Rico, utilizando los arreglos de reconocidas personalidades. Carlos "Tabaco"
Quintana, una figura con prestigio en el mundo de la música latina
en Venezuela, comprende que por los cambios ocurridos en la economía,
producidos en la fecha histórica fatídicamente conocida como
Viernes Negro, sus arreglos ahora deben ser hechos por un venezolano y para
ello contrata a Durán. En el disco, llamado Homenaje a lo bravo,
los arreglos y la dirección musical incluían la presencia
de saxofones y trompetas, respaldando a Quintana con un sonido nuevo. La
producción tuvo un éxito inmediato y sirvió para proyectar
la imagen de Durán como arreglista y director musical. Luego vino
un segundo disco, también con Quintana, en donde incluyó violines
y flautas, que solidificó su profesionalidad.
Hasta 1992, Durán había conseguido un prestigio basado
en dos aspectos: por un lado como director de orquesta de bailes y por otro,
tocando jazz latino en los festivales a los cuales con frecuencia era invitado.
Así se hace bastante conocido y estimado entre los fanáticos
del jazz. Sin embargo, para los que no vivían en Caracas y sus alrededores
sólo era una referencia porque con esta nueva agrupación no
había grabado. Afortunadamente los dos primeros discos de esta su
segunda etapa, A Jazzy Latin Beat (1992) y Andy Durán Latin
Jazz Club (1994) le concedieron una audiencia nacional. Timeless
(1996) es una muestra del grado de avance adquirido y un boleto gratis para
intentar la internacionalización.
Andy Durán ha encontrado su camino, dar conciertos de jazz latino,
y ha dejado de animar fiestas y bailes. Mantener la coherencia de este tipo
de orquesta, así como lograr que sus miembros no estén entrando
y saliendo constantemente no es tarea fácil. Durán es un líder
natural con la capacidad para dirigir, gerenciar y escuchar, con los conocimientos
necesarios para continuar en este estilo como una figura de primer orden.
Cuando hago los arreglos y selecciono el material para un disco, trato
de que haya un gran valor en sus compositores, en sus melodías, en
sus armonías, en las orquestaciones, planteamientos, arreglos, timbres
y que todo tenga un nivel de excelencia, sin necesidad de que sea una cosa
extraña. Sin caer en la trampa de que lo extraño y lo que
no se puede comprender es una obra maestra. El problema deja de ser musical
y se convierte en comunicacional. Yo me quiero hacer entender y quiero hacer
llegar mi mensaje.
Durán es un vehemente practicante de ese principio que dice que
la música es para disfrutarla, no sólo por el que la ejecuta
sino también por el que la escucha y que, por lo tanto, debe existir
un rapport entre ambos para que no se pierda la esencia de ella.
La pianista Mary Lou Williams, a finales de los cuarenta, dirigió
una orquesta integrada sólo por mujeres, pero esto fue una novedad.
Hasta los años sesenta era impensable encontrar una mujer dirigiendo
una big band integradas por hombres. Toshiko Akiyoshi y Carla Bley fueron
las primeras en asumir éxitosamente ese reto y han encontrado su
continuación en los noventa en Maria Schneider.
En Venezuela la posición de directoras de agrupaciones que interpretan
jazz ha producido dos nombres: Adela Altuve y María Eugenia Vera.
Adela Altuve es la creadora de la Banda Moisés Moleiro. Inicialmente
contaba con un plantel de 42. En 1994 se redujo a 12 miembros dando origen
a la Nuevo Mundo Jazz Band. Altuve, además de directora, toca el
clarinete y realiza los arreglos en compañía de Rafael Osuna.
María Eugenia Vera lideriza el Top Latin Jazz. Esta organización,
integrada por once músicos, posee un repertorio donde al lado de
un bolero pueden encontrarse temas estándar, del Swing, Bossa Nova
y Onda Nueva, que dan una idea de la versatilidad con la que enfrentan sus
compromisos.

