Esta Semana
Revista Electrónica       Nº 16     Junio 1997

Esta Semana

Un laboratorio del futuro

Argelia, Congo, Katanga, Biafra, Uganda, riqueza de lo que hemos Guinea, Sahel, Angola, Mozambique, Sudáfrica, destruido, a la fragilidad Etiopía, Egipto, Sudán, Argelia de nuevo, sobre la que se asienta Liberia, Nigeria, Burundi, Ruanda, Zaire. nuestra normalidad" ¿Congo, de nuevo?... Hitos y topónimos para una cronología y una geografía malditas, para una enciclopedia universal de la miseria, de la brutalidad.

A menudo resulta difícil concebir que "frica sea otra cosa que una amarillenta ficción televisiva. "Africa como pesadilla, como monstruosidad, como otredad radical. "frica como utopía negativa. No es posible. La realidad no puede ser tan horrible. Y no lo es. Cualquiera que se haya dejado perder por el continente vecino, sabe que no lo es. Y menos hoy, cuando los nuevos dirigentes de países como Sudáfrica, Namibia, Uganda, Etiopía, Tanzania, Mali, Burkina, Fasso, etcétera, están combatiendo con bastante éxito las plagas heredadas del pasado reciente y muy en especial el envenenado legado colonial.

¿Por qué esa insistencia, entonces, esa obsesión, de los grandes medios de comunicación, en hablar sólo de "frica como de un escenario especializado en degollinas, hambrunas y genocidios?

¿Por qué esa ignorancia sistemática sobre la otra "frica, sobre las otras "fricas, es decir, sobre procesos altamente interesantes, esperanzadores, ejemplares incluso, de pacificación, de desarrollo económico, de creatividad y de experimentación institucional como los que están teniendo lugar un bastantes países africanos? ¿Se trata sólo del bien conocido principio periodístico según el cual las buenas noticias no son noticia? No lo creo, ya que, puestos a traficar con malas noticias, ¿por qué no hablar también del uso habitual de "Africa como vertedero de los residuos tóxicos de Occidente? ¿O como laboratorio de experimentación de fármacos de alto riesgo con conejillos de Indias humanos? ¿O como mercado de seguridad y tercera mano de todo tipo de productos obsoletos y particularmente de armamento, siempre por parte de empresas y gobiernos de otros continentes (desde Europa y América hasta la China y el Japón)?

Me temo que el tratamiento informativo que entre nosotros recibe "frica responde a factores más profundos. Factores múltiples y diversos pero con un denominador común esencial: enfrentarnos a la compleja realidad africana es asomarnos a todo lo que preferimos ignorar de nuestra propia historia y de las responsabilidades que de ella se derivan. Es asomarnos a la riqueza de lo que hemos destruido. Es asomarnos a la artificiosidad y fragilidad sobre la que está construida nuestra normalidad.

Por ello preferimos ver "Africa como un mundo aparte, demencial, que a lo máximo constituye un desafío moral que apela a nuestra solidaridad. Mejor esto que la ignorancia y la irresponsabilidad, desde luego, pero, ¿por qué no verlo también, por una vez, como provocación intelectual? Como descenso a las tinieblas de la historia y la razón occidental.

Enfrentarnos cara a cara con la realidad africana implica un ajuste de cuentas con nuestra identidad y nuestra historia, con la verdad que subyace al laborioso pero siempre frágil maquillaje institucional y cultural con que nos hemos ido recubriendo. Ahí radica la dificultad --y el interés-- de ese enfrentamiento.

No me refiero sólo al hoy bien conocido origen del "Homo sapiens" en las altiplanicies del "frica occidental. Pienso, sobre todo, en el tipo de sistemas políticos y culturales en torno a los cuales organizamos nuestras identidades individuales y colectivas.

La negación de los orígenes reales

Uno de los grandes problemas del continente es el de la falta de homogeneidad y encaje político entre las diversas tradiciones y los diversos estratos identitarios. La diversidad étnica, lingŸística y religiosa de cualquier país africano es extraordinaria. Pero este no es un problema específicamente africano. Es un problema de toda sociedad inmersa en un proceso acelerado de modernización, es decir, de transición desde pequeñas sociedades de base agraria, culturalmente homogéneas, fuertemente ancladas en la tradición, donde lo colectivo prevalece siempre sobre lo individual, a formas sociales complejas, multiculturales, crecientemente urbanizadas, con una fuerte división técnica y social del trabajo, donde los vínculos colectivos tradicionales a menudo quedan disueltos antes de que se consoliden nuevas formas de cohesión social. Es decir, antes de que esas formas modernas de articulación política y cultural que son la nación y / o el Estado lleguen a cuajar y a imponerse como realidades aparentemente naturales, primigeneas.

