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Revista Electrónica       Nº 17    Julio 1997
Documentos

Un huesped indeseable
Los virus no entienden de moral

Mikel de Viana*

Padre, ¿qué le diría usted a aquellos que opinan que el SIDA es un castigo de Dios?

—Yo les diría que ellos no saben lo que están diciendo, que ellos le prestan un miserable servicio a Dios. Me parece que actitudes como ésas tienen más que ver con el Gran Inquisidor, de Los Hermanos Karamazov de Dostoievski que con Jesús de Nazaret. No sé si el Dios de esa gente sea Jesús de Nazaret, pero ciertamente esa gente no cree en el Dios cristiano, no está hablando del Dios cristiano, está hablando de otra cosa. Seguramente está hablando de sus miedos: miedo a la muerte, miedo a la enfermedad vergonzosa, miedo a la homosexualidad, miedo a la drogodependencia. Miedos.

Cuando los saludables hombres de Occidente habían conquistado la longevidad, cuando se estaba en vísperas de develar el secreto del cáncer y cuando para el autosatisfecho occidental la preocupación por la salud se había ido reduciendo a la dieta, al footing y a la cirugía plástica, hace poco más de una década, llegó el SIDA. Llegó como un huésped indeseable y silencioso del que no conocíamos el idioma, ni la procedencia, ni los proyectos futuros. A pesar de los avances de la investigación, muchas cosas quedan por averiguarse y el SIDA continúa despertando nuestros miedos desmedidos. El VIH se ha alojado amenazante en el corazón de la vida, porque sangre y semen, los vehículos del virus, son la vida misma y su perpetuación. El SIDA ha venido a turbar los espacios más íntimos de la existencia. Y esa capacidad de golpear sin contemplaciones lo más sagrado lo que desata temores paralizantes e imágenes irracionales. Cuando dicen que el SIDA es un castigo de Dios a los hombres de esta época hedonista y desprejuiciada, lo que hacen es salir a la caza del chivo expiatorio, sin darse cuenta de que están proyectando en Dios su propia mezquindad, ignorancia y dureza de corazón. Una vez, los discípulos de Jesús, al ver que un pueblo entero lo rechazaba, le preguntaron si quería que ellos mandaran bajar fuego del cielo para acabar con aquella raza descreída, y Jesús indignado los cortó en seco advirtiéndoles: "Ustedes no saben de qué espíritu son, porque yo no he venido a perder hombres sino a salvarlos".

Usted ha estado muy cerca del SIDA desde hace varios años dando apoyo espiritual a seropositivos ¿Qué se puede decir a un enfermo de SIDA en fase terminal?

—Hay varias cosas... un primer problema que manejar: el problema de la culpa, que por más liberales, desprejuiciados y desinhibidos que se presenten los enfermos suele aparecer, por lo menos durante las etapas iniciales de la enfermedad. Otro problema, aunque menos frecuente, es el de la agresividad. Una vez que se diagnostica la enfermedad, observamos que la primerísima reacción de la gente es no creerlo, es decir, un rechazo del asunto. Ese rechazo no suele durar mucho porque la repetición del examen lleva a una verificacion de la realidad. En ese momento lo normal es que se desarrolle una situación tremendamente angustiosa y una percepción de que aquello es una gran injusticia. ¿Por qué yo?, ¿por qué a mí?... en la mayoría de los casos es un sentimiento de gran impotencia y frustración porque la enfermedad les pone intempestivamente ante la perspectiva de morir. La enfermedad se percibe como una injusticia, y cuando los hombres sufrimos una injusticia la pregunta que hacemos es ¿quién es el culpable?, y la reacción espontánea es la de atribuir la culpa a otro.

Un paso más adelante viene dado por una especie de autopunición. El individuo acalla o mitiga sus sentimientos de frustración por aquella injusticia que le ha sobrevenido y entonces dirige la culpa hacia sí mismo. Allí aparecen cosas como una severa culpabilización de la condición homosexual o de un ejercicio de la sexualidad, digamos, desinhibido. Es como un rechazo al mundo del que se proviene, en el que se ha vivido... en ese momento es necesario deslindar el problema de la culpa porque ésta produce agotamiento en una persona que necesita todas sus energías para mantenerse con vida.

Con mucha frecuencia viene después la que podemos llamar etapa de pactos o alianzas, en la que el enfermo acepta y reconoce que está enfermo, y empieza ansiosamente a buscarle salidas al asunto y a hacer pactos salvadores. Muchas veces la expresión es de carácter religioso, entonces reza, hace promesas, se entera de medicinas alternativas, empieza a dar crédito a quien le ofrezca algo y se dice yo me voy a portar bien, voy a llevar una vida sana, voy a hacer ejercicios todos los días, voy a cumplir con la medicación, yo me puedo curar, hay un señor en México que cura con no sé qué, en la Gran Sabana hay unas hierbas, la Madre María de San José puede hacerme un milagro... etcétera, etcétera. Esta es una etapa muy curiosa, pero también ambigua, porque es verdad que cualquier ilusión y esperanza actúa sobre el sistema emocional y permite que haya una moderada recuperación del sistema inmunológico, pero, a mi juicio y yo no tengo ningún derecho a quitarle las esperanzas a nadie , es discutible porque quien propone una cura en realidad no la da. Desde el punto de vista estrictamente médico no hay cura hasta este momento. Sabemos que una combinación acertada de drogas disponibles es mucho más eficaz que la administración de cada una por separado; y por otro lado, sabemos que estas drogas lo que hacen es retrasar los efectos de la enfermedad, no curarla. No es verdad que los cristales de cuarzo curan el SIDA, no es verdad que las aletas de tiburón curan el SIDA, no es verdad que en México hay un señor que encontró... eso no es verdad. Pero un enfermo en una situación "deseperada" está dispuesto a creer que todo eso es verdad. Yo no tengo ningún derecho a deshacer ilusiones, pero creo que hay que vivir con ilusión y sin hacerse ilusiones. En esta etapa hay que ser capaz de acompañar al enfermo, de no destruirle sus esperanzas y de preguntarse seriamente cuál es la dosis de realismo que hay que darle. Lo que el enfermo fundamentalmente necesita es un apoyo emocional.