Grupos Experimentales
En la década de los ochenta varios grupos continuaron la fase
experimental iniciada en los años anteriores, intentando fusionar
elementos del jazz con la música venezolana y del Caribe. Son músicos
que contraen una obligación con ellos mismos, deseosos de desarrollar
una música innovadora, incorporando una gran cantidad de instrumentos
autóctonos a los cuales se les suman variedades rítmicas y
armónicas. Estos grupos prefieren la investigación de nuevas
formas, enfrentándose a la música tradicional para proponer
una acorde con la ciudad o que se proyecte internacionalmente.
Ellos, en su mayoría, tuvieron una vida breve y se encuentran
en la memoria de aquéllos que, como ellos, estaban pendientes de
los nuevos proyectos.
En 1985 BALIJA (Banda Libre de Jazz), fue un grupo liderizado por el
vibrafonista Oscar Booy, interesado en fusionar los ritmos caribeños
con el jazz. La ORQUESTA EXPERIMENTAL URBE, liderizada por Gilberto Simoza,
le incorporó estos dos elementos al merengue venezolano. "Nuestra
música goza de una estricta y absoluta libertad creadora, que recoge
diversas vertientes rítmicas, armónicas y melódicas,
donde cada quien tiene la libertad de establecer sus propios conceptos".
En 1989 el vibrafonista Alberto Vergara dirigió Cimarrón,
un grupo integrado por 12 músicos muy preocupados en fusionar los
elementos de la salsa y el jazz incorporándoles instrumentos característicos
de la percusión que se realiza en las costas venezolanas. Los culo
e' puya, quitiplás y tambores batá no son frecuentes en estos
dos géneros. Su inclusión no es un trabajo sencillo, porque
pueden quedar como un adorno exótico y nada más. Fuertemente
influenciados por el sonido del grupo cubano Irakere, Cimarrón fue
un ejemplo de un ensayo exitoso.
En 1991, AMEREIDA propuso una fusión del world music con el new
age, lo clásico, lo tecnológico y el jazz. Sus dos grabaciones
son una muestra de un derroche de inventiva. Sus integrantes tienen una
sólida formación clásica y, en conjunto, han encontrado
un sonido propio con el uso de la flauta MIDI, un instrumento que puede
ser programado para sonar como cualquier instrumento conocido o para crear
nuevos sonidos. Fue el primer grupo venezolano en presentarse en el festival
de Jazz de Montreux de Suiza.
Caracas es una urbe con su propio ritmo y su propia musicalidad, en donde
confluyen la ruralidad, el llano, el pop, la salsa, el jazz y la música
clásica. En esta ciudad multicultural, de extrañas mezclas
étnicas, la música tradicional, cuando se combina con elementos
modernos, puede dar origen a expresiones novedosas.

Otras Rutas En Exploracion
Como una continuación de los esfuerzos realizados en años
anteriores, a finales de la década de los ochenta y comienzos de
los noventa, un grupo de músicos con una sólida formación
en los campos académicos y populares, con muchas horas de sobrevivencias,
en las noches caraqueñas desempeñándose en prácticamente
todos los géneros musicales, deseosos de encontrar un lenguaje contemporáneo
totalmente diferenciable y que pudiera identificar al país inmediatamente,
se decidieron a explorar nuevas rutas. Para ello tomaron como base algunos
ritmos tradicionales del folclor y le suministraron aires modernos al fusionarlos
con la música del Caribe, el jazz e, inclusive, con algunos elementos
de la música clásica.

Aquiles Báez y su Platabanda.
En las palabras de su director, la Platabanda nace "por el deseo
de crear algo con características inusuales, que le permitiera expresar
un bagaje de influencias y tendencias por las cuales había pasado".
El grupo, posee la versatilidad suficiente para moverse con mucha habilidad
por diferentes estilos. El merengue venezolano y las gaitas zulianas, por
ejemplo, al incluirle algunos elementos e instrumentos del jazz, suenan
a vanguardia. Báez es un guitarrista virtuoso cuyos arreglos, composiciones,
capacidad creativa e improvisación muestran una expresión
muy particular.

Maroa
Se inicia en 1991. Es un grupo bastante innovador e investigador, muy
adelantado a su generación, cuyos pasos están signados por
una alta experimentación y en donde abunda la intención de
abordar con valentía áreas inexploradas, para volcar en sus
composiciones lo infrecuente. Sus integrantes utilizan los teclados y los
bajos eléctricos como los principales elementos jazzísticos,
pero sólo para enriquecer el sonido. La percusión es sumamente
vanguardista y algunos de sus temas a veces son muy complejos y parecen
hechos para especialistas. En sus interpretaciones se combinan componentes
de la música de la costa venezolana con los planteamientos del jazz
de avanzada y ciertos ingredientes de la world music. Entre lo que ellos
producen y sus colegas generacionales existe una separación notable.

Ismael Querales y la Banda de la bandola
Hacen Mastranto Jazz, una tendencia en la cual fusionan la música
llanera, en especial el joropo, con los elementos jazzísticos. En
sus presentaciones colocan en un mismo plano instrumentos venezolanos como
la bandola, el cuatro y las maracas, con la trompeta, los saxos, trombones,
el bajo eléctrico y los teclados.

Saúl Vera y su Ensamble
Vera se ha preocupado en buscar nuevas sonoridades en la música
venezolana a través de la unión de instrumentos tradicionales
como la mandolina y la bandola con el fagot, el oboe, el corno francés
y la flauta. De esta forma se produce un fenómeno de integración
extraordinario que sorprende al oyente de cualquier zona del mundo.