Sumergirse en la realidad africana es hacerlo en un espacio en el que estos procesos de descomposición y recomposición se están produciendo a cielo abierto, con casi total transparencia, descarnadamente, con la diferencia, respecto a nosotros, de que lo que en nuestro caso se ha desarrollado durante los últimos mil años allí está teniendo lugar en unos pocos decenios. (Y no por ningún subdesarrollo congénito. Hasta el siglo XV, la evolución económica, política y social del continente africano sigue pautas y ritmos muy similares a los europeos. Es la dominación europea la que bloquea esa evolución autónoma, "normal", y da lugar a todo tipo de inmovilismos y esclerosis hasta la oleada descolonizadora iniciada en 1960 y a cuyos últimos coletazos estamos asistiendo en la actualidad.) Y en esa condensación temporal de los procesos de cambio y "modernización" se concentra también, ante las cámaras de todo el mundo (y esa es una de las grandes diferencias con respecto a nuestro propio pasado), una parte --sólo una pequeña parte-- de la violencia que entre nosotros se ha desarrollado a lo largo de los siglos y que ya hemos olvidado, o por lo menos querido olvidar.

La violencia y la muerte que los fotógrafos y cámaras de televisión inmortalizan es, en gran parte, la brutalidad aneja a la construcción de naciones y estados de matriz occidental. Es la brutalidad inherente a todo proceso de centralización y homogeneización, de redistribución de la tierra, del poder, de los instrumentos de expresión y comunicación. "Africa, pues, como revelador de los procesos históricos y, en especial, como revelador de la artificiosidad y de la violencia fundadora de casi toda construcción política. "Africa, también, como dinamitadora de todo sueño esencialista de las identidades. Como recordatorio de que toda identidad cultural es siempre un producto histórico complejo, híbrido, siempre en movimiento. Las únicas identidades culturales relativamente "puras" son las de aquellos grupos aislados que se mantienen al margen del movimiento, de la vida. "frica, pues, no como lugar extraño, irreal, monstruoso, sino como reducto de verdad, como esencia de nuestras apariencias. Y, por tanto, "Africa también como territorio de creatividad, de innovación, de esperanza y de ambición.

Un escenario de esperanza

En cierto modo, y habida cuenta del gravoso legado colonial, lo asombroso, la gran noticia, es que en "frica se están produciendo, desde principios de este decenio, algunos de los más extraordinarios procesos de transición social y política de nuestro tiempo.

No es casual que ello coincida con el relevo biológico de la generación de dirigentes que protagonizaron las luchas de independencia o, alternativamente, que actuaron como testaferros de las antiguas potencias coloniales. Como tampoco lo es la coincidencia con el final del sistema bipolar y, por tanto, la desactivación del continente como escenario de enfrentamiento entre los superpoderes. Por primera vez en cinco siglos, el destino de "Africa está --en la medida en que puede estarlo en un mundo ya totalmente interrelacionado-- en manos africanas.

El resultado es, ciertamente, la exacerbación de conflictos larvados desde hace mucho tiempo (como los actuales de la región de los Grandes Lagos). Pero el resultado es, también, el del arrinconamiento esencialmente pacífico de algunos de los regímenes políticos más ominosos de la historia humana. El caso más extraordinario es, sin duda, el de Sudáfrica.

¿Quién habría apostado algo, a principios de este decenio, por una salida pacífica, negociada y democrática al horror del "apartheid", esa utopía del colonialismo?

Pero el caso sudafricano no es una excepción. De forma menos espectacular pero no menos eficaz, países como Mali, Nambia, Uganda, Etiopía, Burkina Fasso, están recorriendo un discreto pero sostenido proceso de pacificación interior y desarrollo económico, y experimentando formas de institucionalización democrática.

"Africa, pues, como escenario de tragedias sin cuento, pero "frica también como escenario de esperanza y de creatividad. "Africa, también, como revelador de que la contemporaneidad es un espacio de intersección de temporalidades históricas distintas. "frica, en fin, como una inmersión en la historia, pero "frica también como laboratorio del futuro.


La Vanguadia de Barcelona 21/06/97
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