Esta Semana
Revista Electrónica       Nº 16     Junio 1997

Esta Semana

Una operación, quizá ideada por Washington, a la que contribuye el socialismo europeo

Reportaje de Francisco de Cáceres

Parar el tren de Europa

¿Y si en esta primavera del 97, cuando más frenética era la actividad política en dirección a una Europa unida, pasando por la mágica fecha del uno de enero del 99, en que se iba a realizar la soñada unión monetaria, según los criterios de convergencia acordados en Maastricht, estuviéramos asistiendo al hundimiento de todo ese gran proyecto? ¿Y si este hundimiento fuese una minuciosa operación bien calculada, cuyos agentes serían los partidos socialistas de todo el Continente, que dominan en la mayoría de los países de la Unión Europea, y algunos mediante un vuelco tan inesperado como el de Francia, que hace apenas dos meses tenía un parlamento con un ochenta por ciento de centroderecha?

Pasemos porque los conservadores británicos estuvieran muy divididos entre europeistas y euroescépticos, y que por eso John Major estaba condenado a perder ante el laborista Tony Blair, cuyo europeísmo está todavía por ver, pero lo de Francia es una auténtica involución, con comunistas incluidos; un paso atrás, aunque nos lo quieran presentar como un triunfo del progreso.

En España es difícil vender eso porque después de 13 años y con lo que sigue saliendo -y lo que saldrá- ya sabemos lo que significa "socialismo es libertad", pero en Francia, que de vez en cuando pretende rejuvenecer sus ardores revolucionarios, ha confiado -aunque no por mayoría absoluta- en un Lionel Jospin cuya mayor virtud es que aún no se ha estrenado en el gobierno.

El presidente Chirac -que, de joven, vendía L'Humanité, el periódico comunista, y en cuya hoja de servicios figura haber aprobado, como jefe de gobierno y a propuesta de Simone Weil, la ley del aborto- recordará estos antecedentes ante la difícil cohabitación con un gobierno de izquierdas, pero ¿ha cometido, como todos dicen, un error al convocar elecciones anticipadas, o ha hecho lo que se esperaba de él en este momento?

Porque el europeísmo de la coalición rosa-rojo-verde, que gobierna en Francia, como el del gabinete laborista que domina en Gran Bretaña, es un "sí, pero" condicionando la aceptación de la moneda única a "la Europa social" o del empleo. "Estamos a favor de la moneda única, pero ponemos nuestras condiciones", ha dicho Jospin, en cuyo equipo son mayoría (cinco a tres) los ministros euroescépticos, algunos tan radicales como el de Interior, Pierre Chevenement, o el de Transportes, el comunista Cayssot.

¿Crear empleo sin promover el crecimiento?

La opción preferencial de estos izquierdistas es la opción social y consiste en favorecer el empleo. Sin duda éste es un gran problema de toda Europa cuya riqueza contrasta con el escándalo de tener 17 millones de parados. Pero el problema del paro está indisolublemente ligado con el del crecimiento. Así, en los Estados Unidos -donde el mercado de trabajo es flexible, o dicho más claro, donde es tan fácil contratar como despedir al empleado-, el empleo no ha crecido sólo por ésto; allí se está creando abundante empleo porque la economía está creciendo.

Como decía la semana pasada José María Aznar, en conferencia de prensa conjunta con el primer ministro holandés Wim Kok, es absurdo separar la apuesta social de la apuesta económica ¿Es que acaso no queremos todos más y mejor empleo? El empleo crece, como ya empieza a ocurrir en España, desde que las cuentas están en orden, nadie roba descaradamente, se controla el gasto público y se contiene la inflación. Como consecuencia de todo ello nuestra economía está creciendo y el empleo también.

La solución, pues, no está en flexibilizar el mercado de trabajo, ni tampoco en crear falso empleo (del que el ejemplo más célebre son los "talleres nacionales" de la revolución francesa de 1848), sino en promover un crecimiento económico real; el que da empleo como los manzanos dan manzanas.

La solución mejor es la unión de las economías europeas comenzando por la unión de las monedas nacionales en una común, el euro, para presentar un frente unido y poder competir -euro contra dólar o contra yen- con las economías más importantes del mundo. Esta propuesta alarma, como es natural, a esos poderosos y sobre todo a la economía ligada al dólar, que hará lo posible para retrasar la salida del sol-euro por el este del Atlántico. ¿Acaso no es fundamental este factor para explicar lo que pasa?

Pero los adversarios no sólo están fuera de Europa. Así la cumbre socialista, en Malmoe, no se pronunciaba claramente sobre la unión monetaria, aunque el huésped de la reunión, el primer ministro socialdemócrata Gšran Persson, impidió cualquier postura común al declarar que Suecia no entraría, por ahora. Es decir, que los socialistas europeos -presentes en casi todos los gobiernos de la Unión, menos en Alemania y España- no están de acuerdo entre ellos. ÁY esto en vísperas de la CIG, la Conferencia Intergubernamental, de la que tanto se espera!

