Editorial
Revista Electrónica       Nº 17     Julio 1997
Editorial
El vih en la escuela

La semana pasada dos periodistas del diario El Nacional Yelitza Linares y Vanessa Davies publicaron una serie de tres importantes artículos que denominaron "Hacia una sexualidad responsable". Uno de ellos causó una particular conmoción porque se refería a la noticia de que en un plantel educativo del área metropolitano, se había producido un brote del virus del SIDA y que estarían afectados por él, un número significativo de niños de edades oscilando entre los catorce y quince años.

¿Por qué deben ocurrir hechos trágicos para que alguien tenga el coraje de hacer público un grito de alarma.?. Sociedades como la nuestra se caracterizan por el síndrome del avestruz, es decir que no ven los problemas hasta tanto no los afecte directamente. Siempre es fácil escapar de la realidad cuando ésta nos es ajena, pero esa actitud lejos de resolver el problema lo agrava ya que impide que se adopten las medidas necesarias para detener ese flagelo que amenaza por atacar muchas vidas.

Ver esta enfermedad como algo vergonzoso o vergonzante es un trágico error. Cualquiera puede ser víctima de ella aún cuando no practique ningún tipo de relación sexual. ¿Cuántos niños han nacido ya con la enfermedad? ¿Cuántos pacientes han sido infectados por una transfusión de sangre? ¿ Cuántos médicos o enfermeras han sido contaminados al ejercer su profesión?. Si es verdad que el virus no está en el aire, como bien dicen las periodistas, no es menos cierto que tampoco esta en el aire la información necesaria para prevenir el contagio.

La moral no consiste en negar la existencia del mal sino enfrentarlo. Las personas que, por las razones que fueren, están enfermas merecen nuestra solidaridad y no nuestro desinterés o peor aún nuestro desprecio. El poeta Romano Terencio solía decir que nada humano le era ajeno, las personas que sufren esa enfermedad son humanas, cualquiera que sea su edad o su sexo, y como tales deben ser tratadas. No adoptemos una moral pacata porque si bien podemos permanecer encapsulados en una ilusión precaria de superioridad, no podemos saber que nos ha de suceder mañana a nosotros o a nuestros seres queridos. Que tristeza que sea la tragedia de unos niños que se enfermaron por no estar suficientemente informados de los riesgos que corrían, lo que despierte en nosotros una necesidad de reaccionar y de alertar sobre el peligro que otros corren.

Hay que exigir de las autoridades mayor responsabilidad en esta materia, es su obligación alertar a la comunidad sobre la verdadera situación de la epidemia y promover toda la información necesaria para que esta no se siga difundiendo. Ojalá que no vean este asunto bajo la óptica deformada de una falsa moral.

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