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Revista Electrónica       Nº 17    Julio 1997
Documentos
El riesgo de ser militar
A mí no me pisa nadie

 Benjamín Rojas, 28 años

Me dijeron que quieres conversar conmigo...Yo te puedo echar el cuento completo, es más, me encantaría, pero déjame hablar primero con mi abogado.

* * *

Todo comienza un 24 de enero de 1992, en Maracay. Suena el teléfono y yo atiendo: era una muchacha llamando a un compañero del destacamento que no estaba en ese momento. Él me decía que tenía miedo, porque la muchacha era casada... quería echarle pichón pero se le pusieron así, chiquiticas, y no quiso. Se asustó y yo se lo agradezco.

Una noche ella fue a buscarlo supuestamente a él, pero en realidad a quien quería conocer era a mí. Yo me acerqué: Buenas noches, ¿qué desea?, y ella me pregunta ¿tú fuiste quien me atendió el teléfono la otra vez?"... Yo la veo, ¡uy!, chévere... salimos ese 24 de enero y después salimos el 27. Allí estuvimos juntos por primera vez. No sabíamos nada, particularmente yo. No nos cuidamos. La verdad es que yo nunca me cuidé en ninguna relación. Nunca había usado un condón y yo sabía lo que era el VIH, lo que era el SIDA, pero me cuidaba más de una sífilis, de una... y aunque parezca mentira, mi hermano que tiene tres meses de muerto me decía cuídate, que tú eres el más pequeño. Y yo no, tranquilo, yo veo la chama, yo mosqueo con quien salgo. Claro, pero de vista no te das cuenta. Quién se va a imaginar que yo tengo VIH.

* * *

Nos agradamos, comenzamos a salir, todo bonito, una nota, me enamoré, la enamoré, nos enamoramos. A Susana no hay mujer que la supere, así haya sabido que tenía lo que tenía, que lo dudo mucho. Vivimos juntos un poco más de dos años, y uno se da cuenta de las cosas. Yo no veía en ella mentira, yo no veía nada de eso.

Cuando la conocí estaba peleada con su esposo. Ya yo sabía por mi compañero que ella tenía una hija... y aproveché, vi la bebé, y dije ¡por aquí la agarro más rápido! Y listo, un solo mordisco, como el cocodrilo agarra el pescado... Nos enamoramos como unos chamos, ella tenía 25 años y yo 22.

El 27 de enero nos volvimos locos... Yo quiero más, yo quiero más... entonces reventó el peo de Chávez el 4 de febrero. Estaba durmiendo en un calabozo y me fueron a levantar: párate, coño e´madre que cayó el gobierno. Cuando veo la televisión, estaba Carlos Andrés temblando... compa-pa-ñeros, vene-ne-zolanos. Había que armarse hasta los dientes, salir a la calle, caerse a plomo. Finalmente nos encuartelaron como doce días. El 15 de febrero el 14 es el día de los enamorados ¿no? pedí permiso porque estaba loco por ver a Susana. Salgo otra vez con ella. Segunda vez que estábamos juntos.

* * *

Yo trabajaba en la oficina toda la semana, y tenía un solo día para venir a Caracas a hacer un curso y en la tarde ir a la Universidad, donde estaba empezando Administración. Yo nací en Caracas, pero cuando mi mamá murió me tuve que ir a Maracay. Allá comencé a jugar basquetbol, normal, callejero, y empecé a destacarme. Llegué a la Selección Nacional Juvenil de Aragua y hasta me llamaron para integrar la preselección de los Toros de Aragua. Palabras mayores. Ahí llaman a cincuenta para quedarse apenas con once jugadores. No quedé pero me di la satisfacción de que me llamaran.

