Cabezal Artes y Placeres
Revista Electrónica       Nº 16     Junio 1997
Literatura

La sombra de Goethe (o viaje a Italia con Armando Rojas)

Simón Alberto Consalvi

La primera vez que escribí sobre Armando Rojas ocurrió hace ya tanto tiempo que me parece un texto de la antigüedad. Fue en 1960 cuando tuve el privilegio de prologar un cuaderno suyo de la Asociación de Escritores Venezolanos: La redención de Lucifer y otros ensayos. Allí dije entonces: "Armando Rojas viajó muy joven a Europa; en España y en Italia adquirió sólidos conocimientos humanísticos y estudió, de manera particular, la Filosofía y la Historia. Su obra literaria, ya densa y dilatada, tiene este sello característico: la reflexión humanística. Como escritor, el doctor Rojas es un meditador y sería difícil concebirlo escribiendo poemas u obras de ficción. Esto no quiere decir que sea un pensador atado a lo que algunos suponen que es lo único trascendente, lo abstruso o lo aburrido. Por el contrario, en muchas de sus páginas hay un sabroso y estimulante donaire; de ese donaire y de ese fino humorismo que ponen los escritores en las cosas pequeñas o vanas que van construyendo nuestras vidas. Filosofía de juguete, (páginas escritas para el suplemento literario de El Tiempo, en Bogotá, hace unos quince años), comprueban cuanto decimos".
Para entonces, ya Armando Rojas había escrito Invitación a la inquietud, Notas de crítica y de humor,las ideas educativas de Simón Bolívar, La batalla de Bentham en Colombia, su biografía de Alejo Fortique, el gran internacionalista venezolano del siglo XIX, como también Los papeles de Alejo Fortique. Había escrito, asimismo, sobre Pedro Gual y los orígenes del Panamericanismo. Con el tiempo, el Dr. Rojas fue enriqueciendo de manera notable su contribución a la historiografía venezolana y, de modo muy especial, en cuanto se relaciona con la política exterior. Entre sus obras posteriores debemos anotar Las misiones diplomáticas de Guzmán-Blanco, Los creadores de la diplomacia venezolana, y la Historia de las relaciones entre Venezuela y los Estados Unidos, obra esta verdaderamente esencial para el estudio y la comprensión de las muy complejas relaciones entre el fuerte y el débil, sobre todo en la Venezuela del siglo XIX, de muy poca estabilidad y muy poco juicio político, siglo dominado por las guerras civiles y por los conflictos fronterizos.

De La Redención de Lucifer a otro libro suyo, Carta a Dios, pueden deducirse los problemas filosóficos que han dominado su pensamiento, las dudas y las certidumbres. Aquel cuaderno 111 de la AEV contenía ensayos como El diablo de Papini ó la redención de Lucifer por el hombre, La lírica religiosa de Lope de Vega, Romain Rolland y Suiza, Los caminos de Rousseau, Ignacio de Loyola o un nuevo camino hacia Dios, y Erasmo de Rotterdam o El Elogio de la Locura. Desde luego que me equivoqué en 1960, (cosa que no me es infrecuente), cuando pretendí presentar al Dr. Rojas como alguien a quien no me imaginaba escribiendo ficción. Tanta era la seriedad con que entonces lo veía. Como todo círculo este también se cierra y el Dios del Dr. Rojas me ha traído aquí, en la propia Academia de la Historia, para que al hacer la penitencia de aquel pecado venial, presente su último libro, La sombra de Goethe, de cuyas páginas no se excluye la ficción.

El 28 de agosto de 1786, en el balneario de Karlsbad, Goethe cumplió 37 años de edad en compañía de amigos y de amigas y, muy particularmente de la señora von Stein, la más amiga de todas. Goethe estaba fatigado y aburrido con sus deberes burocráticos en Weimar y presentía que necesitaba tiempo y soledad y esto sólo la desaparición y la fuga se lo podían proporcionar. El 2 de setiembre, el escritor le informa al Duque de Weimar y a la señora von Stein que debe emprender un largo viaje cuyo itinerario y duración quedan en suspenso. A las tres de la madrugada del 3 de setiembre, Goethe desapareció de Karlsbad y el 14 de setiembre llegó a Verona, en tierras ya italianas y frente a los primeros grandes vestigios de la antigüedad clásica se reconcilia consigo mismo, olvida los pormenores y tensiones de la fuga, y piensa que ha conquistado lo que se proponía: el alejamiento, la distancia, la perspectiva que le reclamaban sus ideas, su mente y, quizás también su corazón, su obra en una palabra.

