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Revista Electrónica       Nº 17    Julio 1997
Documentos
Las mujeres y los niños primero
El amor no resiste

 Magdalena Arias, 40 años

El amor se duerme... Yo siempre tuve un matrimonio dañado, malo... siempre. Estamos en esto por ese motivo, porque siempre fue un matrimonio de engaños e infidelidades. Él me ha sido infiel toda la vida.

Ahora tengo 18 años de casada. Cuando se supo que ambos éramos seropositivos la gente cercana a mí me decía: ¡ese desgraciado, mira lo que te hizo! Pero yo no lo veo así. Incluso, tengo amigas que al marido lo han matado a insultos, y después de muertos todavía le reclaman que es un desgraciado que les pegó la cuestión. El culpable, ¿no? Encuentro que no, que el otro no tiene la culpa, que ninguno tiene la culpa, que esto tocaba, y si no era él hubiera sido yo misma con una inyección o cualquier cosa.

En el fondo uno acepta la infidelidad... y también es responsable, porque si yo hubiese tenido guáramo para dejarlo la primera vez que él me lo hizo... pero yo no supe cortar. Nunca supe cómo y aquí están las consecuencias. Entonces no es culpa sólo del otro, del que hace, sino también del que acepta, el que se deja, pues.

Mis celos se me acabaron, qué más celos iba a tener... y él se tranquilizó, nunca más fue promiscuo, él, que ni siquiera sabe de dónde sacó el virus. Él iba en la camioneta y estaba una mujer pidiendo cola, y listo, para El Junquito. Entonces, qué va a saber, el médico le dijo: mira, tienes que avisarle a todas tus parejas sexuales... y no se atrevió. El no quería que fueran a su trabajo y le armaran un lío. Entonces, mejor me quedo callado. Pero no sé, yo siento que no hay culpa. Después de eso se pasa el amor, se pasan los celos, se pasa todo... ¿por qué vamos a pelear ahora? No hay nada más por qué pelear, ¿qué peor que esto te puede pasar? En la vida no hay nada peor.

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Ni siquiera cuando supe lo del virus fui capaz de cortar. Porque yo dije: si tanto tiempo me he calado esto, ahora que voy a necesitar unión para los niños, para dejarlos más o menos... Ahora, que han pasado cinco años, pienso que a lo mejor fue un error, porque desde que lo supimos la relación se ha deteriorado cada vez más. Claro, porque él ya no puede andar por la calle echando vaina, ahora sí, está recogido, está fiel. Él siempre dice: ¿por qué a mí, que soy tan joven?, ¿por qué?, yo que tenía la vida por delante, que ganaba tanto dinero, que tenía todo. No ha ido a psicólogos, ni le gusta participar, porque en el fondo no lo acepta. Siente rabia y entonces se ha tornado cada vez más agresivo. Antes era muy materialista, y ahora se puso peor. Piensa que todo en la vida es dinero, y más en este caso. Ha llegado a decirme: si yo tengo plata, no me voy a morir como esos pobres indigentes de El Algodonal, sino que voy a pagar a una enfermera para que me cuide hasta el último minuto... y se dedica a guardar para eso, para su bienestar. Yo no he podido nunca hacer planes de vida: hagamos esto para los niños, hagamos esto otro. Una vez quise comprar una casa, como para dejarle algo a mis hijos, porque también pensaba que tenía que dejarles algo material, y no pude. Yo cambié mi manera de pensar, pero él no. Él no se quedó conmigo pensando en los niños. Se quedó para estar mejor cuidado, para morirse mejor.

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Muchos seropositivos no se dan cuenta de que se están muriendo. Debe ser que uno tiene tantas ganas de vivir y no piensa que se va a morir. Y entonces deja las cosas en el aire y no resuelve el problema de los hijos. No, no creen, siempre piensan que se van a salvar.

Cuando yo supe que era seropositiva los médicos me dieron dos meses de vida. Yo tenía muy baja la población de linfocitos, y cuando está baja se supone que te estás muriendo. Eso fue en 1991. Después, ya más serena, empecé a sacar cuentas y llegué a la conclusión de que me infecté en el 89, porque tenemos una hija chiquita que nació en el 87, y ella está sana, igual que mis otros dos hijos.

