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| Revista Electrónica Nº 16 Junio 1997 |
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Tres partidos socialistas Llues Foix | |
Tres partidos socialistas europeos han movido o están moviendo pieza en esta primavera política que ha entregado el poder a los laboristas británicos, a los socialistas franceses y ha sumido en la catarsis al socialismo español con la inesperada renuncia de Felipe González a la secretaría general. Los tres casos tienen en común mucha teoría, una larga historia de éxitos y fracasos y un convencimiento de haber contribuido decisivamente a la implantación en Europa de los llamados derechos sociales, el de educación, sanidad y el del trabajo. Pero, con ser importantes estas coincidencias, son muchas las diferencias que separan a estas tres corrientes de la izquierda europea. El fenómeno del nuevo laborismo de Tony Blair es seguramente el proyecto más optimista, más realista y más próximo a la mayoría de votantes británicos que descabalgaron a los conservadores el primero de mayo después de una dilatada experiencia conservadora. Es muy pronto para valorar la gestión de Blair. Su talante abierto a la sociedad, su reconocimiento de los aspectos positivos del thatcherismo, sus promesas para reformar el sistema electoral británico y también del Estado del bienestar inventado precisamente por sus correligionarios de la posguerra, con aquel entusiasta primer gobierno laborista de Clement Attlee, todo el estilo Blair permite pensar que estamos ante algo más sustancial que una rutinaria victoria del partido de la oposición. El nuevo laborismo, tan indefinido y tan etéreo, puede significar una corrección a la ideologización partidista que empezó a perfilarse en el siglo pasado y que ha perdurado hasta nuestros días. El caso francés es distinto. Quizás porque la sociedad francesa, muy dependiente del Estado siguiendo los parámetros del nacionalismo gaullista, no ha querido aceptar una transformación profunda tal como ha ocurrido en Inglaterra en los últimos veinte años. Es sintomático que desde 1981 todas las elecciones francesas hayan desembocado en una derrota del partido del gobierno. Esto puede indicar que la clase política francesa, casi todos procedentes de la misma escuela de formación de cuadros --l'êcole Nationale d'Administration--, se reparte el poder alternativamente sin conectar con la sensibilidad del electorado o, lo que es peor, sin atreverse a exigir a los franceses los esfuerzos necesarios para que el Estado sea más eficaz y más ligero de equipaje. Lionel Jospin ha suavizado ya algunas de sus promesas electorales ante una Europa que va arrojando todo el lastre posible del Estado y en la que los programas están cada vez más sujetos a correcciones que no pueden ser controladas ni siquiera por los partidos en el poder. Habrá que seguir con atención estas dos experiencias socialistas. El caso español es también distinto. Tan distinto que en estos momentos no sabemos qué repercusiones puede tener el inesperado anuncio de retirada de González como secretario general. El congreso de la renovación ha empezado con la más renovadora de las decisiones. El mensaje de Felipe González tiene dos lecturas: la autocomplacencia justificada del trabajo hecho y la apertura de un proceso de futuro que pasa por un cambio de viejas caras y de viejas tesis. El debate sobre si Guerra sí o Guerra no ha quedado desfasado. Difícilmente los llamados guerristas podrán resistirse a una renovación iniciada por el propio secretario general al decir adiós y abrir un proceso que permita a los socialistas estar en condiciones de recuperar el poder en la próxima o en una ulterior oportunidad. Con todo lo que está ocurriendo en Europa y en el mundo industrializado,
con las transformaciones de todo orden que modifican tantas cosas, el PSOE
tiene que plantearse no sólo una renovación de figuras sino
también de mensajes. Puede optar por la vía Jospin o bien
puede inclinarse por la filosofía política que representa
Blair. Decía Narcís Serra en una entrevista el martes pasado
que Blair no es la opción. Quizás el momento tampoco es de
los barones --Serra es uno de ellos-- que se han resistido tanto como Guerra
a la renovación. La Vanguardia de Barcelona 21/06/97 |
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