Al principio yo quería entrar a la Fuerza Aérea, pero me hicieron los exámenes y me detectaron una várice en un testículo. Mi sueño era ser militar a ese nivel, pero se me fue por un barranco. Me mandaron operar, y me dejaron en segunda opción: si me recuperaba rápidamente, me dejaban entrar, porque todos mis exámenes los había pasado y tenía el aval de lo de los Toros de Aragua. Me iban a agarrar nada más para el equipo, yo lo sé, así fuera un cacorín, un animal... pero me operaron, y no me pude recuperar a tiempo. No me quedó más que meterme en otra Fuerza. Cuando mi papá me lo recomendó me acuerdo que le dije Nooo papá, después que estoy prácticamente en el pent-house ¿voy a bajar a planta baja, a montarme en un rancho? Pero bueno, le eché pichón. Le hice caso y entré a la fulana escuela, claro, siempre pensando que cuando me graduara iba a seguir estudiando. Y me gradué en los primeros lugares; no me gradué de primero porque no me dio la gana, porque no jalé bola... así funcionan las cosas en el ámbito militar. Me querían mandar a una cárcel... nooooo... lo peor del mundo; estaba todo lloroso, mi hermano se movió por ahí bajo cuerda, y me consiguió algo mejor en el destacamento, donde conocí a Susana.

* * *

Ya yo estaba bien encaminado: con esta cara de pendejo, estoy capacitado para hacer muchas cosas... yo soy francotirador, hice un curso antiterrorista en el que pasé más trabajo... comí vainas raras, pasé seis meses montaña adentro, dormía con una granada en la mano... desactivada, por supuesto, pero si medio abría la mano me explotaba. Yo quería ser piloto de helicópteros. Si lograba eso me iba a meter todos los reales del mundo, fumigando, nada más... aparte de mi carrera en la universidad...

En todo esto pensé esa tarde que Susana me llamó y me dijo: papi, tengo que hablar contigo. Voy a su casa, entro por la puerta de atrás y la veo: estaba pálida, llorando, temblando, con una cosa en las manos, frotándola. Me abraza y me dice que el examen del VIH le salió dudoso. Las piernas me flaquearon. La muerte. Pero a Susana no le dije nada, lo único que hice fue apoyarla: No le pares, mi amor, ¿no estás diciendo que salió dudoso? Así le decía para darle ánimo, pero lo que estaba era chorreado. Esperamos seis meses para que le hicieran el examen confirmatorio y en esos seis meses no estuvimos más nunca juntos. No nos tocamos. Esperamos.

En ese momento no descarté que fuera yo quien la había infectado. Me reproché. Me maldije. Perro sucio. En agosto le hicieron el examen confirmatorio y salió positivo. El punto rojo incandescente. Cuando ella me ve... eso fue un espectáculo.

La tenían bajo llave en una habitación. No veía para ningún lado. Miraba sólo la pared, como una autista. Yo le decía mami, soy yo, Benjamín. Al rato se me guindó en el cuello: papi, tú no, yo sí, pero tú no... Un chamo de mi edad, que quería comerse el mundo... yo era un chamo que prometía dentro de las Fuerzas Armadas. Pero me hicieron el examen, se lo hicieron a la bebé... y ella salió bien, yo positivo. Para ese entonces todavía creía que había sido yo. Aunque, yo nunca visité un burdel, nunca me he acostado con una prostituta, hoy día pienso que muchas prostitutas pueden ser más damas que una dama. Sí me echaba tragos, y cuando andaba armado me sentía Supermán... a uno se le sube el uniforme a la cabeza.

