Esta Semana
Revista Electrónica       Nº 16     Junio 1997

Esta Semana

Venezuela es un entuerto

Henry Gómez Samper*

'Venezuela es un enredo de subsidios y controles'. El alto funcionario del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) que se atrevió a declararlo hirió nuestras sensibilidades y pronto debió pedir disculpas; pero aquí, entre nosotros, sabemos que no sólo dijo la verdad sino que se quedó corto. Además del enredo de subsidios y controles, hay feudos dentro de la administración pública que manejan miles de millones de recursos sin permitir que sus organismos sean sometidos a mediciones de desempeño gerencial; funcionarios públicos, aliados con dirigentes sindicales, gremiales y partidistas, férreamente opuestos a cualquier reforma que toque sus intereses.

Ojalá que la visita al país del presidente del BID, Enrique Iglesias, sea aprovechada, antes que en ocultar verdades, para explorar nuevas estrategias, de tal forma que el apoyo de los organismos multilaterales contribuya a deshacer nuestros entuertos.

En entuerto venezolano es difícil de entender para quienes vivimos la experiencia del país a partir de mediados de siglo. Los años de la dictadura, mal que bien, dejaron una infraestructura de obras públicas que opacaba al resto del mundo en desarrollo; y las fallas en lo social de aquella época fueron superadas con creces por los primeros gobiernos democráticos; los logros alcanzados por Venezuela en acceso a la educación y mejoramiento de la salud pública sentaron precedente en toda América Latina. Al contemplar los años cincuenta y sesenta en perspectiva constatamos que, además de recursos financieros, Venezuela contó con el guáramo de ser, en palabras de hoy, tan competitivo como cualquiera.

Ahora la situación es distinta. No sólo se han deteriorado las otrora grandiosas obras de infraestructura; la educación pública se ha caracterizado nada menos que por el mismo ministro como una estafa; los servicios de salud pública son virtualmente inexistentes; llevamos quince años con una calidad de vida en picada.

Fueron tantas las personas y empresas que recibieron del Gobierno trabajo, becas, contratos, vivienda, créditos, negocios y comisiones, ya sea directamente o a través del partido, el sindicato o algún organismo gremial, que la gente se tomó en serio el cuento de que Venezuela era país rico; más aún, en razón de nuestro ideal igualitario, terminaron convencidos de que todo venezolano tiene el derecho de vivirlo. De allí que son muchos los que se rehúsan a pagar el peaje de la autopista: los que nunca pagaron los créditos que recibieron; los que se han convertido en reposeros crónicos; los que se han adueñado de un empleo público y consideran que no pueden ser removidos de la nómina aun si el organismo donde tuvieron empleo desaparece; los que utilizan los vehículos y hasta los aviones pertenecientes a un organismo público como si fueran suyos, etcétera.

Al país no le conviene que los organismos multilaterales canalicen recursos a través de desaguaderos como las burocracias que no funcionan; a mayores recursos, mayor desperdicio. Se requieren nuevos mecanismos para instrumentar programas que propicien el desarrollo social, dinamicen la educación básica, reconstruyan el seguro social y el sistema de salud pública. El acuerdo político en torno a la reforma laboral, por frágil que sea, representa una señal de que el cambio va. Sin embargo, como lo advertía en días pasados el destacado industrial Jonathan Coles, la cercanía de las elecciones y la tradición populista hace crecer la tentación de abandonar la Agenda Venezuela. Bien harían los organismos multilaterales al utilizar su prestigio, su estrecho conocimiento del funcionamiento de la administración pública y la misma magnitud de los fondos que han preasignado al país para insistir que se cumpla a cabalidad el programa de reformas.

Hay instituciones tanto públicas como privadas que cumplen su papel y merecen ser fortalecidas. Los servicios públicos que han sido descentralizados a las gobernaciones y los municipios muchas veces se apoyan en estructuras administrativas débiles, que deben nutrirse mediante la asesoría técnica y la capacitación de su personal. Organizaciones no gubernamentales que ejecutan programas del sector público, dirigidos a las clases menos favorecidas, deben contar con apoyo para intercambiar su experiencia y analizarla, de tal forma que puedan sistematizar sus mejores prácticas de gestión. Los programas descentralizados podrán tener fallas, pero toda organización recorre un trayecto de aprendizaje hasta encontrar la vía de alcanzar el éxito.

Hay además organizaciones que cumplen una labor prodigiosa, cuyos escasos recursos se compensan con la mística y ganas de trabajar de la gente que las maneja. Muchas de ellas son cooperativas, que trabajan con personal voluntario. Fortalecer los vínculos entre estas organizaciones y los organismos públicos a cargo de los programas sociales ayudaría a sacarle mejor provecho a los recursos destinados a tales programas. Ahondar en el conocimiento de cómo se manejan, cómo motivan tanto al personal remunerado como al voluntario, cómo evalúan sus resultados, generaría pautas de gerencia que serían útiles para todas nuestras empresas e instituciones.

Deben propiciarse nuevos vínculos entre el sector empresarial y los programas sociales. Las escuelas auspiciadas por el Dividendo Voluntario para la Comunidad y los programas de capacitación de jóvenes desempleados en algunas plantas industriales han dado buenos resultados y podrían ser ampliados. Es práctica común de muchas empresas operar comedores para su personal y subsidiar el costo de los mismos, con el propósito de compensar la deficiente nutrición de su fuerza laboral. ¿No podrían contratarse estas mismas empresas para proporcionarle alimentos a los hijos de sus obreros, a través de los multihogares de cuidado diario? ¿O invitarlas a licitar el servicio de alimentos para los comedores escolares? Claro está, proposiciones como estas sólo pueden ventilarse en círculos académicos; desatarían la más radical oposición por parte de los grupos de interés que se benefician del mal servicio que sus instituciones prestan al público.

Con el apoyo de los organismos multilaterales, podríamos idear programas tan innovadores como los que marcaron pauta en la Venezuela de los años sesenta, gracias a los recursos económicos de que dispone el país y al hecho de que hoy contamos con instituciones calificadas en materia de adiestramiento, consultoría e investigación. No puede suponerse que programas que hayan resultado exitosos en otros países, aun dentro de América Latina, lo serán también en Venezuela. Los programas que contribuyan de verdad a sacar el país adelante deben ser trazados de común acuerdo con nuestros mejores profesionales; aquellos que están altamente familiarizados con las limitaciones del medio y que, pudiendo estar al servicio de los referidos organismos en el exterior han optado por trabajar aquí. El país de hoy cuenta con instituciones inmensamente mejor capacitadas para colaborar con los organismos multilaterales de lo que era el caso treinta años atrás. Estas instituciones pueden y deben participar no sólo en trazar nuevos y novedosos programas de acción sino en colaborar con el proceso de instrumentarlos y vigilar la medida en que cumplan sus metas y propósitos.

Desaprovechar la actual oportunidad para idear nuevas estrategias con el apoyo que brindan al país los organismos multilaterales corre el riesgo de que los programas sigan fallos por su baja tasa de ejecución, circunstancia que obliga al país al pago de intereses sin hacer uso de los cuantiosos recursos asignados para superar nuestro entuerto.


* Henry Gómez Samper es profesor emérito del IESA

El Universal, sábado 21 de junio, 1997

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