Editorial
Revista Electrónica       Nº 17     Julio 1997
Editorial
La Cumbre de la Tierra y otras cumbres

Fracasó la Cumbre de la Tierra que se llevó a cabo en Nueva York, en el ámbito de la ONU. Tenía en la agenda la revisión quinquenal de la cumbre llevada a cabo en Río de Janeiro. Viajaron con premura los jefes de Estado o de gobierno, los cancilleres y la corte de expertos que se mueven incesantemente por el mundo con sus datos patéticos y con sus estadísticas alarmantes. Se oyeron los discursos de costumbre, la promesa de la defensa y preservación del medio ambiente, los cánticos ( de un optimismo sin fundamento), al siglo XXI. Ya mencionar al siglo les daba a algunos la ocasión retórica que se busca con esmero, como si el número del siglo fuera un talismán y no un desafío de incertidumbre.

Oímos, en verdad, a los jefe de Estado, a los jefes de gobierno, a los cancilleres.

No sabemos si alguien oyó a un estadista, al líder y al conductor que habla con visión y percepción, sin demagogia y sin concesiones a los intereses inmediatos.

Probablemente no. Porque lo que predominó fue justamente eso: la explotación incesante de los recursos de la tierra, sean cuales fueren sus consecuencias deplorables y sus daños.

Quizás esto traduzca la tendencia evidente de que sólo en el ámbito de los 7 grandes de la economía, más la Gran Rusia, es donde verdaderamente se toman las decisiones que se han de ejecutar y que el ámbito multilateral de la ONU se ha dejado para los ejercicios de quienes cada vez tienen menos parte en las decisiones mundiales. Es un signo de las tendencias antidemocráticas de la política internacional llevada a cabo por los grandes, justamente en nombre de los principios democráticos que ellos mismos se esmeran en negar.

Entre la prédica y las palabras, entre la realidad y los hechos, existe una contradicción profunda.

Conviene que los países en desarrollo tomen conciencia de estas tendencias que cada día los condenan a la irrelevancia en la toma de decisiones. Cuando el implacable senador Jessie Helms proclama la desaparición de la ONU no falta quien se alarme en los círculos de la política de los grandes países. Pero es una alarma poco sincera porque en los hechos no hacen sino emular al senador, o sea: que se puede lograr lo que el senador de Carolina postula, pero sin polemizar, sin crear resistencia o desconfianzas. Los fracasos del sistema multilateral le confieren la victoria a Jessie Helms. No la victoria ruidosa que él quisiera para llevarla como un trofeo a sus electores, sino la victoria secreta que pone el juego en las manos exclusivistas y excluyentes del club de los grandes.

Eso sucede en las cumbres mundiales. Es una lección para otras cumbres, como por ejemplo, para la VII Cumbre Iberoamericana que se llevará a cabo en la isla de Margarita en noviembre y a la cual concurrirán 23 jefes de Estado o de gobiernos, sus cancilleres y sus expertos. Bien está que la VII Cumbre tenga en su agenda cuestiones como los principios éticos de la democracia. Pero circunscribirse a la reiteración de esos principios de cuya validez pocos pueden dudar, quizás sea un error mientras en el mundo la política toma rumbos poco compatibles con los intereses de nuestros países. Las cumbres entre nuestros países constituyen una innovación política de los últimos tiempos. Tienen una significación extraordinaria. Por eso, la gente piensa en sus agendas. Los diálogos no pueden naufragar en ejercicios abstractos.

En América Latina existen dramas, dilemas, conflictos, que es preciso atender desde esos niveles de decisión y de análisis. Los grandes no se reúnen si no es para analizar cuestiones precisas. El objetivo de nuestros encuentros no puede ser diferente. Por eso, la VII Cumbre debe analizar el drama de las guerras civiles, de la violencia y las guerrillas, del narcotráfico, del desempleo, de todo aquello que desvela y perturba la vida del ciudadano, y tomar iniciativas de paz. Todo lo cual no es sólo compatible con la ética de la democracia, sino que pertenece a la esencia misma de la democracia, porque sin paz y sin estabilidad social no hay ni ética ni democracia.

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