¿En algún momento les sobreviene la serenidad?

—Sí, llega un momento en que la etapa anterior también se quiebra por el avance de la enfermedad y se produce lo que casi podríamos llamar aceptación serena de la enfermedad. Quien acompaña a un enfermo sabe que en esa fase hay cambios notables: se vuelve más reservado, más silencioso, requiere de menos estímulos externos... se da una profundización espiritual, crece la convicción humilde, pero inmensa, de que la vida no se acaba, de que más allá de la muerte algo importante sucede. Es el momento cuando el sujeto mira con una cierta objetividad lo que ha sufrido, pero con ojos de gran benevolencia... He visto enfermos de SIDA que se han potenciado espiritualmente de un modo impresionante, que viven una experiencia que no dudaría en calificar de mística... en la que el dolor y la muerte son asumidos como un componente de la propia vida. En ese momento la asistencia espiritual religiosa tiene muchísima importancia.

Y usted ¿qué les dice?

—Depende del caso. Con mucha frecuencia, sobre todo en la etapa de la culpabilización y autopunición es fundamental insistir en que Dios no hace basura, en que yo no soy basura, lo que soy no es lo que yo he hecho, lo que soy no es ni siquiera lo que yo pienso de mí, sino que lo que soy está más allá de todas esas cosas. Es muy importante presentar a Dios como lo que Dios es: ternura infinita y sin condiciones. Dios no es el que juzga, no es el que condena, Dios no quiere que nadie se pierda, Dios perdona si hay algo que perdonar... ciertamente Dios acepta sin condiciones a las personas. Mientras ellas se debaten con la culpa, el encuentro con Dios no tiene nada que ver con eso. Dios no Lleva contabilidades del mal, y pasa facturas a quien le acepta confiadamente.

El enfermo es enfermo sin más, sin adjetivos: mi responsabilidad moral frente a un enfermo no se modifica un ápice por la forma en que contrajo la enfermedad. No me interesa su extracción social, la causa del contagio, sus preferncias sexuales o su conducta. Para mí basta el hecho de que se trata de una persona que sufre.

¿Cree que los juicios morales han retardado la aceptacion del SIDA como un problema de todos?

—No me cabe la menor duda; ese retraso está condicionado fundamentalmente por los miedos inconscientes ancestrales. Yo creo que hay una raíz psicoanalítica en el problema: en los sueños, cuando se expresa el inconsciente, somos inmortales y la muerte siempre es una injusticia inaceptable.

Todavía no hemos llegado al momento en el que el SIDA sea percibido sin una vinculación directa con sexualidad "promiscua", homosexualidad, drogadicción. A priori, la percepción del SIDA está asociada a condiciones morales, lo cual es una versión más sutil de la caza del chivo expiatorio de la que hablaba antes. Ha habido quien pretende presentar al SIDA como la consecuencia de alguna infracción moral: el enfermo, con un supuesto comportamiento inmoral, habría ido al encuentro de la enfermedad. Esta versión olvida que los virus no saben de moral, ni piden cédula de identidad antes de instalarse en un cuerpo. No hay relación entre enfermedad y culpa moral. Nadie puede ser juez moral de otro, y mucho menos de un enfermo en condición de hombre sufriente.

En el caso del SIDA es una trampa intentar distinguir entre "víctimas inocentes" (bebés, hemofílicos, contagiados por transfusiones) y "enfermos culpables" (contagiados por vía sexual o por drogadicción intravenosa). Cada vez que se establece tácita o explícitamente la distinción entre "inocentes" y "culpables", en el fondo se esconde la intención de señalar al chivo expiatorio sobre el que se descarga la agresividad social. Todo esto, lejos de apoyar al enfermo, ayudar a detener la epidemia, incrementar la información del público en general, no sirve más que para encasillar y marginar a las víctimas.

Por lo mismo, es inútil y falsificadora la expresión "grupos de riesgo". En relación al SIDA el único grupo sometido a riesgo es toda la raza humana. Hablar de drogadictos y homosexuales como "grupos de riesgo" sólo tiene dos efectos, a cual más negativo: el primero, estigmatizar y marginar a quienes son "diversos" y socavan las seguridades de nuestra cultura; el segundo, dar un falso pasaporte de inmunidad a los que no se sienten miembros de esos supuestos grupos. Para el insospechable "macho criollo", que sólo es adicto a la televisión, al dominó o al aguardiente, el discurso del SIDA le suena a leyenda de extraterrestres. Por eso, es necesario entender, definitivamente, que no hay "grupos de riesgo", sino conductas arriesgadas. Lo que debe ser evitado no es un determinado grupo de personas, sino determinados comportamientos. Hay que acabar con la identificación SIDA—homosexual—drogadicto, porque es falsa, injusta y simplista. El juicio moral de las personas es algo que no nos está permitido. La condena moral es algo que pertenece a la propia conciencia y a Dios.