Los Cantantes
En nuestro libro anterior, Voces en el jazz, tomamos un riesgo
y definimos al cantante de jazz como aquel que puede cantar con un conjunto
de jazz. ¿Cuál fue la razón para optar por una definición
aparentemente sencilla y que en realidad no lo es? Entre tantas está
una entrevista publicada en la revista Down Beat y publicada en su
número de mayo de 1982 en donde Sarah Vaughan, considerada una de
las grandes divas del jazz, dice lo siguiente: "No soy una cantante
de jazz. Betty Carter sí lo es porque eso es todo lo que ella hace
y no estoy con esto descalificando al jazz. Sólo soy una cantante".
Si partimos de estas premisas, debemos admitir que en Venezuela no hay
cantantes de jazz, es decir, personas que durante toda su carrera sólo
hayan estado enmarcadas en este campo, pero sí hay muy buenas cantantes
que pueden presentarse con un conjunto de jazz e interpretarlo de una manera
excelente y, por lo tanto ,sería mezquino no decir que son cantantes
de jazz. También existen aquellas cuyas interpretaciones muestran
los recursos típicos de un cantante de jazz, aunque sus temas no
pertenezcan a ese repertorio.
Asimismo, sería imposible imaginárselas llenas de glamour
y frivolidades para captar más oyentes, por el contrario, son austeras
y no han sucumbido a la comercialización de sus imágenes.
La carencia de una aureola prefabricada y la presencia de una naturaleza
directa y sin ambages, atenta contra su aceptación, pero prefieren
eso al estereotipo y al sacrificio de su individualidad y humanidad. De
esta forma no se encuentran sometidas al calvario de las carteleras discográficas
ni al mercadeo inclemente.
Por otro lado, todas ellas se enfrentan a una dificultad común:
no encuentran compositores venezolanos que les puedan escribir algunos temas
tal y como lo hacen para los instrumentos. Es díficil encontrar a
alguien que para una determinada letra le adapte una línea melódica
o lo contrario. Este divorcio es muchas veces involuntariamente propiciado
por el público, que prefiere escuchar los de autores conocidos o
los estándares. En consecuencia, como la idea inicial es llegar,
es producir una relación entre el artista y el espectador, se produce
una autorepresión. Por esta razón se escuchan muy pocos temas
originales en las presentaciones de ellos. Sin embargo, en el campo de la
fusión se están corriendo los riesgos, y cantantes como Marisela
Leal y María Rivas están presentando nuevas tendencias. De
esta forma es posible encontrar un grupo pequeño pero muy selecto,
totalmente diferenciable de sus colegas, no sólo por su estilo, sino
también por la forma de enfrentar la vida artística.
Las primeras cantantes se dieron a conocer a principios de los años
cincuenta. Entre los nombres que se recuerdan están Elisa Soteldo,
Pat Gibbs y Dorothy Hodges. En los sesenta June March, hermana del baterista
Marcelo Planchart, acompañaba en uno o dos temas a las agrupaciones
de Gerry Weil y Eduardo Cabrera. A partir de los ochenta un grupo ha comenzado
a destacarse con sus interpretaciones y muchas de ellas han recibido reconocimiento
internacional.

Biella Da Costa (1960-)
Nace en Curazao el 20 de julio de 1960, donde vivió solamente
el primer mes de su vida, porque sus padres se radicaron definitivamente
en Venezuela. Durante su participación como integrante del grupo
de flautas dulces del Liceo Gustavo Herrera, se introduce en el lenguaje
de la música. Posteriormente realizó estudios en la Escuela
de Música José Angel Lamas y en la Escuela de Opera de Caracas,
en donde adquiere las habilidades necesarias para dedicarse al campo profesional.
En su primera etapa, Da Costa formó parte de varios coros de líderes
de la música pop. Luego se integra a la banda Casablanca, una agrupación
especializada en los clásicos del rock, del blues y de los temas
interpretados por grupos de jazz rock como Chase, Blood, Sweat & Tears
y Chicago. A partir de 1990 cultiva exclusivamente los temas estándar
de jazz en conjunto con su productor y director musical, Alvaro Falcón.
Sus presentaciones no sólo se han circunscrito a nuestro territorio,
en España y Holanda se ha hecho una figura conocida en el ambiente
jazzístico. Los ha visitado en los veranos de los años 1994
y 1995, e inclusive fue invitada al Festival de Montreux en Suiza.
La voz de Da Costa, en algunos momentos algo ronca, posee un timbre diferenciable
y puede desenvolverse con facilidad en varios estilos. En sus interpretaciones
el sentimiento se encuentra por encima del virtuosismo y los intentos de
complacencia. Sus scats son respetables y las interpretaciones realizadas
de temas popularizados por Ray Charles, Ella Fitzgerald y Billie Holiday
son muy respetuosos con los originales. Es, sin duda, la cantante más
cotizada cuando se desea escoger a alguien dedicado a los estándares.