Entonces empiezo a indagar de dónde salió el virus. Es lo primero que uno hace: saber de dónde salió el virus. Busqué a las mujeres con las que había estado, y no, estaban más buenas que cuando habían salido conmigo. Hasta que un día me puse a rebuscar en las cosas que había dejado en la casa Juan Cristóbal, el esposo de Susana.... Papeles, papeles... a mí la familia de ella me había dicho que era gay. No se explicaban cómo Susana se había fijado en él. Ella me explicó que decían eso porque él bailaba en un grupo folklórico... empiezo a rascarme el coco. Pasé dos días revisando hasta que encontré el examen. Se lo había hecho el 7 de julio de 1988, y él se casó con Susana en 1989. Vamos a demandarlo, le dije a mi novia. ¿Cómo le voy a hacer eso?, él ha sido el papá de mi hija, me decía ella. Pero la historia de la niña es que no era hija biológica de él... Susana, siendo señorita, había empezado a salir con Juan Cristóbal pero él no le respondía. Me decía que me iba a respetar hasta el día que nos casáramos. Pero un día ella se acostó con otro y salió embarazada, el tipo no quiso hacerse responsable de la niña, y aparece de nuevo Juan Cristóbal. Él le dijo que no se preocupara, que se casara con él, que él se iba a hacer cargo de la niña. Santo remedio. Yo entro en su vida en 1991.

* * *

Yo empecé a recalcárselo en la cara: ¡qué riñones tienes tú!, ¡cómo es posible que estuvieras acostándote con un tipo de esos y no te dieras cuenta! Yo la ofendía y ella se molestaba. A veces la culpaba: por ti estoy metido en esto... A veces peleábamos, pero nos amábamos, lo juro que sí. Amor de verdad, amor bonito, verdadero, puro, transparente como un vaso de agua. Ella me hacía sentir que yo era todo para ella y yo quería que ella se sintiera muchísimo más mujer de lo que era. Pero también la metía, porque le decía cosas... es que era muy celosa. Me celaba hasta de mi familia, y yo no podía permitir eso, mi familia es mi familia.

Yo reuní a la gente de mi casa y les dije: me está pasando esto, esto y esto. Clarito y raspado. Todo. ¿Me van a dar el apoyo o me van a dar la espalda? Me dieron el apoyo. Nunca se imaginaron que una vaina de esas pudiera acercarse a nuestra casa. Como en toda familia: nadie se imagina que le pueda tocar a uno de ellos. Pero me tocó a mí, al negrito, al chamito, al chaparrito, pero al negrito.

Mi madrastra lloró como una carajita. Yo la dejé llorar. Ese día estaban mis hermanos, incluso Edgar, el mayor, cuando todavía no sabíamos que también estaba infectado... Ellos me dijeron que querían conocer a Susana. Pero la etiquetaron, agarraron una engrapadora y le pusieron una etiqueta en la frente: CULPABLE. Yo decía: ¿por qué me la van a culpar?, ella no sabía nada, pero ellos estaban seguros de que Susana tenía que haberlo sabido. Mi hermana me decía: si tú conseguiste ese examen en la casa, cuando apenas estás llegando, ¿me vas a decir que ella no? Mira Benjamín, yo tengo tiempo de casada y a veces le reviso las cosas a mi esposo. ¿No ves que siempre existe la duda?

Es verdad, siempre existe la duda. Pero bueno, el amor que yo sentía y siento por Susana Alejandra Pérez Requena era tan puro, es tan puro, es tan grande, que todavía no creo, no quiero creer y no voy a creer jamás que ella sabía lo que sabía. No creo que haya sido tan mala como para perjudicarme la vida. No creo que ella sea tan... es que no lo quiero creer.

Al principio, cuando me conoció, lo primero que me dijo fue que quería tener un bebé mío. Yo le decía no mi amor, vamos a estabilizarnos primero. Déjame que yo le eche pichón a la carrera, yo quiero graduarme. Después que me gradúe no vamos a tener uno, vamos a tener todos los que a ti se te antojen... y era muy bonito. Yo no sé si es que era yo... si fue que yo me enamoré de verdad o fue que ella era tan astuta que me manejó de esa manera... Yo pienso que ella me manejó, pero tiene que haber sido muy astuta para manejarme de la manera como mi familia dijo. Mi familia no la quería ni en pintura. Pero, claro, yo hice valer mis derechos: si no la aceptaban a ella no me iban a ver más la cara. Ahí los jodí. Pero nunca quisieron atenderla como a una reina.