Padre, no hay ningún dejo de ironía en mi pregunta pero ¿qué piensa la Iglesia de los homosexuales?

—Para responderle debo distinguir dos planos: la posición doctrinal y el tratamiento pastoral o práctico. La primera está recogida en dos documentos de la Iglesia de los últimos quince años, que sostienen que la condición homosexual no es una condición moral; eso significa que ser homosexual no es ni bueno ni malo moralmente, es una condición de la persona, de la cual la Iglesia no analiza las razones. Tampoco la ciencia ha logrado establecer suficientemente por qué un individuo es homosexual y eso es bien importante: si llegáramos a demostrar que la condición homosexual está determinada biológicamente y que no es posible hacer nada frente a ella, es evidente que este tema tendría que replantearse porque no estaría sujeto al arbitrio de la libertad y la voluntad de los sujetos.

¿Para ustedes no es una desviación?

—Bueno, evidentemente, lo que subyace es una desviación respecto al patrón general de ejercicio de la sexualidad. Pero debemos considerar un segundo plano que la Iglesia llama el tratamiento pastoral. La norma general o ética es la teoría que ilumina el problema, pero en materia moral la Iglesia siempre distingue entre la norma y el tratamiento pastoral del caso concreto, en el que quedan planteadas cosas de valor universal, como el respeto a la individualidad de la persona. En ningún caso la condición homosexual ni los actos homosexuales, aunque sean vistos como pecaminosos afectan la dignidad de una persona. Eso significa que el homosexual, incluso en la más desastrosa situación moral, tiene que ser recibido y comprendido con un profundo respeto personal y con una benévola apertura de mente. Luego, el tratamiento pastoral debe orientarse a apoyar y ayudar al sujeto a cumplir con la norma que teóricamente podría invitar y facilitar la sublimación de su sexualidad superando los problemas patológicos, desde el punto de vista médico, en la medida en que eso sea posible. Por ejemplo, si el sujeto vive su sexualidad de modo compulsivo, probablemente será necesario un proceso terapéutico para ayudarlo a descompulsivizar su vida sexual. En la medida en que hay compulsividad el individuo no actúa libremente y en la medida en que no hay libertad tampoco habría culpa, pecado. En caso de que los sujetos presenten situaciones de promiscuidad, el apoyo pastoral tiene que ver con que el sujeto esté consciente de la postura oficial de la Iglesia y ayudarlo a que salga de esa situación y se oriente hacia relaciones afectivas y exclusivas consistentes. La gran pregunta que tiene que hacerse un sacerdote frente a un homosexual es de qué modo se puede ayudar a humanizar su situación de la manera más realista posible. El proceso es muy trabajoso, muy costoso e implica tiempo. La asistencia pastoral fundamental va en la línea de una valorización de las relaciones afectivas, y de una vigilancia del sujeto sobre los movimientos de su deseo libidonoso. Esta es la conducta que solemos seguir.

Ahora hablemos de su postura.

—Yo puedo prestar asistencia a una persona homosexual, pero no todos los homosexuales buscan ese tipo de apoyo religioso. Algunos, en situaciones dramáticas de su vida, como el fracaso de una experiencia afectiva importante, un conflicto profesional, una enfermedad, se plantean una pregunta religiosa, y no es extraño que tales sujetos empiecen a potenciar su capacidad vital, su espiritualidad, su interioridad de un modo admirable. Muchas veces estos homosexuales han sufrido muchísimo y el dolor es un gran maestro que da profundidad al sujeto. Además, muchos homosexuales muestran una sensibilidad emocional, afectiva, estética bien notable y eso les permite manejar el mundo de sus deseos libidinosos con unas posibilidades de sublimación y transformación, de remodelacion de su mundo emocional y afectivo bien apreciables. No en vano, tantos artistas, literatos, sabios, reformadores sociales son sujetos homosexuales que han modelado su mundo afectivo y emocional de forma creativa y altruista.

Si pasamos a las posturas empíricas, las posturas de tal o cual sacerdote en particular y de tal cristiano en concreto, ahí la cosa es más variopinta y tiene que ver bastante con lo que son los estereotipos y los prejuicios sociales más frecuentes. Es decir, ningún sacerdote o ningún cristiano en particular se libera de los miedos propios de su cultura. Del homosexual muchas veces se habla con desprecio, pero nosostros sabemos que detrás de ese desprecio lo que se esconde es mucho miedo. Al homosexual se le tiene miedo, porque es lo extraño, lo distinto, lo diverso, y porque, fundamentalmente, el ser humano común es inseguro. Es decir, al homosexual se le tiene miedo porque "eso se pega", porque puede intentar seducirnos, y se teme a cuál será la propia reacción ante semejante estímulo. No olvide que algunos individuos de tradición cristiana somos herederos de una visión negativa de lo corporal y de lo sexual como fuente de pecado, y en el caso del homosexual sería fuente del pecado más ominoso, más vergonzoso. Entonces es difícil que un individuo cualquiera, entre ellos un sacerdote, esté "a priori" libre de los miedos propios de su cultura. Por eso, empíricamente, lo que encontramos es una gran heterogeneidad: sujetos que rechazan al homosexual en contra de la postura de la Iglesia, sujetos que muestran desprecio, o cosas absolutamente asombrosas en el sentido contrario: sacerdotes cuyo fenotipo es muy tradicional, muy conservador y sin embargo, precisamente por que han interiorizado de un modo espléndido la actitud de acogida, ternura y comprensión propias de Jesús en el Evangelio, son para un homosexual fuente de valiosísimo apoyo emocional y de gran ayuda terapéutica y moral.