Marisela Leal
Nace en Caracas en donde realiza sus primeros estudios de música,
los cuales son continuados en Inglaterra y culminados en 1982 en la Berklee
College of Music de Boston. A su regreso a Venezuela es invitada a cantar
por muchos de los líderes del jazz de la década de los ochenta
y, como todos los músicos, realiza su periplo por los establecimientos
nocturnos.
En 1987 se residencia en la Isla de Margarita y durante tres años
efectúa estudios sobre la música popular venezolana. De nuevo
en Caracas a partir de 1990, se dedica a las presentaciones personales y
a la docencia en el canto.
Marisela Leal no es una cantante de jazz en el sentido purista de la
palabra, ella prefiere definirse como una cantante de fusión. En
sus interpretaciones se escucha una mezcla de Onda Nueva con jazz, world
music, folk, rock, pop, new age, scat y algunos efectos de sonidos al utilizar
dos micrófonos simultáneamente. Este estilo forma parte de
ese sonido venezolano de los noventa que puede trascender las fronteras.
Su trabajo vocal, difícil de clasificar y lleno de una absoluta
libertad interpretativa, constantemente está explorando las nuevas
posibilidades y en su repertorio, al lado de temas tradicionales como el
Setoconao, Mare-Mare y Una lágrima, conviven
los compuestos por Djavan, Antonio Carlos Jobim, Milton Nascimento, Edu
Lobo, The Beatles, Thelonious Monk y Billie Holiday. En los años
1995 y 1996 se ha inclinado un poco más hacia la música brasileña.

María Fernanda Márquez
Inicia su carrera a comienzos de los años setenta con Vytas Brenner,
un músico con una propuesta diferente para la música venezolana.
Con él participa en el último festival de la Onda Nueva y
se presenta en programas prestigiosos de la televisión como el Show
de Renny.
Entre 1977 y 1982 realizó estudios de composición, arreglos,
producción, instrumentalización y voz en el Berklee College
of Music de Boston, Massachusetts, y simultáneamente comenzó
a realizar presentaciones en los festivales y establecimientos de ese estado,
acompañándose por grupos que interpretaban jazz en un estilo
cercano al brasileño. Luego, en 1985, se radica en San Francisco,
California, en donde continúa sus actividades artísticas.
Ese mismo año inicia una estrecha relación profesional con
el músico Frank Harris y simultáneamente realiza un extenso
aprendizaje en el uso de los secuenciadores, samplings, sintetizadores,
efectos electrónicos y el Synclavier (un instrumento utilizado en
la síntesis digital). Entre ambos desarrollan un estilo en donde
se funden los elementos del jazz y del pop con los temas del folclor venezolano
y la tecnología moderna de la ejecución instrumental y de
producción. Sus dos primeros temas Campesina, de Juan Vicente
Torrealba y Cantos de Pilón (este último versionado
por el contrabajista Charlie Haden en su disco Dream Keeper a partir
de la interpretación de Márquez) fueron presentados en Venezuela
en 1986 atrayendo un considerable interés de la crítica.
Al año siguiente, la cantante volvió al área de
la Bahía de San Francisco en donde ha logrado construirse una posición
sólida llegando a alternar, como miembro del Trío Altamira,
con figuras como Pablo Milanés y Bobby McFerrin. Retorna al país
en 1993, y en 1995 graba el disco compacto De uno y otro lado, donde
hace un recorrido por la música latina, brasileña, venezolana
y el jazz. Esta producción es un reto continuo para el oyente porque
los arreglos, totalmente inesperados, están basados en la combinación
inusual de los instrumentos.
En su estilo se encuentra la instrospección del cantante y la
presencia del artista que bajo ningún pretexto realiza concesiones
y para quien su arte se encuentra por encima de cualquier evento. Su carrera
la hecho prácticamente en el exterior, en donde ha desarrollado un
gran interés por la música de culturas diferentes a la música
occidental. Es una experta en esta materia y en los momentos que se dedica
a la locución, sus programas ofrecen al oyente un espectro musical
casi siempre desconocido pero, para los oídos acostumbrados al sonido
que normalmente se escucha por la radio, sorprendentemente excelentes.
Desde 1995 se encuentra de nuevo en San Francisco.

