Cabezal Artes y Placeres
Revista Electrónica       Nº 16     Junio 1997
Literatura

Surfeando: La Naturaleza Agridulce

Andrés Germán Otero L

Esta es una historia muy triste pero a la vez sorprendente que de verdad me sucedió hace unos años en la casa de mis padres (Jimmy y Chen). La Quinta Rejazul de La Castellana fue mi lugar de residencia durante más de veinte años. Es una casa pequeña y vieja pero con una magia muy especial. Todos aquellos que la han conocido seguramente recuerdan las tremendas rumbas que montamos allí para celebrar cualquier tipo de acontecimiento, especialmente los onomásticos de sus habitantes. Por supuesto que la mayoría de las fiestas terminaron llevándose a cabo en la cocina en donde cuarenta personas siempre se disputaban el espacio efectivo para cuatro o cinco que el reducido recinto ofrece con comodidad. Bueno, pero suficiente de las rumbas porque esta historia no se trata de ellas, sino de la amplia comunidad animal (salvaje)que vivía y deambulaba, no solamente por Rejazul, sino por los tejados y arboledas de todas las casa aledañas.Y hablo en pasado porque este cuento pasó hace como unos diez años cuando todavía había bastantes casas en la cuadra, ya que en el presente solo quedan tres, porque el resto de los terrenos han sido bendecidos con todo tipo de edificios y exclusivas agencias bancarias de lujo.

 

La fauna residencial era muy variada. Había una gran variedad de insectos típicos de jardín, por supuesto encabezados por las dinámicas cucarachas voladoras que a todos nos encantan. No puedo olvidar a los bachacos comeflores y su ininterrumpida batalla contra el rosal de mi mamá, los cuales casi fueron derrotados por un famoso veneno cuyo único problema fue que nos costó la vida de tres perros !. El género de los roedores también tenía un lugar destacado en la comunidad. Aquellas personas que viven en casas por el estilo, alguna vez habrán tenido que interactuar con las tenaces y peligrosas (especialmente para los hombres y sus colgaduras) ratas gigantes de poceta (y no, no me refiero a Michael Jackson). Los rabipelados rabipeludos, cuyo único atributo es ser uno de los pocos marsupiales de América, disputaban con los vecinos la propiedad de las frutas del desayuno. En una nota más agradable se encontraban los miembros de la familia de la aves. Debido a la abundancia de flores y frutos de todos tipos, durante mi infancia tuve la oportunidad de observar una gran variedad de pájaros. Los tucusitos bebiendo savia de los riqui-riqui, los canarios comiéndose las mandarinas, los azulejos masticando las semillas de palma y los murciélagos cagándose en el techo de mi carro. Bueno, okey, los murciélagos no son pájaros pero joden igual. En fin, una larga cadena alimenticia se desarrollaba entre el piso, los tejados y las copas de los árboles y en el tope de esa cadena reinaban indiscutidos los cazadores más perfectos de la naturaleza, los felinos.

 

Aunque me gustan más los perros, los gatos han logrado ganarse mi respeto y un lugar en mi corazón. Su autosuficiencia no cesa de asombrarme habiendo pasado largas horas observando sus técnicas de cacería desde mi cómoda silla de mimbre estratégicamente localizada en el porche de adelante de Rejazul (otra buena excusa para no hacer nada útil). La abundancia de tejados inaccesibles de las casas de la cuadra, dieron lugar a un microcosmos perfecto para la reproducción y subsistencia de una amplísima comunidad felina que hace unos diez años hubiera sido la envidia de los Aristogatos de Disney. Había gatos, grandes, chiquitos, gordos, flacos, tuertos, cojos y hasta uno que otro de raza fina que fungían de playboys de la zona. Todos estos individuos tenían una cosa en común, un hambre voraz. En algún momento pensé que acabarían con todos los pájaros del jardín, pero la naturaleza tan sabia como que los convenció de que se mantuvieran en las copas de los árboles para evitar ser devorados.

