Cabezal Artes y Placeres
Revista Electrónica       Nº 16     Junio 1997

La Habana vieja: Victima de la Guerra Fria

Texto y Fotos
Ramón Paolini

En la historia de la humanidad, muchas ciudades han sido destruidas por diferentes causas, siendo la más conocida, la guerra.
Hemos oído hablar de Troya ardiendo, las trompetas angelicales demoliendo las murallas de Jericó, Sodoma destruida por impúdica.

La guerra ha hecho estragos en ellas, como en Hiroshima y muchas ciudades europeas, reconstruidas posteriormente como eran, por esa pasión irrenunciable del hombre, a vivir en la ciudad.

Después de 1945, el mundo se fue reacomodando en dos bloques de poder, que arrastraban consigo a los paises emergentes con pocas posibilidades de desarrollo autónomo, y buscaban protección económica y política. Prácticamente, todo lo que se llamó tercer mundo,se vio envuelto en ese torbellino, y en América, Cuba fue el país que más se comprometió con uno de los bloques, al extremo, de quedar aislada y rodeada de supuestos y reales enemigos, durante treinta años de un período histórico llamado GUERRA FRIA.

A partir de 1960, La Habana vive uno de los momentos más insólitos y extraños de su historia, y se convierte en foco de atención de gentes de todo el mundo, que se sienten afectadas emocional e ideológicamente con aquel derroche de ilusión, espontaneidad, alegría, desafío, temeridad, y presentimiento de que algo comenzaba a andar mal, porque mucha gente, con razón o sin ella, abandonaba la ciudad, a riesgo de dejarlo todo.

En 1969, vi Memorias del Subdesarrollo, donde me imaginé La Habana por primera vez. Luego me topé con La Ciudad de las Columnas de Carpentier, que incluía excelentes fotografías de Paolo Gasparini, de quien se habían publicado unas tomas aéreas, en el Boletín de la Escuela de Arquitectura de Caracas. Con esa información, apenas tenía una idea peregrina de lo que es una ciudad, donde cantantes, doncellas de opereta, rumberos y todos sus afines, debían tener lugares fabulosos donde ponían a prueba sus maravillosas aptitudes; y las imágenes que llegaban por la televisión, sólo eran de multitudes oyendo a Fidel Castro, y gente atemorizada haciendo cola para partir a Florida, en un deprimente espectáculo que duró varios años.

A partir de 1980, la búsqueda de un patrimonio cultural común a nuestros pueblos, me han llevado a deambular por el Caribe. He parado en la Isla varias veces y he recorrido las calles habaneras con poetas y amigos dedicados a las mismas insensateces.. Recuerdo uno con Jorge Manrique, una noche de enero de 1986, en un Ford descapotable modelo 1928, propiedad del fiel Antonio, albacea de la casa de la Unesco, por sus solitarias calles y bulevares; todos para nosotros y a cinco kilómetros por hora. Podíamos observar los edificios tal cual eran, sin que nadie bloqueara nuestra mente. Apenas un bombillo en cada esquina, mantenía la idea de que algo de vida, todavía deambulaba por las estrechas calles de la vieja ciudad. Jorge mira la lámpara que sale de la pared, tiene aspecto de antigua y ningún cable llega al bombillo. El poeta me dice: "son españolas, La Habana tiene luz empotrada desde 1895". -No salía de mi asombro-. "Soy socialista y admirador de Fidel, pero no tengo valor para vivir en esta ciudad muerta, donde sólo se ve gente que camina, y cuando cae la tarde, el misterio de las sombras fugaces invaden las calzadas". El neón del Floridita es lo único que titila entre el enjambre de columnas, parapetos, ventanas entreabiertas y un que otro chevrolet abandonado, y hacia él nos dirigimos. Los que nos atendían, estaban en el lugar desde que Hemingway, Porfirio Rubirosa y Marilin Monroe se divertían entre la Bodeguita del Medio y ese atrayente y sugestivo restaurant. Todos contaban historietas de tiempos pasados y presentes, se hacían los locos mientras no escasearan los billetes verdes, y hasta un buen tinto de La Rioja acompañaba la cena. Salazar, el espía, era el último en enterarse de cuanto acontecía en derredor.

Nuestra fijación por la ciudad del pasado, nos llevaba a conversar sobre la fabulosa arquitectura de La Habana: La espectacular Plaza Mayor, el Palacio de los Capitanes Generales, la casa de los condes de Jaruco; el sobrio Convento de Santa Clara, donde unos "insensatos" parecidos a nosotros, se dedican a conservar el patrimonio cultural; el elegante Castillo de La Fuerza, esculpido en piedra blanquecina; el incomparable y señorial Paseo del Prado, parecido a las Ramblas de Barcelona. El Teatro, el Centro Gallego y el Centro Asturiano; el Capitolio, parecido al de Washington; el edificio Bacardí, uno de los mejores de su tiempo....... Hablar de arquitectura y patrimonio cultural, en aquel lugar, con el poeta Manrique y el tiempo detenido, era una sorpresa grata y expectante.