María Rivas (1960-)
Nace en Caracas el 26 de enero de 1960. Aunque durante su adolescencia
acostumbraba a imitar frente a un espejo a las cantantes de moda, su primera
inclinación fue el dibujo y con este fin preparó su futuro,
especializándose en diseño gráfico, de hecho, a partir
de 1976 se desempeña en esta profesión en los departamentos
de publicidad de algunas empresas. Es en este año cuando intenta
estudiar música en la escuela José Angel Lamas y, como muchos
otros de sus colegas que hoy se han ganado el respeto del público,
fue rechazada porque "Señorita, usted pierde su tiempo, tiene
una voz muy blanca y nunca llegará a ser cantante". Esto casi
le produjo una frustración. Sin embargo, al año siguiente
participa en un concurso patrocinado por una estación de radio y
conquista el segundo lugar, pero las promesas de grabar un disco en 45 r.p.m.
no fueron cumplidas y continuó su labor como dibujante y empezó
a profundizar sus estudios de pintura con el maestro Pascual Navarro.
Hasta 1985 Rivas tenía una fuerte preferencia por la música
interpretada por cantantes como Gladys Knight y Barbra Streisand. En ese
año su amigo el contrabajista Alexander Berti le sugiere que intente
el jazz y para eso le suministra tres cassettes: uno del pianista Bill Evans,
otro de Bill Evans con Tony Bennett y un tercero de Ella Fitzgerald. Impresionada
por la amplitud de posibilidades que ofrecía el jazz y la libertad
interpretativa prefirió este nuevo camino, integrándose a
tríos acústicos con los cuales comienza a desarrollar su estilo
y a experimentar con el scat en los temas del bebop.
En esos años la cantante acostumbraba desplazarse en moto por
toda la ciudad de Caracas escuchando, entre otros, un cassette de Elis Regina,
un símbolo brasileño de la Bossa Nova, el cual repetía
constantemente enamorada de la riqueza del sonido. En 1987 sufre un accidente
(en donde se destruye la cinta) que la confina a estar en cama por cuatro
meses. Durante el período de convalescencia, una persona de su entorno,
sin saber la historia de dicha grabación, se lo lleva de regalo y
Rivas, frente a esta circunstancia del destino, decidió que al recuperarse
realizaría un concierto en homenaje a Regina.
Su reaparición contemplaba una sola presentación en la
Sala de Conciertos del Ateneo de Caracas, pero el éxito fue de tal
magnitud que fue prorrogada por cinco fechas más. Un empresario de
la isla de Aruba, maravillado por éste y otros conciertos, le ofreció
un contrato para formar parte de un espectáculo musical proveniente
de Las Vegas y que se presentaría en un hotel de la ínsula.
Luego de seis meses, y con un prestigio ganado a fuerza de calidad, produce
su propio show llamado Viaje sentimental a través del jazz,
extendiendo su residencia hasta 1989 cuando decide regresar a Venezuela.
Su primer disco, Primogénito (1990), realizado bajo la
producción musical de Gerry Weil, incluyó temas de su autoría
y se convierte en el primer disco elaborado por un grupo independiente,
sin interés comercial, que logra atrapar la atención de un
público para el cual originalmente no estaba pensado y que compite
con artistas ya establecidos en el campo popular. Luego, como en el año
1991 se estaba escuchando mucha música colombiana, Rivas se interesó
en hacer un tema que relacionara la cumbia con el jazz y, en conjunto con
Gilberto Simoza, le realizaron los arreglos a un canto de Cartagena que
sirvió para darle nombre a su segundo disco, Manduco (1992).
Esta segunda producción tuvo una acogida inmediata y fungió
como una excelente tarjeta de presentación que le permitió
ser incluída en los programas de televisión transmitidos en
horarios estelares y retransmitidos en otros países latinoamericanos,
con lo que consigue una proyección internacional y su consagración
definitiva. Sin embargo, algunos eruditos del jazz no comprendieron la intención
del disco y lo cuestionaron sin mucha piedad (en el jazz también
existen guardianes de la tradición que están apegados al jazz
original, el straight jazz, y para quienes las mezclas con los ritmos
autóctonos de cada región, o la inclusión de tecnología
e instrumentos modernos, no son bien recibidos). Mapale (1994) fue