Como me dieron dos meses de vida, el doctor nos dijo: bueno, vayan y regalen a sus hijos, vean qué hacen con sus hijos. Una tenía tres, el otro tenía nueve, y la otra doce... y nosotros pensando dónde dejarlos. Los hermanos, por ambas partes, todos tienen tres o cuatro hijos, la situación es pesada, y yo siempre he pensado que no quiero que separen a los niños, porque cuando los padres se mueren de SIDA, a los hijos los reparten como perritos.

Buscamos la forma de que los adoptara una pareja sin hijos, pero después no pudimos. Casi lo legalizamos, yo conocía a la mujer, que era muy amiga mía, pero el hombre resultó que no, no... menos mal que nos dio tiempo de conocer a la gente. Entonces, ya nos arrepentimos. Era el desespero de saber que me moría en dos meses, porque el médico dijo que cuando los linfocitos se acabaron, ya está, p’al hoyo, así de crudo... yo tomaba vitaminas, comía verduras, no hallaba qué hacer, lloraba el día completo. Hasta que empezamos a tomar tratamientos naturales, y en cuatro meses ya tenía los linfocitos arriba; me di cuenta de que no era como dijo el médico, sencillamente no me estaba muriendo. Entonces ya tuve esperanzas, y ha pasado tanto tiempo... ya la niña tiene quince, el niño catorce y la más pequeña nueve.

Mis hijos todavía no lo saben. Siempre les inculco que cuando uno se muera, por alguna casualidad, tienen que mantenerse unidos. Durante todo este tiempo los he tratado de preparar sin decirles. En la casa ese tema lo tratamos ampliamente para que el día que sepan lo tomen cómodo, no se vuelvan locos... ellos conocen gente contagiada, amigos que han muerto... Ellos saben la historia de todas las demás personas, pero no se imaginan que esto nos puede estar pasando a nosotros. Piensan que yo trabajo en esto, porque yo vendo el tratamiento natural que consumo.

Yo les cuento todos los casos que conozco, les explico cómo se contagiaron, por qué se contagia la gente, para que cuando sepan lo de nosotros no lo vean como un castigo, como un pecado, sino como algo normal.

Después de que no resultó la adopción y que me di cuenta de que iba a vivir, yo empecé a aprender que uno tenía que estar bien psicológicamente, y para ello vivir con los niños era fundamental; sin ellos íbamos a sufrir más. Si estamos vivos regalarlos no tiene sentido —me dije— y sin embargo seguía con la idea de la adopción. Imagínate que una gente de una fundación, que no voy a nombrar, me dijo: pero, ¿qué edad tiene la niña? ¿diez años? Bueno, esperen un poquito y la casan, esa es la solución. Si la casan —y tenía 10 años— le resuelven la vida también a los hermanos... A mí me hubiera gustado que se quedaran con una persona todos juntos, porque en ese tiempo eran chiquitos, pero, como han pasado los años, yo pienso ahora que no, que yo quiero darles armas para cuando se queden solos... aunque a veces pienso que ya no van a quedar solos, porque no siento que me voy a morir. No estoy pensando que voy a morir como al principio cuando te meten tanto miedo. Ahora sé manejarme, cómo vivir. Cuando bajan las defensas, sé qué se hace para subirlas, cuando me da tal cosa, cómo atacarla... yo sé cómo mantenerme con SIDA.

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Toda la vida he pensado que si uno tiene marido es para que te mantenga, si me tengo que mantener sola, entonces estoy sola. Así de sencillo. Pero resulta que el otro cada vez ha querido mantenerme menos. Por eso se ha echado a perder más la relación, por el dinero, por la plata. Él ya no quiere nada, no quiere nada... se ha producido un gran distanciamiento y en relación al sexo... yo estoy yendo a un psicólogo, porque el SIDA también tiene causas psicológicas, el SIDA es como una culpa, no a cualquier persona le da, hay gente que tiene contacto con personas con SIDA y no lo agarra, porque no tiene culpas sexuales.

Él considera que la mujer con sexo paga, y yo me acostumbré a eso. Antes hacía cosas para agradarlo, aunque no quisiera, pero de eso nunca me di cuenta, sino hasta ahora. Por ejemplo, a mí no me gustaba el fútbol o el boxeo y yo era capaz de ver un juego completo por televisión para darle el gusto, para que se sintiera bien... ahora no, he leído muchos libros de crecimiento personal y pienso que de esta vida me queda poco, y es mi vida, así que la tengo que vivir como quiera. A mí me gusta ir a visitar a los enfermos, andar en mis cosas y a él no. Antes él no me dejaba, pero ahora yo entendí que no puede ser así y he tratado de ser, por todos los medios posibles, la persona que quiero ser. Y claro, él cada vez está más lejos. Yo pienso en vivir el momento, y él está pensando en el pasado, y su futuro es la muerte, cómo lo van a incinerar, qué van a hacer con sus cenizas, en qué cajita las van a echar. El tiene todo planificado hacia la muerte. Y yo no, esa es la diferencia.

