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| Revista Electrónica Nº 16 Junio 1997 |
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La cuota femenina Manuel Caballero | |
No estoy muy seguro si votar la obligatoriedad de que en las elecciones, las planchas que presenten los partidos deban hacerle lugar a un treinta por ciento de mujeres, resulte finalmente favorable o perjudicial para ellas, aunque me inclino por esto último. Hoy es objeto de bastantes críticas, en Estados Unidos y no sólo entre los blancos, la política llamada de affirmative action destinada a establecer una cuota para los afroamericanos, en particular en las universidades. No creo que esa experiencia, y su crítica, sean asimilables al caso de las mujeres, y en particular en Venezuela. En Estados Unidos existe (en un sector todavía apreciable y con poder) no la resistencia pasiva a procurar iguales oportunidades para todos los ciudadanos independientemente de su origen cultural, sino una voluntad activa de impedirlo. Y no hay que olvidar que esa voluntad provocó en ese país, la guerra más grande y sangrienta del Siglo XIX; y que cien años más tarde, los negros todavía estaban combatiendo por su derecho al voto y a poder entrar en restaurantes y medios de transporte 'blancos', contra toda clase de discriminación. Como esa de los 'talibanes' Es muy cierto que en Venezuela (como por lo demás en ninguna parte), las mujeres no pueden ser consideradas una minoría. Y si durante muchos años se les confinó al hogar, su ruptura del cascarón no ha provocado aquí reacciones integristas como esa de los 'talibanes' en Afganistán. Pero al establecer una cuota mínima de mujeres para las planchas que se presentarán al electorado, se está proponiendo que se les trate como una minoría. Dicho de otra manera, están proponiendo que se establezca por decreto lo que ellas han ido conquistando lenta y seguramente a través de los años. Eso se nos antoja un poco como si un partido al cual las encuestas le auguren un ochenta por ciento de los votos, y tenga el consenso general de militares y civiles para su arribo al poder; prefiera dar un golpe de Estado para así estar seguro. Este es el centro de la cuestión: la solidez de lo que se conquista, frente a la relativa debilidad de lo que se otorga. En Venezuela _como por lo demás en casi toda América Latina_ se ha ido produciendo desde hace por lo menos medio siglo, lo que en alguna parte hemos llamado la más grande revolución social del siglo: la presencia de la mujer en la calle. Antes de eso, las ciudades latinoamericanas daban la impresión de ser ciudades de hombres. Sus calles todavía estrechas En sus calles todavía estrechas no se veía sino muy ocasionalmente una falda. Esto era en los años treinta; a partir de los sesenta, el vuelco será completo, la mujer habrá conquistado definitivamente los espacios públicos; y dicho sea de paso, la falda habrá perdido mucho terreno, sea reducido a extremos milimétricos por la minifalda, sea sustituida por el pantalón femenino. Esa conquista del espacio ha sido avasallante, aunque no se puede negar que existan todavía islas de discriminación, no por ello intomables. Una de ellas, curiosamente, ha sido el partido político. Al decir 'curiosamente', se está aludiendo a dos hechos: el primero, que ha sido históricamente el partido político el primer canal de participación popular, entre otras cosas femenina. Dos, que la situación ha involucionado desde los años cuarenta hasta esta parte. En efecto, antes había una no sabríamos decir en este momento más numerosa, pero sí más activa presencia de la mujer en el Parlamento. Pero ni en el Ejecutivo ni en la Corte Suprema de Justicia, nadie se atrevería a afirmar seriamente que exista algún numerus clausus, algún tipo de expresa o sistemática discriminación contra las mujeres. No es atribuible a la buena entraña Y eso no es atribuible a la buena entraña ni de jueces ni de presidentes, sino a los propios méritos de las mujeres que han alcanzado tales posiciones. Es cierto que durante muchos años, su posición no sólo era tradicionalmente subalterna, sino que la dificultad para escalar posiciones merecidas era mucho mayor que la de sus pares 'machos'. Pero hoy esa situación ha variado, si no en cuanto al número, sí en cuanto a algo más importante y sustantivo: que ese cambio no se debe ni a un decreto ni mucho menos a la bondad y generosidad masculina, sino que se lo han ganado a punta de méritos. Es por eso que el peor de los argumentos esgrimidos en el Parlamento para apoyar la cuota del 30% femenino es ese de decir, poco más o menos, que 'también entre los hombres' allí sentados en sus curules existen ignorantes o ladrones. Eso es aceptar el discurso machista, o cuando menos la igualación por abajo. El planteamiento correcto sería imponer que el Parlamento decida la obligatoriedad de saber leer y escribir más allá de la propia firma; y un conjunto de estrictas regulaciones éticas. En otras palabras, que se limite la entrada de ignorantes y zascandiles; sean ellos del sexo que sean (y hasta para aquellos, que también los hay, que no se hayan decidido todavía a tener alguno específico). Si se tiene renuencia Si en los partidos políticos se tiene renuencia a elegir mujeres para sus cargos directivos y su representación parlamentaria, está claro que la culpa no es de las mujeres y ni siquiera del Parlamento, sino de los partidos. La lucha hay entonces que darla de frente en el interior de esos partidos. Hay algo más. Si a población igual hay menos mujeres que hombres en los cuerpos deliberantes, es sobre todo por la buena razón de que la política es una actividad a dedicación exclusiva. Las mujeres no podrán actuar plenamente en política mientras deban atender a un doble horario, en la calle y en la casa. La pelea entonces debe ser menos por alcanzar una especie de affirmative action sexual, que por lograr, de hecho y por derecho, que el hombre sea obligado a compartir el 'trabajo invisible'. El Universal, domingo 22 de junio, 1997 |
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