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| Revista Electrónica Nº 16 Junio 1997 |
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La cultura del petróleo Pedro Pablo Aguilar | |
Juan Pablo Pérez Alfonzo pensaba que el petróleo podía terminar siendo una maldición para Venezuela. Sus advertencias recobran vigencia en los días actuales. El petróleo fue para Venezuela como el Hada Madrina de Cenicienta. De sociedad pobre, casi indigente, nos convirtió en sociedad de rentistas. Con efectos reales, concretos, perceptibles, en todos los aspectos de la vida nacional. Para expresarlo en los términos más breves, el petróleo moldeó la cultura venezolana del siglo XX. Este conglomerado humano que habita el territorio de la Capitanía General diseñado por la Monarquía española en 1777 vino a ser un pueblo de mineros. Allí está la esencia de nuestra identidad, lo que explica actitudes y comportamientos como sociedad. Somos un pueblo de mineros. Nos hemos asentado en torno a la increíble riqueza que brota de la tierra para disfrutarla con alma de minero. Uno de los precios que pagamos por ese don providencial es la dificultad para asumir conciencia de comunidad. Somos, por tanto, renuentes a pensar en el futuro de todos. Más aún, rechazamos cualquier invitación a pensar en el futuro colectivo. La gran consigna nacional podría sintetizarse en lo siguiente: no intente distraerme con el futuro, lo que me importa es el presente. Perfectamente explicable que tal haya sido el modo de pensar. La mina en todo su esplendor y grandes penurias en el campamento. Tenía que estar ocurriendo un inmenso fraude. Los medios de comunicación abrumando con las cifras millonarias que producía la mina y peladera general en el campamento. Fácil vender la tesis del país saqueado, estafas y robos en magnitudes que desafiaban la imaginación. Lógico que la indignación se hiciera presente, convirtiéndose en furia incontenible a medida que la situación empeoraba. Se produce el gran reclamo sobre responsabilidades y la exigencia de castigo implacable a los culpables. Para decirlo en lenguaje fabulador, cuando hacía eclosión la furia de la gente habló el anciano más venerable del campamento y señaló los culpables. Lo hizo en términos precisos, concretos. Los culpables eran cuatro. Como en la China postrevolución cultural. La banda de los cuatro. Los nuestros eran el paquete de medidas económicas, el Fondo Monetario, los cogollos partidistas y la corrupción. El anciano más venerable no se redujo a identificar los culpables. Pidió que le dieran autoridad para castigar y corregir. Los habitantes del campamento minero prestaron su confianza y lo hicieron presidente de la República. El anciano venerable produjo cambios importantes. El paquete fue pulverizado y sustituido por la Agenda Venezuela. Con efectos planetarios. El Fondo Monetario abjuró de su mala conducta y se transformó en bondadoso Santa Claus que nos regala y da buenos consejos. Desapareció el gobierno de los cogollos partidistas. En su lugar se ensayó un proyecto al estilo del segundo Bonaparte. Para acabar con la corrupción propusimos y logramos un tratado internacional. Como no conviene dejar dudas al respecto reuniremos en Margarita a los gobernantes iberoamericanos para darles una lección sobre ética y política. En verdad, tales cambios no han mejorado la situación del campamento. Las expectativas iniciales se fueron convirtiendo en frustración, y de nuevo el proceso de indignación y furia. Para calmar a la gente se identificaron nuevos responsables, con especial señalamiento a los banqueros prófugos y a los comerciantes especuladores. Las circunstancias determinan que en la visión del poder ya no hay banqueros prófugos ni comerciantes especuladores, pero sí la necesidad de chivos expiatorios. El senador Caldera los encontró en sus elocuentes declaraciones para recordarle al país que existe Convergencia. Los culpables de todos los males son los partidos tradicionales, vale decir, los políticos que han manejado al país. Es posible que el senador Caldera tenga razón. Pudiera ser un testimonio autocrítico. No creo que una alusión a su padre, el político que junto a Rómulo Betancourt ha tenido mayor influencia en los rumbos de la Venezuela actual. En todo caso, el senador Caldera debemos reconocer el acierto de expresar lo que constituye el sentimiento dominante en buena parte de los pobladores del campamento minero. Los culpables de todos los males son los políticos. Dicho en otras palabras, lo malo es la política. El senador Caldera acertó al traducir en palabras la realidad de un severo cuestionamiento a la política. Lo cual no debe complacer a nadie, pues la política no va a desaparecer ni tampoco los políticos. De la política y de los políticos depende la vida venezolana en el siglo que se aproxima. Las condiciones y calidad de vida de los venezolanos actuales y de sus descendientes. La antipolítica está de moda. Como vieja y cínica forma de hacer política. Bienvenida la crítica a la mala política, a los errores de los políticos, pero sin contribuir al desatino de creer que las cosas pueden mejorar dándole la espalda a la política. El esfuerzo debemos orientarlo a dejar atrás la psicología de pueblo minero. Para que el petróleo no termine por ser maldición. Indispensable entonces asumir la realidad. En una sociedad democrática son los ciudadanos quienes deciden. Para decidir hay que tener opciones. El reencuentro con la buena política es cuestión de voluntad ciudadana. El gran objetivo hacia el próximo siglo debería ser el paso de pobladores de un campamento minero a sociedad de ciudadanos responsables y exigentes. De ciudadanos que discuten y deciden sobre un proyecto de país. Teniendo como centro de la discusión la confiabilidad en un futuro mejor. El Universal, miércoles 18 de junio, 1997 |
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