Padre, ¿usted cree que llegue un momento en que la Iglesia, sus representantes, intervengan en esta enfermedad no sólo en la etapa en la que no hay nada que hacer, es decir, la ayuda espiritual al enfermo, y participe más en la fase previa, en la educación, en la prevención?

—Yo diría que ese momento ya ha llegado. Evidentemente, yo no puedo hablar por cada uno de los miembros de la Iglesia, que sin duda presentan diferencias individuales como los miembros de cualquier colectividad. Pero la Iglesia hoy no se limita a consolar espiritualmente a enfermos terminales, lo cual de ninguna manera me parece un aporte despreciable. Déle la vuelta al mundo y verifique que la Iglesia está presente en la lucha contra el SIDA en todas sus etapas. Verifique que está, además, sin necesidad de publicidad ni discursos ideológicos, y que está en donde muchos no llegan, es decir, junto al que sufre. Usted me podrá decir que debería estar más presente, y yo le concedo razón. Pero es una falacia malintencionada difundir la imagen de una Iglesia que se desentiende del problema o que obstaculiza la lucha contra el SIDA, sólo porque los curas no repartan condones en la puerta de las sacristías como otros lo hacen en las estaciones del Metro.

Me parece de una grosera injusticia que se presente sistemáticamente a la Iglesia como promotora del oscurantismo y como responsable de la extensión de la epidemia porque ella no se convierte en promotora del condón... mientras tanto, nada se dice de una cultura hedonista y sifrina que se edifica sobre la trivialización de la sexualidad y sobre encuentros interpersonales devaluados y desechables: ése es el enemigo, no la Iglesia. La sociedad venezolana es hipersensible al discurso de la corrupción administrativa y política, pero está como anestesiada frente al desastre moral de la convivencia, de la sexualidad, de la familia. Este es campo abonado para tender trampas como la del condón. Se vende barata la convicción de que frente al SIDA lo que hay es que generalizar el uso del condón. A esa trampa se le pone el adorno del discurso preventivo: la educación sexual. Ningún cristiano puede llamar "educación sexual" a iniciativas que en el mejor de los casos se reducen a informar sobre la fisiología de la reproducción, la fenomenología de la relación sexual, y que culminan en el adiestramiento de muchachitos de doce y catorce años en el uso del condón. Educación sexual es otra cosa.

Pero, explique por qué la Iglesia no apoya el uso del condón.

—Se le pide a la Iglesia algo que no debe, no puede, no quiere y no va a hacer. Porque en material moral, el papel de la Iglesia es el de proponer y alentar los modelos de conducta más dignificantes y más humanos. Ese es el papel de las normas morales y es lo que recoge el plano doctrinal, del que hablamos anteriormente.

En contra de lo que algunos piensan, la concepción cristiana de la sexualidad se caracteriza por su profundo respeto: para la Iglesia, la sexualidad no es un fin en sí mismo, sino un medio para expresar el amor más profundo y radical de que es capaz la persona humana, un amor que incluye compartir el propio ser y expresarlo entregando amorosamente el propio cuerpo. Si la sexualidad no es un fin sino un medio, en cuanto tal está subordinada al fin que sirve, es decir, debe estar sometida al amor personal, radical... que por dinámica propia pide ser exclusivo. La Iglesia y el psicoanálisis en esto coinciden: la sexualidad es tal vez la más poderosa capacidad del individuo; gracias a ella puede alcanzar las más elevadas alturas del placer, de la dignidad, de la personalización... pero también puede precipitarse en los abismos de tánatos, la muerte, la autodestrucción, y la destrucción de otras personas. Para decirlo mal y pronto, en criollo: la sexualidad es candela y con eso no se juega.

Cualquier forma de comportamiento que se preste a trivializar la sexualidad, a hacer de ella "juego erótico", sin compromiso interpersonal, "sin rollos", nunca será propuesta como modelo a seguir por la Iglesia. En nuestra cultura, la promoción del condón está asociada no sólo a "sexo seguro" en el sentido de la higiene y la asepsia, sino también a "sexo seguro", en el sentido de "sin riesgo y sin compromiso personal".

Yo no creo que el problema sea de preservativos. Por más que se comercialicen muchas marcas de preservativos el problema fundamental del SIDA no está resuelto. Estamos abandonando la solución, que tiene que ver con un cambio moral y de actitudes respecto a la sexualidad, dejando que sea el miedo el que lo resuelva. Yo estoy seguro de que las cosas van a cambiar, pero es terrible que cambien por miedo, por temor a morir, a contaminarse, y que el SIDA termine siendo patrimonio de los temerarios, de los atrevidos, de los arriesgados. Lamentablemente, sólo habrá una reacción el día en que la mayoría de las comunidades humanas perciba la amenaza severa.

La sexualidad, si los sujetos no asumen responsablemente todas las consecuencias posibles, corre el riesgo de perder su significado y trascendencia. Si se trata de un matrimonio o una pareja en la que uno de sus miembros está contaminado, evidentemente, la relación sexual es un valor inestimable que no debe perderse, y por lo tanto, ante el peligro de comprometer la muerte y la vida de uno y otro, el uso del preservativo es prescriptivo, pues constituye un mal menor. Lo que nadie puede pretender es que la Iglesia distribuya preservativos para los niños de catorce años o para los viejos de sesenta. A eso yo me niego, y no sólo me niego sino que me parece inmoral. Déjeme que le diga algo: en los doce años que llevo metido en este terreno no he conocido una sola persona que haya cambiado sus actitudes por el uso del preservativo. Usar preservativos no cambia actitudes y punto. Usar preservativos impide que el semen llegue a estar en contacto con las mucosas del aparato sexual del partner, pero no cambia lo que la persona piensa o siente.

