Esta Semana
Revista Electrónica       Nº 16     Junio 1997

Esta Semana

Simbología de una ceremonia

Enrique Santos Calderón

La entrega se cumplió. Lo que seguirá muy vigente son las implicaciones de distinto orden que este hecho tiene sobre el conflicto armado colombiano, su posible evolución y su eventual solución negociada.

A diferencia de quienes piensan que el acuerdo al que se llegó con las FARC para la liberación de los soldados podría ser el primer paso hacia un diálogo de paz con este grupo, creo que más bien aleja esta perspectiva.

Exceptuando el caso de las guerrillas liberales del Llano en los años 50, que acataron la consigna de su partido de entregar las armas, la experiencia colombiana ha demostrado que la presión militar, la pérdida de espacio territorial y el debilitamiento logístico de la guerrilla, son factores decisivos para propiciar su desmovilización.

El episodio que se vivió en el Caguán, en esos 13.000 kilómetros cuadrados que durante 32 días habían estado bajo el absoluto control de la guerrilla, refleja todo lo contrario. Es un táctico triunfo político, publicitario y hasta diplomático de las FARC, que sólo acrecentará su beligerancia armada. Fuera de que no han dado ni un mínimo indicio de que estén pensando en negociaciones de paz, tampoco existe elemento alguno para suponer que este grupo, envalentonado y crecido, vaya a utilizar la audiencia nacional e internacional que ha logrado para plantear alguna salida novedosa o concreta al conflicto armado.

Y en este sentido, también pienso que el acontecimiento que han propiciado les va a quedar grande. No sabrán qué hacer con el éxito obtenido y con seguridad saldrán con el mismo discurso genérico de siempre... El Ejército regresará a sus bases en el Caguán y las Farc seguirán emboscando y secuestrando.

Lo cual no le resta significado al episodio que culminó con una muy bien calculada ceremonia, cuyos detalles hablan por sí mismos.

Y, claro está, gran rueda de prensa con los liberados y sus captores, que fue una de las exigencias de la guerrilla que el Gobierno pactó formalmente en el acta de acuerdo. Y que luego trató de neutralizar por debajo de cuerda, con gestiones indirectas con los medios para que no asistieran a la misma. Lo cual es una falta de seriedad.

Es evidente que la prensa asistió con hondos resquemores, con la ``nariz tapada'', en realidad, a un acto periodístico montado y manipulado por las FARC. Pero también es cierto que, tras la explícita autorización de la misma por el Gobierno (parece que el negociador José Noé Ríos incluso asesoró al jefe guerrillero en cómo organizar la rueda), la no asistencia de la prensa aparecería como un sabotaje de los medios a la liberación de los soldados. Si el Gobierno metió la pata al acordar ese punto, no le correspondía a la prensa sacarla por él.

Como era de preverse, las FARC le sacarán hasta la última gota de jugo publicitario y político a la devolución de los soldados e infantes. Ni bobas que fueran.

Procurarán, sobre todo, resaltar el significado de su gran gesto humanitario, como muestra de que son una fuerza beligerante que merece reconocimiento internacional. Pero aquí sí que sería oportuno devolverles el balón y comprometerlas a ser consecuentes con ese acto humanitario, extendiéndolo al secuestro que tanto practican y que constituye una flagrante violación del derecho humanitario que invocan.

Habría que aprovechar en este sentido la presencia de los testigos venidos de afuera para internacionalizar el conflicto en el buen sentido de la palabra. Vale decir, para presionar a la guerrilla que hoy hace alarde de nobleza para que, por ejemplo, le explicara al mundo qué quiere para Colombia; para que cesara sus acciones contra la población civil y para que clarificara sus relaciones con el narcotráfico. Pero también esto, me temo, es pensar con el deseo.



El Tiempo 16 de Junio de 1997
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