Esta Semana
Revista Electrónica       Nº 16     Junio 1997

Esta Semana

Bonanza petrolera transitoria o permanente?

Francisco Vivancos C*.

El indiscutible éxito alcanzado en la reciente ronda de licitaciones de nuevas áreas de exploración y explotación petroleras, además de contener varias enseñanzas (objeto de otras líneas) permite reflexionar, con algo menos de incertidumbre, acerca de hacia dónde va (o debería ir) la economía venezolana.

NECESARIO PERO NO SUFICIENTE

Probablemente contra buena parte de nuestra tradición intelectual y de la política industrial instalada en los cincuenta, la naturaleza estrictamente energética del país es un dato incontrovertible. Una realidad impuesta en el pasado desde ventajas enormes en dotación de recursos y, en el presente y futuro inmediato, además de eso por el nuevo marco de participación privada con el que se ha dotado el país.

Esa realidad, sin embargo, no es más contundente que otras dos estrechamente vinculadas a ella. Por una parte, el esfuerzo de diversificar la estructura productiva del país, desde la agricultura estratégica por pretendidas razones de seguridad alimentaria o, más modernamente, por mantenimiento de ingresos para sectores que sólo muy marginalmente reciben los derrames fiscales del petróleo hasta el proyecto de diversificación industrial no petrolera (que debería sustituir al petróleo una vez éste se agotara o a restar la vulnerabilidad externa que produce la alta concentración de las exportaciones); deja hoy al país con un tejido productivo no petrolero relativamente denso, con altos costos de transformación y muy sensible a la evolución del tipo de cambio real y otras variables que, afectando su competitividad, hacen incierta su viabilidad financiera a corto plazo.

Por otro lado, no es menos cierto que si algo ha enseñado la ruta tortuosa del desempeño macroeconómico de las últimas tres décadas es que no basta ser muy eficiente en petróleo. O duplicar, como vamos a hacer en los próximos años, el potencial de producción de la cesta de crudos y derivados. No basta, ni en ciclos favorables de precios o en expansiones volumétricas compensatorias, el petróleo para convertir esas ventajas en crecimiento de calidad y en baja inflación. Hacer ``el resto de las tareas'' en el manejo macroeconómico prudente, en la construcción de instituciones eficaces y en el rediseño de un sector público flexible, pequeño y fuerte; puede y debe ser la diferencia entre el tener petróleo y desorden macroeconómico en el pasado y tener petróleo y éxito como país en los próximos años.

Por el primer momento, parecería indispensable y urgente, propiciar una transición ordenada y de bajo costo desde ser un país petrolero, que no quería serlo, a ser un país petrolero que no impida (pero tampoco estimule insosteniblemente) la viabilidad a otros sectores transables no petroleros. No hacerlo puede imponer cargas de desmantelamiento sectorial muy costosas en empleo, gasto fiscal y erosión patrimonial.

Por el segundo aspecto, el significativo flujo de ingresos petroleros (corrientes y de capital) eleva la tentación pública no sólo de gastarlos ante la enorme presión de compromisos fiscales que se tienen en los próximos años, sino de diferir las reformas institucionales que se precisan o peor, apuntar la mira de éstas en la dirección equivocada como, aunque sea impopular decirlo, hay que insistir que está ocurriendo en materia laboral. Justamente esa tentación se vuelve más fuerte en la medida que la población (e incluso el gobierno) percibe estos ingresos como de larga duración y relativamente seguros, por lo que ajustarse el cinturón en esas circunstancias luciría poco probable.

LOS COSTOS DEL OPTIMISMO Y DEL PESIMISMO

El descubrimiento de nuevos recursos o precios anormalmente altos en los productos básicos de exportación constituye un tipo de ``sorpresa agradable'' con potenciales consecuencias indeseables para cualquier economía. Estos choques externos producen, vía apreciación cambiaria, reacomodos importantes en los mercados reales y en el sector externo, que tienden a estimular la reasignación de recursos desde los sectores transables a los no transables, superiores compromisos de gasto y, también con frecuencia, un mayor endeudamiento externo por la percepción de efectos de riqueza sostenibles. Si estos mayores ingresos resultan transitorios, por la falta de persistencia de buenos precios o la sobreestimación de la magnitud de los recursos descubiertos, el país termina con mayores exigencias de gasto, un servicio de deuda externa más oneroso y una estructura productiva cuya reversión hacia las actividades abandonadas puede ser larga y complicada.