Ya yo no estoy en ese juego sexual de dinero y manutención. A mí la plata no me hace tanta falta, en realidad nunca me ha hecho falta, pero yo no me daba cuenta. Somos dos seres tan distintos... yo siempre trabajé, pero nunca pensé en guardar dinero, yo no estaba preocupada por eso. Ahora decidí buscar un colegio público para los niños, y si estaba acostumbrada a hacer grandes mercados, ya no los hago. El le dice a los niños: yo te doy tal cosa si me das un besito... todo lo compra con plata, y para mí es una lucha, primero conmigo, y luego con los niños. Yo antes peleaba, pero ahora me quedo callada, y después les digo, tratando de no dañarle la imagen de su padre, miren, su papá está enfermo, él no tiene la culpa, él no se da cuenta. Él sale con los niños y les da cosas materiales, y yo cuando estoy con ellos les doy amor, les doy información. A mis niños sólo me propongo dejarles bachillerato, estudios de inglés y de computación, para que cuando yo me vaya no tengan que morirse de hambre.

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En un congreso que hicieron en Berlín, mostraron un estudio hecho a cuarenta personas seropositivas que eran sobrevivientes de muchos años. Entre las tantas coincidencias hubo dos que me llamaron la atención: una, que era gente que venía de niñez o adolescencia muy traumática, o sea, estaban hechos para la vida y los que crecen con plumitas de rosas son los que más rápido se mueren —cuando supe eso, le di gracias a mis padres que se portaron tan mal cuando estaba pequeña—; la otra: que comían como si su vida dependiera de la comida. Entonces, hay que obligarse a comer. Desayunar bien, almorzar bien, cenar bien, comer porque tienes que comer. Con este virus se te quita el apetito, pero no puedes preguntarle al organismo, porque el organismo no está normal, sencillamente tienes que comer.

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Me mantengo con tratamientos naturales... uña de gato, cartílago de tiburón... yo consumo todo eso, y también lo vendo, pero como no he tenido necesidades económicas, gracias a Dios, nunca he luchado para que el negocio sea rentable. Cuando los enfermos empiezan el tratamiento siempre están solventes, pero enseguida que se enferman los rechazan, se quedan sin carro, sin familia, sin trabajo y ya no tienen plata, pero ya son amigos, y se están muriendo; entonces, si antes les fiaba, ahora opté por regalarles la medicina. Siempre tengo más deudas que ganancias.

Hace poco conversé con un muchacho que me decía que él vive en el 23 de Enero, y que con el dinero que le dan por su apartamento puede comprar medicinas sólo durante año y medio. Él me preguntó qué iba a pasar después y yo le contesté: te morirás como un gafo, debajo de un puente, porque encima de que no vas a tener casa, vas a estar enfermo... Yo pienso en esto, cuando me hablan de los medicamentos. Si a mí me dicen que salió una vacuna que paraliza el virus o que nunca te van a dar síntomas, aunque no te lo quite, entonces me arriesgaría a vender todo, pero si no, no creo que el riesgo valga la pena. Por eso prefiero comer natural, eliminar el estrés, tomar vitaminas me hace el mismo efecto y es más económico. Opino que no hay que tomar drogas hasta que no sea seguro. La primera vez que fui al Hospital Clínico, en el año 91, la sala de espera estaba full, no pasaron ni tres meses y ya no quedaban, a todos los mató el AZT... se han muerto batallones de gente, lo que pasa es que eso no se sabe públicamente. Yo sólo digo que tengo tres niños y que no puedo participar en experimentos.

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La gente dice que no se nota cuando entra el virus en el cuerpo, y yo creo que sí se nota. El virus siempre avisa. A una gente le da fiebre, a otros le da una gripe fuerte, algo, una señal... pero, la gente no se da cuenta de eso. Nosotros nos llenamos de ganglios cuando nos contagiamos, nos dio una gripe fuerte, rara, distinta... estuvimos como un año así. Yo le decía a mi esposo vamos a hacernos el examen y él me respondía tú estas loca, eso lo inventaron los curas y las mujeres para que el hombre sea fiel. Eso es mentira, eso no existe... pero lo hice hacerse el examen y salió negativo. Claro, estaba recién contagiado y en ese momento el virus no aparece. A los dos años, cuando ya tenía muchos síntomas, fui yo la primera en hacerme el examen y salió positivo. Después fuimos a hacérselo a él y a los niños... yo estaba que me moría de pensar que mis niños podían estar contagiados, pero ninguno, gracias a Dios.