¿Con cambio de actitudes, se refiere, por ejemplo, a abandonar la promiscuidad?

—Claro, yo me refiero a lo siguiente: el SIDA llegó para quedarse y llegó en esta generación, lo cual significa que los hijos de esta generación van a tener que vivir con el SIDA al lado; el SIDA no se va a ir, no hay perspectiva clara de que haya una vacuna para frenarlo. El SIDA se queda aquí y todo el mundo estará de acuerdo en que el único modo de enfrentar al SIDA es con un cambio profundo de actitudes. Miles de ejemplos dicen que abandonar el juego erótico de la promiscuidad supone afianzar los ligamentos afectivos, una mejor orientación sexual, construir pareja y familia, etcétera. Ahora bien, eso es lo que hay que hacer y eso es lo que no se hace. Cuando se habla de educación sexual se piensa que la cosa es describir la fisiología del aparato reproductor y del acto sexual. Y eso es profundamente inmoral si no está acompañado de nada más. Esa es la tradición de la Iglesia y ahí nos vamos a quedar. La Iglesia no va a salir de ahí porque con el sexo no se juega.

Entonces el SIDA no es sólo un problema de información.

—No. No hay que ser ingenuos en este capítulo, y pensar que esto es un problema de publicidad, de información sexual. No creo que sea un problema tan sencillo. Usted puede dar toda la informacion del mundo, pero la sexualidad por más que la abordemos y la liberalicemos, tiene que ver con algo totalmente distinto a los procesos digestivos y a recortarse las uñas. Sexualidad es una dimensión profunda, radical de las personas, y la transmisión de la vida es una dimensión radical. Es verdad que el SIDA tiene que ser considerado un problema de salud social, de salud colectiva, pero también es verdad que el SIDA viene a golpear unas instancias con las que ninguna sociedad ha jugado a lo largo de la historia. La primera sociedad que se atreve a jugar con la sexualidad es la nuestra. Usted puede recorrer desde los pueblos de los atolones del Pacífico Sur hasta el desierto del Sahara, desde los maquiritares y los waikas hasta la Europa medieval o la Roma del Imperio decadente, y se dará cuenta de que siempre, siempre, siempre, la sexualidad fue objeto de regulaciones. Las regulaciones podrían variar de sociedad a sociedad, pero ninguna puede jugar ni con la familia ni con la sexualidad por un problema elemental: la sexualidad responde a la estructura más radical de las personas que es su estructura emocional y afectiva, y la familia responde a la identidad de un sujeto frente al colectivo. Por eso, lo primero que establece una sociedad son las leyes del parentesco. Ningún sujeto puede vivir sin saber quién es. Yo necesito saber quién es mi padre y quién mi madre. Yo necesito saber de dónde vengo. Yo necesito figura femenina y masculina para que mi personalidad se desarrolle sanamente y no hay computadora, ni programa oficial que resuelva este problema. Es necesario que los hombres de sta cultura salgan de la Disneylandia materna, donde todo es perdonable y permisible, y entren en la cueva de Batman, donde el que la hace la paga.

Antes habló de conductas sexuales discutibles y peligrosas que sugieren jugar con "candela"...

—Jugar con candela es todo, el sexo es serio siempre.

¿Qué pasa si se trata de una mujer dedicada a su esposo y a sus hijos y el virus llega a su casa?

—Evidentemente que...

¿Esa mujer está jugando con el sexo?

—Atención, atención, pero... ese es un caso del cual hablamos antes: allí la mujer tendrá, inevitablemente, que asumir las relaciones sexuales con preservativo.

Claro, pero si sabe que su marido está contaminado. Lo que quiero decir es que de los 22 milones de casos VIH + que hay en el mundo, tal vez haya una cantidad que se ha contaminado sin tener conductas discutibles, sin haber trivializado la sexualidad, sin haber jugado con candela.

—Estamos suponiendo que una señora que se casó y tiene sus hijos debe usar preservativos porque no puede confiar en su marido. ¿Es eso lo que me está proponiendo?

Sólo planteo que el discurso preventivo que ha apoyado la Iglesia se ha concentrado en decir: "la vida en pareja es mejor", es decir, el respeto, el sexo seguro, la trascendencia del amor... pero resulta que ni siquiera vivir en pareja es seguro. Entonces, ¿qué nos queda?

—Eso es, vivir en pareja. Si yo tuviera que usar preservativos para garantizar que mi esposa no me contamine o viceversa, significa que acabamos de aceptar que cae por su propio peso una institución fundamental de la existencia humana que es la familia.

Usted habla del preservativo como si fuera un incitador a conductas sospechosas...

—De eso es lo que se trata...

Tome nuevamente a un joven de catorce años hoy en Venezuela. Dígale que usar un preservativo es más seguro, que al menos le puede prevenir de una enfermedad o de un embarazo precoz. ¿Eso es inmoral?

—Si no digo más, es inmoral. Porque además, un niño de catorce años no debe tener relaciones sexuales. Eso es lo que nadie quiere decir, pero un niño de catorce años no es capaz de asumir su sexualidad responsablemente. Por eso tenemos uno de cada cinco partos de niñas adolescentes. Y por eso tenemos unos niños que no van a tener ni padre ni madre ni existencia digna.

Tal vez en algunos de esos casos sus padres se negaron a decirles que existe un preservativo porque creyeron que así estaban incitándolos a tener relaciones sexuales...