Los problemas de Francia

Aunque, en recientes declaraciones el expresidente de la Comisión de la UE, el socialista francés Jacques Delors, decía que la victoria de las izquierdas robustecería y no debilitaría la unión monetaria (de la que Delors fue destacado autor) porque "los tres mayores partidos de Francia, PSF, RPR y UDF, ya están comprometidos con la aplicación del Tratado de Maastricht", lo cierto es que el avance de los comunistas y del Frente Nacional -un 15% de votos, por ridícula que sea su participación en la Asamblea- indica un claro aumento de los euroescépticos.

En Francia, un Estado omnipresente -creado por Richelieu, hipertrofiado por Luis XIV ("L'Etat c'est moi") y llevado a sus últimas consecuencias por la república jacobina y por Napoleón- ha impedido el régimen de adelgazamiento que tan bien les ha ido a otras economías. El Estado francés vive del crédito del gobierno, mientras las empresas se ahogan bajo el peso de las cargas fiscales "para no renunciar a las conquistas sociales". que impiden el crecimiento integral de la economía.

Las reformas propuestas por los socialistas no tocan nada de ésto, que es tabú para ellos, pero dicen algo que ya hemos oído a este lado de los Pirineos: reducir la semana laboral de 39 a 35 horas. Así, dicen, las empresas tendrán que emplear a más gente (para hacer el mismo trabajo, por supuesto) y descenderá el paro, que ahora roza el 13%.

En cuanto al fundamental problema demográfico -al que ya les culparon, no sin razón, las derrotas francesas en ambas guerras mundiales, lo mismo que las victorias napoleónicas se debieron a la rampante natalidad de la época- los socialistas propugnan la inmigración procedente del norte de Africa y del este de Europa. Un artículo de Jacques Attali en Le Monde del 4 de marzo (Geopolítica de la inmigración) es muy revelador.

Reconocer que Francia es un país que envejece -y por tanto se empobrece- no es ninguna novedad, pero el antiguo consejero de Mitterrand dice, además, que "si Francia y Europa decidieran afirmarse como un club cristiano, tendrían que prepararse a enfrentarse contra mil millones de hombres", es decir, a una verdadera guerra y también a una guerra civil porque Francia, con dos millones de musulmanes "ya es una nación islámica... que debe abogar por el ingreso de Turquía en la Unión Europea... para realizar la futura democracia sin fronteras".

Cuando falla la locomotora de Europa

Todo esto es muy grave, mucho más que las discusiones más o menos bizantinas sobre los porcentajes, como las que alteraban las relaciones entre el gobierno alemán y el Bundesbank esta semana pasada. El intento del canciller Kohl de revalorizar las reservas federales de oro, consiguiendo así 12.000 millones de dólares para reducir el difícil del presupuesto, indican, por una parte, que la economía alemana está en apuros y, por otra, que "todos somos italianos" (como se titulaba malignamente un comentario del americano Newsweek) cuando hace falta serlo.

Recordábamos, con motivo de las elecciones francesas, cómo el núcleo de la Unión Europea sigue compuesto de Alemania y Francia, es decir, las tribus germánicas -alamanos y francos- de la orillas derecha e izquierda del Rhin. Pues bien, estamos viendo cómo estos gigantes, que se burlaban de los enanos del Sur y les consideraban incapaces de cumplir la rígida disciplina de Maastricht, son ahora los que caen en estos defectos.

Alemania está haciendo ahora un gran esfuerzo -después del fracaso del plan tripartito del gobierno, los empresarios y los sindicatos, hace un año -para revitalizar los "lŠnder" del Este creando allí 100.000 puestos de trabajo mediante la inversión de las empresas del Oeste y el mantenimiento de los subsidios federales hasta el años 2002.

La enfermedad económica del Este es la escasa productividad heredada de 45 años de internacional-socialismo, después de 12 años de nacional-socialismo, castigados con otra guerra mundial y la ocupación extranjera que siguió. El desempleo en el Este es del 17,5%, más del doble que el 7,7% de la mitad occidental.

Si Alemania no consigue llegar el 1-1-99 a cumplir todos los criterios de convergencia para el euro, podemos asegurar que otros muchos se quedarán en el camino también, y que la famosa fecha será retrasada. ÀY nada más? Por supuesto, con euro y sin euro, la vida seguirá y el sol se levantará cada mañana, pero un atraso significará una gran oportunidad para los que se oponen a que una Europa unida entre en la competencia mundial.

España habrá puesto orden en su economía, y ésto siempre es bueno, pero si nos falla la locomotora, que es Alemania, el tren europeo puede quedarse en vía muerta -cargado de viejos y vacío de ideas, para no hablar de ideales- mientras el centro de gravedad mundial se desplaza hacia Asia y el Pacífico.


*Semanario Epoca http://www.nauta.es/epoca/e643/caceres.htm
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