El recuerdo de la ciudad llena de pianos y doncellas de opereta; el Art Noveau, apropiándose de parques, puertas y ventanas; el Paseo del Prado, atestado de gente, y otras cosas, nos hacían pensar en la ciudad decimonónica a la que todo el mundo quería ir, y donde la Pavlova, Caruso, Mario Lanza y cuanto cantante deambulaba por el mundo, hacían escala en el Teatro de Tacón, antes de partir para el Carnegie Hall de Nueva York.

Al final del boom del azúcar, en la década de los veinte, que coincide con la Dictadura de Machado, La Habana curiosamente entra en un período de grandilocuencia urbana y nuevos espacios como el famoso Malecón, se incorporan a la vieja ciudad, que comienza a dar muestras de una decadencia indetenible, porque las grandes familias la abandonan paulatinamente y muchos de sus edificios, dejan de mantenerse. El lugar se fue llenando de otra gente, que venía de todas partes y sin recursos económicos, a hacinarse en sus palacios, quintuplicando su antigua población.

Es su peor momento porque además, se construye indiscriminadamente, en una calidad infinitamente inferior, y en cuanto estilo existe. La Habana Vieja se fue llenando de proletarios urbanos y gente pobre que venía a la capital en busca de mejor porvenir. En esa decadencia, transcurren 30 años hasta la llegada de la revolución socialista, que introduce nuevos patrones en el manejo de la cuestión urbana, y una gran cantidad de edificios pasan a poder del nuevo Estado, porque elimina la propiedad privada. Elegantes factorías de tabaco y antiguos palacios, se convierten en escuelas, orfanatos, asilos, centros deportivos, museos para cuanto se pueda mostrar; hasta pantalones y chicotes de los revolucionarios. Pero en el mayor número de los edificios que le dan forma a la ciudad, aumentan peligrosamente las ya comunes casas de vecindad, habitadas por gente que apenas tiene lo esencial para sobrevivir.

A excepción de México y las honrosas excepciones de San Juan y Santo Domingo, hasta 1980, ningún gobierno latinoamericano se planteó el problema de la recuperación de los centros históricos; eso quedaba en manos de ilusos cuya misión siempre dependía de su amistad con un alto funcionario del gobierno de turno. Con nuevos actores, el proceso de degradación de la Habana Vieja, se aceleró porque la responsabilidad total de su mantenimiento pasó a manos del Estado, quien, con el tiempo, ha demostrado tener menos capacidad de respuesta, agudizándose su recuperación aunada a la peor crisis económica en toda la historia de la Isla.

Las respuestas del Estado a los servicios urbanos, han sido prácticamente nulas en 30 años, degradando la vida cotidiana a extremos insospechados. Las buenas mamposterías comienzan a ceder y en los interiores de la mayoría de los edificios, se percibe el peligro de lo inestable porque las maderas y metales de los entrepisos, ya no resisten más. Los mármoles blancos que están en todas las escaleras, se han roto. De las finas caobas de puertas y ventanas, sólo van quedando pedazos, y por las rendijas, todavía se aprecian los restos de cristales de la Bohemia y Baccarat, que fueron una constante en la iluminación de los palacios. Las lámparas sin cable de 1895, ya no prenden. Los contrafuertes de madera que tratan de detener el inminente desplome de muros exteriores, el implacable trópico los ha convertido en aserrín.

La acción de mis entrañables amigos de la Oficina del Centro Histórico, se desvanece ante la impotencia impuesta por una cruel realidad, y su aguante y abnegada dedicación de 20 años, compartida y vivida, comienza a flaquear en esta hora menguada. El esfuerzo para recuperar el más grande y espectacular centro histórico de América, a estas alturas, representa el 5% de su verdadero tamaño, dejando en el ambiente la sensación de un sacrificio que no ha tenido gloria.

Sólo los nobles sillares de la zona más antigua, paradójicamente resisten el implacable paso del tiempo y a una guerra sin sangre que ha dejado como saldo, la destrucción del conjunto patrimonial más importante de América, donde la gente sobrevive entre restos más o menos corpóreos, que todavía no han terminado de desplomarse. Recuperarlo, es una tarea ciclópea que ningún país, inclusive del primer mundo, tiene capacidad de emprender con éxito. En el Siglo XXI surjirá una nueva Habana Nueva porque la imagen de la que percibimos hoy, inexorablemente va desapareciendo. Sus pulmones tienen tuberculosis galopante, y la guerra donde no se ha disparado un solo tiro, ha cobrado su víctima.

Mis compañeros de muchos años, con quienes he compartido y vivido el patrimonio cultural, deambulando por pueblos y caminos de esta irredenta América, desde las vetustas paredes del noble Convento de Santa Clara, observan y contemplan en silencio, al igual que los árboles de Alejandro Casona, cómo la secuela de esa maldita guerra fría, se lleva lenta e inexorablemente el pedazo de ciudad al que le han dedicado lo mejor de su vida, echando por tierra recuerdos gratos, discusiones, proyectos, ilusiones y esperanzas, de haber soñado con tener un mejor lugar para vivir.

Ramón Paolini

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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