La primera intención siempre es ocultarlo. Que no se sepa, que no sepa nadie... escondiendo las medicinas, escondiendo todo... es un trauma. Yo sufría por eso. Sufría porque la gente me viera. Yo conocí a un seropositivo que era médico, que gastaba toda la plata del mundo para mantenerse vivo; tenía de todo, casa, carro, mujer, hijos, tenía todo para vivir tranquilo y se murió en un año y medio, y por el qué dirán. En su casa no sabían, no lo sabía la mujer, él se cuidaba con dos preservativos, no lo sabían en el trabajo... yo creo que todo ese trauma lo mató, hacía mil cosas para tratar de salvarse y no se salvó, tenía 31 años. Él se quedaba en mi casa, y la mujer no sabía a qué venía a Caracas, ni quiénes éramos nosotros, a mí me hizo jurar que nunca iba a hablar... al final su mujer se enteró como quince días antes de su muerte. Murió horrible, sufrió mucho porque igual todo el mundo se enteró.

El SIDA es algo que no se puede tapar con un dedo. Por eso decidí que cuando la gente sepa, que sepa, no me importa. Si me aceptan, chévere y si no me aceptan, pienso que ésa era una persona que no valía la pena. Y mira, la mayoría de la gente acepta. Yo no me he sentido rechazada por gente querida; no sé si por gente extraña, yo no alcanzo a darme cuenta.

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El SIDA es incompatible con el amor de pareja... por lo que he visto. Puede ser que se mantenga el amor, pero cuando uno de los dos no está contagiado. Pero, cuando los dos están contagiados, uno culpa al otro, se destruyen los vínculos, la familia, se destruye todo.

Seas mujer u hombre, yo creo que se siente que se te acaba la vida sexual. La vida sexual se daña, hay cosas que no se pueden hacer, y menos pensar que puedas tener otra pareja. La sexualidad es un problema de todas las personas con VIH, todos tenemos los mismos riesgos. Yo no sé por qué las mujeres se acomplejan tanto, se acomplejan más que los hombres, se sienten más culpables, se esconden mucho, se mueren como más rápido.

Hay muchas mujeres que se ponen en plan de víctimas y no lo aceptan, entonces no luchan, no lo enfrentan, no buscan los medios para sobrevivir. Y no, yo siento que hay cómo sobrevivir. Yo siento que uno puede vivir con SIDA, por lo menos bastantes años.

Toda la vida me he planteado el divorcio como una posibilidad. Una vez lo intenté. Yo dejé a mi esposo un tiempo, pero después lo vi muy enfermo y empezamos de nuevo. La demanda de divorcio era muy fea, el abogado trató de poner todo feo para que saliera rápido, pero la retiré, me daba miedo que algún día la leyeran los niños. La retiré porque me sentí culpable... Eso fue hace más de un año y me arrepiento, porque a esta hora estaría tranquila, porque esta guerra sorda en la que vivimos no puede ser vida, y soluciones no veo, por el momento. Todavía hay muchos insultos, muchas peleas, pero yo pienso que va a pasar. Tiene que llegar la hora en que se canse, ¿no? Ojalá que se consiga a alguien... pero, qué va a conseguir estando tan deprimido, tan alterado... Antes, en un momento muy desesperado, yo le deseaba la muerte, ahora le deseo que se encuentre a otra persona, que haga otra vida, que nos deje tranquilos a mí y a los niños. Yo no le deseo la muerte, aunque así como va la está buscando. Él está muy mal, muy deprimido, muy lleno de odio, conmigo, con la gente, con todo. Hay momentos en los que me desespero y lloro, pero ya siento que estoy saliendo... yo voy a salir de esto.

Magdalena Arias leyó su testimonio mes y medio después de haber conversado conmigo. Su única observación fue un final que echaba en falta: "quisiera que le agregues que la relación con mi esposo ha mejorado. No sé como, ni por qué, todo se calmó. Ya nos dejamos de todas esas peleas y estamos todos bien".

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