 

Entre los gatos había unos más atrevidos que otros. Al contrario de lo que podría pensarse, las hembras de la especie poseían una falta de miedo impresionante y muchas veces encontré a las gatas con su manadita de hijos durmiendo el los sofá de la sala de mi mamá. Esto por supuesto las convirtió en personas "non gratas" dentro de mi hogar ya que en un momento llegamos a tener una gran crisis de pulgas domésticas insoportables. Una de las gatas, de color negro azabache y a la cual mi primo Fernando apodó Mausen Stroukemburg, apareció un día maullando frenéticamente dentro del tramo de los calzoncillos en el closet de mi papá. Para horror de todos los Otero, la gata acababa de parir como siete u ocho hijitos encima de las tibias y suaves telas de los boxer de Jimmy. La empleada gritaba histéricamente y todos corríamos de un lado a otro sin saber realmente que hacer. Finalmente, tomé la iniciativa de salvar los pocos interiores que habían quedado ilesos de los líquidos maternales y en un gesto solidario con la vida tomamos la decisión de posponer la evicción de la familia gatuna hasta que tuviéramos una solución humanitaria. En la mañana siguiente, cuando habíamos preparado una canasta de mimbre con telas viejas para mudar a los recién nacidos, nos dimos cuentas que la gata y su prole no estaban en su improvisado nido ni tampoco en ningún otro lugar de la casa. Al pasar el tiempo nos dimos cuenta que la gata se había mudado para el jardín debajo de un tronco seco de cují que les prestaba una poco de abrigo. Por unanimidad decidimos compartir un poco de leche y alimento con la nueva familia y la gata siempre saludaba en las mañanas reclamando su ración del día. Sin embargo, el grupo familiar gatuno desarrolló una muy mala costumbre que a la final resultaría en tragedia.

Debido a que el tronco de cují no tenía una plena habitabilidad, durante la noche la gata se llevaba a su prole a dormir debajo de las templadas barrigas de nuestros carros. No tardamos mucho en darnos cuenta de esta peligrosa práctica y más de una vez llegamos tarde a nuestros trabajos por darnos la molestia de esperar que la gata, luego de avisada con gritos y cornetazos, llevara a los gatitos uno a uno hasta un lugar seguro. Un día de esos en que uno debe quedarse en la cama, ya saben, mañana lluviosa, no encuentras tu camisa favorita, derramas el café en la segunda favorita, te pegas en la cabeza entrando en el carro, etc., tuve la mala suerte de estar muy apurado para una reunión importantísima. Como siempre, espanté a los gatos y salí para mi oficina. El resto de la mañana siguió igual de mala y regresé a comer en Rejazul con la esperanza que uno de esos suculentos almuerzos que prepara mi mamá me estuviera esperando en la mesa. Al bajarme del carro, me encontré a mi familia en el jardín entre un coro de maullidos. Allí abajo del cují, estaba la gata con sus hijitos en medio de un correteo nervioso. La gata, al verme caminar por la calzada de piedras que divide nuestro jardín, tomó delicadamente entre sus dientes a uno de los gatitos y lentamente lo depositó en el suelo justo enfrente de mí.

Para mi sorpresa y horror, el pequeño estaba aplastado totalmente desde la mitad del cuerpo hasta la cola. La otra mitad estaba completa y del hociquito emanaban aberrantes maullidos de dolor. La madre se quedó allí mirándome como diciendo - salvaje, mira lo que has hecho-. Sin poder contener mi lágrimas corrí hacia adentro de la casa tratando de encontrar algún remedio para la horrible situación. Recordando el cuadro del gatito, me fue obvio que nadie podría salvar a la criatura de su sufrimiento, ya que habría necesitado un transplante de cuerpo nuevo. Por lo tanto, armándome de valor, busqué mi escopeta de cacería y salí al jardín. Entre tantos gatos y gente decidí que no era muy inteligente realizar un disparo, por lo que con la culata del arma terminé con el sufrimiento del animalito. Inmediatamente cesaron los terribles sonidos de dolor y de repente, como si nada, la gata tomó el cuerpo inerte de su gatito entre los dientes con la misma delicadeza de cuando estaba vivo y desapareció entre las matas de la parte de atrás del jardín. Al día siguiente la familia gatuna no salió a buscar su comida y más nunca los volví a ver en mi jardín. Esta triste historia me quedó grabada en la mente y desde aquel momento siempre me fijo de que no haya nada ni nadie debajo de mi carro antes de arrancar.

Les aviso que mi nueva dirección de e-mail es la siguiente:

aotero@bsdl.com

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