Esta Semana
Revista Electrónica       Nº 16     Junio 1997

Esta Semana

La educación en la agenda de los líderes.

Gustavo Roosen

Una invitación del Instituto de Estudios Económicos y del Centro de Aprendizaje y Liderazgo del Banco Mundial, a compartir un ejercicio de reflexión sobre el tema de la educación con un equipo de expertos de América Latina y del organismo anfitrión, fue la ocasión para percibir una vez más cuán semejantes son los problemas de nuestros países y cuánto podemos ganar con una visión compartida. Como estaba previsto, el encuentro se centró en el examen de los logros alcanzados en los últimos años y de las metas previstas para los próximos, así como en el estudio del papel cumplido por el Banco Mundial y del que está dispuesto a cumplir en relación con la educación. Fue también la oportunidad para reflexionar sobre el papel del liderazgo en la definición y consecución de las grandes metas a las que, si pensamos en un futuro con más dignidad para nuestros pueblos, podemos y debemos aspirar en el campo de la educación.

Nadie que haya llegado a posiciones de liderazgo ha dejado de mencionar la educación como una de sus preocupaciones fundamentales. La diferencia entre tantos que lo han hecho, habría que buscarla en el grado de sinceridad, en el nivel de comprensión del fenómeno y en la intensidad de un compromiso efectivo con los programas y las acciones necesarios para alcanzar los objetivos.

Frente a un tema que no ha dejado de estar en las declaraciones de los líderes, no cabe la menor duda de que el presente se plantea en otros términos. El nuevo discurso incorpora otras preocupaciones, pero, sobre todo, adquiere un carácter de urgencia y trascendencia mayor que nunca antes.

Quizá no sea el tema que genere más votos, pero será, sin duda, el que mejor permita identificar a los verdaderos dirigentes. Y es que no es concebible un proyecto de país sin una definición de lo que se quiere y a lo que se aspira en el campo de la educación. Se trata de dos modelos inseparables: El país deseable y el sistema educativo sin el cual cualquier esfuerzo por construirlo está condenado al fracaso. La definición de uno y otro corresponde a la sociedad. Su expresión es tarea del liderazgo. Del verdadero. Del que guía.

Sin abandonar la preocupación por la democratización o la universalización de los beneficios de la educación, el acento está hoy en la calidad y en la pertinencia, entendida como la adecuación entre el esfuerzo y los objetivos, los métodos y los contenidos, los medios y los fines. Más educación, pero sobre todo mejor educación. Más adecuada a las nuevas condiciones de competitividad en una economía globalizada, cónsona con el desarrollo de los nuevos medios, abierta a las transformaciones generadas por el avance tecnológico y, al mismo tiempo, crítica, respetuosa de la persona, estimuladora de la creatividad. No importa cuál sea el sistema organizativo que se adopte, lo que se espera de la educación como base para el desarrollo de la sociedad es que sea capaz de colocar a la población en condiciones de comprender, asimilar y actuar sobre los procesos socioeconómicos y científicos-tecnológicos del nuevo siglo. Pensar en una educación así implica replantear el currículum escolar en función no sólo de las necesidades presentes, sino del mundo en el que habrán de actuar los niños y los adolescentes de hoy.

Repensar la educación es, entre otras cosas, volver a los objetivos. Y el primer objetivo de la educación es el educando. La deformación creada por la superposición de estructuras ha desviado la atención del foco central, que es el educando, a la administración burocrática. Como resultado, el tiempo de los ministros de Educación se ocupa más en atender los problemas gremiales, sindicales y administrativos que en el establecimiento de las grandes líneas de la educación y en el mejoramiento de su calidad. La práctica los convierte más en ministros de los maestros que en ministros de la educación.

Una visión de la educación en función del proyecto de país que se quiere permitirá aplicar sabiamente el concepto de descentralización, que no es sinónimo de dispersión, de multiplicación de la burocracia, de anarquía y pequeñas autarquías, sino de autonomía funcional, de capacidad para adaptar la visión de conjunto a la realidad local, de rescate de la dignidad y de la responsabilidad del director y de la capacidad de acción de la comunidad. La descentralización no se opone a la supervisión, pero le confiere otro valor; no se niega a la comparación y a la competencia, pero no se pierde en batallas inútiles improductivas por estándares o posiciones en los cuadros estadísticos. La descentralización tampoco es la consagración de la desigualdad en función de los ingresos locales. Nada como la educación para distribuir equitativamente las oportunidades, para crear coherencia, para construir el sentimiento de lo nacional. Tener una visión nacional, sin embargo, no significa robustecer esquemas burocráticos centralistas, sino afirmar orientaciones que fortalezcan el sentido de unidad en la diversidad.

Quien liderice la educación habrá de tener la capacidad para ubicar el fenómeno educativo en el centro del debate como elemento clave para cualquier construcción social. De él se espera también claridad para analizar el conjunto problemas-soluciones sin ahogarse en diagnósticos complejos, normalmente extemporáneos y poco prácticos. Habrá de ser capaz de reducir ese frustrante abismo entre la etapa de diseño de los programas y proyectos, marcada por la innovación, la lucidez, la claridad, la amplitud de miras y objetivos, y la de la ejecución, abrumada de procedimientos, de trabas administrativas, de peso burocrático.

Venezuela no ha sido ajena a la reflexión sobre la modernización de la educación o la reforma educativa, proceso vivido en un momento u otro por todos los países, incluso los más de mayor tradición y los de instituciones educativas más asentadas. Sobran los documentos importantes, concebidos y elaborados por personas de autoridad absolutamente reconocida. En ellos se reflejan las preocupaciones medulares y también las fórmulas posibles. Nuevamente, es tarea del liderazgo ubicar el tema en el centro del debate público y proponen al país un proyecto de educación junto con el esperado proyecto de país.


El Nacional On-Line, 20 de Junio de 1997
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