* * *

Cuando a Susana le detectaron el VIH a principios del año 92, ella estaba muy bien, se veía buenota. Tenía 25 años. Yo ahora tengo 28, la edad que ella tenía cuando murió. Ella se veía super bien, pero empezó la depresión. Yo estoy convencido, completamente, de que a ella la mató el sentimiento de culpa.

También es que no se cuidaba. Ella no le prestaba mucha atención a la cosa. Por ejemplo, hoy en día, yo veo una persona con gripe y corro. A mí no me importa andar con un tapaboca, lo siento en el alma. Pero ella no. A ella le dio una neumonía que fulmina a los seropositivos, tenía las defensas demasiado bajitas, y era muy floja para tomar medicina, era una bebecita, comía poco, parecía un pajarito. Cuando vio que se le estaba cayendo el cabello se deprimió más, porque era demasiado coqueta. Cayó en marzo, el 10, y se fue el 1 de mayo del 94, el mismo día y a la misma hora que murió el piloto brasileño Airton Senna. El choca contra el muro y ella muere. Estábamos rezando y yo lo escuché por la radio. Ella estaba agonizando en ese momento, suspiró y murió. Claro, después fue que lo asocié.

Yo lo que quería era llorar, pero, claro, uno siendo hombre no acepta... yo sí lo acepto hoy día. Llorar es normal. Le habían traído el desayuno, y yo con mi bandeja le dije: mami vamos a comer... ella estaba viéndose el pecho, con la boquita abierta y el bigotico por donde le entraba oxígeno. Me vio a los ojos. Tenía las pupilas grandotas, dilatadas... mami, es papi... ella no me oía. Movía los ojitos... vamos a comer un poquito. Respiraba muy rápido... le di un poquito de leche y se la dejé escurrir. Ella era muy jodida para tomar leche y yo quería que comiera y como diera lugar pararla de ahí. Pero ella nada. Estaba como en trance... cuando vino el Padre le rezamos un rato. El padre dice amén y... ella muere.

Da rabia, muchísima rabia, más que rabia da arrechera. Yo salí de la habitación a buscar unas cosas, y cuando regresé, querían sacarme, y yo no: sálganse ustedes porque la voy a vestir. Ella se había llevado un vestidito para cuando la dieran de alta... y yo la vestí y fui hablando con ella... la vestí, la pinté, la arreglé... y le hablaba, que estuviera tranquila, que todo iba a estar bien. Lo mismo me decía ella siempre, que yo era un tipo muy fuerte... y verdad, yo me considero demasiado fuerte. ¡Me ha pasado tanta vaina! Después de que murió Susana se murió mi hermano, aunque mi hermano no me pegó tanto como ella. Él también murió de SIDA en la habitación tres del Hospital Central de Maracay, y Susana en la dos. Tal vez a mí me toque en la uno o la cuatro. Pero no. Yo no me voy a morir. El cocodrilo Benjamín está ahí, duro, duro. Yo creo que, no sé, tengo esperanza... ganas de vivir... y de que consigan una cura... ahora más todavía, que creo que me estoy enamorando.

* * *

Cuando uno consigue a una mujer seropositiva, que está en la misma condición que uno, uno se siente en confianza. Yo tuve una pareja seronegativa y era diferente. Ella sabía lo que tenía y me decía que no tenía miedo, pero a mí sí me daba miedo, yo no quería joderle su vida. Me daba miedo besarla. Me daba miedo todo. A veces no funcionaba... pero cuando uno consigue una persona seropositiva, uno se siente chévere... siempre tiene que cuidarse, pero se siente más encajado.