una continuación de sus ideas de fusionar los ritmos latinos con
los elementos del jazz y las nuevas propuestas a temas clásicos venezolanos
como Sombra en los médanos, pero que también le permitió
darse cuenta que se estaba sumergiendo en un mundo al cual no pertenecía.
En 1996 prefirió retomar su camino inicial y, junto a Alberto Naranjo,
realizó Muaré, un disco compacto enmarcado en el jazz
latino.
Rivas es un talento establecido, de posibilidades ilimitadas. Cada tema
de sus presentaciones en vivo constituye un reto personal, como si no existiera
un más allá o un mañana y en donde es importante lograr
la mayor expresividad. Su creatividad parece inagotable, el dominio del
scat es extraordinario y los temas originales son sólo una referencia,
un punto de origen para dar rienda suelta a su inventiva y producir versiones
diferentes, a veces difíciles de reconocer. Su voz es un instrumento
que afortunadamente no ha sido domesticado por patrones educativos.
María Rivas, más que una cantante, es el instinto y la
intuición corporizados en mujer.
Existe un grupo de cantantes que sin estar apegados al jazz, utilizan
sus recursos. Luz Marina se ha especializado en interpretar a los autores
venezolanos y latinoamericanos. En sus presentaciones confluyen varios estilos
y se pueden observar convivir los trazos jazzísticos con las influencias
brasileñas. María Josefina Baéz, artista plástico
y profesora, posee la versatilidad suficiente para interpretar cualquier
tema de jazz y otros géneros como el bolero. Guillermo Carrasco,
arreglista, compositor y cantante, inició su carrera en 1969 interpretando
baladas e integrando formaciones de corte pop buscando la originalidad y
no realizando versiones de canciones extranjeras. En 1988 con su disco Visual
y especialmente con el tema Ojalá, le imprimió a sus
interpretaciones un dejo jazzístico que lo diferenció de sus
colegas generacionales. Juan José Capella en sus presentaciones se
acompaña con la guitarra. Su estilo está más apegado
hacia lo brasileño aunque tmabién tiene un acercamiento hacia
los estándares del jazz.
El spiritual es una de las vertientes de la cual se nutrió
el jazz. En principio es un canto coral interpretado por los negros de las
plantaciones pero que también puede ser individual. Sus letras están
referidas a pasajes religiosos, traducen la esperanza del oprimido por terminar
su estado de esclavitud y el deseo de alcanzar la tierra prometida tal y
como está especificado en las escrituras bíblicas. Tanto en
lo individual como en lo coral, el spiritual ha encontrado sus seguidores
en Venezuela.
Janice Williams, nos llegó procedente del sur de los EE.UU. Entre
1975 y 1983 formó parte de la Opera Metropolitana de Caracas y como
docente, ha desempeñado el cargo de profesora de canto y directora
de coros en varias de nuestras instituciones. Sus interpretaciones de los
spirituals son realizadas en la forma más tradicional y es considerada
una auténtica representante de ese género. Vilia Hinds, nació
en El Callao, estado Bolívar. Realizó estudios de técnica
vocal en Venezuela y los EE.UU. En su rol de soprano ha tenido papeles relevantes
en varias óperas, además interpreta el blues y otros cantos
folclóricos. El coro Melody ha tenido como función principal
ser un elemento fundamental en las misas de la iglesia adventista. LLevan
22 años en esta actividad, presentándose inclusive en otros
países, y han sido invitados a festivales en New Orleans. Polyphonium,
es un grupo de voces oscuras (masculinas). Nace en 1989 con el nombre de
Voces Oscuras "Antonio Estévez" y a partir de 1994
adopta el actual. En 1996, bajo la dirección de Carol Montagutelli,
dejan de ser un coro madrigalista y se convierten en una agrupación
vocal con actividades muy diversas, alejándose de la posición
estática tradicional en una tarima escalonada para adquirir movimiento
escénico y un contacto más directo con el público.
realizando una intensa actividad En su repertorio se incluyen temas del
gospel, los spirituals y algunos de jazz. Su primer año de actividad
ha sido muy intenso, cautivando la atención de todos los auditorios
en los que se han presentado por el gran derroche de profesionalismo de
sus interpretaciones.