Durante el largo viaje se había hecho pasar por "Juan Felipe Moeller, comerciante de Leipzig". Ahora ya estaba prácticamente liberado y recuperada su identidad, no sin tomar antes ciertas precauciones como la de transformarse en un "auténtico italiano", como él mismo refirió de esta manera: "Yo observaba la manera de vestir de la clase media de aquí y me vestí del mismo modo. Esto me produjo una gran alegría. Les imito también en su manera de portarse. Por ejemplo, todos balancean los brazos al andar; pero las gentes de ciertas clases lo hacen únicamente con el brazo derecho, porque llevan espadas y están habituadas a tener quieto el izquierdo".

De un lugar del camino (y con una dama de la Corte), le había enviado a la señora Stein, este mensaje: "...La seguridad de que nuestro amor produce en ti otra vez alegría, es lo único que puede traer a mi vida felicidad. Hasta ahora te sufrido mucho en silencio y no he deseado nada más con ansia que nuestras relaciones se normalicen de tal modo que ningún poder del mundo pueda enturbiarlas".

Goethe se da algunos golpes de pecho y también le escribe al Duque Carlos Augusto de Weimar: -Perdóneme que al despedirme de usted hablara de una manera muy vaga de mis viajes y mi estancia fuera del país. Hasta, ahora no sé todavía lo que será de mí. -Usted es feliz; usted marcha hacia su deseado y elegido destino. Sus asuntos domésticos están en buen orden y camino. Yo sé que ahora me permitirá pensar algo en mí mismo; sí, usted, a veces, me ha indicado que procediera así. En general, soy en estos momentos innecesario, y lo que corresponde a los asuntos especiales de los cuales he sido encargado, los he atendido de tal modo que marcharán fácilmente durante una temporada, sin mi intervención. Incluso si yo muriese, no sufrirían ninguna interrupción, ningún tropiezo. Después de haberle expuesto toda esta constelación, paso a otro asunto y ruego a usted me conceda una licencia indefinida...

Estos son los antecedentes más inmediatos del viaje de Goethe a Italia, un viaje de fuga y descubrimiento, de conquista de la soledad y, si se quiere, del anonimato necesario para la creación y el disfrute de lo real y de lo imaginario. Estos son, en pocas palabras, los antecedentes de La sombra de Goethe de Armando Rojas.

Armando Rojas abre sus páginas de esta manera: "En el otoño de 1786, exactamente el 16 de septiembre me encontré con Goethe en Verona. El venía de su sombría Germania y yo de un oscuro y lejano rincón del futuro. Acababa de cumplir treinta y siete años. Había nacido en Frankfurt el 28 de agosto de 1749 en un hogar de acomodados burgueses. Yo no tenía edad, porque en la dimensión de donde me había escapado no existía el tiempo". De modo que Goethe, tanto años después, vuelve a perder la soledad. Ahora, y a partir de Verona, su primera escala italiana, lo acompañará una "sombra", o sea, alguien que quiere también estar solo, fugarse, disfrutar de la luz y del sol del Mediterráneo, de los inmensos testimonios de la antigüedad clásica, de las obras del Renacimiento, de las grandeza y del esplendor, en fin, de un país y de una cultura y de unos modos de vida que en aquel tiempo eran sólo italianos.