En lo que corresponde a los precios del petróleo, una correcta (hasta donde es posible) identificación de la persistencia del nivel alto de precios debería conducir a respuestas de política económica más eficientes. Si existiera evidencia de ciclos de precios en petróleo, una fase alta debería ser respondida con mecanismos de estabilización al afectar el componente cíclico del producto y consumo. Cuando la persistencia en precios es muy alta, la sustentación del uso de mecanismos de amortiguación es exigua. Esta persistencia (de la desviación o permanencia de los efectos del choque) hace menos justificable teóricamente la aplicación de medidas de estabilización. Como en el caso de cualquier otra innovación (a diferencia de una variable cíclica), no validarla o evitar acomodarse a ella puede constituir un error.

Particularmente en petróleo venezolano la transitoriedad o persistencia de la bonanza es menos difícil de conocer. La incertidumbre luce menor, más que por la posibilidad de contar con precios estables, debido a la sostenibilidad de la expansión de la producción. Aislar temporalmente los mayores ingresos (por ejemplo, a través de un Fondo de Estabilización Macroeconómica o rescatando y transformando deuda externa) sería más fácil si los choques son transitorios, pero se hace muy discutible en caso de persistir, como luce de mayor probabilidad, las corrientes de ingresos externos.

No obstante, por el posible efecto negativo que una expansión súbita del gasto generaría, puede quedar algún espacio para la estabilización incluso si se identifica como permanente el nuevo ingreso petrolero. La justificación de la estabilización puede abordarse bajo otra óptica: cuáles son los costos y beneficios en los dos tipos de errores que pueden cometerse al evaluar la bonanza (error de tipo 1: al identificarla como transitoria y ser permanente o error del tipo 2: identificarla como transitoria y resultar permanente)? Puesto de otra forma, cuánto cuesta ser optimista (los precios van a ser más altos en promedio y se va a poder mantener la expansión de la producción) y equivocarse? Cuánto si es pesimista?

Aunque el vector de variables afectas por la bonanza es denso, el análisis puede ser concentrado en la apreciación del tipo de cambio real como fundamental canal de transmisión de la bonanza externa hacia la economía interna. Si se concluye que es transitoria, la recomendación apropiada sería aislar su impacto temporal sobre el tipo de cambio real a través de variables de ajustes en el lado fiscal y, probablemente, límites al endeudamiento externo (o al repago de deuda externa); lo que, a su vez, blindaría al sector transable de las presiones de competitividad de las importaciones y de las dificultades para defender los mercados de exportación. Si quien decide se equivoca (error Tipo 1, las pérdidas de bienestar asociadas se concentran en los consumidores en forma de un menor gasto público y/o mayores impuestos de los necesarios, por una parte, y menores entradas de capital (endeudamiento externo) para financiar consumo e inversión corrientes. Lo que en saldo supone menores flujos de bienestar de forma permanente.

Por oposición, identificar como permanente un choque que es estrictamente transitorio (error Tipo 2) eleva el gasto, especialmente de origen fiscal, y el consumo privado inicialmente a niveles que son insostenibles de manera permanente, lo que anuncia posteriores ajustes que perjudican el bienestar. Y esta es presumiblemente la historia de los choques petroleros previos.

No equivocarse, por supuesto, siempre es preferible. Pero incluso sin errores, las dificultades que para el sector no petrolero supone el cambio permanente están lejos de resolverse. Así como las tareas que restan por emprender para garantizar que la expansión petrolera logre convertirse en crecimiento robusto y con baja inflación.

Pero eso es parte de otra historia.


* Economista, Profesor UCV y UCAB

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