Ayer fuimos a comer, después nos fuimos caminando, tranquilos, hasta el Parque del Este... fuimos al planetario. Lloramos juntos y me dio una nota, una alegría, una vaina. Mariposeo por dentro bien bonito. Yo sé, modestia aparte, quién es Benjamín y yo a Susana la enamoraba con detalles. Yo soy un chamo, con la edad que tengo, que tiene detalles de un hombre de los años 50. Hombre de sacarle la silla a la dama, abrirle la puerta del carro, regalarle flores... yo sé que los detalles joden a cualquier mujer... escucha esa canción... ¿sabes cómo se llama? You are my everything, o sea, Tú eres mi todo. Esa canción se la dediqué a Susana un día por teléfono. Cada vez que la escuchaba decía: Mi canción, mi canción, ¡cántamela! A mí me gusta mucho el inglés, así que le cantaba pedacitos y medio traducía. Eso le partía el alma, y eso es un detalle. Sólo un detalle.

* * *

Lo de las Fuerzas Armadas es otra cosa. Un día llegué al comando, y ya todo el mundo lo sabía. No me querían dar mi comida, y yo ¿qué pasa, y mi comida?, yo aquí cotizo mi vaina, a mí me dan mi comida. Después me dicen que soy muy guerrillero. Pero a mí no me pisa nadie, y menos una cocinera.

Pero después fue en la oficina. No me dejaban sentarme en la máquina a hacer mi trabajo, no me dejaban agarrar un fusil, no me dejaban salir a la calle, no me dejaban ni siquiera... de vaina me dejaban bañarme. ¿Pero, qué es lo que pasa aquí, vale?, preguntaba. Yo sabía lo del rechazo pero me hacía el duro. Tranquilo, tranquilo, tranquilo.

Un día un teniente amigo me dijo: Rojas nos vamos para la calle. Yo emocionado cogí mi pistola, nos montamos en el carro y otro teniente, más nuevo que él, me dice: Tú no vas para ningún lado. Desármate. Tú no estás autorizado para portar armas. Y yo, bueno, y ¿entonces?, ¿este uniforme de qué es, de payaso, de maromero? El teniente se molestó conmigo y me mandó arrestar. Él fue el precursor, el teniente... no me acuerdo el nombre de la rata esa... él es un teniente de dos estrellas ahora, y fue el vocero, el encargado de querer desprestigiar la imagen de Benjamín Rojas. Pero yo, tranquilo, yo sólo pensaba a mí no me pueden botar. Si me botan, ¡ay compañero!, hago mi fiesta con las Fuerzas Armadas. Finalmente fui al Regional, uniformadito, me puse mi uniforme de gala con correaje y todo.

—Buenas, necesito hablar con mi comandante.

—Disculpe, Rojas, ¿qué desea?

—Mayor, yo soy el guardia que tiene problemas con VIH.— El hombre me vio, e inmediatamente:

—¡Sí, sí, sí!, ¡bienvenido, bienvenido! ¿Vas a almorzar?— A éste se le metió un espíritu bueno, carajo. Ok. Al rato llega otro mayor, una rata peluda, que yo había conocido cuando estuve en Barquisimeto.

—Ja, ja, ja... ¡Fernández, le traigo una noticia bomba!

—¿Qué pasó mi mayor?

—Sabes que en Maracay consiguieron un sidoso.— Cuando él dice eso ya yo sabía de qué estaban hablando.

—En Maracay consiguieron un sidoso, ja, ja, ja...— Yo veo al mayor Fernández. Me sentía mal. El mayor Fernández se corta todo, seguramente hubiera querido decirle no hable así, que éste es el muchacho, pero dijo:

—Caramba, mayor, modere.

—No hombre, qué carajo, esta vaina está que arde. Si ya han sacado dos de la compañía.— Hace años sacaron un cabo, pero ése sí parece que botaba la segunda.

—Ven acá Rojas.— me dice el mayor Fernández después de haberse encerrado un rato con el otro en una oficina.

—Sí, mayor, dígame.

—Es que el mayor Carrizo quisiera hablar contigo.— Yo creo que le di una lección; entré a la oficina y me le paré firme, con toda mi energía.

—Mayor, vengo para...

—Sí, sí... pasa, pasa... siéntate.

—Dígame.

—Caramba, mira, lo que escuchaste allá afuera... tú sabes... uno siempre hace juegos de cualquier cosa... tú me vas a disculpar, yo no sabía que eras tú.