—Yo creo que lo que no se ha dicho antes es cuánto importa la sexualidad, lo que no se ha dicho antes es que la sexualidad sin afecto no tiene sentido. Eso es lo que no se ha dicho. Que vivimos en una sociedad superficial que pretende el derecho abstracto a tener orgasmos libres. Eso se llama el imperio de los sentidos, que conduce a tánatos y tánatos es muerte, lo que pasa es que eso no se quiere enfrentar. Yo no soy pesimista, yo soy muy optimista, ¿sabe usted qué pone a los hombres en su lugar?, el enfrentamiento con las verdades. ¿Usted cree que este ambiente superficial y chimbo que estamos viviendo de juegos eróticos gratuitos puede durar mucho tiempo sin que produzca severos traumas a nivel social? Eso no es posible. Eso no es posible.

Quiere decir entonces que el SIDA sí vino a darnos unas cuantas lecciones.

—Claro que sí, desde luego que sí, pero no la lección de la culpabilización de las víctimas. Usted puede revisar cualquier manual de sexología, y encontrará reflejada una cultura del ejercicio de la sexualidad libre, libre de sentido y carente de normas. Repito, ninguna sociedad, ninguna, excepto la nuestra, ha permitido que el ejercicio de la sexualidad sea libre, y no por traumas psicólogico-religiosos, no por el problema de la culpabilidad, no, el problema de la culpa viene luego, sino porque la sexualidad abandonada y sin normas conduce a la destrucción de la persona y de la armonía familiar y social. Esta no es una visión represiva del asunto, no es una visión culpabilista de la sexualidad, tampoco una visión timorato-puritana-religiosa de la sexualidad. Es simplemente el ABC de la psicología y la antropología.

¿Cuál debe ser, a su juicio, el discurso preventivo del SIDA?

—El discurso preventivo debe plantear una vinculación de la afectividad y la sexualidad con valores éticos y morales. El aprecio de la relacion estable y de pareja, la aceptación de la familia como el espacio en el que se educa y en el que se cumple la sexualidad. También debe estar tremendamente vinculado al respeto de la persona humana individual que significa, por ejemplo, el respeto a su dimensión afectiva, es decir, que la dimensión afectiva es más importante que la billetera. Si recorremos esta cultura nuestra venezolana, esta cultura sin normas, ¿la gente está feliz? No, la gente no está feliz. ¿La pareja funciona? No, las parejas no funcionan. ¿Qué está sucediendo entonces? Que nadie está dispuesto a hablar de sacrificios. El discurso es que se puede ser feliz teniendo relaciones sexuales con quien quiera.... que la persona sea casada o que tenga catorce o sesenta años no importa, que tenga o no tenga hijos, no importa, que sea cura o no lo sea, no importa. ¿A dónde conduce eso? Pregúntele a Freud: eso conduce a muerte. ¿Recuerda la película El Imperio de los Sentidos? Mire, esa película yo la pondría en todas las escuelas, a pesar de ser una película que en este país no la dejaron ver a finales de los sesenta, por inmoral. Yo opino que esa película es la más moralista que he visto en mi vida. Su tesis es ésta: si los sentidos no son sometidos con una brida, que es la de la razón y de la dignidad personal, la consecuencia es la muerte o la locura.

La Iglesia no va a cambiar su posición frente al preservativo. ¿Cómo hacemos con el SIDA, porque sencillamente no hay otro medio, salvo la abstinencia, de no contaminarse?

—Mientras yo no tenga la garantía de que con la facilitación del uso del preservativo no se está escondiendo la trivialización de la vida afectiva de las personas a mí me parece que los costos son mayores. Ahora bien, lo que voy a decir es políticamente complicado: yo no creo que porque la Iglesia diga algo las cosas cambian, si sencillamente el que usa del preservativo no escucha a la Iglesia. La gente tiene relaciones sexuales sin control, sin rollos, sin responsabilidad, y todavía se pretende que la Iglesia les dé permiso y un diploma de buena conducta. Eso, a mi juicio, es pura hipocresía y chantaje. Para qué quieren que la Iglesia diga una cosa u otra si a la Iglesia no le escuchan. Yo desafío a que me demuestren que la Iglesia tiene auténtico poder de modificación de conductas en Venezuela. En Venezuela todo el mundo dice ser católico pero no hay militantes. La adhesión a la Iglesia no es una adhesión institucional. Eso es así y no hay que sorprenderse: jamás la sociedad venezolana ha sido una sociedad militantemente religiosa. Ser militante significa hacer de la doctrina oficial de la Iglesia la norma de vida, y no sólo ir, por ejemplo, a La Carlota a ver al Papa. Porque sí, van a ver al Papa, pero le digo We like the singer, but no the song, nos gusta el cantante pero no la canción.

¿Qué tal si en cada misa que se haga en este país, el cura hablara sobre el SIDA y el sexo responsable?

—Parecería maravilloso, pero la experiencia me dice que la gente aunque le pasen publicidad, y aunque los curas le digan lo que le digan, no reacciona mecánicamente. En todo caso, yo creo que contra eso conspira que la gente, hasta donde yo sé y veo, no reacciona hasta que el SIDA le toca cerca. Por más que uno desdramatice el discurso del SIDA, inevitablemente el SIDA plantea el problema del final de la propia vida en unas condiciones sociales brutalmente vergonzosas. Yo creo que por ese mismo motivo, por los miedos inconscientes e incontrolables, la gente se bloquea y se desentiende. Antes que la Iglesia, en este país habría mucha otra gente que tendría que dar la cara por esto.

