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| Revista Electrónica Nº 16 Junio 1997 |
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El país que no tenía retos Diego Bautista Urbaneja | |
Aquel país no tenía retos. Ninguna barrera singular que saltar, ninguna pesadilla predominante de la cual liberarse, ningún rival al que dejar atrás, ningún tesoro perdido al cual recuperar, ningún sueño lo suficientemente concreto al cual tratar de hacer realidad. Cosas todas que, en su destacada singularidad, galvanizaran las energías y dieran un vértice a los esfuerzos, hicieran aceptables los sacrificios que se requiriesen, y sugirieran por sí mismos los ritmos adecuados. Lo que fue la integración europea para los españoles -'¡por fin europeos!-, la recuperación de la democracia para los chilenos, la derrota de la hiperinflación para los argentinos, la reconstrucción para los europeos de la posguerra. No. Aquel país, Venezuela, nunca ha podido caer del todo, o sentir que ha caído del todo. El petróleo se lo impide. Aun en los momentos de mayor dificultad, siempre se logra que las cosas, los descensos, ocurran de un modo suficientemente gradual y desperdigado, como para que la colectividad no sienta un acicate de superación. Nunca se toca el famoso 'fondo'. Siempre se encuentra la manera de parapetear las cosas. No en vano esa es una de las palabras favoritas del país: 'parapetearse'. Además, o en realidad, los fondos no existen. El fondo se toca cuando la colectividad decide que lo ha tocado. El 'fondo' es una decisión, no una realidad que está allí, como el fondo de una piscina. Y en esto los líderes tienen un papel principalísimo. Son ellos los que definen los problemas para la colectividad general, los que hacen visibles su urgencia y su interrelación, los que construyen con la multitud de ellos una imagen única, un 'fondo', que, cuando es capaz de movilizar las energías de la colectividad, se transforma en un reto. Sin liderazgo no hay retos, lo que hay son simplemente problemas. Reto y problema No es lo mismo un reto que un problema. Un país puede estar plagado de problemas, y no tener ni un solo reto. Venezuela tiene muchos y graves problemas, pero no ha hecho de ellos un reto. Todo reto tiene en su fondo un problema, pero no todo problema se transforma en reto. Un reto es un problema que en la conciencia de los hombres se ha convertido en barrera, en meta, en enemigo. Es un problema que ha adquirido una especial capacidad de provocación. Un problema que energiza y mueve. Pero un problema puede no llegar a esa etapa superior de sí mismo, sino quedarse como una simple dificultad por resolver, si fuera posible de manera rutinaria. Cuando un país tiene una cantidad razonablemente módica de problemas, no es necesario que sienta un reto. Supongo que es el caso de Dinamarca, mi ejemplo favorito para estas cosas. Al contrario, lo peor que le puede pasar a un país es cargarse de problemas sin llegar a sentir un reto. Porque, más allá de cierta cantidad, los problemas pueden ser insolubles, si al menos uno de ellos lo suficientemente importante, no se transforma en un reto, en un desafío para la conciencia colectiva. Pasado cierto umbral de volumen, los problemas abruman, deprimen. Pero, convertidos en reto, despiertan. El reto hace sentir la capacidad de superarlo, a él y a los problemas que están en su fondo. En el plano de los 'grandes problemas' nacionales, los venezolanos nos movemos anímicamente al nivel del problema, no al del reto. Por eso las grandes y escasas buenas noticias no tienen un efecto triunfador, porque las vivimos como solución de problemas, no como vencimiento de retos. Y como los problemas son tantos, la solución de alguno de ellos deja intacto el resto, con su carga deprimente. Al no haber un reto que los unifique, son éxitos aislados que se diluyen. Grandes y pequeños retos La capacidad de avance de una sociedad está en su capacidad de ponerse retos, de transformar sus problemas en retos. Cuando la sociedad como un todo no se siente ante un gran reto unificador la carga de producir retos pasa a sus individuos, a sus organizaciones de menor nivel. Cada cual hará de su pequeño problema un reto particular. La suma de ellos constituye un tremendo combustible. Por eso Dinamarca es cada vez más rica, me imagino. El liderazgo político que conocemos en Venezuela no parece capaz
de producir grandes retos, a pesar de los numerosos problemas que tiene
el país. Allí están unas de nuestras mayores urgencias:
la de que nos planteemos un reto, la de un liderazgo capaz de formularlo
y hacerlo sentir. Mientras aparece el que sea capaz de hacerlo, la tarea
de transformar problemas en retos recae en los múltiples liderazgos,
organizaciones y colectividades que forman el tejido social. Que cada cual
haga de su problema un reto. Muchos ya lo hacen, cada cual a su nivel. ¿Y
no es eso de que cada cual transforme su problema en reto, después
de todo, un enorme reto? El Universal, jueves 19 de junio, 1997 |
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