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| Revista Electrónica Nº 16 Junio 1997 |
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El boom crediticio Guillermo Ortega | |
En general, el negocio bancario venezolano se enrumba hacia grandes transformaciones. Aunque existen razones para dudar de que esas transformaciones van a suceder tan rápido como en otros países, sobre todo por una estabilización que no termina de cuajar, no es menos cierto que ellas van a ocurrir tarde o temprano. Los primeros en entender las señales del cambio han sido los propios intermediarios locales. El asunto no es para juegos y de que tanto se actúe en relación a ese convencimiento va a depender en mucho la supervivencia de unos cuantos. Uno de los puntos que más preocupa tanto al interior como al exterior del sistema es si ese proceso de selección de los más aptos va a redundar en mejoras efectivas de la actividad bancaria o sencillamente va a ser un proceso más de disrupción financiera. Cunado el mercado termine imponiendo cierta disciplina, la desaparición de ciertos oferentes actuales, sea mediante fusión, adquisiciones o santa sepultura, sin lugar a dudas puede ocasionar ciertos trastornos. Ya no se trata simplemente de una advertencia académica, puede ser algo a ocurrir en cuestión de meses. Esa amenaza ha producido ciertas reacciones dignas de comentarios. Algunos, sobre todo al interior del sistema, han reaccionado tan atropelladamente que parecen olvidar lo que en el pasado pregonaban con tanto entusiasmo. Ahora el enemigo no son los nuevos competidores, sino la competencia en general. Quizás es natural que sea así, es como aquello de llevar la soga a casa del ahorcado, pero lo cierto es que una de las cosas a las que debemos acostumbrarnos es que ese proceso de disciplina de mercado va a generar algunas bajas y quizás entre ellas algunas muy honorables y respetables. Desde el exterior se disparan otro tipo de preocupaciones. Más o menos desde agosto del año pasado la cartera de créditos de la banca ha venido registrando tasas de crecimiento que superan la inflación observada en esos períodos. Parte de ello puede ser explicado por una mayor actividad económica. Pero también tiene que ver con el desplazamiento de otras formas de financiamiento por parte del crédito bancario. Las personas que por ejemplo utilizaban recursos propios para la adquisición de vehículos ahora financian esas compras con el uso del crédito bancario. Las ventas de automóviles que en el pasado se financiaban en menos de un 20%, ahora lo hacen en más del 50%. Igualmente sucede con las empresas. Antes financiaban sus inversiones con parte del flujo de caja o con la emisión de papeles comerciales, ahora lo hacen acudiendo al crédito bancario. Eso tampoco quiere decir que existe un fuerte cambio en los niveles de apalancamiento de las empresas, apenas indica que se ha producido un pequeño cambio en esa dirección. Lo cierto es que ese aparente boom de crédito ha llevado a algunos a expresar su preocupación acerca de cuál puede ser el final de esa expansión crediticia. El razonamiento, más que una elaborada hipótesis, pareciera sustentarse en la constatación empírica de que toda crisis bancaria está antecedida por un boom crediticio. Si ese es el caso, nada más recomendable que restringir la expansión para evitar el colapso. Tan sencillo como parezca, el problema con ese razonamiento es que no toda expansión conlleva a una crisis financiera. Esa idea de que el ciclo económico es una secuencia inevitable entre expansión y recesión hoy en día está totalmente en desuso. Si bien los acontecimientos de hoy están relacionados a los de mañana, no hay forma que podamos predecir una recesión a partir de la expansión, por cuanto esos movimientos de la economía alrededor de la tendencia de largo plazo tiene determinantes aleatorios. En el caso de esa especie de boom de crédito que estamos considerando, habría que detenerse un momento en las condiciones de partida. En términos de intermediación financiera la economía venezolana presenta un grado importante de asimetría. La razón de depósitos a producto interno es de 17%, mientras que la de colocaciones a PIB escasamente llega al 9%, lo cual es particularmente bajo. Un proceso natural de remonetización de la economía va a posibilitar, sin dudas, un incremento de la actividad de intermediación, pero mucho más elevado en la actividad crediticia. Ese nivel de uso del crédito bancario ha llegado a ser tan bajo por una serie de razones. Las macroeconómicas tienen que ver con la volatilidad de las tasas de interés y los ajustes en los niveles de apalancamiento financiero. Las microeconómicas tienen que ver con cosas tan disímiles como el proceso de titularización de deudas, como con las mismas prácticas crediticias del sistema. Una de las razones que explican el repunte del crédito bancario es que ahora el sistema pareciera estar comprometido con otra manera de enfocar el negocio de retail banking y ello sin duda va a influenciar el comportamiento del crédito. Lo cierto del caso es que no pareciera tener mucho sentido acabar con un proceso que apenas comienza y que sobre todo parte de niveles tan particularmente bajos. Sin duda uno debe compartir la preocupación de que ese proceso tiene riesgos inherentes. Muchos de los bancos locales no tienen sistemas de manejo de riesgos apropiados para manejarse en condiciones que son relativamente nuevas para ellos. Un cambio brusco en las tasas de interés tendría consecuencias funestas. Pero ese proceso de repunte de la demanda de crédito no debe cortarse con antelación. Las instituciones que no sepan manejar los riesgos deben ser sometidas a un proceso de disciplina de mercado. Por ello hay que tener un dispositivo institucional apto para acompañar ese proceso. El Universal, jueves 19 de junio, 1997 |
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