Sin embargo, conviene preguntarse cuáles eran, en verdad, las razones del viaje de los nórdicos a Italia. ¿Eran, acaso, exclusivamente espirituales, o espirituales y un poco paganas? Siempre hay alguien en este mundo dispuesto a aguarnos el contento del agua. El español Francisco Umbral escribió hace poco: "La moda la sacó Goethe: había que viajar a Italia para conocer el mundo clásico y muerto, que estaba tan vivo. A partir de Goethe, padre involuntario del romanticismo, todos los viajeros románticos de Inglaterra, Alemania, Francia, hacen su peregrinaje a Italia, desde Byron a Stendhal. Durante un par de siglos, estos ingeniosos ingenios nos han hecho creer que a Italia iban a ver ruinas, herborizar flores (Goethe), asistir a la ópera (Stendhal) y otras minucias sociales y aburridas".
Para Umbral los motivos eran otros, pero los dejaremos porque (aun cuando vengan a cuento) pueden afectar la seriedad y los buenos propósitos de Goethe, Byron, Stendhal, de los innumerables viajeros que han ido a la tierra de Dante y Maquiavelo, de Rafael, Leonardo y Miguel Angel con verdaderos deseos de satisfacer la sed del espíritu. "Como otros nórdicos, de Goethe, Ibsen, de Wagner a Warburg, (dice Peter Burke en la introducción a La Italia del Renacimiento), el historiador Jacob Burckhardt consideró que su encuentro con el Sur de Europa y con Italia en particular, fue uno de los grandes sucesos de su vida".
Por el camino de hacerle el juego al escritor español podríamos poner también en cuestión los motivos de la "sombra" que acompañó a Goethe desde su arribo a Verona. Si algo pudiera comprometer a Goethe tal vez sería su admiración por Juan Jacobo Rousseau, cuyo doble discurso dio y da mucha tela donde cortar. Sin embargo, no es prudente detenernos en estos aspectos de la intimidad del viajero, aunque de cuando en cuando, la "sombra" incurra en la tentación de sugerir que Goethe no fue todo el tiempo fiel a su bienamada y distante señora von Stein. Si las cosas humanas fueran tan simples es posible que Armando Rojas, o sea la "sombra" del escritor alemán no hubiera escrito una confesión como esta de la página 53: "Durante los dos largos meses de recorrido por tierras del mediodía, me sentía cada vez más ansioso de dejar de ser sombra y convertirme en un ser de carne y hueso".

Alejándonos de las tentaciones del camino, como de las intrigas de Francisco Umbral, debemos decir que La sombra de Goethe no es sólo un bello libro, sino que es también un libro estimulante, un libro de viajes y lo que es más original un viaje a través de la mente, del pensamiento y de las sensaciones de uno de los más grandes talentos de todos los tiempos. En Italia, dice un biógrafo, murió y renanció el autor del Fausto y de la Teoría del color. Goethe descubrió el mar en un lugar donde quizás todos (los montañeses, claro) hubiéramos querido descubrirlo y antes de verlo, lo oyó, oyó los roncos encuentros de las olas y sintió enorme curiosidad: Goethe vio por primera vez el mar en Venecia, seguramente el único lugar del mundo donde el mar entra al laberinto de la ciudad y se convierte en calles y en espejos donde se miran desde lo alto los caballos bizantinos de la catedral de San Marcos.

Armando Rojas acompaña a Goethe desde Verona, Vincenza, (la ciudad del arquitecto Andrés Palladio), Padua (donde admira las obras de Mantegna), Venecia, Ferrara, y estaba tan desesperado el escritor por llegar a Roma que estuvo apenas tres horas en Florencia, siendo la más espléndida ciudad de toda Italia. "El sueño del gran soñador se cumplía", dice Armando Rojas. "Estaba en Roma, la capital del mundo antiguo..." Goethe se siente dueño del mundo, sin fronteras en el tiempo. En la Capilla Sixtina se arrodilla para ver y apreciar mejor los frescos de Miguel Angel. En Roma son los delirios del espíritu, sin olvidar su condición humana y las diosas de la vía Véneto donde la "sombra" vuelve a hacer observaciones pertinentes. De Roma Goethe viaja a Nápoles, la excursión al Vesubio, el escritor confundido con la inmemorial ceniza. De Nápoles a Sicilia, en busca de la Grecia antigua. Otra vez Roma, otra vez Goethe, otra vez la "sombra".

Dice Armando Rojas: "Muchas horas de aquel verano las pasamos en la casa donde Goethe repasa sus manuscritos, retoca sus dibujos y da rienda suelta a su imaginación que se va poblando de fantasmas... Mi sombra, que era la misma sombra del poeta, estaba allí siempre, viendo sus gestos, sintiendo su respiración y participando de la alegría de sus nuevos hallazgos".

Con los privilegios de la historia, las licencias de la imaginación, la nostalgia de Italia y una indudable sensibilidad por la cultura y su legado, están escritas estas páginas de La sombra de Goethe. Ya sabemos que los géneros literarios se entrecruzan y que las fronteras son a veces imperceptibles: aquí la ficción juega un papel preponderante y es este juego de la libertad el que le da entidad y originalidad a quien hasta ahora quiso confinarse en los territorios factuales de la historia. Con Goethe revisitado y la visión de Armando Rojas, se puede regresar a Italia: allí nos esperan Leonardo, Rafael y Miguel Angel, Dante, Petrarca y Maquiavelo, las madonas del Renacimiento y las contemporáneas, porque conviene serle fieles al genio y a la "sombra".



Simón Alberto Consalvi Caracas phone/fax (58-2) 284 0186

email: saconsal@link7.lat.net

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