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| Revista Electrónica Nº 16 Junio 1997 |
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| Ambiente de paz | |
La paz, que a veces parece una utopía, es, en todo caso, un anhelo y una necesidad urgente en nuestro país. Frente a ella, y por todo lo vivido a lo largo de tantos años, hay prevenciones y no se puede ser demasiado ilusos. Pero sería un pecado de lesa patria perder las esperanzas. Y, sobre todo, una injusticia con esta generación y las venideras, desaprovechar cualquier ambiente propicio, cualquier pequeña luz que apunte al entendimiento entre los grupos alzados en armas y los representantes del Estado, con el Presidente a la cabeza. Sin duda, un rasgo de acercamiento se ha operado. En la entrega de los 70 militares retenidos por la guerrilla, los colombianos vieron a los subversivos en otro plan, con el fusil al hombro, pisando los mismos predios que pisaban los observadores internacionales, y a unos jefes guerrilleros intercambiando conceptos con ellos, de tú a tú. Y, por demás, demostrando que cumplieron su parte. En ese escenario se escucharon expresiones de la guerrilla sobre el deseo de abrir caminos de paz, de dialogar con el Gobierno. Mensajes que fueron como una respuesta explícita a tantas voces estatales, de las organizaciones no gubernamentales y el clamor ciudadano. Se notó, en todo caso, que con voluntad, con sinceridad de parte y parte puede haber acercamientos y, finalmente, resultados positivos. El hecho mismo de la entrega es una prueba palpable. Esa circunstancia la entendieron cabalmente nada menos que los representantes de los grandes grupos económicos, quienes sin vacilar un momento, enviaron una misiva al presidente Samper para pedirle que adelante gestiones para el proceso de paz. El mensaje de "los grandes cacaos", como se ha dado en llamar a los máximos representantes del sector privado, posee extraordinaria importancia. Porque ellos sí que saben del daño económico y social que causan a nuestro país las hostilidades. Y se dieron cuenta, por encima de toda diferencia política, de que hay bases para la paz; de que hay ambiente propicio; de que es el momento y no se puede desaprovechar. Por eso los representantes del Grupo Santodomingo y del Sindicato Antioqueño, Luis Carlos Sarmiento Angulo y Carlos Ardila Llle, no solo tuvieron la acertada visión de lo que constituye esta hora crucial, sino que ofrecen al Presidente el respaldo y la colaboración que se requieran. "Proceda a dar los pasos necesarios para iniciar y llevar adelante el proceso de paz que desde hace ya muchos años es el mayor anhelo de todos los colombianos, para lo cual le ofrecemos nuestro apoyo y la colaboración que estime conveniente", le manifiestan al Primer Mandatario. Este mensaje sí que debe destacarse y tenerse muy en cuenta. Y a tan importantes y autorizadas voces se deben sumar las de la Iglesia, la sociedad civil, la gran mayoría de colombianos que deseamos vivir en armonía, dejar ya en los rincones del pasado tan largos años en los que tanta sangre ha humedecido esta tierra promisoria y buena. Los grandes empresarios, que constituyen un ejemplo de positivismo y de fe en Colombia, luchan por sacar adelante una economía cambiante, por dar empleo, por traer progreso, ahora quieren impulsar la empresa de la paz; una empresa que no es fácil, lo repetimos, pero que no se puede dilatar más. Y si todos nos empeñamos sin egoísmo para conseguirla; si la guerrilla, sobre todo, da nuevas muestras de quererla, y si con esfuerzos colectivos se llega a diálogos francos en nuestra propia tierra, quizá la paz no esté tan lejana. Porque la paz no es un asunto de vencedores y vencidos. Es una causa de interés común, del ambiente, del espíritu, de la voluntad, por el bien del país, por tener algún día una patria soberana, respetada, tranquila y pujante. Quiera el Dios de Colombia que la subversión a lo mejor también cansada, como lo estamos todos, de ver caer hombres y mujeres en una lucha inútil tenga el propósito sincero de pactar la paz. Ahí hay un punto de partida. El tiempo de Bogotá, 20 de junio de 1997 |
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