—No, no se preocupe, eso no es nada que haga mella en mí. No se preocupe. Yo sé quien soy, lo que pasó, y no hay problema. De todas maneras, ninguno de nosotros está exento de que le pase esto. Ninguno de nuestros hijos, de nuestros hermanos, ninguno de nuestros familiares queridos, y bueno, si allá arriba existe un Dios, quien quita, cualquier cosa puede pasar. No se preocupe, yo vine para acá porque necesito hablar con mi comandante. Yo quiero saber qué va a pasar conmigo.

—Sí, mijo, no te preocupes, el comandante viene ahorita, voy a llamarlo por radio para que venga, para que sepa que tú estás aquí. Puedes ponerte cómodo. Fulanita —le dice a la secretaria—, llévate al muchacho para que coma, para que vea la televisión, para que conozca el gimnasio... Jalando, ahora trataba de remendar... Me hubiera gustado mentarle la madre, pero malo, el superior siempre tiene la razón. Malo, el superior siempre tiene la razón.

Pero a lo que iba: cuando llegó el comandante, me ofreció todo el apoyo. Me puso a la orden de Sanidad Militar y me mandó para la comandancia. Ahí conocí a un sargento técnico a quien le debo saber cómo era todo el procedimiento que me tocaba. El fue quien me habló de mis derechos y de la guerra psicológica que me venía. Comandantes, coroneles y generales, me decían que no me tocaba nada, que yo estaba jodido. Un coronel llegó a gritarme a usted no le sale nada, quien le manda, a usted lo que le sale es la baja, y quedarse pelando. Tus prestaciones y listo. Otro comandante me veía llegar y me mandaba parar firme: sidoso, sidoso... Entonces fue cuando empecé a buscar apoyo legal, hablé con mi prima, que es abogado, y nos sentamos con la Ley Orgánica de las Fuerzas Armadas, la Ley Orgánica de Seguridad Social de la Fuerzas Armadas y la Carta Magna. Las tres leyes me apoyaban a mí. A lo mejor querían era darme chance de que yo pelara, para no incapacitarme. Pero se dieron cuenta de que yo no me iba a quedar callado. La cosa cambió cuando supieron que a me habían llamado de Radio Caracas Televisión...

Lo primero que hicieron fue sacarme del servicio activo. Luego me declararon la incapacidad total y permanente, o sea, cien por ciento de mi sueldo. Seguramente pensarían que si yo los demandaba a varios de ellos los iban a volar de su puesto, y ellos cuidan su puesto, eso es tontería, están robándose un paquete de real todos los días... Yo quería seguir trabajando, pero me declararon la incapacidad con una cláusula que dice que la infección la obtuve "fuera de actos del servicio". Ellos querían dar a entender allí que yo estaba infectado antes de entrar a las Fuerzas Armadas. Sinceramente, hasta el sol de hoy, no sé que perseguían con esa cláusula.

* * *

Yo quería seguir estudiando, cuando Susana todavía estaba viva, pero con la muerte tan latente para qué voy a estudiar si de todas maneras no sé si me gradúe. Eso sí, me voy a tirar un estrellón si, ojalá Dios nos ayude, y consiguen una cura...

La vida es muy bella, coño, y uno no se da cuenta lo que vale la vida sino hasta que se ve metido en semejante paquete. Nada más y nada menos que tener VIH y una sentencia de muerte encima. Yo aprendí a vivir después que me dijeron... después de que rebobiné y puse los pies sobre la tierra. ¿Sabes por qué? Porque aprendí a comer, a escuchar a la gente que vale más que yo, y aprendí a dormir. Por eso considero que aprendí a disfrutar la vida de verdad. Antes, yo no le tenía miedo a la muerte. Después de que murió Susana, decía que la pelona venga a buscarme cuando quiera, aquí estoy a la orden. Pero ahora no, que se me aleje. Tengo la felicidad otra vez en mis manos.

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