Nuevos Nombres en el Jazz de Venezuela
Son aquellos correspondientes a la generación que se ha dado a
conocer a partir de los inicios de los ochenta. Todos ellos, con estudios
académicos, ya sea en el país o en el exterior, han contribuído
a perfilar un nuevo músico y aunque no existe un movimiento organizado
o un taller rector, muchos de ellos coinciden en la creación de un
sonido que identifique inmediatamente al jazz venezolano.

Teclados
Mijhail Antoshin, nacido en Rusia y radicado en Maracaibo, combina los
preceptos académicos con las libertades del jazz. Leonardo Blanco
es un joven pianista con unas inmensas ganas de superación que lo
han llevado rápidamente a adquirir un sonido maduro y natural. Teresa
Briceño, en un ambiente poblado de nombres masculinos, ha logrado
el respeto de sus colegas y público, no sólo como pianista
y compositora, sino también como directora del grupo Bambú
con quien ha mostrado nuevas proposiciones para la música latinoamericana.
Luis Cañizales, se interesó mucho por la pedagogía.
En Boston llegó a ser asistente de George Russell, el famoso compositor
y propulsor de los Conceptos Lidio-cromáticos. En Venezuela formó
la escuela Música viva para el aprendizaje y práctica del
jazz. Desafortunadamente un suceso trágico terminó con su
carrera. Andrés Carrasquero realizó toda su formación
musical en los EE.UU. y, por invitación, ha participado en concursos
internacionales de piano realizados en Suiza y Polonia, así como
también ha ofrecido conciertos en Suiza, Francia, Puerto Rico, Canadá,
EE.UU., México y Venezuela. En el jazz se ha preocupado en incursionar
en la fusión de los ritmos venezolanos con otros géneros,
produciendo obras renovadoras. Marcos Vinicius Da Fonseca, nacido en Brasil,
en los ochenta participó en innumerables agrupaciones dejando uns
huela de licada en sus interpretaciones. Olegario Díaz, un músico
talentoso capaz de interpretar los clásicos del jazz con la misma
habilidad que lo hace con los temas latinos. Ernesto García, pertenece
a la generación de los noventa y dado su conocimiento y maestría
es muy solicitado por los directores veteranos. Víctor Mestas (1963-),
ha incursionado exitosamente tanto en el campo del pop como en el jazz.
En sus conciertos conviven las composiciones de los autores venezolanos
con los estándares. Es un miembro fundador del Taller de Jazz de
La Pastora. Silvano Monasterios ha ganado concursos internacionales y en
estos momentos se encuentra en los EE.UU. Francisco Morales es un instrumentista
muy joven de manos rápidas. Desde 1994 es una revelación a
quien se le augura un futuro extraordinario. Otmaro Ruiz, en sus presentaciones
el espectador llega a la conclusión que posee una intuición
innata para relacionarse con los teclados. Sin duda uno de los mejores de
su generación. Gilberto Simoza es el vivo ejemplo del deseo de llevar
a cabo las experimentaciones.

Contrabajo y bajo eléctrico
Danilo Aponte, poseedor de un futuro promisorio, falleció a una
muy temprana edad en un accidente de tránsito. Alexander Berti se
ha desempeñado extensamente en el área académica a
quien debe su formación, integrandose habitualmente a las formaciones
de las orquestas sinfónicas, pero ha encontrado tiempo para dedicarle
al jazz. Gustavo Carucí es un instrumentista lleno de sensibilidad.
Gerardo Chacón ha mostrado un conocimiento y una técnica envidiable.
Giovanni Ramírez, al igual que los anteriores, es uno de los músicos
más cotizados de su generación. Sus investigaciones sobre
el bajo eléctrico lo han llevado a ser algo más que un instrumentista.

Batería
Carlos Arias se mueve con mucha solvencia en el campo académico
y el popular. Con frecuencia se le puede ver participando en las agrupaciones
de ambas campos. Jorge Arias es un músico autodidacta de gran talento.
Andrés Briceño, uno de los más jóvenes de su
generación, ha dejado de ser una promesa y se ha ganado un puesto
en el escenario venezolano gracias a sus esfuerzos. Aaron Serfaty demostró
que los jazzistas criollos pueden competir de igual a igual en terrenos
en donde sólo se le abre camino a los mejores. Iván Velásquez
es uno de los grandes valores de los últimos quince años.

Guitarra
Rubén Rebolledo se ha ganado el respeto de sus colegas y los fanáticos
del jazz. Alvaro Falcón tiene una extensa carrera como guitarrista
de rock y del pop. Desde finales de los ochenta, como director musical de
Biella Da Costa, ha concentrado sus esfuerzos en el jazz. Miguel González
es un instrumentista muy solicitado en el medio. Carlos Rojas, además
de músico, se preocupa por la organización de talleres, seminarios
y el desarrollo intelectual de sus compañeros. Sus composiciones
e interpretaciones son de una altísima calidad.

Saxo
Manuel Barrios (también toca el violín y la flauta) ha
sido llamado a formar parte en incontables agrupaciones y sesiones de jazz.
En el escenario su energía parece inagotable. Julio Flores es uno
de los pocos en realizar improvisaciones respetables con el saxo barítono.
La juventud, entusiasmo y energía de Bernardo Padrón afloran
continuamente en sus solos y se perfila como un sustituto generacional.
Glenn Tomassi es un veterano de múltiples grabaciones muy admirado
por colegas y aficionados.

Trompeta
Al igual que en el caso del saxo escasean los nombres de intérpretes
que se hayan desarrollado al mismo nivel de los teclados. Gustavo Aranguren
ha logrado conquistar su espacio en el ambiente y Julio Mendoza posee la
serenidad y la madurez de aquellos que saben lo que hacen y que no necesitan
de efectos para impresionar.