¿Quiénes, por ejemplo?

—Los empresarios. Yo estoy seguro de que la mayoría no estarían dispuestos a dejarse retratar en iniciativas contra el SIDA. Eso está bien para California y para Liz Taylor, pero para los empresarios venezolanos no. A ellos el SIDA les huele a muerte, a homosexual, a cosas con las que no quieren vincularse en absoluto. Por ejemplo, el Estado venezolano. Aquí tendría que impartirse una digna educación sexual. Hay problemas mucho más serios que el SIDA, como el problema de la familia, y a este tema nadie le quiere entrar de frente porque lo que está en juego es la propia madre. El desastre del matrimonio y de la pareja en esta cultura nuestra es un auténtico cataclismo. La gente se asoma al matrimonio en condiciones de absoluta inmadurez psicológica, moral, humana, y mientras no se plantee eso, el problema de una sexualidad responsable y no promiscua, está sin resolver. Quienes no usan el preservativo en este país no lo usan porque tienen prejuicios culturales al respecto, no porque la Iglesia no lo promocione. Entre las escasas investigaciones de campo, no hay una sola en la que los encuestados mencionen a la Iglesia y su doctrina para justificar que no hagan uso del preservativo.

Entonces la Iglesia no va a torcer el brazo...

—No.

¿Y en lo que tiene que ver con el aborto?

—Tampoco. La Iglesia no puede dar permiso para abortar.

Ni siquiera a una madre seropositiva...

—En ese caso la Iglesia diría que no y yo no me alejaría de la posición de la Iglesia.

¿Y los setenta y tantos niños con SIDA que han pasado por el Hospital J.M. de los Ríos?

—Tienen que ser atendidos con primor y mucho mejor que los otros, los sanos, pero no hay ninguna garantía de que el hijo de una seropositiva sea seropositivo. Un niño que se está gestando es una persona humana y con derechos. Y en todo caso, la Iglesia opta por la protección de esos derechos. Puede ser que la recomendación y prescripción médica sea evitar el embarazo, pero la mejor manera de evitar un embarazo no es ciertamente un aborto. Un aborto no es evitar un embarazo, un aborto es interrumpir un embarazo viable. En un caso como ése evitar el embarazo es una exigencia moral, pero la Iglesia sostiene que toda vida humana tiene dignidad. Entonces, en materia de nacimientos de niños con VIH el problema es preventivo, no abortivo. Pero ese es otro callejón sin salida. Porque es muy fácil decir que quien llegue enfermo al mundo no tiene derecho a existir, pero yo no tengo la certeza de que la vida de una criatura enferma no tenga sentido. Un cristiano sabe que no hay ninguna situación carente de sentido, independientemente de la dosis de dolor que lleve aparejada.

Podríamos hablar de la eutanasia.

—No es digno ningún acto directamente dirigido a acabar con la vida de una persona. La aplicación de una dosis masiva de analgésicos tiene un efecto inmunodepresor que acelera el proceso de la muerte, eso lo sabemos, y sin embago es perfectamente legítimo el suministro de dosis masivas de analgésicos para garantizar que el trance a la muerte no lleve consigo una agonía dolorosa. La experiencia que yo tengo con enfermos y moribundos me dice que cuando son acogidos afectuosamente son capaces de aceptar ese trance con una serenidad que a la mayoría de la gente le pasmaría... y no está pidiendo que les den la muerte, sino que les alivien la agonía, que les ayuden a fijarse en sus aspectos fundamentales y no los dejen solo.

Un enfermo de SIDA en fase terminal que siente dolor y sufre mucho viéndose en el espejo, ¿no puede tener en la eutanasia un medio para morir más tranquilo?

—Se invoca un motivo estético que no llega ni siquiera a motivo ético, el sufrir por verse deteriorado en el espejo...

—Es también querer morir con dignidad...

—La dignidad no se pierde por el hecho de verse reducido a un cuerpo sufriente. Nadie está obligado a mantenerse o a mantener a otro con vida, cuando su vida en fase terminal depende de medios artificiales. Si un sujeto en situación terminal irreversible está sometido a un medio artifical, éste legítimamente podría interrumpirse, pero a un enfermo no se le debe interrumpir el suero, la sangre o el oxígeno, ni los analgésicos. De ahí a decir que me siento muy mal o no soy lo que era o no tengo futuro... Yo, como línea máxima, entiendo que no hay motivo suficiente para concluir que tengo que acabar con mi vida. El empecinamiento terapéutico no es moral, el empeñarse en que una agonía irreversible se prolongue no es moral. Ahora, eso no debe confundirse con una inyeccion letal.

—Es un dilema complicado: no empecinarse en prolongar una agonía irreversible pero tampoco producir la muerte de un agonizante.

—Nosotros podemos dejar morir, pero no podemos acabar directamnte con una vida. Hacer un acto cuyo propósito sea acabar con una vida, es distinto a no poner medios extraordinarios para prolongarla. Una cosa es dejar morir y otra es hacer morir.

—Entonces debemos permitir que una persona sufra más de la cuenta.

—Pero, quién dice cuál es el límite, quién es el juez que dice cuál es el más de la cuenta. Yo puedo entender que haya gente que sufra; una gente que es de estructura psicológica precaria frente al dolor se aterra, pero ¿quién es el juez? Todo lo que se haga para evitar el sufrimiento es legítimo. La vida es un valor pero no es un valor absoluto.

—Poner analgésicos o inyectar morfina puede ser legítimo, aunque aceleren el proceso de la muerte. Entonces, ¿qué es la eutanasia?

