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| Revista Electrónica Nº 16 Junio 1997 |
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Tercera: Luces y sombras de Amsterdam Marcelino Oreja Aguirre | |
En la madrugada del miércoles 18 de junio, concluía en Amsterdam la negociación de la Conferencia Intergubernamental para la reforma de los Tratados. Debido al escaso tiempo transcurrido desde el cierre de la negociación, no disponemos Þ aún de la perspectiva suficiente para emitir un juicio ecuánime respecto de sus resultados. Es difícil ver el bosque cuando uno acaba de salir de entre los árboles después de una compleja negociación. La reforma del Tratado llega tras dos años de largos debates cuyo resultado, en una primera aproximación, puede parecer alejado de las exigencias dictadas por los desafíos de la sociedad actual, de la política internacional y de las necesidades de la próxima ampliación. El mensaje de Amsterdam es que es necesario aceptar la realidad. La política exterior de la Unión, las posibilidades de hacer una política común en Europa con quince estados miembros, así como en Oriente Medio o en las relaciones transatlánticas no cambiarán sustancial y radicalmente con el nuevo Tratado. Ciertamente se han producido avances técnicos: se dispondrá de un sistema más completo de preparación de las decisiones. Habrá una nueva célula de análisis, un secretario general del Consejo, que será el Alto Represen-tante de la Política Exterior. Pero, a falta de una definición de objetivos comunes, de un sistema generalizado de voto por mayoría cualificada, y de un compromiso serio en materia de defensa, la cuestión de saber si existe por parte de los estados miembros una voluntad de aplicar una política exterior y de seguridad común sigue estando sobre la mesa. Al mismo tiempo, no se ha avanzado suficientemente en la vía de la ampliación. En los distintos ámbitos, la unanimidad sigue siendo la manera de decidir las cuestiones más importantes. ¿Será posible que en una Europa de veinte o veinticinco miembros se siga decidiendo por unanimidad? La perspectiva de la ampliación hace necesaria la solución de asuntos esenciales, como los relativos a la libre circulación o a la cooperación en materia de justicia e interior. Asimismo, en materia de instituciones, buena parte de las cuestiones han sido aplazadas hasta la próxima ampliación. Me refiero al equilibrio entre los estados miembros en el Consejo, y a la composición de la Comisión. Hay que reconocerlo: en este momento no estamos más preparados para la ampliación que el día antes del Consejo Europeo. El resultado institucional es por tanto más bien modesto, si exceptuamos el incremento de los poderes del Parlamento Europeo en el ámbito de la codecisión, y el reforzamiento del papel del presidente de la Comisión. Indudablemente, ello implica también una cierta debilidad de las instituciones de la Unión frente a las instituciones monetarias que serán muy poderosas en el futuro. Me parece evidente que esto no es lo más positivo para la futura evolución de la Unión en la perspectiva de la moneda única. Con todo, este Consejo Europeo no ha sido inútil. Dos cuestiones me conducen a esta conclusión: En primer lugar, la Conferencia Inter-gubernamental y el Consejo Europeo prestaron una gran atención a las cuestiones de ciudadanía y a los derechos de las personas. La Resolución sobre el empleo, aneja al pacto de estabilidad decidido por el Consejo Europeo antes de entrar en la negociación del nuevo Tratado, es la primera señal de ello. Se pone así de manifiesto la imposibilidad de realizar la moneda única un progreso que debemos absolutamente efectuar sin prestar una mayor atención a las necesidades y a las preocupaciones de los ciudadanos. El propio Tratado contiene un amplio paquete de disposiciones relativas a los derechos fundamentales. por primera vez se contemplan sanciones para los estados que atenten contra ellos y la obligación de los candidatos a la adhesión de respetar dichos derechos. se refuerza la lucha contra la discriminación, las disposiciones sobre la igualdad entre hombres y mujeres, en particular, en el trabajo, y hay una referencia a la abolición de la pena de muerte. El Tratado incluye también disposiciones que permiten diseñar políticas más próximas a las inquietudes de los ciudadanos: el empleo, la política social, el medio ambiente, la salud, los consumidores, la inmigración, la seguridad de las personas, el respeto de la diversidad, en particular, en las regiones más distantes y en las islas. Ciertamente, se hubiera podido hacer mejor, aceptando los resultados de los trabajos de los representantes y de los ministros de Asuntos Exteriores, que han durado dos años. Desgraciadamente, la unanimidad sigue prevaleciendo en ámbitos esenciales, la formulación de algunas competencias es absolutamente barroca, las reticencias burocráticas son evidentes, y no acaba de imponerse claramente el método democrático para la toma de decisiones. Creo que debe igualmente destacarse la firmeza en la defensa de las posiciones nacionales, que no es incompatible con el espíritu de la construcción europea exhibida por el presidente del Gobierno español. Los importantes resultados conseguidos en materia del reconocimiento del estatuto ultraperiférico de ciertas regiones, los progresos en relación al asilo en el contexto de una dificilísima negociación, y la defensa del peso específico de España en el seno de las instituciones de la Unión deben ser puestos de manifiesto. El futuro nos exige consolidar la construcción europea, aproximándola a los ciudadanos. La Unión no es una unión solamente de estados, sino también de ciudadanos, por y para los mismos. Este descubrimiento extraordinario "extraordinario sobre todo para algunas burocracias" debería haber dado lugar a mejores resultados. La segunda razón por la que, a fin de cuentas, este Consejo Europeo no ha sido inútil es que ha quedado claro que Europa necesita disponer de un proyecto político que proporcione estabilidad al sistema, así como de principios que deben respetarse en la gestión diaria y en las grandes reformas. En lo sucesivo, la moneda única es un objetivo esencial que hay que gestionar y la ampliación es un objetivo importante, pero, por sí solos, pierden una gran parte de su significado, si se pierde de vista la verdadera dimensión de una Europa política. Europa siempre ha supuesto un compromiso entre el realismo político, las dificultades nacionales y un gran proyecto de sociedad. Hasta ahora, la pequeña frase "una unión cada vez más estrecha entre sus pueblos" ha sido suficiente para construir, paso a paso, grandes proyectos, algunos realizados, otros pendientes de realizar. Hoy eso ya no basta. Es necesario inscribir la construcción europea en el contexto de la búsqueda de un modelo de sociedad y de política, adecuado a un mundo que no cesa de evolucionar y de cuestionarse el alma de nuestra sociedad. Necesitamos un gran proyecto ca-paz de dar a nuestros ciudadanos, a nosotros mismos, la esperanza de progresar y de recuperar nuestro papel en el mundo, nuestra manera de enfocar los derechos y la solidaridad, la libertad y la paz. Si este Consejo Europeo tuviera como consecuencia la apertura de un debate de esta naturaleza, podríamos entonces concentrarnos en lo esencial, y lo esencial es que Europa recupere la confianza en sí misma, y en sus instituciones y afronte con decisión los retos del futuro. El País Digital de España |
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