Percusión
Alexander Livinalli y Omar Olivero, no sólo son los representantes
más notables de los últimos tiempos sino que también
han dedicado un considerable tiempo a la investigación de los instrumentos
percusivos venezolanos y del Caribe, y son muy requeridos tanto en el aspecto
musical como en el educativo. Orlando Poleo se encuentra en Francia mostrando
en otras fronteras su gran conocimiento sobre la percusión y el desarrollo
de nuevas pedagogías para enseñarla. Entre los más
jóvenes, Vladimir Quintero ha logrado labrarse un prestigio indiscutible
y despunta como uno de los líderes de la generación de relevo.

Otros instrumentos
Armónica
Eduardo Soto, residenciado en San Antonio de Los Altos, se ha especializado
en la interpretación del blues cantando y se acompaña con
la armónica al estilo de los viejos trovadores del sur de los EE.UU.
Flauta
El sonido pastoral de la flauta pareciera no tener ubicación en
el hábitat del jazz. Jorge Guzmán lo ha desarrollado tecnológicamente
extrayendole sonidos insospechados.
Steel pan tenor
Un instrumento extraño en el jazz y si se exceptúan a Andy
Narell y Othello Moulinoux, muy pocos han logrado una figuración.
Su único exponente en Venezuela es Gonzalo Micó quien ha logrado
presentarlo en los conciertos y empezado a hacerlo familiar proyectandolo
fuera del ambiente carnavalesco con el que siempre ha estado relacionado.
Vibráfono
Alfredo Naranjo, no sólo es un excelente vibrafonista sino que
también es un músico integral con grandes cualidades para
la composición y con una carrera muy promisoria. Preferentemente
ubicado en el jazz latino, por la música venezolana guarda un gran
respeto y en sus discos y presentaciones sus arreglos y escritos de nuestros
temas son hechos con esmerado cuidado. Es muy solicitado por sus colegas
en los momentos de integrar una agrupación para las grabaciones que
necesiten de un vibrafonista. En el campo clásico ha realizado presentaciones
con la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, Sinfónica
Venezuela, Nacional Juvenil Gran Mariscal de Ayacucho y otras.
Violín
Federico Britos, nacido en Uruguay, llegó a Maracaibo en 1977
para desempeñar funciones de violinista en la orquesta sinfónica.
Las noches las aprovechaba para descargar su emoción jazzística.
A partir de 1986 se trasladó a Caracas trabajando en la mayoría
de los centros nocturnos que le daban amparo a estos intérpretes.
En 1994 retomó su camino de viajante y se mudó a los EE.UU.
en donde se encuentra radicado actualmente.
Violonchelo
De todos los instrumentos de la orquesta el violonchelo es uno de los
más dramáticos. Internacionalmente muy pocos lo utilizan porque
está más relacionado con las sinfonías y músicas
académicas que con las irreverencias del jazz. Recordando los intentos
hechos en los años cincuenta en los cuales se fusionaron los elementos
de esos mundos, Domingo Sanchez Bor ha hecho el intento de introducirlo
en ese ambiente lleno de sensualidades produciendo una sonoridad diferente
y muy agrafable.
El movimiento jazzístico a inicios de los noventa arrancó
con mucho vigor gracias al apoyo de instituciones financieras como el Banco
Consolidado, Banco Unión y Banco de Venezuela, y de empresas como
La Electricidad de Caracas y CANTV, quienes con frecuencia presentaba las
agrupaciones venezolanas con entradas gratis, favoreciendo la permanencia
de los grupos, una mayor consistencia en los trabajos, el crecimiento de
los músicos y del público, disminuyendo los "mata tigres"
y los "vente tú". La crisis bancaria de 1993 redujo estas
posibilidades y, luego de saborear, las mieles han vuelto a las misma situación
de períodos pasados.
Hablar de jazz venezolano de manera absoluta, es decir, que todos los
músicos que practican el jazz en Venezuela tengan un sonido parecido,
un movimiento claramente definido, por ahora no tiene sentido, y en un entorno
en donde confluyen tantos géneros la libertad intrísica del
jazz sugiere la diferenciación y la individualidad. Pero por un lado
se observa que ellos han logrado desprenderse del manto del jazz estadounidense
para ir elaborando sus propias creaciones y su propia sonoridad. En consecuencia,
existen numerosos movimientos individuales que se están retroalimentando
instintivamente del trabajo de cada uno de ellos y como no se está
dependiendo de una empresa disquera en particular, no se está en
busca de un sonido comercial. Estamos convencidos de que en un tiempo no
muy remoto se alcanzará un sonido que pueda internacionalizarse.
Da la impresión que de un momento a otro pudiera surgir un movimiento
nacional, con características similares en su proposición,
a la de la Onda Nueva o la Bossa Nova de Brasil. Muchos aficionados se encuentran
con esa expectativa que parece no será defraudada.

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