—La eutanasia es interrumpir con un acto positivo una vida. ¡Atención!, es totalmente distinto inyectar morfina a inyectar arsénico. Algo que puede parecer sutil y no es despreciable. Entiendo que es totalmente distinta la postura de un hombre que desea abreviar su agonía, a la postura de un hombre que dice yo decido morir hoy. La postura es distinta.

—Si él decide morir hoy...

—Es un acto de suicidio. Nuevamente, yo no creo que haya situaciones sin sentido, ni siquiera la agonía penosa. Hay motivos religiosos aquí: yo no creo que el dolor hay que buscarlo, el dolor tiene que sernos dado; no creo que el dolor debe ser evitado, pero nos sobreviene. Sin embargo, no creo que el dolor sea simplemente absurdo.

—Para cerrar, quisiera que retomáramos las que podrían ser dos grandes conclusiones: el SIDA ha propiciado una revisión de la religiosidad, por un lado, y de la muerte, por otro.

—Creo, todavía no a nivel de la sociedad pero ciertamente en los círculos que han sido golpeados por el SIDA, que se ha producido un cambio. Y no podía ser menos, porque si bien nosotros estamos haciendo todos los esfuerzos posibles en el terreno preventivo de no asociar mecánica y vulgarmente el SIDA con muerte, a pesar de que algunos creían el camino era generar miedo, y ya vimos que a nivel macro-social eso tiene cierto efecto, pero a nivel micro sabemos que la primera reacción frente a la amenaza es el cierre, el desentenderse o disociarse.

No podía ser menos en esta sociedad tan superflua, donde el esfuerzo está puesto en negar que envejecemos, nos debilitamos y morimos. Hace tres años en el programa de televisión "Alta noche", los productores trataban de encontrar a alguien que quisiera hablar acerca de la muerte para el día 2 de noviembre, y pasaron semanas sin encontrar a nadie que se atreviera. Todo el mundo daba la respuesta chimba: eso es pavoso, hablemos de otra cosa más entretenida... Ni siquiera habían encontrado curas, que son especialistas en esto o deberían serlo, al igual que los médicos si no sirven para esto, que me digan para qué sirven- . Fui a aquel programa porque creo que sí es posible y necesario hablar de la muerte. Es imperativo. Una cultura como la nuestra es una cultura que tiene que enfrentar el hecho más democrático, más universal y más igualitario de todos, que es la muerte. Una cultura no alcanza profundidad y trascendencia si no enfrenta el hecho de la muerte y le da sentido. No sé cómo se puede dar sentido a la vida sin plantearse la muerte. Yo sufro cuando a veces me llaman para atender moribundos, porque las familias suelen llamarnos para que aquel hombre se vaya en paz con Dios, pero te piden que no vayas vestido de cura porque eso es de mal agüero o el moribundo se puede asustar. Pareciera que lo que te piden es algo así como que digas ay, mire, yo venía pasando por aquí, entré y me lo encontré a usted enfermo por pura casualidad...

Yo creo el único modo de ser libre ante la muerte es reflexionando sobre ella y pensando en ella. Hace falta asumir que cada instante de la vida es una aproximación a la muerte y eso por más adornos que queramos ponerle, es así independientemente del SIDA. El que no se prepara para la muerte se acerca a ella embargado por unos temores incontrolables. Estoy seguro de que detrás del resurgir en los últimos años de la eutanasia, no hay tanto una reivindicación del derecho a morir con dignidad, sino un pavoroso rechazo a las condiciones en que se muere en esta sociedad. La gente se muere en hospitales, aislada, entubada, lejos de su cama, de su habitacion, lejos de sus recuerdos y de la gente que quiere, y el hombre lo que necesita para morir es dignidad y compañía, sobre todo dignidad. Yo creo que a los hombres y mujeres de esta sociedad les haría mucho bien, por la profundidad y la libertad que esto da para vivir, pensar en la muerte seriamente y prepararse para recibirla. Esto es un derecho. Sí que lo es. Yo tengo derecho, y seguramente la obligación, de prepararme para morir; de disponerme para el encuentro definitivo con la ternura absoluta que me mira con misericordia, con Dios; de formular mi última y definitiva opción por la vida plena en la que mi esperanza alcanza su cumplimiento. Un trance tan trascendental y universal no puede ser abandonado al azar... pero le tenemos miedo y lo hacemos trágico viviéndolo en medio de esta atmósfera sifrina de lucha contra las arrugas y de las gordas corriendo con el vaso de agua. No se puede universalizar, pero la experiencia me dice que la mayoría de los moribundos tiene una conciencia clara de su situación y de lo que están viviendo, y se comete una cruel injusticia con ellos al negarles vivir ese momento.

Una duda: ¿cuánto en las palabras del religioso venezolano Mikel de Viana hay de reflexión pura y cuánto de experiencia vital? Después de toda una mañana, en la Residencia de los Padres de la Universidad Católica Andrés Bello, salí convencida - más bien con la fantasía- , de que éste es un hombre que habla el lenguaje de los hombres porque vive la vida de los hombres... confesó llevar catorce años defendiendo y cuidando una decisión de vida: ser sacerdote jesuita. Admirable. Como admirable es que detrás de su verdadera pasión por la transparencia expresiva en el tema del SIDA esté un largo expediente de asistencia espiritual a pacientes en fase terminal. Hace doce años, en Italia, empezó la tarea, justo cuando había mucha menos informacion y todo era mucho más trágico.

* Sacerdote jesuita, teólogo moralista y profesor de la UCAB

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